Semilla de limón

Cuando uno es niño, todo genera asombro y sorpresa por su novedad. Las emociones y las experiencias se van presentando en un ser que tiene pocos elementos para nombrar o identificar qué es lo que le sucede. Así, la llegada de la primera experiencia dolorosa es como morder por primera vez una semilla de limón. Se conoce lo amargo antes de poder nombrarlo, y ello deja un eco o una huella perpetua, un registro de lo que no es placentero. 

Si nos atrevemos a hablar de lecciones o aprendizajes, podemos admitir que en lo consecutivo, el niño evitará morder las semillas amargas de la existencia. Después las semillas se convierten en probar las primeras lágrimas de la pérdida de un ser querido, algún conflicto humano, o una ruptura amorosa. 

A veces siento que los rastros de las semillas amargas nos llevan a sacar conclusiones muy determinantes de las experiencias que tenemos. Me atrevería a decir también que intentamos buscar la manera de evitar que nos suceda de nuevo una experiencia amarga. Comenzamos a crear mecanismos de defensa, barreras y prejuicios para amortiguar o evadir las consecuencias que trae consigo vivir. 

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Es inevitable querer estar bien. Creo que solemos buscar la mejor manera de vivir, de sentirnos bienvenidos y bien tratados en el mundo que habitamos, de pensar que somos capaces de funcionar en un mundo que exige supervivencia. A veces pienso que la madurez, mis estudios, los libros que leo, las relaciones que he forjado, las memorias y mi capacidad de nombrar y reconocer lo que me va sucediendo, son formas de vivir mejor, de asimilar de la manera más sana lo que está por venir, agradable o no. Sin embargo, creo que lo que viene siempre nos sorprenderá, porque nombrar las cosas no las hace menos amenazantes. Los sucesos siempre encuentran nuevas formas de presentarse. 

Creo que ser humano es admitir que no todo está en nuestro control y que si algo puede hacer el conocimiento es permitirnos estar conscientes de ello. Ahora me doy cuenta que tengo tan pocos elementos para amortiguar la llegada abrupta de las experiencias de la vida, como cuando era un niño. Que lo único que puedo hacer distinto es tomar con calma y serenidad cualquier irrupción de elementos nuevos en mi existencia pues, agradables o no, todo pasa.

Nardo

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Cantos de aroma azaroso

Hay cantos que sólo existen un instante,

cura de los pies que sobre zarzas han caminado.

Caricias de sosiego sobre cortezas inquietas,

azaroso como la mirada que se cruza con un cometa.

 

Nadie los escribe porque no se inventan,

no se buscan porque no pertenecen al destino.

Lenguaje para la noble naturaleza,

quien los espera, mejor que viva una vida eterna.

 

Como nadar en lagos claros,

reino donde se vive la dicha y la honesta riqueza.

Danzas bajo un sol alegre,

en campos frescos donde brota la certeza.

 

Se incrustan en los orígenes del pecho,

convierten al espíritu en aroma.

Terminan al amanecer,

con lágrimas de anhelo que nunca cesa.

 

Nardo.

 

Una orejita a la vez

Era un día como cualquier otro, sábado por la mañana. Estar bien o sentirme bien ha sido algo que poco a poco me doy cuenta que depende en gran medida de mí mismo. Me puse mis tenis para correr y salí al bosque. Decidí como reto personal superar mis tiempos corriendo. Llegué al minuto 66 sintiendo mucha hambre. Tomé un baño y tomé la bicicleta para ir a desayunar a L.

Llevo tiempo sin esperar mucho, ya no espero. No es que sea pesimista, pero a veces no pasa nada realmente, y hay que estar bien con eso. Me niego a pensar que la vida se trate sólo de obtener estímulos constantes. Me senté en la barra de L y pedí un estofado de huevos y tomate. Abrí mi libro y comencé a leer mientras estaba listo mi desayuno.

Tiendo a observar mucho a la gente, así juego conmigo mismo. Al voltear a la entrada del restaurante, vi un rostro encantador.  Tras haber terminado de desayunar, pedí al mesero una orejita pan. Alguien se sentó junto a mí, pero seguí en mi lectura. Llegó mi orejita.


“Ah mira, una palmera” – dijo una voz junto a mí.

“No, es una orejita” – respondí yo.

“En España les decimos palmeras” – me contestó.

“Pues aquí les decimos orejitas” – concluí yo de manera cortante.


Seguí con mi lectura y unos segundos después me percaté de mi sequedad al responder. Poco a poco la culpa comenzó a desencadenarse dentro de mí. Pensé, ¿por qué estoy tan cerrado al mundo? Voy a hablarle.


“¿Qué haces aquí en México?” – pregunté.

“Estoy viajando” – contestó.


