Melancolía y miedo

Burdeos, Francia

28 de julio de 2019

 

Estoy solo y enfermo en un departamento en Burdeos, que al menos me da una sensación de tranquilidad porque es pequeño y acogedor, me hace sentir protegido, como si estuviera en un tipo de huevo o útero. La vista desde la ventana, a pesar de un edificio moderno muy feo, es linda. Todo está bien, lo único que me hace falta es un abrazo. Llevo días pensando sobre mis emociones, más bien llevo pensando sobre mis emociones toda la vida y tengo ganas de hablar sobre ello, expresarme y desahogarme. 

Hace casi un par de años empecé a tomar medicamentos para la ansiedad. Fue un cambio de vida que ha tenido tanto ventajas como desventajas. Es una manera diferente de vivir. La verdad nunca entendí bien por qué surgieron los ataques de pánico. Nunca estuve seguro qué fue lo que los detonó o por qué de repente el miedo a perder la cordura y el control, y esa sensación de tener ganas de gritar, llegaron a mi vida. Sólo sé que un día los sentí en el metro, debajo de la tierra; también en la calle, en el elevador y en mi habitación, a punto de dormir. 

Con el deseo de acabar con ello y por curiosidad, decidí probar la psiquiatría. Ahora que lo pienso sé que no me arrepiento y que fue una decisión que por miedo tomé en su momento. Ahora que han pasado aproximadamente 18 meses, pienso que me ha ayudado a sobrevivir y funcionar definitivamente porque he podido seguir viajando en metro, a pesar de que a veces vuelve el sentimiento de angustia. He podido estar tranquilo por las noches, aunque en ocasiones hay gente que tiene que ir a dormir conmigo porque no logro conciliar el sueño y siento que me asfixio antes de dormir. 

El psicoanálisis me ha ayudado a poder racionalizar, o quizá sólo entender, hablar, expresar, asimilar y ver claramente qué es lo que provoca todo este malestar. Simplemente no puedo comprender que un medicamento sea lo único que puede contrarrestarlo. Por eso empecé a hacer yoga y meditar. He dejado la meditación últimamente por falta de disciplina para sentarme, porque le tengo un poco de miedo a enfrentar mis pensamientos. Por eso he preferido la yoga, porque enfocarme en los movimientos calma mi mente, me vuelvo consciente de mi cuerpo y de las sensaciones que vienen después de cada posición, me relajo tras el esfuerzo, el estiramiento e incluso el dolor físico. 

He intentado refugiarme en emociones más duraderas, he buscado en la poesía un poco de ayuda, soporte, entendimiento y referencia. En la literatura en general, pero en la poesía particularmente. Gracias a un amigo descubrí a Rumi. Me gustan sus versos sobre el silencio, la nada, la calma, la quietud, el sosiego, la embriaguez religiosa. Y aunque no estoy dispuesto a abrazar una religión, la idea del silencio y la contemplación me atraen especialmente. Lo cierto es que no los llevo a cabo del todo y a veces se me olvida practicarlos, porque tengo un hábito fuerte de vida activa, de inquietud, desasosiego, exceso, entretenimiento y consumo. Siento una lucha interna fuerte y dolorosa. Siento adentro de mí como si un ginecólogo utilizara este aparato para abrir el vientre cuando va a sacar un bebé, como si pusieran dos placas de metal en mi pecho y las estiraran, como dos fuerzas que me provocan un dolor agonizante, que me enloquece. En ese abrir de pecho, yo cada día me siento más débil y cansado.

Me doy cuenta que estamos solos en la intimidad de nuestros dolores, temores y frustraciones. Creo que el sentimiento de estar perdido nos aborda constantemente. Yo a veces siento que me vuelvo loco, que ya no puedo más. Es difícil desahogarse porque uno suele estar inmerso en la rutina, en el quehacer cotidiano. Sin darse cuenta, uno se está matando, perdiendo la luz en los ojos, desvaneciéndose, dejando de existir, convirtiéndose en fantasma, hasta que un día despierta y el alma se escapó. Siempre le he tenido mucho miedo a eso porque lo he vivido en ciertas etapas de mi vida, de grandes presiones y preocupaciones por buscar sobrevivir, por estar en esta lucha que es la vida, que no sólo es material, física o económica, sino una espiritual, vertientes que hay que trabajar y cultivar constantemente. Pienso que la parte espiritual está muy perdida, porque se acabó la paciencia y la espera. Quizá no se acabó, sino que sólo está ahí, ensombrecida, debajo de tanta información y tanto ruido, a la espera de que alguien decida detenerse. 

En esta lucha, intento hacer compatible la posibilidad de subsistir y la posibilidad de ser, no perderme en esta carrera interminable de títulos, trabajos, diplomas… Intento equilibrarme, no olvidarme de mi alma, si es que existe. Trato escuchar esta voz que no logro definir ni nombrar, no perder lo poco que me queda de intuición, porque siento que se muere. No sé por qué siento que se muere. No quiero perder el deseo de darle significado a las cosas, ni perder la capacidad de emocionarme.

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Hace rato mientras comía, pensaba al ver el horizonte que me siento desanimado, cansado y aburrido. A veces pienso que no hay mucho más que descubrir, pero se trata de esa voz dentro de mí que quiere el constante estímulo y entonces vuelve esa discusión interna. Creo que de ahí viene la ansiedad, de este querer hacer y al mismo tiempo querer detenerme, del deseo de euforia que sucede paralelo al deseo de volver al capullo, de volver al hogar, a la cama de carrizo, a la melodía original. 

