«Libres» para amar: límites del consentimiento


Discusión a partir del capítulo “A Freedom with many limits” del libro The End of Love, Eva Illouz (2019)

Las transacciones no consentidas, como la violación o el robo, están mal porque no hay consentimiento. Pero esto no implica que sus contrapartes sean buenas o valiosas simplemente porque son consentidas. ¿Qué pasa cuando el consentimiento es la única norma que rige las relaciones románticas?


Cuando hablamos de relaciones románticas, parece que no es fácil hablar de moralidad. Mientras los involucrados sean adultos y consientan, ¿quién puede decir lo que está bien o lo que está mal? Es verdad que para que exista una relación de casi cualquier tipo debe haber previo consentimiento. Pero la idea de que el amor debe ser una elección completamente libre de las dos partes, un compromiso voluntario, y renovable siempre y cuando queramos lleva a la idea de un contractualismo romántico.

El problema es que los contratos legales se basan en la premisa implícita de que estos serán llevados a cabo. Mientras que la imposibilidad de estipular unos términos contractuales en el terreno emocional implica una gran incertidumbre y no hay garantías de su cumplimiento. Además, las voluntades en las relaciones románticas no necesariamente convergen ni en intención, intensidad o duración. ¿Cómo se puede entonces hablar de un acuerdo consentido, libre y consciente?

Muy pocos se atreven a criticar las implicaciones que tiene la libertad en el terreno íntimo por no querer cuestionar la importancia de este valor. Sin embargo, Eva Illouz (2019), aún siendo una gran defensora de esta libertad, plantea algunas objeciones al consentimiento como el único criterio que rige las relaciones. La socióloga asegura que la metáfora del contrato es inadecuada para comprender la forma que las relaciones toman en un escenario libre y abierto, sin regulaciones, limitaciones o sanciones.

¿Consentir a qué?

Para aceptar un contrato debemos de haber formulado nuestras condiciones previamente. Y en términos físicos puede ser más sencillo estipular los términos de nuestra aprobación o desaprobación. Si se desconecta del ámbito emocional o personal, puede pensarse que acceder o no a una interacción o relación física no tiene más implicaciones que las previamente acordadas. 

Pero el terreno del consentimiento en las relaciones emocionales y románticas es un poco pantanoso. ¿Exactamente qué queremos y qué no? Formar una relación formal, no querer asumir ninguna etiqueta, que nos acompañen por un tiempo determinado, no buscar exclusividad o un compromiso a largo plazo. 

El no saber exactamente lo que uno mismo quiere o espera de una relación o si la otra parte busca lo mismo hace que sea muy difícil hablar de consentimiento. La gente esta constantemente negociando las reglas y condiciones para entrar una relación. Además, uno no tiene incentivos para poner su autonomía en riesgo explicitando sus anhelos. El no querer mostrar vulnerabilidad dificulta la claridad, transparencia y confianza que requiere un contrato.

Una voluntad capaz de formar un contrato presupone la capacidad de alinear las emociones y aspiraciones, el hoy con el mañana. Illouz afirma que en el terreno de las relaciones emocionales esto se vuelve casi imposible porque por un lado, las emociones no son contractuales pues no son resultado de formulaciones racionales ni están sujetas a consideraciones previas. Por otro lado, deben existir dos voluntades que estén dispuestas a formular abiertamente sus expectativas.

Quizá es por esta dificultad de contractualizar las emociones que surgen nuevos tipos de relaciones que acuerdan, implícita o explícitamente, ser no-relaciones. Y es común que ambas partes no tengan el mismo entendimiento de los términos del consentimiento o que difieran las expectativas a partir de lo acordado. ¿Qué somos? ¿Qué no somos? ¿Qué derechos y obligaciones tenemos el uno con el otro?

La ética del consentimiento demanda una gran atención a nuestra propia voluntad pero ignora las condiciones en que esa voluntad se vuelve confusa, volátil, se encuentra bajo presión o entra en conflicto. ¿Y qué pasa cuando se acaba el consentimiento?

