Comenzar de nuevo

No sé usted, querido amigo, pero a mí a veces la vida me parece demasiado abrumadora. Bueno, pero no crea que estoy culpando a la vida. La vida solo es. La que se abruma soy yo. Constantemente. Quizá sea por mis infinitas limitaciones, o mi incapacidad para vivirla. A lo mejor algo tiene que ver con los incontrolables pensamientos o los innumerables recuerdos. Pero es que es inevitable que me sobrepase, así, tan de repente. Sobre todo cuando mis planes y los suyos no coinciden del todo.

Sí, bueno, ¿y qué? Se estará preguntando usted por qué le cuento todo esto, y justo ahora, por estas fechas. Probablemente piense que proviene de un sentimentalismo vacío muy característico de esta época particular, el fin de año. Y algo puede tener de cierto. Pero solo quería aprovechar la ocasión para parar un poco y contarle alguna cosa. El tiempo, casi siempre, puede ser utilizado como la excusa perfecta. (Como decir “no tengo tiempo”, “hace mal tiempo”, etcétera)

También entiendo que todo esto es consecuencia de mi fuerte convicción de que los ritos y símbolos importan, o que al menos los necesitamos más de lo que muchas veces estamos dispuestos a aceptar. Y en el ajetreo de estos últimos días del año siento que, al menos yo, me comporto de forma extraña. ¿A usted no le pasa? Como si estuviera muy cerca de la meta de una carrera a la cual nunca me inscribí.  Corriendo, tratando de llegar, pero ya agotada sin poder ver el camino detrás. Y ni pensar en lo que falta. Todo es demasiado.

Por eso, amigo, veo con un profundo interés nuestra costumbre de hacer un gran evento alrededor del fin de año, y una gran fiesta para recibir el Año Nuevo, y me lo tomo muy en serio. Porque claro, en términos estrictamente humanos no pasa absolutamente nada de las 23:59 a las 00:00 más que un minuto. Y sin embargo ese minuto lo llenamos de recuerdos, de esperanzas, de ilusiones, de abrazos, y a veces de uvas o de besos. Me parece un símbolo espectacular.

Este rito, como todos, proviene de una necesidad humana muy particular que, en lo personal, me llena de ternura. Y es que nuestra pequeñez nos exige olvidar, perdonar, cerrar ciclos, recomenzar. Necesitamos la posibilidad de empezar de nuevo.  Sin ella seríamos solo nuestro pasado, y no podríamos imaginar todo lo que puede ser porque nuestra cabeza estaría demasiado ocupada contemplando lo que fue. No habría espacio para la novedad con todo lo que llevamos encima.

¿Lo ve? Entonces aunque para muchos la fiesta de fin de año no signifique mucho y les parezca una tradición un poco inútil o un sinsentido, para mí, por ejemplo, tirar una agenda vieja y empezar una nueva es tener la oportunidad de parar  el mundo por un momento. Es detenerse y poder mirar hacia atrás. Es el momento de discriminar recuerdos y acomodar viejos sentimientos. Agradecer todo lo vivido y aprendido. Y después voltear hacia delante. Imaginar las infinitas posibilidades e ilusionarse. Soltar para poder soñar. Y luego, sin que nada haya cambiado realmente, continuar. Un poco más ligero y un poquito más feliz.

Y es por esto, amigo mío, que quiero desearle de todo corazón que se tome el tiempo que necesite, que cierre lo que tenga que cerrar, que abrace a quien tenga que abrazar y que comience de nuevo, con mucha ilusión, el año que viene (o todas las veces que tenga que hacerlo).

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