Semilla de limón

Cuando uno es niño, todo genera asombro y sorpresa por su novedad. Las emociones y las experiencias se van presentando en un ser que tiene pocos elementos para nombrar o identificar qué es lo que le sucede. Así, la llegada de la primera experiencia dolorosa es como morder por primera vez una semilla de limón. Se conoce lo amargo antes de poder nombrarlo, y ello deja un eco o una huella perpetua, un registro de lo que no es placentero. 

Si nos atrevemos a hablar de lecciones o aprendizajes, podemos admitir que en lo consecutivo, el niño evitará morder las semillas amargas de la existencia. Después las semillas se convierten en probar las primeras lágrimas de la pérdida de un ser querido, algún conflicto humano, o una ruptura amorosa. 

A veces siento que los rastros de las semillas amargas nos llevan a sacar conclusiones muy determinantes de las experiencias que tenemos. Me atrevería a decir también que intentamos buscar la manera de evitar que nos suceda de nuevo una experiencia amarga. Comenzamos a crear mecanismos de defensa, barreras y prejuicios para amortiguar o evadir las consecuencias que trae consigo vivir. 

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Es inevitable querer estar bien. Creo que solemos buscar la mejor manera de vivir, de sentirnos bienvenidos y bien tratados en el mundo que habitamos, de pensar que somos capaces de funcionar en un mundo que exige supervivencia. A veces pienso que la madurez, mis estudios, los libros que leo, las relaciones que he forjado, las memorias y mi capacidad de nombrar y reconocer lo que me va sucediendo, son formas de vivir mejor, de asimilar de la manera más sana lo que está por venir, agradable o no. Sin embargo, creo que lo que viene siempre nos sorprenderá, porque nombrar las cosas no las hace menos amenazantes. Los sucesos siempre encuentran nuevas formas de presentarse. 

Creo que ser humano es admitir que no todo está en nuestro control y que si algo puede hacer el conocimiento es permitirnos estar conscientes de ello. Ahora me doy cuenta que tengo tan pocos elementos para amortiguar la llegada abrupta de las experiencias de la vida, como cuando era un niño. Que lo único que puedo hacer distinto es tomar con calma y serenidad cualquier irrupción de elementos nuevos en mi existencia pues, agradables o no, todo pasa.

Nardo

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