Lo que me toca

Recuerdo los primeros libros de texto sobre asuntos civiles y políticos que tuve en mis manos. Estaba en los primeros años de estudio escolar y leía con frecuencia la palabra democracia. Creo que nunca entendí bien qué diablos era, sólo recuerdo que me imaginaba grandes multitudes de personas hablando fuerte al mismo tiempo para hacerse escuchar. De cierta forma me costaba imaginar la idea de que los congregados pudiesen coordinarse para vociferar lo mismo.

Así, la idea de la voluntad popular nunca pudo materializarse de manera clara en mi cabeza, sino que sólo veía una escena desordenada de ruido y caos. Pasó el tiempo y entré a la universidad, a estudiar un programa de ciencia política. Fue muy interesante descubrir esta manera tan sofisticada de entender métodos que supuestamente permiten traducir los ideales del pueblo en decisiones concretas de manera pacífica.

En otras materias, leíamos sobre teoría política para entender qué eran las libertades civiles y políticas, los peligros de las tiranías y el autoritarismo. Todo ello me formó para comprender el mundo en el que nací y crecí, para pensarlo y supongo que para escribir, como lo hago ahora.

Al principio de mi formación profesional, todo era descubrimiento y reto. Paulatinamente lo aprendido fue haciendo efecto en mí y me permitió ver con otros ojos la realidad. Pasé del placer por el hallazgo a la preocupación por los hechos. Poco a poco empecé a hacer una anatomía personal de los asuntos humanos y de la historia del poder.

Un día, sin darme cuenta me vi haciendo el ejercicio de analizar los tiempos que vivo, los actores políticos y las estructuras de poder en las que estoy inmerso. Tomé mis primeras posturas y encontré mis primeros enemigos. Surgió la primera bilis intelectual y llegó la frustración.

Si prendo la radio o accedo a algún tipo de medio de comunicación oral o escrito puedo encontrar una infinidad de lo que para mí son comportamientos absurdos y sin sentido. Antes pensaba que esto se debía a la ignorancia o a la falta de oportunidades, pues creía que la educación permitía ser noble, amable y crítico. Ahora veo que individuos con miles de diplomas pueden tener intereses más importantes que el rigor intelectual y el sentido común. Que el cinismo puede estar presente tanto en personas privilegiadas como no privilegiadas. Que la barbarie no tiene sólo una explicación, que somos un enigma y que no vale la pena que me enoje o que viva en constante confrontación con aquellos que apoyan y sostienen la demagogia en la que habito.

Me he permitido siempre llegar a mis propias conclusiones a mi propio ritmo. Es difícil aceptar que no hay mucho que pueda hacer respecto a lo que escucho en la radio cuando alguien dice palabras más, palabras menos:

Levante la mano el que quiera esto… Levante la mano el que no quiera esto… Porque podemos hacer lo contrario si no les gusta, porque la decisión es del pueblo…”

(Inserte a su demagogo correspondiente).

Me cuesta a veces tomar con humor lo que percibo como un peligro. No sé tomar a la ligera comportamientos vulgares, falsos y deshonestos. Lo que estoy aprendiendo es a aceptar mi propia insignificancia, pero también mi necesidad de escribir y expresar mis preocupaciones e inquietudes. No quiero odiar porque me parece una pérdida de tiempo y un acto también absurdo. Y como dice el poeta Rumi, no se apaga el fuego echándole más fuego, no se lava una herida con sangre.

No creo que nada bueno ocurra si damos pie al poder absoluto que se disfraza de remedio absoluto, pero eso será algo que quienes lo apoyan quizá un día entiendan. Yo mientras tanto, seguiré haciendo lo que me toca.

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