Notas en (sol)sticio con la flauta de carrizo

Era una mañana gris y calurosa en Ciudad de México. Yo cruzaba la colonia San Miguel Chapultepec en camino a los jardines de la Casa Ortega, obras del arquitecto Luis Barragán. Vestido con una camisa color rojo vino cargaba una rejilla con teteras, té de cedrón y unos folletos impresos con el programa del concierto que escucharíamos esa tarde: Notas en (Sol)sticio para recibir el verano.

Llegué con temor a tener unas grandes marcas de sudor en la ropa y con un poco de prisa. Los dueños de la casa, un amigo y yo acomodamos las bancas de madera en forma de medio círculo sobre el pasto y bajo la sombra de un inmenso árbol, con vista a la enorme buganvilia y a la estatua de un ángel de piedra.

Los invitados comenzaron a llegar alrededor de las doce del día, el cupo estuvo limitado a veinte personas. Una vez que estuvieron todos juntos, el dueño del espacio dio un recorrido por los jardines explicando la historia de estos y el propósito de Luis Barragán al crearlos. Contó detalles sobre cada rincón y el porqué de algunas plantas y esculturas.

Mientras tanto, yo preparaba las teteras y calentaba el agua. Escogí el cedrón porque en principio me gusta mucho su sabor y además es una hierba con propiedades medicinales. Yo la tomo porque es relajante muscular y alivia mis tensiones en el cuello y espalda.

Al terminar el recorrido, invité a todos a tomarse diez minutos más para ir al rincón que más les gustó de los jardines y quedarse ahí un momento, explorarlo, sentirlo y descubrirlo con atención profunda. Los músicos llegaron y fui a recibirlos. Se instalaron con sus atriles y partituras y yo abrí el documento con las traducciones de unos poemas de Rumi que preparé para inaugurar el concierto. Se las comparto:

Canción de la flauta de carrizo

Escucha la historia contada por el carrizo,

sobre la condición de estar separado.

“Desde que fui despojado de la cama de carrizo,

no he parado de exhalar lamentos.

Nadie que no ame

entenderá lo que digo.

Cualquiera expulsado de su fuente

buscará regresar.

En toda reunión,

me encuentro entre risas y dolor. 

Entre amigos, pocos escucharán 

los secretos escondidos 

dentro de las notas. Sin oídos para ello.

El cuerpo fluyendo fuera del espíritu,

el espíritu por encima del cuerpo: imposible conciliarlos,

pero no nos fue permitido

ver el alma. La flauta de carrizo 

es fuego, no viento. Sé ese vacío.

Escucha el amor del fuego enredado

en las notas del carrizo, como desconcierto

al mezclarse con el vino. El carrizo es un amigo

para aquellos que deseen rasgar sus telas 

y dejarlas atrás. El carrizo es herida 

y es también bálsamo. Intimidad

y deseo de intimidad, una

canción. Es rendirse desastrosamente

a un amor bueno. Aquel que

en secreto escucha esto es insensato.

La lengua tiene un solo cliente, el oído. 

Una flauta de caña de azúcar tiene tal efecto

porque fue capaz de hacer azúcar

en la cama de carrizo. El sonido que hace 

es para todos. A los días llenos de carencias,

déjalos ir sin preocuparte

que lo hagan. Quédate donde estás

dentro de tan pura y hueca nota.

Toda sed se sacia excepto

la de estos peces, los místicos. 

Que nadan un océano inmenso de gracia

y siguen aún deseándolo.

Nadie puede vivir en ello

sin ser alimentado a diario. 

Pero si alguien no quiere escuchar

la canción de la flauta de carrizo,

es mejor que dejemos de hablar 

de inmediato, digamos adiós y nos vayamos.”

The reed flute’s song, The Essential Rumi, translation by Coleman Barks, HarperOne, 2004, p. 17.

Los invitados decidieron quedarse a escuchar la flauta y el concierto comenzó con dos canciones de guitarra sola, después dos de flauta sola y finalmente cinco con ambos instrumentos. Mientras la música llenaba el espacio, era posible escuchar aviones y pájaros. Por momentos sentía pena y molestia por la invasión del ruido del avión, pero después los pájaros nos regalaban su gorjeo y sentía una alegría inmensa de compartir con la naturaleza las notas de estos instrumentos, creando juntos una pieza única e irrepetible. Nunca llovió a pesar de los pronósticos climáticos para ese día. El té de cedrón acompañó con armonía la actividad y los invitados contemplaban con atención y serenidad a los músicos.

Yo me sentí feliz de lograr un sueño que tuve desde que una amiga me llevó a este espacio, hacer una integración de las artes en el lugar, darle vida a los jardines con música. No sé qué pensaría Barragán si supiera que intervine en su obra por un momento, no sé si le hubiese gustado la selección de canciones o la poesía que escogí. Intenté curar los elementos de tal manera que hubiese algo de coherencia y diálogo entre ellos. Espero no haber traicionado a Rumi tampoco con mi traducción. Pienso que Barragán, al igual que Rumi, buscaban religarse al mundo, encontrar el hogar perdido. La música tuvo sus momentos eclécticos, otros melancólicos y al final muy alegres. La última pieza, Suite Havana de Eduardo Martin, fue de una dulzura sutil y delicada que dejó al parecer un buen sabor de boca en los presentes. Al concluir, leí un poema más para cerrar la actividad:

Donde todo es música

¡No te preocupes por conservar estas canciones!

Y tampoco si uno de nuestros instrumentos se rompe,

no importa eso. 

Hemos caído en el lugar

donde todo es música.

El rasgueo y las notas de flauta 

se alzaron en la atmósfera,

Y aunque todas las arpas del mundo

se quemaran, quedarían aún 

instrumentos escondidos tocando.

Así como las velas parpadean y se apagan,

tenemos piedra y chispa.

Este arte de cantar es espuma de mar.

Este movimiento grácil viene de una perla

en alguna parte del fondo del océano. 

Los poemas llegan como rocío de mar.

Surgen de una raíz letal y poderosa

que no podemos ver. 

Detengan las palabras ahora,

abran las ventanas del centro de su pecho,

y dejen a los espíritus volar dentro y fuera.”

Where everything is music, The Essential Rumi, translation by Coleman Barks, HarperOne, 2004, p. 34.

Yo tenía una congoja alegre a punto de explotar desde mi pecho. Yo era pájaro, golondrina conmovida, con ganas de volar y desaparecer. Mi último graznido se quebró, pero no llegó el llanto. Al terminar de leer, levanté el rostro y sonreí a los presentes. Mi corazón estaba sosegado y mi estómago anunciaba un apetito voraz, que fue saciado con un mole de pipián en Casa Merlos con un grupo de 12 personas que compartimos esta linda experiencia y los alimentos.

Nardo.

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