Historias del mojado en su paso por México

Entre estas paredes, en este lugar que parecería un oasis en medio del caos, tomo nota de cada recuento del camino, buscando hacer justicia a cada cara, cara vivencia, cada caída, cada lucha. La Casa del Caminante Jtatic Samuel Ruiz García, Chiapas –puerta importantísima de la migración centroamericana a México- sólo es el comienzo de un largo recorrido. Hoy que tengo el privilegio de estar aquí, rodeada de valientes soñadores y de personas que han renunciado a todo por defender estos sueños de la injusticia y la perversión, no puedo más que transmitirlo, para no quedarme anonadada sin más. Para que mi indignación se materialice en acción. Para que otros puedan saber, y ojalá, unirse a ella.

Entran y salen, unos arrastrándose del dolor, el miedo y el desamparo, para caer en toda su fragilidad una vez que han cruzado la puerta del albergue. Rostros sudorosos, ojos inyectados de paranoia y cansancio, los pies llagados y los zapatos completamente destrozados, la mochila empapada y sucia. Unos solos, unos en frágiles hermandades formadas en el camino; unos con chamacos colgados: algunos de meses, uno, tres, cinco, ocho años; adolescentes que han sido abandonados a su suerte pero se sienten invencibles. Unos perseguidos por historias infernales; otros, simplemente impulsados por el inmortal sueño americano, como si treparse en La Bestia fuera una aventura, mientras para algunos es la única salida a la muerte. Entran y salen con sueños que sólo se anclan en una fe inquebrantable en Dios.

Fotografía de Karla Velasco Ramos, estudiante de Relaciones Internacionales en el ITAM

Fotografía de Karla Velasco Ramos, estudiante de Relaciones Internacionales en el ITAM

Ninguna historia deja de superar a la anterior. Historias incesantes que narran el éxodo imparable de un país tomado por las maras (pandillas); donde reina la extorsión, el narcotráfico, las amenazas: una cultura de violencia que se ha convertido en una espiral sinfín. Donde el campo está sembrado de muerte. Las ciudades, llenas de sangre, de pobreza, miseria e injusticia. Donde una decisión de teñirse el pelo de rojo o amarillo, o vestirse conlycras” es un balazo seguro, porque a los mareros (miembros de la Mara Salvatrucha u otras pandillas) no les gusta: Honduras. El Salvador. Guatemala. Nicaragua. El pueblo de Centroamérica, que pone sus esperanzas más allá del horizonte. Que busca oportunidades,  un trabajo “que ajuste”, un futuro mejor. Igual que Cuba, igual que nuestro México.

Cuentan que hace unos cuantos años era mucho más fácil cruzar. Tomaban La Bestia y llegaban “de un solo”. No había migras (agentes de migración) acechándolos en cada esquina, retenes en cada curva, ni los peligros que se aparecen hoy. Ahora, es su segundo, cuarto, quinto intento, y no se rinden, pero el camino está cada vez “más perro”. El escenario que pintó Obama con la ley migratoria para los latinos no fue más que una promesa falaz que lo tornó para ellos en un escenario mucho peor. México es el cinturón de fuego para los que pretenden llegar al Norte, y el drástico refuerzo de su seguridad fronteriza, producto de esta reforma.

México: laberinto de peligros

A pesar de eso, ni los cinturones reforzados, ni los retenes armados hasta los dientes, ni la noche temerosa forrada de insectos y del calor tropical, ni los jaguares o culebras, pueden detener la implacable migración. Tampoco pueden hacerlo toda clase de abusos sistematizados, de las formas más sofisticadas: montes que esconden asaltantes con machetes y pistolas, cobros exagerados de las combis, estafas maestras de polleros que dejan a sus clientes sin nada y a la mitad, o de choferes que les ofrecen transporte que no dura más de cinco minutos y termina en una amenaza de echarles a “la migra” encima. Secuestro exprés que o triunfa o tira cuerpos en la maleza; asalto en uniforme municipal, estatal y federal, o las llamadas “cuotas” de paso. Grupos de migrantes que pagaron por cruzar fronteras, pero en realidad son carnada de la migra para que sí cruce otro grupo de migrantes que pagaron más. Pistolas eléctricas para detener –por medios legales-al migrante escurridizo y meterlo en las  temidas “perreras”, y ahora, Dóbermans de mordida letal: el último elemento de disuasión del Instituto Nacional de Migración.

Bandas de criminales que, como piratas, se montan en La Bestia para cometer atrocidades: violaciones, asaltos, caídas con finales mutilados. Algunos mareros, siguiendo a quienes les han huido; algunos entremezclados con el crimen de México y con las autoridades mismas, a sabiendas de que el migrante -sin papeles, sin voz, sin nada ni nadie- es el blanco perfecto para las desentrañables redes de trata: prostitución, venta de órganos, explotación infantil, trabajos forzados. Pues el que está dispuesto a cualquier cosa para salir adelante o para sacar a los suyos adelante, soporta pagos irrisorios, jornadas de sol a sol. O bien, es el títere y trofeo perfecto de polis y gobernadores para encubrir tratantes de personas en operativos planeados que seleccionan víctimas y victimarios y obligan a firmar declaraciones inventadas que condenan hasta 20 años de cárcel por mala suerte.

