En Boisbuchet

Han pasado meses desde que me despedí del Domaine de Boisbuchet, situado a orillas del río Vienne en el oeste de Francia. Partí muy acongojado pero satisfecho y feliz. En el tren de camino a París intenté escribir pero mientras lo hacía temblaba, las emociones eran tantas que no podía hacer otra cosa que no fuera sentir. Decidí cerrar mi cuaderno y ver el cielo, de un azul al que no estoy acostumbrado viviendo en Ciudad de México. Esto es lo poco que escribí:

31/ago/2019

Hoy dejé Boisbuchet con un sabor de boca delicioso y con un cansancio inmenso. No dormí nada, pasé la noche con N. Fue una noche muy linda conversando y escuchándolo cantar a Mozart.

Me cuesta seguir escribiendo, me pesa todo el cuerpo y el alma. Quisiera dormir largo tiempo en un cuarto blanco escuchando el mar, con una luz tenue y débil, entre pequeños momentos conscientes de duermevela, de placer y alegría delicada, gozo y dicha suaves, y arraigo dulce al mundo.

Quiero soledad y despertar silencioso. Quiero comerme un durazno con los ojos llenos de lagañas y los pies descalzos. Quiero que huela a sal y que sople el viento del atardecer…

Estaba listo para irme pero no para lo que iba a sentir al despedirme, tanto del lugar como de ciertas personas. Ahí se desenvolvió mi vida durante dos meses enteros, de una manera que no había experimentado antes. No había espacio que no fuese compartido, pues tanto los alimentos como el descanso se llevaban a cabo en espacios comunes. Cada semana había al menos un par de talleres sobre diseño, así como ponencias por las noches por parte de quienes los impartían. Es un lugar muy atractivo no sólo por el conocimiento y aprendizaje cotidiano, sino por su belleza; se puede nadar en un lago, correr entre árboles, andar en bicicleta o refrescarte en el río. En resumen, el lugar es idílico y bucólicamente estimulante.

Hay un ritmo de trabajo todos los días y también momentos libres que se pueden aprovechar para un ocio productivo o para descanso. La vida transcurre de manera distinta, el tiempo tiene su propio ritmo y la percepción del mundo es otra. El aire es limpio y los problemas personales parecen inexistentes, de tal forma que la mente está libre para dedicarse a conocer a los otros y a hacer introspección.

Las fiestas de cada miércoles tenían una chispa tanto cachonda como infantil. Había que disfrazarse de acuerdo a un tema elegido por todos. Era un momento para descubrir a los otros, de desinhibirse y soltar el cuerpo y la mente, dentro del molino que estaba junto al río. Baile, contacto físico, acercamiento amistoso y erótico, ruptura de límites. Todo podía ser, lo incorrecto era la mesura.

Es curioso, me enteré conversando con otros que no fui la única persona que decidió dejar de tomar medicamento psiquiátrico en ese lugar. Yo hablé con mi psiquiatra a distancia sobre el deseo de liberarme del letargo provocado por las pastillas, pues quería disfrutar más y me sentía listo para ello. Fui reduciendo la dosis hasta que por fin lo dejé por completo. Sin embargo, supe de casos en que lo dejaron de manera brusca y no terminaron bien las cosas.

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En fin, no sólo tomé decisiones importantes en ese lugar sino que logré metas que no había podido alcanzar. Corrí con un compañero medio maratón hasta el poblado más cercano, Confolens. Presenté un performance gracias a la propuesta de una compañera de exponer nuestro trabajo, el cual salió mejor de lo que esperaba y asistió más gente de lo que pensé. Posteriormente tomé un par de talleres. En el primero elaboré un vestuario para una coreografía Bauhaus, discutí acaloradamente con el tutor por sobrepasarse conmigo y no terminaron muy bien las cosas, pero los resultados del taller fueron positivos. En el segundo diseñé un candil de comida colgante hecho de bambú para exponer un escenario distópico de alimentación.

Finalmente, lo que fue más significativo y retador fue rodar mi primer cortometraje. Lo más especial y gratificante de esto fue la colaboración con mis compañeros, con quienes logré trabajar en un proyecto de manera voluntaria y libre. Siendo todos principiantes e inexpertos, logramos materializar algo que seguramente tendrá un eco en los siguientes retos de nuestras vidas.

No faltaron los momentos difíciles y no todo fue miel sobre hojuelas, también tuve días amargos y situaciones de estrés, pero no me interesa enfocarme en esto. Ahora estoy sentado en mi alfombra con una emoción maravillosa de dicha y agradecimiento que quise aprovechar para escribir esto. Se acaba este año en pocos días y yo quiero poner en palabras las impresiones de mi corazón antes de que el tiempo sople y las borre.

Pablo y Guillermo, Yunni, Holo, Martynas, Aureliha, Gabriel, Claudia, Linda, Yiwen, Revati, Filippo, Yu, Marissa, Kester, Martin, Niege, Aglaë Carlos y Julián. Qué dulce es escribir sus nombres para no olvidarlos, para que no desaparezcan, aunque pocos los conozcan. Fueron para mí descubrimientos y mundos de experiencias enriquecedoras y divertidas.

Con alegría intensa en el alma,

Nardo.

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