Víctimas de la redención

El ejercicio de ciertos derechos implica inevitablemente el uso de dinero público, lo cual crea una responsabilidad en quien lo maneja. El concepto de ciudadanía dota al individuo de la capacidad de participar y ser representado por la política, fundada en una base de igualdad. En la medida en que crecieron las demandas ciudadanas, los servicios públicos acabaron por ser insuficientes y el aparato político se convirtió en mezquino.

La idea del merecimiento y la constante insatisfacción ante la realidad vigente predominan en el imaginario social de los que habitan en las democracias occidentales. La práctica de tales modelos de gobierno ha dado lugar, entre muchas otras cosas, a una proliferación infinita de deseos que necesitan ser satisfechos. Y esa misma práctica conduce a una competencia en la que unos ganan y otros pierden. Los que ganan deciden arbitrariamente qué derechos serán privilegiados económicamente.

Así, satisfacer todos los deseos es algo materialmente inalcanzable. Asegurar que eso es posible puede ser una buena estrategia política o electoral, pero nunca una verdad. Los líderes populistas suelen dirigirse a un ente llamado pueblo como defensores de los intereses de éste. Esa complicidad puede ser bien recibida por quienes se incluyen en esa categoría, sobre todo en aquellas sociedades donde la desigualdad económica ha sido perpetuada desde la estructura del poder.

El argumento sobre la existencia del privilegio de ciertos grupos de la sociedad ha sido uno de mucho peso para que diversos movimientos apoyen a aquellos candidatos que prometen acabar con la desigualdad y la disparidad. Se han popularizado quienes buscan la redistribución de la riqueza, la regulación de los mercados y la creación de equidad.

El privilegio es la exención de obligaciones o la concesión de derechos de manera especial o arbitraria. Si bien es cierto que existe y que resulta necesario acabar con él en una sociedad justa, prometer erradicarlo desde el poder puede ser peligroso también. Si no se le define o si se le confunde con características raciales o culturales, puede llevar a la supresión de la libertad y a un ejercicio de violencia generalizado sobre quienes aparentan detentar ventajas físicas, materiales o conductuales.

Desde hace un tiempo es posible observar en el espacio virtual de las redes sociales una tendencia a simplificar y estereotipar a la sociedad a través de quejas, denuncias y críticas. A pesar de que éstas puedan ser en principio válidas y ciertas, contienen generalizaciones, falacias y falsificaciones de la realidad con el propósito de respaldar una determinada visión o una particular postura ideológica. Buena parte de los que así se expresan se intentan exhibir como víctimas de quienes suponen privilegiados, promoviendo hostilidad y propiciando un ambiente de enfrentamiento y violencia. Esto ha logrado trascender más allá de las redes sociales y convertirse en un capital político que está siendo aprovechado por gobernantes populistas que se comportan como redentores.

El redentor es aquel que libera de una pena o situación desafortunada a quienes las padecen. El redentor político siente que su deber es salvar a quienes se consideran víctimas de las injusticias de los antiguos propietarios del poder. El victimismo se convierte en un espíritu colectivo y al mismo tiempo sectario, porque excluye a quienes aparentan ser privilegiados por determinadas características. Esto también es injusto y no es democrático. Al redentor político le conviene mantener esta relación para hacer un uso arbitrario del poder y perseguir a quienes considere sus enemigos o adversarios, so pretexto de que lo son del pueblo.

La situación descrita se revela más como los orígenes de un régimen tiránico que como una democracia. Además, puesto que no hay erario que alcance para satisfacer todas las necesidades y deseos de una colectividad, muchas expectativas de las víctimas pueden verse frustradas. Las promesas hechas para ganar el poder y legitimarse por vía democrática corren el riesgo de no ser cumplidas y sólo utilizadas para perpetuarse en el poder.

Nardo.

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