Se trata de querer

La contraposición de dos cosas es muy educativa. Elegir entre dos extremos quizá no es lo más común pero al menos es muy ilustrativo: lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, la razón y el corazón, el deber y el querer. Pero al simplificar un siempre corre el peligro de caer en la falsedad.

Aun a riesgo de no decir suficiente, algo que me ha resultado bastante convincente en estos términos es que el bien no necesita explicación mientras que el mal tiende a justificarse. El bien es auto explicativo. Por ejemplo, una persona no tiene que dar una justificación si ayuda a alguien o si dice la verdad. Mientras que al que miente, siempre se le puede exigir un motivo.

El problema de que el bien no necesite de razones es que cada vez tenemos menos. Esto sin quererlo puede desembocar, y quizá lo ha hecho, en una indiferencia moral. La cuestión de lo bueno y lo malo, ni lo sabemos ni nos importa. Terminamos creyendo que por no hacer cosas “socialmente graves” somos suficientemente buenos. Nos conformamos con nada pero, en el mismo ejemplo, no mentir no nos hace buenos. Si acaso nos hace no mentirosos. Pero el bien es mucho más que eso, es activo, no es simplemente no hacer el mal. Además, un falso respeto nos lleva a tolerarlo todo, aunque no sea ni bueno ni verdadero ni bello, reforzando esta indiferencia. 

Escribir sobre el bien parece innecesario y anticuado. Pero esta idea condiciona en gran medida lo que somos, cómo actuamos y cómo nos relacionamos. Cuando hablo de hacer el bien no me refiero a hacer algo bueno, algún aislado acto de caridad, sino de una integridad y rectitud consistente en el ser. Ahora bien, ¿por qué alguien actuaría así si puede suponer renuncias y sacrificios? Antes pensaba que para hacer el bien bastaba con conocerlo, que era una cuestión de conocimiento e inteligencia. Que una persona sabiendo lo que está bien y utilizando sus facultades, sería capaz de hacerlo. Pero esto es solo una parte del camino. La razón te puede conducir al bien pero no es tan sencillo llevarlo a cabo.

Si la razón no basta, la respuesta tendría que estar en la voluntad. Si sabemos lo que está bien, solo hay que poner toda nuestra fuerza para hacerlo. ¿Somos suficientemente capaces para ir, si así lo requiere, en contra de nuestros deseos? Quizá sí pero los humanos no funcionamos así y la voluntad tiene un límite. Porque somos frágiles, porque nos cansamos. No podemos ir contra nosotros mismos todo el tiempo.

Entonces ni el saberlo basta ni una voluntad afanosa. No se trata de saber qué está bien. Y no es solo la capacidad de ejecutarlo. El secreto está, como siempre cuando se trata de los seres humanos, en los afectos. No podemos hacer el bien si no lo queremos.

Un ejemplo muy obvio -y poco polémico- de la necesidad de esta integración es el deporte. Hacer ejercicio es objetivamente bueno. Y muy poca gente diría que no lo sabe. Pero eso no va a hacer que automáticamente se levante todos los días a hacer un poco de ejercicio. Puede obligarse a hacerlo y con voluntad, lograrlo. Pero lo más probable es que se acabe agotado y se termine odiando ese deber. En cambio, si es algo que se aprende a apreciar en todas sus dimensiones, se puede encontrar motivación y aprender a disfrutar del esfuerzo. En este caso, tanto la razón como la voluntad ayudan pero porque se quiere. Y aunque a veces se deba poner un mayor esfuerzo o quizá se deban buscar razones para convencerse de algún modo, el querer superará estos obstáculos.

Pero hay que orientar nuestro corazón a aquello que es bueno, aprender a apreciar lo bello y a querer lo bueno, enseñar a desear lo deseable (Platón). Pero no por algún fin concreto sino en sí mismo. Para hacer el bien hay que quererlo de verdad, con nuestra razón, con nuestro corazón y nuestra voluntad, aunque a veces cueste un poco. La importancia de esta integración no es ser perfectos sino que cuando alguno de los tres flaquee, tengamos donde sujetarnos y la posibilidad de levantarnos.

No podemos creer que solo a base de razones o esfuerzos sobrehumanos vamos a lograrlo pero vale la pena intentarlo. A fin de cuentas, “nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión”.

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