Los efectos de la unilateralidad del contrato

Como la ética del consentimiento es casi el único discurso moral que enmarca las relaciones románticas, esto hace que sea legítimo dejar una relación en cualquier momento sin ninguna justificación u obligación de ningún tipo. Si existe una característica única de la libertad contractual emocional es que las relaciones existentes están desprovistas de cualquier régimen de justificación.

La libertad de formar relaciones ha implicado, a su vez, la libertad de dejarlas. No es raro el cortar una relación sin decir nada, sin contestar o llamar, sin dar explicaciones. El ghosting, desaparecer sin ningún aviso, es la expresión máxima de la libertad para abandonar los contratos romántico-sexuales.

Los contratos emocionales son únicos en el sentido de que prácticamente no hay ningún tipo de penalización por romperlos. La salida ocurre sin costo alguno ni estigma social. No es sólo que el no querer seguir sea razón suficiente para irse sino que la gente se siente cada vez mas menos obligada a dar una explicación. Parece que esta libertad no va acompañada de ningún sentimiento de responsabilidad con el otro porque esto supondría un límite a la autonomía individual.

La generalización de esta cultura de rompimientos marca fuertemente un debilitamiento de una obligación moral. El sentimiento de obligación se ha diluido, donde nadie le debe nada a nadie.

Contratos líquidos

Como miembros de una organización, o en este caso de una relación, cuando algo nos afecta o nos disgusta tenemos básicamente dos opciones: alzar la voz o salirnos. En una relación, alzar la voz puede ser más costoso porque representa una amenaza a nuestra autonomía. Para muchos, es preferible salir que mostrar dependencia y vulnerabilidad.

En este sentido, las relaciones siguen un modelo económico. En un mercado los clientes pueden irse cada vez que no ven satisfechas sus necesidades por un producto. Esta similitud puede llevar auna indiferencia moral pues sigue una lógica de eficiencia, un cálculo de costos y utilidad, sobre los cuales se basa el contrato en primer lugar. 

Que casi todas las personas hoy en día hayan experimentado un rompimiento y que el terminar una relación sea una norma general, no significa que esto no tenga ninguna implicación tanto individual como social. El ideal de la libertad sexual y romántica ha omitido los efectos negativos en una cultura dominada por la libertad para irse.

El problema de la normalización de los rompimientos es que no hay ningún marco de referencia respecto a lo que se puede o debe hacer, no existe ningún tipo de rendición de cuentas. Y sin embargo, estos generan un gran daño emocional.

Por un lado, el terminar una relación, con o sin ningún tipo de explicación, puede lastimar profundamente la capacidad de confiar en otros o en uno mismo, causar depresión e incluso aumentar la probabilidad de suicidarse. Por otro, también se va generando una resistencia que termina en una indiferencia al daño infringido al otro. El salir sin considerar al otro como alguien que merece respeto va inhibiendo el sentimiento de responsabilidad.

Si los rompimientos hacen un fuerte daño emocional y relacional, deberíamos cuestionar acerca de los limites del consentimiento como la filosofía implícita que guía las relaciones románticas.

Consentimiento, seguridad y confianza

La falta de claridad de los términos del consentimiento, el constate auto-monitoreo y la libertad para irse de una relación sin explicación alguna convierte el futuro en incierto. En este contexto de incertidumbre y desconfianza es mucho más difícil establecer vínculos duraderos. Parece que el marco dominante de la libertad ha dificultado la construcción de una dinámica social de confianza.

Poder tener ilusiones positivas es crucial para formar y mantener una relación, pero la capacidad de tener ilusiones depende también de la seguridad que sentimos en una relación. La confianza, que no es solo el resultado de un proceso racional de deliberación, tiene la función de reducir la complejidad social. Pero ésta puede verse afectada por la primacía de la libertad para formar nuestras relaciones personales. Si el único referente normativo es el consentimiento, y si se sigue una lógica sobre todo económica y legal, podemos encontrar dificultades para relacionarnos unos con otros. Se trata de buscar un marco de libertad, seguridad y confianza donde podamos construir vínculos fuertes, recíprocos y solidarios.

Un comentario sobre “«Libres» para amar: límites del consentimiento

  1. Pingback: Re-leernos

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s