Al voltear vi que se trataba del rostro hermoso que vi en la entrada del lugar al voltear hace unos momentos. Mi corazón dio un vuelco y se cortó mi respiración.


“¿De qué parte de España eres?” – pregunté.

“Del país vasco” – me dijo.

“¡El libro que estoy leyendo es sobre el país vasco!” – comenté emocionado, quizá exaltado.


Estuvimos platicado por un par de horas e intercambiamos los teléfonos. Decidimos vernos al día siguiente. Esa tarde yo noté en mí un espíritu distinto, una fuerza vital corriendo por todo mi cuerpo, desbordándose. Por la noche tomé la bicicleta para ir a una fiesta. Esa noche bailé sin parar, con amigos, con extraños, con el mundo. ¡Estúpido cupido!”, me flechó y dio directo en la vena más vulnerable de mi ser.

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Al día siguiente platicamos de nuevo por un par de horas en el desayuno. En nuestra plática surgió un comentario de su parte sobre el síndrome de Stendhal. La primera vez que lo escuché fue cuando un sacerdote en Roma me explicó que ese malestar y angustia que sentía tras un día completo de admirar esa ciudad, se debía a haber estado expuesto a tanta belleza y arte. Precisamente me sentía así al conversar con ese rostro hermoso, sentía que no podía más estar expuesto a su belleza, que me iba a caer, que estaba al borde de una fuerte caída.

Nos despedimos y yo caminé a casa con una angustia que llegó a lastimarme el pecho. A unas cuadras de mi casa, noté que en mis bolsillos ya no estaba mi cartera. La tiré y no me di cuenta, perdí las tarjetas y la cabeza. Ese día transcurrió acompañado de un desasosiego, de un sentimiento de extrañeza. Yo ya no sabía quién era yo ni dónde estaban mis pies. Decidí dormir temprano.

Desperté a las cuatro de la mañana con un mensaje en mi celular que decía: “¿quieres que pasemos el día juntos?”. No pude dormir más. Nunca nadie me había dicho algo así, tan simple y tan bueno. Cualquier tipo de angustia desapareció y empecé a bailar en la oscuridad.

¿Qué me pasa? ¿Qué debo hacer? ¿Qué es esto?

Saber que en unos días se iría me generaba una tristeza profunda y me invadía, incluso estando juntos. Soy inevitablemente melancólico y azotado. Me invaden los sentimientos, nunca he sido esa persona emocionalmente inteligente. Lo discutimos, lo platicamos y mientras nos abrazábamos, poco a poco fui apropiándome del momento, del presente, de lo que te brinda el “ahora”. Creo que en una semana sonreí tanto como he sonreído en mis casi 24 años. Yo me entregué. No revisé mi celular, no vi mis mensajes, olvidé al mundo. Nunca me había preocupado tan poco por el mañana ni por mi tesis inconclusa.

El agua corrió por mis hombros, vimos el mar a través de un óleo, comimos estrellas de mar, cantamos el salmo de la gracia y dijimos adiós con serenidad.

Desperté solo afuera del aeropuerto, con una lluvia torrencial, gente con maletas y coches por todos lados, me sentí de nuevo arrojado al mundo. Esa noche festejé el grito de independencia en el centro de Coyoacán, y en un juego mecánico le grité al mundo lo feliz que era. Había concluído la semana más dulce de mi vida.

Hoy comí una orejita antes de retomar mis lecturas para la tesis de una licenciatura inconclusa. Mientras soñaba despierto, junto a mis gardenias moribundas, me preguntaba sobre el futuro y me respondí a mí mismo: un día a la vez, una orejita a la vez.

Nardo.

La mesura

“… que en todas las cosas es de alabar el hábito que consiste en medianía, aunque necesariamente alguna vez nos hemos de dejar caer en la parte del exceso, y otras a las del defecto, porque de esta manera muy fácilmente alcanzaremos el medio y lo que debemos hacer para ser buenos.”

– Aristóteles, Ética nicomaquea.

Empiezo con este pequeño extracto del libro de Aristóteles porque hoy quiero pensar en la mesura. La principal razón es porque la tenía olvidada y no la tomaba en cuenta. En este texto explicaré por qué me parece importante reconsiderarla.

Aristóteles escribe reiteradamente sobre la virtud. En una de esas tantas ocasiones afirma que el bien del humano consiste en ejercitar el alma en hechos de virtud. Para él, la virtud se encuentra en el punto medio de los extremos. Así, lo que es bueno para el humano se encuentra en la mesura.

