La B. Café

¿Cuál es la prisa?

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Acabé un libro, como muchas otras veces. Un libro agradable y muy reciente, lectura fácil y ligera que me sacó unas cuantas carcajadas y un par de lágrimas. En una semana, me había encariñado con Ella y Él, me metí a sus vidas, supe todo lo que había que saber de esa gente ficticia, y salí de su mundo rápidamente. Nada nuevo.

Empecé otro. De un día para otro había pasado del México del siglo XXI a un pequeño pueblo francés del siglo XIX. Comencé a leer igual rápidamente pues no es tan fácil cambiar de ritmo.

Este nuevo libro me describía detalladamente la infancia y el hogar de un personaje que ni siquiera era el principal. Yo sentía que nada pasaba. Me preguntaron de qué era el libro, si me estaba gustando, y no sabía bien qué responder. Esperaba, con un poco de desesperación mientras avanzaba, el momento que marcara el comienzo de la historia. Leía las largas descripciones rápidamente para poder llegar a “lo importante”.

En el libro anterior no había ni pasado la primera hoja cuando sabía exactamente cuál iba a ser el problema a resolver y conocía ya a los personajes principales que, inmediatamente, se estaban peleando. En este llevaba cien y no sabía cuál iba a ser el detonante del conflicto, si es que iba a haber tal.

No estoy tratando de romantizar la literatura clásica francesa del siglo XIX por su profundidad ni desechando las historias contemporáneas por su sencillez. En todo caso, ambos libros son reflejos de su tiempo, como todos nosotros. La vida y el mundo cambia constantemente y, por lo tanto, su literatura y arte.

Pero esta actitud me hizo preguntarme cuál era mi urgencia, qué es lo que estaba buscando, qué estaba esperando que pasara. Por qué me estaba costando tanto disfrutar con calma las descripciones de los paisajes o de los personajes, por qué prefería menos detalles y más sucesos. Leemos para mirar desde otro lado la realidad, para conocernos más y ver mejor el mundo. Para crecer, aprender, disfrutar. ¿Cuál es entonces la prisa?

Parece que la premura del mundo, el estrés de la ciudad, la inmediatez de nuestras vidas, la hemos trasladado hasta a la experiencia de la literatura. Un libro tiene su ritmo, pero el apremio lo traemos nosotros. Queremos historias rápidas, satisfacciones inminentes. Prestamos cada vez menos atención a los detalles por considerarlos hasta estorbosos. Claro, el arte se adapta al mundo y es una expresión de nuestras vidas, pero ¡cuántas cosas podemos perdernos por no detenernos a mirar! Algo podemos rescatar de los clásicos. Quizá podríamos intentar leer, y vivir, con menos prisa.

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