El tirano incompetente

Sándor Márai escribe en Confesiones de un burgués sobre la figura del tirano. Narra la historia de un jovencito gitano con el que jugaban todos los niños burgueses de su edificio. Este pequeño tirano lograba convocarles a todos y que le obedecieran. Relata que no era muy inteligente ni muy culto, pero que emanaba poderosos efluvios con los que Márai quedaba encantado y dispuesto a hacer lo que le pidiese.

Cuenta el autor que en su vida adulta se encontró con más tiranos pero en otros contextos, en los partidos políticos. Personajes que tampoco estaban muy informados pero que lograban imponer disciplina en quienes les seguían, incluyendo a los expertos.

Lo que me hace pensar un relato como éste es que hay criterios más fuertes que la razón o la sensatez para obedecer a un tirano. Pienso en el holandés al que Hans Castorp idolatra en La Montaña Mágica, a pesar de que sea sólo un idiota con carisma al que obedecen todos en el sanatorio tanto por miedo como por atracción.

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La expulsión del duque de Atenas, fresco de Andrea Orcagna, resguardado en el Palazzo Vecchio de Florencia. 

Márai describe a este tipo de personaje como aquel que “aparece en una comunidad humana donde existe un descontento” y que “siembra las semillas de un movimiento o de una revuelta, despierta la duda en los corazones de los demás, haciéndolos conscientes de sus contradicciones internas, da pie a un proceso de cristalización para desaparecer un día de repente sin dejar rastro, quizá para terminar su actuación en la horca o en la leyenda.”

Y lo que pienso después de leer estas líneas no va en relación al descontento o a la contradicción, sino a dos cuestiones que me parecen más relevantes. La primera es que si ya existe un problema que genera el descontento, es probable que el tirano sólo lo empeore en lugar de motivar a su solución. La segunda es que la falta de competencia e inteligencia pueden traducirse en falta de capacidad de gobernar y en un desastre mayor, si es que los tiranos incompetentes llegan al poder.

Para ilustrar lo anterior podemos tomar el caso de Gautier VI de Brienne, duque de Atenas, que leí en How to Defeat a Tyrant: The Florentines against the Duke y que trataré de resumir. En 1341, los florentinos entregaron su confianza a este duque para acabar con los problemas de su ciudad y protegerles por periodo de un año. Ganó el apoyo tanto del pueblo como de las grandes y poderosas familias haciendo infinidad de grandes promesas. Una vez cumplido el tiempo, éste se impuso en el poder por la fuerza y logró que el gobierno florentino lo nombrase el gobernador de Florencia de por vida. Distraía al pueblo con fiestas y espectáculos mientras perpetraba crímenes y hacía uso arbitrario de su poder sin saber realmente gobernar.

Finalmente la gente se sintió engañada y traicionada al ver que las promesas no fueron cumplidas y que las situación sólo empeoró. Las conspiraciones se desataron y grupos de personas se organizaron para atacarlo. Al enterarse de esto, el duque tomó medidas drásticas que consistieron en el asesinato de miles de florentinos. Tras mucha violencia, finalmente los florentinos le propusieron un acuerdo pacífico, si el tirano dejaba el poder le permitirían salir de la ciudad con vida. Desapareció de Italia, sin pena ni gloria, y murió varios años después en 1356 en la batalla de Poitiers, Francia.

Nardo.

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