Conciliación y concordia

A veces me pregunto cuál es el objetivo de la búsqueda y construcción de diálogo en el espacio público. Cuando observo mis entornos material y virtual, me parece inevitable sentirme lastimado por la viceralidad y lo arbitrario de las posturas y los argumentos políticos. Me imagino como un individuo atravesado por infinitos aguijones cargados de ponzoña ideológica.

Nací y crecí en un tiempo caracterizado por un optimismo culminatorio, de conquistas nada despreciables pero frágiles, de libertades alcanzadas que serían efímeras si no se sostienen mediante la práctica permanente de valores políticos.

La conciliación se da cuando los individuos son capaces de reunirse y reconocer las identidades de cada quien a pesar de sus diferencias; de hacer compatibles las contradicciones. La concordia consiste en la conclusión pacífica que permite a los individuos convivir a pesar del desacuerdo.

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Las bodas de Tetis y Peleo, Jacob Jordaens, 1636 – 1638. La manzana de la discordia en el centro de la discusión.

Me parece lamentable que, desde el ejercicio de su poder, el actual gobierno de México proponga soluciones de confrontación y cree una atmósfera de resentimiento entre los integrantes del cuerpo social, muchas veces clasificados por él mismo como buenos y malos. Resulta imposible negar las condiciones objetivas de injusticia e inequidad que prevalecen entre nosotros, pero no por ello considero justificables las prácticas políticas que promueven mayor discordia y enemistad entre los ciudadanos. La condena inhibe la capacidad del señalado para defenderse o responder a las acusaciones, reduciéndolo a una condición de exiliado dentro del cuerpo político.

Las políticas del resentimiento intentan consolidarse como virtuosas, pero no lo son porque implican hostilidad y venganza entre las partes. En cambio, un gobierno virtuoso promueve conciliación y concordia, reúne y convoca para hacer posibles la participación y el acuerdo armoniosos, a pesar de las diferencias.

Para responder a lo que me pregunté al inicio de esta reflexión, diría que la práctica del diálogo en el espacio público cobra sentido cuando nos damos cuenta de que la paz no se sostiene sin la búsqueda activa de conciliación y concordia. Que dada la mutabilidad y el carácter frágil de los consensos de justicia y libertad, no podemos permitir que el rencor y el resentimiento prevalezcan sino hacer todo lo que esté a nuestro alcance para acercarnos a quienes son diferentes a nosotros.

Nardo.

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