Reseña de ¡Tierra, tierra!

A unas cuadras de mi departamento, en Pest, está la plaza pública Szabadság1 donde se erige un grande e imponente monumento soviético. Al principio me preguntaba por qué éste y la estatua de la libertad en la cumbre de la Ciudadela, en Buda, seguían en pie si ese régimen había oprimido tanto a Hungría. Después me di cuenta que tenía un sentido más profundo. En la plaza Kossuth Lajos hay una representación escultórica de Imre Nagy, un primer ministro durante el comunismo. Se encuentra en medio de un puente de metal dando la espalda al monumento soviético y mirando hacia el Parlamento. Un profesor me explicó que Nagy intentó independizar al país de la URSS en 1956, pero lamentablemente no lo logró. La representación simboliza el deseo de dejar atrás el pasado autoritario para transitar hacia la democracia liberal. 

Szabadság tér (Plaza de la Libertad), Budapest. Febrero, 2015.

La historia de este libro comienza en Budapest en el año de 1944 cuando los alemanes ocuparon la ciudad. Sándor Márai celebraba una reunión para cenar con sus amigos y familiares. Después de la cena entraron a temas políticos. Lamentaban lo que sucedía, habían perdido amigos en los campos de concentración. Se abordó la noticia de que venían los soviéticos también y uno de los presentes expuso su rechazo a los comunistas y su simpatía con los nazis. Decía que éstos eran la única esperanza de Hungría para librarse de los soviéticos. El ambiente se tornó bastante tenso y los presentes intentaron desviar la conversación a otros temas. 

El autor relata que tras la batalla por la ocupación de la ciudad triunfó el ejército soviético. Había quienes los consideraban héroes y otros lamentaban la partida de los nazis. Sí había división y cada uno creía tener sus razones. Intelectuales y artistas progresistas de occidente estaban poseídos por el opio de la utopía marxista y las promesas de redistribución y libertad de los comunistas del este. Márai asegura que eran sólo los más cínicos y de escaso talento los que se afiliaron al partido, mientras que los más cultos e informados pronto se dieron cuenta de la naturaleza del bolchevismo. No obstante, la mayoría de ellos pensó cándidamente que los actos inhumanos de los comunistas eran errores pasajeros y males necesarios para poder alcanzar eventualmente la justicia social.

El escritor húngaro cuenta que nadie tenía suficiente información para saber que se avecinaba otra forma de represión política y que los rusos podían ser tan despiadados como los alemanes nazis. Dice que decidió observar sin prejuicios e ideas preconcebidas. Se mudó a una casa en el campo con su esposa, pues la suya había sido destruida por la batalla. Ahí vio por primera vez a los soviéticos llevar a cabo abusos de poder. Llegaban a los poblados y primero sólo pedían comida, pero posteriormente saqueaban todo lo que había en las casas. Los húngaros empezaron a esconder a sus animales en el bosque y sus pertenencias debajo de la tierra, pero finalmente el ejército comunista se dio cuenta de ello y se apropió de todo. Del robo de harina se pasó gradualmente a la nacionalización de todas las empresas y la confiscación de todos los bienes.

Márai describe las conversaciones que tuvo con los soldados para hacerles preguntas sobre la forma de vida en la URSS y comprender así por qué tenían tal empeño en apropiarse hasta de los objetos de escaso o nulo valor. Con ello dice haberse dado cuenta que éstos habían sufrido ya varias décadas de escasez en su país y todo lo que encontraban en los países de Occidente les era atractivo y novedoso:

“Siempre que me tenía que enfrentar a comunistas fervorosos y devotos o a sus aliados, me daba la impresión de que no permitían que los argumentos de sus contrincantes traspasaran el umbral de su propia conciencia: como si temieran que se derrumbara, en su interior y alrededor de ellos, todo lo que habían construido con sus manos cuidadosa y obstinadamente.”

