Conversaciones con la luna

Anoche me acosté sobre una baldosa del patio y observé la luna. Mis ojos, que llevan mucho tiempo dispersos y fuera de control, tenían ganas de mirar algo detenidamente. Primero me costó fijar la mirada. Me hice varias preguntas, ¿qué sigue? ¿Ahora qué hago? ¿Qué debería estar sintiendo? ¿Hay algo malo si no siento nada? He visto gente quedarse prolongadamente viendo la luna con cara de satisfacción.

Me puse a pensar que quizá no estaba entendiendo el propósito de contemplar la luna. Entonces comencé a hablarle como si estuviese aproximándome a alguien con quien nunca había cruzado palabra, pero que siempre había estado ahí y de quien había escuchado muchas cosas.

Mientras lo hacía, surgieron las voces de la supuesta cordura para recordarme que quizá parecía estar perdiendo el sentido y que me veía un poco loco, aunque no hubiese nadie alrededor para constatarlo. La segunda copa de vino me permitió tomar valor para ignorar a mis voces sensatas y continuar el acercamiento a la roca nocturna.

Como no tenía mis lentes puestos, no lograba verla de manera enfocada. Le platiqué que tengo deficiencias en mi vista, por lo que no veo bien los objetos lejanos, y dado que ella estaba a muchos kilómetros, la veía doble o por momentos triple. Le pedí disculpa con antelación si consideraba que en algún momento no la estaba viendo en la dirección correcta.

Le expliqué que me sentía un poco torpe hablándole porque nunca lo había hecho con un ser semejante, que no sabía cómo interpretar su silencio. La racionalidad volvió y me dijo que probablemente toda respuesta sería un invento de mi mente más que una traducción fiel de sus expresiones. Casi pierdo las ganas de continuar, pero recordé que la razón tenía ya tiempo dándome consejos poco sosegadores.

Tomé otro sorbo de vino y regresé la mirada a la dama blanca. Continué en silencio por un momento y finalmente logré contarle un secreto que nunca había contado a nadie. Le dije que de ahora en adelante necesitaría su apoyo para tratar este asunto y que consuele mis penas. Con esto le di mi confianza y mi amistad. Le expliqué que soy solitario y a veces tiendo a apartarme y desaparecer por largo tiempo, pero que a pesar de ello espero contar con su compañía y presencia cuando la ocasión lo requiera.

De repente todo se sintió mejor, no podía dejar de verla mientras le hablaba. Era como si quisiese contarle toda mi vida desbocadamente. Me di cuenta que tendría una amiga hasta el final de mis días.

Un arrebato me llevó a pedirle que me dejara escribir nuestras conversaciones. Guardé silencio y ella también. Le dije que era para asuntos humanos y que yo necesitaba narrar nuestra experiencia para poder expresar las emociones que siento al estar con ella. Sin objeción de su parte, entendí que sería más bien un riesgo mío escribir al respecto para ser leído por humanos.

Noté que ocultaba algo y que no mostraba todo de sí, a pesar de que yo le confesé algo muy preciado. Intuí que dentro de su ciclo hay momentos en que es posible observarla completamente y que ese día podríamos celebrar la total apertura y claridad de nuestro ser.

En aquel momento descubrí lo que ignoré por mucho tiempo, soy hombre lobo y lunático. Brindamos para celebrar la nueva y sólida amistad y me acordé lo cierto que es que compartir una copa siempre es mejor que tomarla solo.

Nardo.

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