¡Quiero vivir!

El acto de escribir tiene tiempo que me intimida. Lo deseo siempre y desde hace un tiempo lo postergo sin darme cuenta, surgen temas en mi cabeza, que en ocasiones comienzo a redactar, pero que casi siempre se esfuman por pereza, desidia o evasión. Creo que empecé a escribir cuando tenía 13 o 14 años, como un acto de desahogo y redención, como mi refugio interno e íntimo. Con el tiempo eso cambió y a veces extraño al adolescente valiente que se enfrentaba a la página porque era su mejor amiga, ese cuasi niño, cuasi adulto que sufría mucho y se embriagaba en las letras oculto de todos, con una pasión desbordada y sin juzgarse, sin buscar un texto ambicioso o loable. Ese ser joven e inseguro tiene mucho que enseñarme hoy, cuando veo la página con temor y desvío la mirada de ella. 

Hoy escribo porque lo necesito, porque hay algo que quiero expresar en letras para terminar de entender un proceso vital importante. Creo que desde chico he querido morir y al mismo tiempo he soñado con vivir, intensa y explosivamente. Pocas veces me lo permití, porque mis deseos se vieron reprimidos casi toda mi vida, sobre todo los más íntimos. Me habitué a ser recatado, reservado y prudente, a hacer lo correcto. A pesar de mi personalidad contenida, dentro de mí existe un espíritu rebelde y transgresor. Alguien que se cuestiona, pone en duda y busca sus propios significados. Sin embargo, las conclusiones que había hecho rara vez se tradujeron en conductas o acciones que se encaminasen a liberarme de mis restricciones. Inconscientemente, los límites impuestos por mí mismo se tornaron en frustraciones y alimentaron el deseo de morir, aunque tampoco me atreviese a provocarlo. Ese estado de contradicción de querer vivir y desear morir me acompañó por muchos años, en medio de un torbellino de emociones y pensamientos violentos. 

Hace unos meses escribí lo siguiente:

12 de octubre de 2019

Corriente de lava corriendo por todo mi cuerpo,

de manera intensa y desbocada.

Choques y chisporroteos de fuego,

que me estremecen.

Vivo, después de hace tiempo, pero…

tengo ese viejo y conocido temor:

Tropezarme, caer de nuevo, desbocarme.

no poder evitar el error, ese miedo racional.

¡No quiero escucharlo!

Sentir, quiero sentir. Vivo, así como me siento,

después de tanto tanto tiempo.

Ya no soy capullo, ya no soy semilla,

me sentía pegado a la tierra.

En un sarcófago, telarañas sobre mí,

¡insectos saliendo de mi nariz!

Raíces se enroscaban en mis extremidades,

pero no eran mías, me tragaba la tierra. 

Infértil, estéril, temía haber muerto,

pero estaba transformándome, capullo o semilla. 

Llevaba tiempo con el rostro insensible,

sin reír con todos mis gestos. 

DSCF1005

En retrospectiva, pienso que algo estaba gestándose aunque no me percaté de inmediato. A veces uno piensa y se comporta de manera distinta sin darse cuenta de ello, a veces los otros tampoco lo notan de inmediato. Paso mis días casi siempre solo, por lo que es difícil reflejarme en otros. 

En diciembre visité a mi madre y mi hermano en mi ciudad natal, y pasé varios días con ellos. Me noté enérgico, intenso y creativo. Quería compartir mi mundo, hacer, hablar, comunicar. La vida me parecía más emocionante al estar en contacto con esos otros, aunque fuesen los mismos de siempre. El que era distinto era yo, porque tenía vitalidad, una que aunque no reconocía del todo, me sabía bien.

Una noche de finales de diciembre del año pasado soñé que decidía morir voluntariamente, tomando una cantidad de pastillas para provocarlo. Recuerdo poco, porque así suelen ser los sueños, borrosos e intermitentes. Recuerdo estar en un baño, esperando el efecto. Y mientras llegaba y la muerte acudía a mí, un deseo de vivir surgía con fuerza y desesperación. Comencé a sentir un arrepentimiento profundo y angustioso, pensé en todo lo que me hacía falta hacer y experimentar, me di cuenta muy tarde que no quería morir de la manera más absurda, a punto de morir. 

Hace unos días concluí un libro de Milan Kundera, en que una adolescente decide quitarse la vida, de la misma forma que hice en mi sueño, por un desamor juvenil. Una vez tomadas las pastillas, ve su rostro en un espejo y se da cuenta de lo bella que es y en mi lectura interpreté que quizá surgió en ella un arrepentimiento tardío, como el mío. 

Me pareció una coincidencia poco usual soñar y leer algo tan similar en un lapso de tiempo muy corto. Me estremeció el relato y me puso a pensar. Ayer fui a mi sesión de psicoanálisis y hablé de todo lo vivido en los días que se suspendió la actividad por las fechas vacacionales. Después de toda la letanía de 60 minutos y relatar tanto el sueño como el pasaje del libro, protesté de manera abrupta a mi interlocutor que quería vivir, que deseaba vivir. Él me contestó que era la primera vez que me escuchaba decir esas palabras. Yo me quedé mudo. No sé si alguna vez en toda mi vida he dicho con tal convencimiento y emoción ese deseo, pero lo más probable es que no. Sé que desde pequeño expresé, como un día lo hice a mi madre siendo un niño, que me quería morir. Y así, incontables veces. Nunca lo provoqué. Y hoy celebro haber expresado lo contrario, sin miedo y sin contenerme. Celebro haber vivido en un sueño lo que me hubiese privado de mi mayor deseo. 

Concluida la sesión tomé la bicicleta y me dirigí a casa, probablemente sonreí todo el camino. Y aunque por la noche tuve un momento de angustia por una reflexión escabrosa, hoy puedo escribir con gozo y soltura que quiero vivir. 

Nardo.

2 comentarios sobre “¡Quiero vivir!

  1. Te leí tal cual a mi me hubiese sucedido, y si, también he sentido esa misma sensación, el propio deseo de VIVIR se vuelve más fuerte que la voluntad de morir

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