De amor y costumbre

Tampoco tiene nada de malo acostumbrarse. Al fin y al cabo es parte del proceso de adaptación del ser humano. Si nuestros cuerpos no se acostumbraran al frío o al calor, moriríamos. O bueno, algo así leí alguna vez en algún libro de biología.

Pero es sentido común. Si no tuviéramos la capacidad de acostumbrarnos, sufriríamos invariablemente cada día. Es más, el mundo difícilmente existiría. Tampoco estoy tratando de decir que está bien acostumbrase al sufrimiento, ni que la novedad es nociva. No. No lo es. Sólo que sería imposible vivir en continuo asombro.

Igual que el amor. Nada tiene de malo que me acostumbre a tu risa. Acostumbrarme a tus abrazos. Saber exactamente lo que significan tus palabras. Saber que cuando me preguntas si te amo, es tu manera de decirme que lo sabes. No. No tiene nada de malo. Es más, creo que de eso se trata el amor. Creo que no hay amor sin costumbre.

El amor raramente se encuentra en la novedad. De vez en cuando confundimos amor con asombro. No es lo mismo. Si no estás acostumbrado a los mismos gestos, a sus miles de historias, a sus chistes, a su mirada, ¿de dónde podría nacer el amor?

Tampoco estoy diciendo ahora que debemos dejar de sorprendernos. Nunca, ni de nosotros mismos. A lo mejor lo que estoy queriendo decir es que  la vida, al igual que el amor, es el equilibrio entre la costumbre y el asombro.

Pero no, la costumbre no es mala. Ni es la culpable de que el amor se acabe. Quizá únicamente el error sea no sabernos acostumbrar a acostumbrarnos.

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