Al mismo tiempo que defendían la ideología de su régimen repitiendo sus dogmas, deseaban la riqueza y los bienes. En cierto sentido, la frustración de la realidad del hombre soviético se sublimaba saqueando a los polacos, húngaros y checoslovacos. Se dio cuenta también que a pesar de que el hombre soviético exaltaba la cultura no conocía más que los textos que les daba el régimen como propaganda y adoctrinamiento. En una de las conversaciones con un ucraniano del ejército, éste le confesó que no deseaba volver a su país por lo siguiente:

“—Porque hay que trabajar muchísimo y uno no recibe el dinero que vale su trabajo. Además, no hay libertad. No nos enseñan idiomas porque no quieren que podamos leer libros extranjeros. Sólo debemos leer lo que nos ponen en las manos. Los libros son mi vida —dijo de repente—, y no puedo leer lo que yo quiero. Y eso no está bien —añadió, serio y severo. Se quedó callado, y luego pronunció una última frase—: Mi padre era socialdemócrata, pero lo mataron. Quiero que lo sepas —añadió, señalándome de nuevo.”

Esta obra de Márai tiene la cualidad de reunir todas las manifestaciones de crueldad y manipulación que llevó a cabo la URSS tanto en su territorio como en los que ocupó posteriormente. Dice que una vez que los húngaros dejaron de esperar ingenuamente a Godot comenzaron a odiar y ello se agudizó cuando la inflación se desató. Mientras los miembros del partido y sus cómplices, campesinos y contrabandistas, se hacían exponencialmente más ricos, el grueso de la población padecía cada vez más hambre. En la calle veía a los húngaros asustados, serios y pegados a los huesos. Tal pesadilla distraía de la desarticulación silenciosa de las libertades: “Un día desaparecía una persona, al día siguiente una antigua institución que funcionaba de maravilla… o bien un concepto.” Cuando nadie creía ya las mentiras y el engaño dejó ser efectivo, el régimen usó el terror y la violencia. Los suicidios aumentaron dramáticamente porque la gente estaba siempre en estado de alerta. Las leyes y el derecho dejaron de cumplir su función y se usaron en contra de la población:

“Ese «Estado» —que los comunistas habían fabricado con aplicación y rapidez obstinadas— no era en realidad un verdadero Estado porque no cumplía con la función de aglutinar y cohesionar a la sociedad: todo parecía viscoso y gelatinoso, y nada estaba vertebrado, ni la esfera de poder de la autoridad ni la autoridad misma. Carecían de auténtica validez las leyes y las disposiciones reglamentarias, puesto que la ley sólo puede ser válida cuando también significa protección y no sólo agresión… Así que todos empezaron a vivir en un constante estado de alerta: trataban de defenderse del Estado como podían, porque estaba claro que en la sociedad el bandidaje se había institucionalizado.”

El resentimiento social se liberaba con crueldad, pero nunca era suficiente para repararlo y Márai señala que: “quien busca justicia con demasiado empeño y dedicación, en realidad no busca justicia sino venganza.” Si alguien no odiaba como lo hacían todos también había que odiarlo. Se vivía un ambiente sofocante que recurría a la deshumanización para establecer el orden. El miedo llevó a muchos a colaborar con el régimen aún a pesar de sus convicciones y principios, y se sacrificó de forma absoluta la libertad de expresión y la cultura. La censura se imponía con devoción y obediencia porque no se quería admitir que aquel experimento, que pretendía sustituir a Dios, era un error magno que había destruído el espíritu de millones de personas. Y con todo, no era eso lo que más temía el escritor húngaro. Afirma que el enemigo más peligroso era la estupidez de los miembros del partido comunista y su ejército, que deliberadamente atacaban gente inocente sólo para simular que imperaba el orden en “beneficio del pueblo”. 

Márai estuvo tres años en esa Hungría aterrorizada, deteriorada y oprimida por los invasores comunistas. Partió porque no quería ser un esclavo de la tiranía soviética ni estar amenazado por los esclavos con los que convivía y le odiaban. Se le señalaba por callar y no favorecer al régimen. Relata que eventualmente entendió que era un amenaza porque buscaba la medida de lo humano, el justo medio, pero eso era un obstáculo para la revolución social de los soviéticos. Escribió desde lejos porque apreciaba su país y sentía que le debía algo al haberse ido antes de que “la mentira institucionalizada asfixiara a todo y a todos”. Gracias a este texto comprendí la cultura húngara contemporánea. Un país ocupado consecutivamente por turcos, austríacos, teutones nazis y eslavos, dominado históricamente por voluntades ajenas y crueles. Por su fortaleza los admiré profundamente, por haber renacido de los escombros que dejaron a su paso todos los grandes imperios.

Notas:

  1.  Significa libertad en húngaro.

Bibliografía:

Márai, Sándor. ¡Tierra, tierra!, editorial Salamandra, 2012.

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