La mesura

“… que en todas las cosas es de alabar el hábito que consiste en medianía, aunque necesariamente alguna vez nos hemos de dejar caer en la parte del exceso, y otras a las del defecto, porque de esta manera muy fácilmente alcanzaremos el medio y lo que debemos hacer para ser buenos.”

– Aristóteles, Ética nicomaquea.

Empiezo con este pequeño extracto del libro de Aristóteles porque hoy quiero pensar en la mesura. La principal razón es porque la tenía olvidada y no la tomaba en cuenta. En este texto explicaré por qué me parece importante reconsiderarla.

Aristóteles escribe reiteradamente sobre la virtud. En una de esas tantas ocasiones afirma que el bien del humano consiste en ejercitar el alma en hechos de virtud. Para él, la virtud se encuentra en el punto medio de los extremos. Así, lo que es bueno para el humano se encuentra en la mesura.

Lejos de querer utilizar a Aristóteles para dar una lección de ética con presunción de superioridad moral, quisiera hablar sobre cómo el repensar mis hábitos y en específico mis vicios, me ha permitido reconocer que para estar bien hay que ser mesurado. Hablando un poco de mi experiencia, puedo admitir que he tocado los extremos en diversos aspectos de mi vida. Al entrar a mi etapa adulta tuve la posibilidad de acceder a muchas cosas, entre ellas sustancias y actividades. Pasé del extremo del defecto (ausencia de éstas) al abuso. Hablando en específico, fumar cigarrillos, consumir alcohol, tomar café, usar redes sociales, salir con amigos, incluso pensar o leer, han sido algunas de las tantas actividades en las cuáles he caído en el exceso. Hablo con honestidad, pues me interesa recalcar el punto sobre la necesidad de tocar los extremos para entender que lo son, y si se tiene un buen razonamiento, tender hacia el punto medio.

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¿Qué es lo que he encontrado en el punto medio de algunos hábitos? He encontrado dicha, sorpresa, reencuentros dulces, alegría y bienestar de alma. Un pan de mi lugar preferido, Rosetta, después de un tiempo en su ausencia, fue como probarlo por primera vez. Tomar el café por gusto y no por necesidad, le devolvió su carácter religioso al mundo de los sentidos. Tomar una copa con amigos y saber en qué punto parar, convirtió a la ligera embriaguez en catalizadora de conversaciones exquisitas. Salir de casa sólo cuando verdaderamente mis pies deseaban dejarse llevar por la música, se convirtió en una fiesta. Así, las cosas adquirieron sentido y encanto. Lo cierto es que conforme abusamos de las cosas, éstas dejan de brindarnos la satisfacción inicial. Y no es que las cosas se reivindiquen voluntariamente respecto de nosotros, sino que la falta de moderación lleva al hartazgo, e incluso a la pérdida de los pequeños placeres, de las pequeñas alegrías.

Creo que es fácil que nos volvamos hedonistas en extremo, y pienso que esto sólo lleva a una búsqueda interminable de placeres cada vez mas complejos y, probablemente, autodestructivos. Me parece que es un gran ejercicio aquel que consiste en hacerse uno mismo la pregunta de por qué queremos o hacemos algo, cuando detectamos la posibilidad de un vicio. Pienso que a veces tendemos a dejarnos llevar por la inercia de los actos repetidos. La inercia puede llevarnos a los extremos, pero al considerar la mesura podemos volver a tomar las riendas de nuestros actos y cabalgar de vuelta hacia la vida virtuosa para sonreír en el lugar de las pequeñas alegrías.

Bernardo Job

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