Pedir un deseo…

19 de octubre de 2019

“El deseo de luz produce luz.

Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención.

Es realmente la luz lo que se desea 

cuando cualquier otro móvil está ausente.

Aunque los esfuerzos de atención 

fuesen durante años aparentemente estériles,

un día, una luz exactamente proporcional a esos esfuerzos

inundará el alma.

Cada esfuerzo añade un poco más de oro

a un tesoro que nada en el mundo puede sustraer”.

Simone Weil

Soplar una vela y pedirle a la vida que nos conceda uno o varios deseos, es algo que a la mayoría nos enseñan a hacerlo desde que cumplimos un año. Pero ¿de dónde nos viene esta idea? Crecemos, y con ello, muchos deseos siguen permaneciendo. 

No importa si el deseo es conocer el mar por primera vez, o tomar un vuelo y sentir la fuerza de un despegue, cada deseo genera una emoción que puede permanecer con nosotros por mucho tiempo. 

Entonces, ¿de qué está hecho un deseo? Hoy sólo sé que un deseo viaja a su destino con cada partícula de lo que somos. Encuentra siempre su tiempo, su medida y su sabor. 

Sin embargo, algunas veces se nos advierte de tener cuidado con lo que deseamos, porque el universo nos puede conceder aquello que pedimos. El deseo entonces parecería ser meditado, reflexionado, pausado o quizás paciente, pero ¿realmente nos damos tiempo para desear? O ¿es sólo ocasión de cada uno de nuestros cumpleaños?

¿Desear es lo mismo que “anhelar”? ¿Es algo distinto de “querer”? ¿Es similar a “tener una ilusión”?

Mi ya amigo, N. Abbagnano menciona en aquel diccionario de Filosofía que desear tiene dos significados; uno como “apetito o como principio que impulsa a un ser vivo a la acción”. Y un segundo, según Aristóteles como “la apetencia de lo placentero”. Menciona también que Descartes lo definiría como “la agitación del alma causada por los espíritus que la disponen a querer para el porvenir, las cosas que ella se representa como convenientes”. 

Entonces, ¿“la disposición a querer algo para el porvenir…”? es inevitable no pensar aquí en todo lo que cada uno puede haber deseado en nuestros años ya coleccionados. 

-Va aquí un suspiro-

¿“Apetito o principio que impulsa a la acción”? Bajo esta noción, me pregunto si entonces ¿la idea de pedir un deseo sería, más que esperar a que algo suceda, algo que en tanto se tiene apetito se siembra, se pide, se trabaja, se acciona?

De ser así ¿Cuál pudiera ser ese “principio” que ponga en marcha aquel anhelado deseo?  

Me atrevo aquí a pensar en mis pocas o muchas velas de cumpleaños que he podido apagar, treinta y un deseos que han viajado, de los cuales; algunos quedaron olvidados, otros han caminado conmigo, un par han evolucionado, alguno que otro ha tomado otro rumbo, otros tantos se han colado en el último segundo, y claro, puedo decir que muchos de esos deseos fueron bien cobrados. 

En cada una de esas treinta y un ocasiones recuerdo haber sentido un impulso, una certeza sin pizca de duda en el segundo de pronunciar en mi mente aquello que era deseado. Un impulso que hace que muchos cerremos nuestros ojos, o que incluso, abramos ambas manos en ese segundo de pedir nuestro deseo. Un segundo, que rodeado de magia y certeza, parecería enviar al universo nuestra audaz propuesta. 

Pero ¿Qué pasaría entonces, si pedir un deseo pudiera ser algo que se nos permitiera hacer más de una vez al año? 

Por ejemplo, al mirar nuestra ventana en la calma de una luna llena, o quizás en el momento en que una fecha nos revela cierta sincronía…, en el momento de leer un párrafo inolvidable…, en el momento de un primer beso…, en el momento de dar los primeros pasos en una nueva ciudad…, en el momento de cruzarnos con una mirada inolvidable…, en el momento de ver un amanecer…, en el momento de sabernos en el día uno de cualquier aventura. 

Así como quien tira una moneda al aire, confiando en la magia y el azar de esta vida, quizás por ahora, yo seguiré así, pidiendo o sembrando deseos.  

Tania Cano

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