Cultivar mi aralia

El año pasado tomé un curso sobre La Montaña Mágica de Thomas Mann que duró diez sesiones. El profesor Marco Perilli lo estructuró de tal forma que repasábamos una décima parte del libro en cada sesión. Revisábamos algunos fragmentos de cada capítulo e íbamos entendiendo la genialidad del autor con los detalles y datos curiosos con los que el profesor complementaba el análisis literario de la obra.

Fuimos entendiendo el pensamiento hermético que inquietaba a Thomas Mann y que lo llevó a relacionar el texto con el grabado de Durero llamado Melancolía I. El protagonista de la historia representa la iniciación de un joven en una búsqueda espiritual. Hans Castorp, el protagonista, se encuentra con una serie de personajes que van influyendo en su manera de pensar y que le hacen cuestionarse el sentido de sus acciones. En la séptima sesión (el siete, número importante dentro de la visión de Thomas Mann), el profesor nos platicó que el autor situó el mensaje más importante de la obra en la proporción áurea de la versión alemana, es decir, al multiplicar el número de páginas totales por 0.618… se encuentra aquélla donde se lee la siguiente frase:

En nombre de la bondad y del amor el hombre no debe dejar que la muerte reine sobre sus pensamientos.

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Esto me hizo pensar en muchas cosas. Tomándome la libertad de expresarlas tan figurativamente como surgieron en mi cabeza, pensé en:

tierra, suicidio, cigarro, cinismo, mundo en llamas, nihilismo, planta, abandono, descuido, contaminación, rendirnos, claudicar, no resistir, morir.

Si le doy una interpretación a la explosión de ideas que hubo en mi cabeza, podría decir lo siguiente. Considero que, así como lo pensó Hans Castorp, vivir es descomponerse desde el primer momento de nuestra existencia, tanto orgánicamente como espiritualmente. Vivimos pero vamos muriendo a cada instante. Hay hábitos que reflejan ese deseo inconsciente de morir, a veces la muerte se apodera de nosotros sin saberlo. Nuestras acciones pueden reflejar que nos rendimos y que poco nos importa el alimento que le damos a nuestro cuerpo o a nuestra alma. A veces nos olvidamos que todo es un cultivo, que la cultura es vida y la vida es cultura.

Pensé en mis plantas, en mi pequeño jardín interior. A veces me angustio al ver morir ramas completas de mis aralias. Y enseguida siento la urgencia de ir a comprar abono, vitaminas o algo que acabe con las plagas naturales que normalmente atacan a las plantas. Y comienzo el cuidado, intento no olvidar nunca el día que las riego y poco a poco me doy cuenta que comienzan a crecer pequeños brotes de nuevas ramas. Inevitablemente me emociono, porque quiero a mis plantas, porque coexistimos, porque me alegran siempre que tomo consciencia de lo que enriquecen mi vida.

Lo cierto es que noté lo mismo con mi cuerpo. Todo el año pasado estuve muy enfermo de diversos padecimientos. Fui con seis especialistas, tomé incontables pastillas, cambié por completo mi dieta, comencé a restringirme en los placeres de ciertos hábitos deliciosamente mortíferos y poco a poco fui entendiendo. Yo era un hedonista más preocupado por el placer momentáneo (que no deja de ser atractivo para mí), que de mi vida misma. Por supuesto que vivía, y vaya que disfrutaba ser Baco junto a racimos de uvas y quesos curados, pero estaba acelerando lo que me mata. El malestar terminó por hacer evidente, junto con muchos estudios de laboratorio, que debía detenerme. Debía hacer lo mismo que con mis plantas, cuidarme, alimentarme bien y que la muerte no venciera a la vida.

Por otro lado, a veces pienso que eso nos pasa también como civilización. Creo que siempre es buena idea recordar que la muerte no debe reinar sobre nuestros pensamientos, en nombre de la bondad y del amor. Creo que a veces no nos damos cuenta que muchos de nuestros actos humanos, tanto individuales como en el agregado, son sinónimos de muerte. No quiero nombrar ninguno porque creo que no es necesario. Lo que sí creo es que el espíritu debe alimentarse, que la cultura al ser vida, no debe olvidarse. Que la cultura puede ser el cultivo de mejores hábitos, para preservarnos a nosotros y al ecosistema que nos rodea.

Nardo.

 

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