Tengo que encontrar la manera de hacer las paces, porque llevo ya mucho tiempo en medio de este conflicto, y la verdad es que, aunque supongo que es posible vivir así,  en este constante ir y venir me pierdo de cosas importantes de la vida y sufro. Y hablando de sufrimiento, hace unos días me dije que quería volver a sentir el mundo como la hacía antes. Es posible que sea una nostalgia por un pasado inexistente, porque los humanos solemos pensar que lo vivido fue mejor que lo que se vive o las memorias más gratas de lo que realmente fueron. 

Algo perdí a lo largo de estos meses de entumecimiento, porque siento que el medicamento me hizo un poco insensible y me adormeció, incapaz de disfrutar como lo hacía antes. Me siento lento, anestesiado, indiferente, pero apático sería la mejor palabra para describir el estado en que me he encontrado en los últimos meses. Y no sé si se debe a que pienso demasiado o si se trata de la educación científica que recibí, que todo lo analizo en términos de variables. Hay factores extraños que no podemos controlar, no podemos asegurar que una cosa lleva necesariamente a la otra, sino que la vida depende de elementos infinitos que se mueven al mismo tiempo que no dejan de suceder. Sin embargo, intuyo que desde que tomo el medicamento no siento igual, no sólo al disfrutar sino al sufrir. 

Antes disfrutaba más la melancolía, y no me refiero a que quiera volver a gozar de ello porque sé que también pudo ser destructivo, que me llevó a lugares de vicio, a habituarme a estar en ese estado y volverme adicto a ello. Pero ahora me molesta no poder sentir melancolía, no poder estar triste sin ninguna razón, porque el medicamento amortigua mis emociones y cambios de humor naturales, me limita y contiene. No me permite desbordarme. Cuando estoy en la tina, como ahora, recuerdo cuando me metía a la que tenía en Budapest, donde podía estar horas con un libro y vino, llorar y entregarme al sentimiento y a la pena, inexistente o no, a la tragedia. Sea vanidoso, superfluo o burgués, lo cual no me importa, extraño poder dedicarle tiempo a la tristeza, a la inexplicable. Por eso y por las ganas de vivir, empecé a dejar el medicamento hace alrededor de dos semanas, siguiendo las indicaciones del psiquiatra para hacerlo poco a poco. En un par de semanas termino el proceso de separación. Me ha costado dormir, aunque ayer caí rendido porque viajé, vi una película y cené. Tuve sueños raros, como siempre, un poco inquietantes y surreales. Soñé que mis compañeros en Boisbuchet solían encerrar a gente de vez en cuando en habitaciones, jugando. Alguien los regañaba y les decía que no era tan divertido aunque lo parezca. Después hay imágenes que no logro describir ni dibujar en mi mente. Deduje dos cosas. La primera es que probablemente sea un miedo inconsciente a que me encierren, porque hoy que me subí al elevador del Museo de Arte Contemporáneo que parecía un búnker, me dio mucho miedo quedarme atrapado. Y recordé que cuando estaba en el seminario católico mis compañeros me asustaron en las criptas subterráneas, vestidos de negro mientras las limpiaba. Pienso que le tengo miedo a la gente. Recuerdo también cuando en el jardín de niños nos llevaron a una casa con albercas fuera de Guadalajara y una niña me encerró en un baño viejo mientras me cambiaba la ropa. Yo golpeaba la puerta de metal con ventana de cristal esmerilado y gritaba que me abrieran, hasta que alguien me abrió. Le tengo miedo al encierro. A veces pienso también que la gente se ha metido mucho conmigo a lo largo de mi vida y estoy harto. Como lo que pasó ahora en Boisbuchet, con el tutor de uno de los talleres que estuvo encima de mí, molestándome, acosándome en repetidas ocasiones, y como lo han hecho otras personas y figuras con autoridad en mi vida. Quisiera deshacerme de ese patrón, pensar que no es un patrón. En fin, no quiero perderme en este punto. Sólo quise hablar de los sueños y de lo que asocio con el último que tuve anoche. 

No sé si dejaré los medicamentos de manera definitiva, pero quiero probar qué sucede y cómo me siento. Voy a ser fuerte porque supongo que estos días me he sentido inestable por los cambios y los nuevos hábitos. En los próximos días tendrá efecto, y aunque no tengo a quien pedirle ayuda metafísica, tengo la ayuda humana que necesito. Y me tengo, tengo que empezar a sentir que estoy para mí y que puedo serme fuerte. Que no estoy del todo perdido si logro serlo. Y que no estoy solo, porque tengo a otros. Y aunque he perdido algunas amistades últimamente, con las que ya no logro congeniar, hay otras con las que tengo contacto constante. Tengo mi familia y eso es lindo. 

El sufrimiento nunca se ha ido y supongo que ya no quiero tener amortiguadores ni elementos que me inhiban, quiero sentirlo y lidiar con el pánico de una manera más orgánica y no tan artificial. Encontrar una manera de funcionar y vivir con él, de acercarme a él con cautela, como si fuera un animal salvaje. Creo que puedo entender mi salvajismo con serenidad y calma, con paciencia y con amor. No sé si me amo, si lo hago un poco más que antes, pero quiero intentarlo. Quiero gozar de la tina y la melancolía, con la luz tenue, embriagarme sin miedo, leer con pasión y escribir con soltura. Disfrutar la vida, despertarme con interés, curiosidad, ganas y energía; sin dificultad, listo para aprender y descubrir la vida sin miedo. 

Nardo

Un comentario sobre “Melancolía y miedo

  1. Gracias por compartir y hacernos parte de tus emociones y caminos. El escritor y el lector, estamos siempre acompañándonos.

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