Porque sí

A veces me encuentro perdiendo el tiempo sin quererlo. Haciendo algo que no debería estar haciendo o más bien, no haciendo algo que debería estar haciendo. Desaprovechando los minutos para hacer algo útil. En vez de enfrentarme a una difícil o indeseable tarea, me dedico a cualquier otra cosa que se me ponga enfrente. Pasa el tiempo y no pasa nada. Y uno tiene que pretender un poco que no se da cuenta.

Uno no se acostumbra (¡menos mal!) a la sensación de descontento que dejan estos momentos, al parecer tan ordinarios.  Y es que creo que hay una insatisfacción propia de no decidir, de sentirnos poco libres. De actuar no porque queremos sino por inercia. Y por otro lado, parece que existe una presión, individual y social, por estar haciendo algo todo el tiempo, un culto a la excesiva actividad. Y no cualquier actividad, sino una que tenga una utilidad.

Esto no pretende ser un llamado a la vagancia (ya me gustaría) pero sí una reconciliación con el ocio y la soledad. A aprender a perder el tiempo, sobre todo a saber hacerlo intencionalmente. Sin tanta tibieza, hacer lo que tengamos que hacer y cuando no lo estemos haciendo, no hacerlo. Tampoco se trata de abandonar todas nuestras ocupaciones cínicamente cuando se nos dé la gana. Está bien que nos pese y nos cueste un poco seguir y parar, significa que al menos tenemos nobles intenciones de proseguir más adelante.

Sin embargo la realidad es que sabemos muy poco cómo perder el tiempo, nunca nadie nos ha enseñado. Y creo que lo hacemos bastante mal. Nos enfocamos tanto en los resultados que nuestro actuar es siempre un medio para conseguir algo. Por esto parece que no tiene ningún sentido hacer algo que aparentemente no tiene ninguna consecuencia.  Pero podríamos intentar hacer las cosas sólo porque sí, buscar el valor de las actividades en sí y no por sus resultados o consecuencias. Oír una buena canción porque sí. Pintar, leer, cocinar, caminar, no para algo sino porque sí.

Que sepamos disfrutar esos ratos, aunque nadie se entere (y aunque se enteren, que no, no somos siempre productivos). Que aprendamos a sentirnos cómodos con nosotros mismos sin el constante ruido y movimiento de la vida. Una especie de rebelión contra el inmediatismo.

Suena fácil. Pero en realidad requiere mucha valentía enfrentarnos a nosotros mismos y cuestionar nuestro actuar y nuestras motivaciones. Para hacer las cosas porque sí también es necesario ser muy honesto con uno mismo, no poner excusas ni pretextos.

En un mundo donde hay siempre tanto que hacer, también tiene su mérito aprender a contentarse.

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