Y entre todos estos abusos, la de siempre, la vieja, la clásica mordida: taxistas, militares, agentes de migración y los dueños del narco; desde el conocidísimo “‘cáiganse con la feria’ catrachos, guanacos y chapines” (hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, respectivamente), de a 100, de a 200, de a 500 por parte de cualquier autoridad descarada; hasta la transformación del pobre migrante en mula de carga –o en “burrero”- para pasar 20 kilos de mariguana al siguiente retén (y quiera Dios que no lo agarre un “bajador” al acecho en el inter y se lleve varios años de cárcel también).

Fotografía de Karla Velasco Ramos, estudiante de Relaciones Internacionales en el ITAM

Fotografía de Karla Velasco Ramos, estudiante de Relaciones Internacionales en el ITAM

Mordidas pagadas de antemano como en un paquete de turista por el coyote, el que tenga. Y el que no, que corra por el monte, que atraviese la selva, que cruce el río sin perder el rumbo. Igual, va a desarrollar callo, músculo y las técnicas de parkour improvisado más avanzadas -pues en medio de la adrenalina y el pánico, no intervienen las sugestiones ni el pudor ante la caída libre, frente los muros o rejas levantados entre un terreno y otro, entre el tren y el suelo. El que ya no tenga o nunca tuvo, que camine por días hasta que sus pies no den más. Dicen que no migra el que nada tiene, pero la mayoría viene del campo y no tiene ni sexto de primaria; y aquí todos acaban despojados por manos anónimas. Con o sin el lujo del pollero, casi todos son presa segura.

Algunos viven cosas tan terribles que podrían ser acreedores a una visa humanitaria y a la residencia permanente en México, pero el tortuoso proceso dura hasta tres meses y no garantiza nada. Lo más probable es que el delito no haya sido “grave”, o que los papeles sean negados sin ninguna explicación contundente; que la víctima no logre ser parte del escaso porcentaje que obtiene el refugio en nuestro país. Y si lo logró, ojalá que no le rompan su tarjeta en el camino, no se la roben, le den trabajo y le vaya bien.

Para algunos, apenas recorrido el primer tramo, ya es inútil continuar. Las historias en el camino se convierten en una verdadera pesadilla, y no soportan la idea de caer en manos de dichos maleantes, de la migra, o peor aún, en la eterna incógnita del desaparecido. Cuántas madres e hijos no se preguntarán, entre lamentos, a diario, dónde están todos ellos: ¿En el desierto, deshidratados, picados por algún alacrán, sin huella alguna por la acción de los buitres, o en las pasarelas de hondureñas en tacón en las cantinas de Palenque? Una cerveza, 20; una cerveza con mujer y toda fantasía incluida, 80…

A los que deciden entregarse para ser deportados, ¿qué los esperará a su regreso? Unos contados, se entregan sin más. Pero los demás, a la mañana siguiente, parecen recargados con una energía y una fe inmensas, convencidos de que sí, deben seguir caminando, por esa su devoción, y por la dignidad, la fortaleza y la alegría que este oasis les devuelve con sólo abrirles sus puertas. Más aún, pesa demasiado el honor que les obliga a dejar el legado de un “futuro mejor”, pesa la necesidad de esas caritas que esperan en casa, asustadas o confundidas. Esas caritas, que sin duda son la cara del hambre. Pesa el amor por la familia, pesa y los empuja.

El “mojado”: la versión incompleta

Ilegal, mojado, indocumentado. Ojalá el mojado sólo fuera mojado. Pero esa sólo es la superficie. La versión incompleta, la etiqueta y el prejuicio que los orillan a la discriminación, la marginación, a una violencia estructural a la cual permanecemos cegados. Los países expulsores de migrantes no son ni de cerca los únicos responsables: lo es todo un sistema económico que acentúa las desigualdades y resquebraja los medios tradicionales de subsistencia de millones que han quedado fuera.

Un modelo que promueve el crecimiento, la eficiencia, la productividad, la automatización; pero que anula a la base que lo sustenta: multitudes de campesinos desplazados por las grandes corporaciones trasnacionales, trabajadores despedidos por máquinas, manos que ya no tienen qué ni con qué producir, o que tienen que hacerlo para otros. El modelo del consumo y del libre mercado, del “desarrollo” que sólo llega a una escasa minoría; mientras el resto -despojado, oprimido, explotado- lucha, migra, subsiste.

No son cinturones reforzados lo que necesita la humanidad. Son oportunidades que no se encuentren a años luz de su tierra, más allá de un laberinto trazado de peligros, de una lucha a muerte. De sembrar para comer, de educarse sin trabas, de trabajar sin cuotas, de tener hijos sin miedo que les pase algo o a no poder darles lo que merecen. Que la vida, ni en Centroamérica, ni en México, ni en ningún lado, sea el escenario de una “Cidade de Deus”[1], donde uno escoge desde niño ser policía o criminal.

