Retrato

“Cómo me encantaría saber dibujar”. Dijo ella pasando las manos sobre su rostro. “No puedes hacerlo todo.” Él respondió sonriendo mientras tomaba sus manos para alejarlas de sus ojos. “Pero si no puedo dibujarte nunca podrás saber cómo te veo. Si tan sólo pudieras verlo”. -“Dímelo entonces, de todos modos siempre has sido mejor con las palabras que con las manos”.

Se levantó del sillón y no paró de abrir cajones y sacar cosas hasta que encontró una hoja en blanco. Se quedó observándolo unos segundos y se puso a escribir. Él sólo la miraba y reía. Nunca más hablaron del tema.

Después de unos meses se encontraba él solo en medio del departamento. Empacándolo  todo para irse de aquel lugar lleno de polvo y  recuerdos. Cajas, libros, boletos de cine, cartas, fotos, cigarros. Y en el fondo del cajón una bola de papel:

 

Es mi  tipo, definitivamente. Y estoy segura que las mujeres  lo voltean a ver pues camina con esa seguridad de aquel al que pocas veces le han dicho que no. Pero no, no creo que nadie lo calificaría como soberbio. Su presencia nunca se vuelve demasiado.

Tiene unos ojos muy nobles que brillan cada vez que me ve o a veces cuando se concentra mucho. Y una sonrisa torcida un poco  a la derecha que me vuelve loca. Me encanta la manera en la que se coge el pelo  o la cara que hace cuando se ve al espejo mientras se peina. De repente descubro lunares nuevos o viejas cicatrices. Si tengo suerte, algún lugar sensible a las cosquillas.

Está tan seguro de muchas cosas que a veces molesta. Confía demasiado en él, en nosotros. Pero no, no en el mundo. Es fuerte. No como si sus brazos fueran su única preocupación pero seguramente sabe dar un buen golpe  si es absolutamente necesario.

No sé bien que sea pero nunca me siento tan segura como cuando estoy con él, no sólo como si nada malo pudiera pasar sino como si todo en el mundo tuviera una solución. Y él de alguna u otra manera pudiera saberla.  Y sus abrazos, dios, cómo alguien puede abrazar tan bien. Te abraza con la combinación exacta de fuerza y ternura como para no poder y no querer soltarse nunca.

Su mirada lo dice todo pero no es un hombre de muchas palabras, nunca dice  más que sólo lo necesario. Aunque con él lo necesario basta. Y es que es tan fácil de leer. Tan simple. Como si no lo acomplejaran sus complejos. Si hay que estar, está y si hay que llorar, llora. Pero hasta sus lágrimas son tan transparentes. 

Ojalá  algún día entienda lo que veo, lo que significa para mí. Y ojalá se quede. 

 

Pero ahora esas gotas que ella mencionaba, mientras caían en el papel, no se sentían transparentes, se sentían demasiado opacas.

 

 

 

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