El Prinsidente

 

Power corrupts; absolute power corrupts absolutely.

Lord Acton

Por el bien del pueblo han buscado el poder muchos personajes políticos a lo largo de la historia. En estos días podemos observar con frecuencia el surgimiento de líderes que seducen para obtener el apoyo popular.

En El Príncipe, de Maquiavelo, tan citado y poco leído, se hace alusión a los principados civiles, hoy nuestras repúblicas. A la cabeza de éstos se llega gracias a cualquiera de estos dos medios: con el favor de los grandes y poderosos, o con el del pueblo. De este último dice que es más fácil de preservar, pues sus únicos enemigos son los grandes y poderosos, a quienes puede modificar, perjudicar o aniquilar. Advierte que el que manda con el favor del pueblo debe mantenerse como su amigo, lo cual considera fácil ya que lo único que éste quiere es no ser oprimido.

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Saturno devorando a su hijo, Goya

Si hablamos de un régimen presidencial, llamaría a la cabeza de éste un prinsidente. El presidencialismo existe cuando el ejecutivo es el privilegiado entre los tres poderes que dividen al sistema. Los Federalistas solían hablar de la importancia de la función de pesos y contrapesos entre ellos, para la salud de la colectividad o el bien común. Cuando  la seducción del prinsidente logra que su partido político reciba también los votos suficientes para tener mayorías en el poder legislativo y, por otro lado, sus facultades le permiten tener incidencia en la operación del poder judicial, hablamos de un control absoluto de los tres poderes.

En un sistema democrático de elecciones periódicas, si el prinsidente consigue que los votantes continúen apoyando a su partido, el absolutismo se acerca al establecimiento de una dictadura aparentemente democrática. ¿Cuáles son las posibles consecuencias de esto? Que desaparecen los pesos y contrapesos que permiten al pueblo defenderse en caso de que el prinsidente deje de actuar a su favor. Por esa razón, un prinsidente ambicioso y disfrazado de oveja puede tener como interés principal su permanencia en el poder y no el bienestar común. Así, el peligro de dejarse seducir ante el carisma de un populista puede devenir en la ruptura de la libertad y la corrupción absoluta de un régimen.

Nardo.

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