Gobiernos de amor e ilusión

Hannah Arendt escribe lo siguiente en La condición humana:

Debido a su inherente mundanidad, el amor únicamente se hace falso y pervertido cuando se emplea para finalidades políticas, tales como el cambio o salvación del mundo.

Esta oración quedó grabada en mi cabeza desde que la leí. Me hizo pensar dos cosas. La primera consiste en que el ejercicio de la política no es un acto de amor; la segunda, que hay algo repugnante en un ejercicio del poder que se llama a sí mismo amoroso.

Lo anterior me llevó a pensar en las ilusiones que siembran los líderes amorosos. Una ilusión es, entre muchas definiciones, eso que carece de realidad pero que es deseable que se cumpla. Los seres humanos tendemos a ilusionarnos, parece que es lo que a veces brinda sentido o “chiste” al realismo de nuestras experiencias cotidianas. Las ilusiones son parte de lo que imaginamos, pero pueden ser la motivación de nuestras acciones y es posible que nos acerquen a lugares increíbles. Sin embargo, las ilusiones también pueden nublarnos y quitarnos la capacidad de ver los hechos, ver gigantes donde hay molinos y quizá llevarnos a resultados desastrosos.

Es cierto que en lo privado, podemos someternos a una revolución de nuestros significados, transformar nuestros símbolos, pensar que una luna creciente es el ojo cerrado del cielo o que el cambio climático es un mito. El problema es cuando las ilusiones se imponen en el espacio público, donde habitamos todos bajo reglas comunes, donde hay un mínimo de acuerdo sobre lo que se considera real y existente.

tiranos

Leszek Kolakowski escribe, entre muchas cosas, de la presencia del mito. Él entiende el mito como aquella narrativa que nos permite tener valoraciones con las que podamos calificar nuestras acciones, es decir, nos enseñan aquello que los valores representan a través de figuras o símbolos que no están condicionados como nosotros por el tiempo o el espacio, que no dependen de la comprobación empírica. El paradigma de nuestro tiempo ha excluido el mito del espacio público, volviendo un tema de la vida privada el ejercicio de la verdad. Entonces el espacio público se convirtió en este lugar carente de significados míticos, pero al mismo tiempo, dependiente de la construcción humana de valores, de tradiciones seculares, probablemente de la necesidad de conservar.

Kolakowski dice que cuando tratamos de emanciparnos de manera radical de ciertas herencias o tradiciones, podemos caer en la tiranía de otra ilusión. Me pareció muy fuerte pensar que una ilusión pudiese ser tiránica. Eso me llevó a pensar en la posibilidad de que un gobierno pudiese convertirse en la tiranía de la esperanza. 

Es muy entendible que, ante realidades muy opresivas e injustas, exista el deseo de buscar un cambio, de erradicar los problemas que provocan el malestar social y de probar las alternativas nunca antes probadas. Creo que el error que se puede cometer en escenarios como éste, es probar la opción del mesiánico, del vendedor de ilusiones, de la promesa transformadora. Creo que las reformas tienen la capacidad de permitirnos usar criterios comunes para evaluar nuevas formas, nuevos comportamientos. Pienso que hay un verdadero problema cuando se busca transformar todo lo conocido, porque caemos en el terreno de la atomización, de la ausencia de significados comunes.

Nardo.

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