Me quita el sueño

Hay algo que me parece ya aterrador en esta experiencia de confinamiento sanitario. No tiene que ver con el uso de cubrebocas obligatorio que me hace sentir en una película distópica a diario, que cubre las expresiones de la gente en la calle, que no me deja ver los rostros. Tampoco se debe precisamente a que haya tenido que mudarme a casa de mi madre ni que sea difícil encontrar un trabajo ahora mismo. Extraño a mis amigos y divertirme. Estoy seguro que la falta de contacto físico también es un elemento a considerar. Todos esos detalles son relevantes como parte del cúmulo de experiencias que ahora me rebasan. 

Pasan de las tres y media de la mañana. Me desperté con palpitaciones fuertes y una respiración entrecortada. Estos días me ha costado dormir y sufrí una contractura. He estado meditando y haciendo yoga casi diario desde hace ya meses, pero no ha bastado para resolver la tensión que padezco. Soñé que una persona que conozco se aventaba de un edificio para acabar con su vida. En el sueño podía ver sus últimos días, antes de tomar esa fatal decisión. Esta persona se pasaba el tiempo acostada y pegada a su teléfono, observando el mundo virtual. No se peinaba ni se arreglaba, parecía que todo el día estaba recién levantada o lista para dormir de nuevo. Se le veía como un fantasma en su propia casa, pero nadie lo identificaba como algo extraño. Sus seres cercanos se habituaron a ese estado de ausencia. Yo no vivía con ella, pero por alguna razón la experiencia onírica me daba la facultad de ser omnipresente. 

En mi sueño predominaba una atmósfera de inquietud y de tristeza. Antes de que sucediera la tragedia de mi sueño, recuerdo que estaba tomando algo en algún café con un profesor de la carrera con quien tenía una conversación emotiva y afectuosa, caminábamos y hablábamos de los tiempos que vivíamos y yo sentía calma de poder exponer mi pensamiento, después de tiempo de estar atorado y congestionado. Le agradecía casi desbordándome que estuviésemos platicando, en mi mente me sentía dichoso de tener un interlocutor que admiro tanto. Lo acompañé a su edificio y por alguna razón no pude subir al elevador con él, pero no recuerdo por qué. Tenía la esperanza de subir a su departamento y seguir la conversación tomando algo más. En ese momento recibí la llamada de un amigo, que me pedía un objeto que estaba en mi casa. Volví al edificio donde vivo y cuando me acercaba vi caer y rebotar en el suelo el cuerpo de esta persona que conocía pero que era ya casi un fantasma inexpresivo. Recuerdo el revuelo causado, la pena y los lamentos. Sobre todo recuerdo haber escuchado que era una persona sana y trabajadora. Desperté.

Nunca había vivido algo de esta magnitud, un estado de zozobra e inquietud constante que asocio a lo que percibo en mi día a día. Me parece lamentable caminar y ver negocios que cierran sus locales por la inactividad económica. Por otro lado, me produce un malestar terrible ver que a diario se anuncian cifras más altas de contagios y muertes, sumado al desacuerdo que existe respecto a la precisión y confiabilidad del conteo. Se genera una especie de desconfianza dentro de la calamidad misma. Tanto fuentes oficiales como opositores a quienes detentan el poder sobre los medios de comunicación se comportan de forma desproporcionada. Desde el principio me ha parecido siniestra y accidentada la manera de informar lo esencial en una crisis como ésta. 

No había logrado poner en palabras esto que me tiene inquieto desde el comienzo de la pandemia. El 17 de marzo cambiaron mis hábitos. He tratado de hacer lo mejor con las nuevas restricciones. No todo ha sido malo si soy honesto. Pude terminar la tesis de licenciatura pendiente y tomé clases de dibujo. Con mi madre he pasado una temporada memorable y cálida, con sus altos y bajos. He aprendido quizá a ser más paciente y he podido reconocer que la velocidad de nuestros tiempos ha moldeado mi forma de vivir. He notado que detenerse siempre puede ser de provecho para observar el estado presente del ser y contemplar el recuento de la experiencia existencial. Hay cosas personales que agradezco sinceramente de este choque humanitario. Sin embargo, creo que el daño es mayor y que soy de los menos afectados por esta situación en mi país. No sé si el sueño del suicidio es una proyección de mí, que a veces me identifico con el fantasma que se viste igual y no se peina a diario, o si es una materialización de lo que percibo de forma abstracta en el ambiente y en los rostros inexpresivos de los transeúntes enmascarados. Sea cual fuere la respuesta, creo que me preocupa pensar que vivimos tiempos tan difíciles y angustiantes. Me aterra recordar en manos de quiénes estamos y encuentro violenta ya cualquier fuente de información que llega a mí por medio de personas, conversaciones virtuales, radio o televisión. Me parece que los medios oficiales abusan de algunas facultades y no aprovechan las que deben. Encuentro que la cantidad de discursos cotidianos son groseros, excesivos y peligrosos. Creo que estamos en peligro y eso me quita el sueño. 

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