8 de marzo en Madrid

No era sólo una tarde en la que miles de mujeres salían a la calle a exigir al Estado, no era sólo un día para pararse en aquel concreto en el que solo se paran coches, no era sólo un jueves para sentirnos rebeldes y seguir avanzando, aunque el semáforo sobre nuestras cabezas sea de un brillante rojo. Algo había cambiado, algo estaba por cambiar.

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El 8 de marzo se vivía en España una huelga general. Ya no se trataba de mujeres que estaban dispuestas a dejarlo todo por luchar en las calles por la igualdad, la no discriminación, la no brecha salarial y la no violencia de género: esta vez era todo un país en paro. Miles de empresas dando la tarde libre, miles de escuelas con clases canceladas, miles de cafeterías cerradas. Era un jueves en marzo que se esperaba desde enero, era una tarde que desde la mañana ya olía a euforia, a emoción y a urgencia de un futuro mejor.

Salí de casa para ir a Atocha a las 17:00, parecía que iba con tiempo, pues estaba a tan solo cuatro paradas del metro y la marcha comenzaba a las 18:00. Apenas bajé unos escalones vi los andenes repletos, veía a lo lejos el tren que entraba a la estación intimidantemente lleno. Caminé hasta Atocha, con muchísimos más que habían decidido caminar también. Era como si la movilización hubiera iniciado mucho antes, desde cualquier barrio de Madrid hasta el sur de la Ciudad.

Comenzó la movilización, caminaba con miles de mujeres y hombres a mi lado. Nunca había visto a tanta gente junta, tanta gente pidiendo lo mismo, me subía a las bancas de la calle y mi mirada —como cuando veo el mar— no alcanzaba a ver el final. Me imaginaba a la masividad de gente que recorría conmigo todo el Paseo del Prado para llegar a la Gran Vía y terminar en Plaza España en una toma cenital, como una masa que se mueve a un mismo ritmo; sin embargo, yo no veía una masa, yo, desde adentro, veía a cada persona por separado, en su individualidad, en su originalidad, en su autenticidad, veía la diferencia en la igualdad: aquella señora de 1.50 de pelo blanco corto, aquella joven con la mitad de la cabeza rapada, a las de pelo lacio, a las que no tenían pelo, a las que tenían demasiado y a las que lo tenían pintado de azul. Veía a mis compañeras de clase agarradas de los brazos de sus madres, los ojos de estas mujeres brillando mientras se reflejaba aquel infinito de personas en sus pupilas. Veía a las partes mientras sentía el todo. Mi piel, cómo límite de mi cuerpo, es lo que más se acerca a los demás, sentía las otras pieles, las otras texturas, los otros cuerpos… y me reconocía en ellos.

La lucha feminista pasaba de infinitivo a gerundio: algo está cambiando. Ser mujer ya no es una condena, sino una posibilidad. Estaba viviendo cómo, después de más de un siglo, la verdadera emancipación feminista se estaba consumando. Tenemos derecho a crearnos, a inventarnos y a reinventarnos sin restricciones, a caminar en la noche sin miedo, a escoger nuestra propia ropa, a tener un trabajo con un salario justo y elegir de quién nos enamoramos.

No sabía si éramos 100 mil, o 500 mil o un millón o mil millones, pero sentí que estábamos en todo el mundo, que lo abarcábamos todo. El éxito de la marcha se estaba viviendo en la misma marcha: mujeres que pelean por las que ya no pueden hacerlo, mujeres que peregrinan en nombre de todas las mujeres del mundo y mujeres que se asumen a sí mismas y se aman por eso.

Y caminé horas como quisiera hacerlo todos los días: sin miedo, sin frio… libre.

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