Una orejita a la vez

Era un día como cualquier otro, sábado por la mañana. Estar bien o sentirme bien ha sido algo que poco a poco me doy cuenta que depende en gran medida de mí mismo. Me puse mis tenis para correr y salí al bosque. Decidí como reto personal superar mis tiempos corriendo. Llegué al minuto 66 sintiendo mucha hambre. Tomé un baño y tomé la bicicleta para ir a desayunar a L.

Llevo tiempo sin esperar mucho, ya no espero. No es que sea pesimista, pero a veces no pasa nada realmente, y hay que estar bien con eso. Me niego a pensar que la vida se trate sólo de obtener estímulos constantes. Me senté en la barra de L y pedí un estofado de huevos y tomate. Abrí mi libro y comencé a leer mientras estaba listo mi desayuno.

Tiendo a observar mucho a la gente, así juego conmigo mismo. Al voltear a la entrada del restaurante, vi un rostro encantador.  Tras haber terminado de desayunar, pedí al mesero una orejita pan. Alguien se sentó junto a mí, pero seguí en mi lectura. Llegó mi orejita.


“Ah mira, una palmera” – dijo una voz junto a mí.

“No, es una orejita” – respondí yo.

“En España les decimos palmeras” – me contestó.

“Pues aquí les decimos orejitas” – concluí yo de manera cortante.


Seguí con mi lectura y unos segundos después me percaté de mi sequedad al responder. Poco a poco la culpa comenzó a desencadenarse dentro de mí. Pensé, ¿por qué estoy tan cerrado al mundo? Voy a hablarle.


“¿Qué haces aquí en México?” – pregunté.

“Estoy viajando” – contestó.


Al voltear vi que se trataba del rostro hermoso que vi en la entrada del lugar al voltear hace unos momentos. Mi corazón dio un vuelco y se cortó mi respiración.


“¿De qué parte de España eres?” – pregunté.

“Del país vasco” – me dijo.

“¡El libro que estoy leyendo es sobre el país vasco!” – comenté emocionado, quizá exaltado.


Estuvimos platicado por un par de horas e intercambiamos los teléfonos. Decidimos vernos al día siguiente. Esa tarde yo noté en mí un espíritu distinto, una fuerza vital corriendo por todo mi cuerpo, desbordándose. Por la noche tomé la bicicleta para ir a una fiesta. Esa noche bailé sin parar, con amigos, con extraños, con el mundo. ¡Estúpido cupido!”, me flechó y dio directo en la vena más vulnerable de mi ser.

jardin

Al día siguiente platicamos de nuevo por un par de horas en el desayuno. En nuestra plática surgió un comentario de su parte sobre el síndrome de Stendhal. La primera vez que lo escuché fue cuando un sacerdote en Roma me explicó que ese malestar y angustia que sentía tras un día completo de admirar esa ciudad, se debía a haber estado expuesto a tanta belleza y arte. Precisamente me sentía así al conversar con ese rostro hermoso, sentía que no podía más estar expuesto a su belleza, que me iba a caer, que estaba al borde de una fuerte caída.

Nos despedimos y yo caminé a casa con una angustia que llegó a lastimarme el pecho. A unas cuadras de mi casa, noté que en mis bolsillos ya no estaba mi cartera. La tiré y no me di cuenta, perdí las tarjetas y la cabeza. Ese día transcurrió acompañado de un desasosiego, de un sentimiento de extrañeza. Yo ya no sabía quién era yo ni dónde estaban mis pies. Decidí dormir temprano.

Desperté a las cuatro de la mañana con un mensaje en mi celular que decía: “¿quieres que pasemos el día juntos?”. No pude dormir más. Nunca nadie me había dicho algo así, tan simple y tan bueno. Cualquier tipo de angustia desapareció y empecé a bailar en la oscuridad.

¿Qué me pasa? ¿Qué debo hacer? ¿Qué es esto?

Saber que en unos días se iría me generaba una tristeza profunda y me invadía, incluso estando juntos. Soy inevitablemente melancólico y azotado. Me invaden los sentimientos, nunca he sido esa persona emocionalmente inteligente. Lo discutimos, lo platicamos y mientras nos abrazábamos, poco a poco fui apropiándome del momento, del presente, de lo que te brinda el “ahora”. Creo que en una semana sonreí tanto como he sonreído en mis casi 24 años. Yo me entregué. No revisé mi celular, no vi mis mensajes, olvidé al mundo. Nunca me había preocupado tan poco por el mañana ni por mi tesis inconclusa.

El agua corrió por mis hombros, vimos el mar a través de un óleo, comimos estrellas de mar, cantamos el salmo de la gracia y dijimos adiós con serenidad.

Desperté solo afuera del aeropuerto, con una lluvia torrencial, gente con maletas y coches por todos lados, me sentí de nuevo arrojado al mundo. Esa noche festejé el grito de independencia en el centro de Coyoacán, y en un juego mecánico le grité al mundo lo feliz que era. Había concluído la semana más dulce de mi vida.

Hoy comí una orejita antes de retomar mis lecturas para la tesis de una licenciatura inconclusa. Mientras soñaba despierto, junto a mis gardenias moribundas, me preguntaba sobre el futuro y me respondí a mí mismo: un día a la vez, una orejita a la vez.

Nardo.

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