Estas historias no narran ni la mitad de los horrores que vive el migrante centroamericano en su camino por México a Estados Unidos, ni los horrores de otras migraciones en recónditos lugares, como en África. Pero el punto no es quedarnos horrorizados. No es declararlo, como solemos hacer con toda problemática global, un caso perdido. Pensar que no hay nada que hacer al respecto es una omisión terrible, y un insulto para todos aquellos que entregan sus vidas a esta causa.

 

La lucha en pie

Hace unos años, brindar asistencia a un migrante indocumentado era ilegal. Hoy, gracias al activismo de personas solidarizadas con este fenómeno social (familiares de emigrantes mexicanos, grupos de la Iglesia, voluntarios, periodistas) se considera como ayuda humanitaria. Personas que empezaron repartiendo comida a lo largo del tren, que han denunciado y sacado a la luz la infinidad de abusos que sufren los, que han marchado en su favor, sumadas a la presión internacional, han obligado al gobierno a responder. Con la Ley de Migración aprobada en 2011, ha habido un giro muy importante en el tema. Los Grupos Beta[2] han sido incorporados al INM. Los albergues son más respetados. Los derechos del migrante, aunque resulten ridículos en la práctica, al menos ya están en papel y están siendo enérgicamente difundidos por Amnistía Internacional, la Organización Internacional de las Migraciones, la Comisión Nacional de Derechos Humanos y hasta el mismo Instituto Nacional de Migración. Esto le da un mucho mayor margen de acción a esa sociedad consciente y proactiva.

Fotografía de Karla Velasco Ramos, estudiante de Relaciones Internacionales en el ITAM

Fotografía de Karla Velasco Ramos, estudiante de Relaciones Internacionales en el ITAM

Así como las célebres Patronas y Solalinde, hay muchas personas dedicadas a proteger a los migrantes, para hacerles el trayecto un poco menos tortuoso. Numerosos albergues reciben a los migrantes cerca de las estaciones del tren en la República, para ofrecerles un techo donde dormir, asearse, comer y recibir atención médica, psicológica o legal –algunos más austeros y otros menos- más un apoyo moral inconmensurable que les permite recargar sus fuerzas para retomar su camino, sabiendo que alguien los trata como seres humanos. Fuera de la Bestia, cada vez surgen más proyectos de ayuda a los migrantes en el mundo y en nuestro país: uno muy reciente y muy creativo es Taller Quíquíca, que repara bicicletas y busca ofrecerles un empleo temporal a migrantes y la capacitación para que cuenten con un oficio portátil. Soy Migrante A.C., que promueve la sensibilización y el apoyo a albergues u otras organizaciones mediante la difusión y la colecta de donativos. El colectivo Nómadas sin Rumbo, que recientemente llevó a cabo una enorme colecta de tenis en varios estados de la República para los migrantes. Proyecto Habesha, que está trabajando arduamente para darles la posibilidad a refugiados sirios de finalizar sus estudios universitarios en México.

En fin, el punto es saber que en nuestras manos sí hay mucho que hacer. En primer lugar, el adentrarnos un poco en las realidades que parecen sernos muy ajenas, pero al final, no lo son tanto. Puesto que nuestro mundo ha sido constituido por migraciones diversas desde las eras más remotas: desde las tribus africanas de las cuales proviene toda la humanidad,  el éxodo de los israelíes a Egipto, hasta la llegada de los españoles refugiados de la guerra civil. Todos caminamos, todos nos movemos; todos hemos sido o somos migrantes. En nuestras manos está cambiar esas perspectivas incompletas que en nuestro vocabulario y en nuestro actuar anulan al otro, aquí migrante, pero en muchos otros casos el igualmente proscrito vagabundo, niño de la calle, prostituta, pandillero. En nuestras manos está desmantelar nuestra ignorancia colectiva dándole voz a los que no la tienen. Está indignarnos por la injusticia y renunciar a ser cómplices suyos. Por último, está involucrarnos con estas causas, con estas luchas que ya están en pie.

Paola Lira

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México

[1] Película brasileña que narra historias entrecruzadas de pandilleros en Ciudad de Dios, una favela altamente criminalizada.[Fernando Meirelles, 2002]

[2] Grupos que desde los noventa dan primeros auxilios, colocan estaciones de agua en puntos estratégicos, informan y protegen a migrantes en vulnerabilidad.

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2 comentarios en “Historias del mojado en su paso por México

  1. Articulo muy interesante que explica de manera clara el tema de las migraciones centroamericanas en Mexico. Se ve que la autor tiene a la vez saber y experiencia, conocimiento teorico y practico del eso. Tambien me encanto su lado militante y implicado. Si, hay que luchar, vale la pena y se obtienen resultados como lo muestra el articulo.

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