Lejos de querer utilizar a Aristóteles para dar una lección de ética con presunción de superioridad moral, quisiera hablar sobre cómo el repensar mis hábitos y en específico mis vicios, me ha permitido reconocer que para estar bien hay que ser mesurado. Hablando un poco de mi experiencia, puedo admitir que he tocado los extremos en diversos aspectos de mi vida. Al entrar a mi etapa adulta tuve la posibilidad de acceder a muchas cosas, entre ellas sustancias y actividades. Pasé del extremo del defecto (ausencia de éstas) al abuso. Hablando en específico, fumar cigarrillos, consumir alcohol, tomar café, usar redes sociales, salir con amigos, incluso pensar o leer, han sido algunas de las tantas actividades en las cuáles he caído en el exceso. Hablo con honestidad, pues me interesa recalcar el punto sobre la necesidad de tocar los extremos para entender que lo son, y si se tiene un buen razonamiento, tender hacia el punto medio.

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¿Qué es lo que he encontrado en el punto medio de algunos hábitos? He encontrado dicha, sorpresa, reencuentros dulces, alegría y bienestar de alma. Un pan de mi lugar preferido, Rosetta, después de un tiempo en su ausencia, fue como probarlo por primera vez. Tomar el café por gusto y no por necesidad, le devolvió su carácter religioso al mundo de los sentidos. Tomar una copa con amigos y saber en qué punto parar, convirtió a la ligera embriaguez en catalizadora de conversaciones exquisitas. Salir de casa sólo cuando verdaderamente mis pies deseaban dejarse llevar por la música, se convirtió en una fiesta. Así, las cosas adquirieron sentido y encanto. Lo cierto es que conforme abusamos de las cosas, éstas dejan de brindarnos la satisfacción inicial. Y no es que las cosas se reivindiquen voluntariamente respecto de nosotros, sino que la falta de moderación lleva al hartazgo, e incluso a la pérdida de los pequeños placeres, de las pequeñas alegrías.

Creo que es fácil que nos volvamos hedonistas en extremo, y pienso que esto sólo lleva a una búsqueda interminable de placeres cada vez mas complejos y, probablemente, autodestructivos. Me parece que es un gran ejercicio aquel que consiste en hacerse uno mismo la pregunta de por qué queremos o hacemos algo, cuando detectamos la posibilidad de un vicio. Pienso que a veces tendemos a dejarnos llevar por la inercia de los actos repetidos. La inercia puede llevarnos a los extremos, pero al considerar la mesura podemos volver a tomar las riendas de nuestros actos y cabalgar de vuelta hacia la vida virtuosa para sonreír en el lugar de las pequeñas alegrías.

Bernardo Job

Aprender a ver

Pienso que, así como el lenguaje nos permite nombrar cosas y poner en palabras emociones y sentimientos, podemos poner esos nombres y palabras en algo material.

Las cosas siempre han estado presentes a lo largo del tiempo, antes de que nosotros llegáramos al mundo a existir. Una vez aquí, existiendo, es posible que tales cosas pasen desapercibidas ante nosotros.

Asimismo, existen cosas y emociones que no forman parte de nuestra entelequia, al no existir lingüísticamente para nosotros aún.

A medida que aprendemos palabras o nombramos nuevas cosas o emociones, éstas van existiendo de manera racional para nosotros; sin embargo, creo que no existen aún de manera física o material.

Lo siguiente en este proceso de apropiación consciente de las cosas sería asociarlas a colores, formas, escenas, fotografías, pinturas o cualquier representación estética.

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De esta forma, es posible reconocer qué es lo que nos provoca ciertas emociones o sentimientos. Considero a esta actividad una de autoconocimiento profundo y un hábito que nos permite hacer de un día rutinario, la búsqueda de la forma material o estética de una emoción.

Hay ocasiones, incluso, en la que no existe cómo nombrar algo que sentimos o pensamos dentro de nuestro lenguaje, y sólo una representación estética o material puede hacerla entendible para nosotros.

  •      “Me siento como un lugar en el que hay un claro de bosque, en medio se encuentran personas vestidas con ropa de flores y bailan al atardecer.”

Tal sensibilidad, como la expresión anterior, puede ser aquello que nos permite experimentar lo más profundo de la trayectoria de nuestra existencia. Puede ser lo que nos ayude a vivir de manera extraordinaria. Aprender a ver es una forma de conocernos y reconocer el lenguaje material y estético de las cosas.

Bernardo Job

 

 

 

 

Conversemos para habitar en el jardín de las posibilidades

Para Karla V.  y  Lines MC

“La Creación continúa a través del hombre y de su radical aportación creadora que es la lectura” – Gabriel Zaid.

Me encontraba caminando y pensando sobre la actividad de la conversación y sobre el libro de Marcel Proust que tengo unos días leyendo. Pensaba que Proust es un tesoro que había escuchado que existía pero que no había tenido la fortuna de descubrir. Un amigo me regaló el libro, un amigo muy valioso que también es un tesoro. Leyendo a este autor me encontré con lo que describiría como un jardín de delicias, un jardín húmedo de llanto y musicalizado con tiernas risas. En este jardín existe un perpetuo atardecer, que refleja el inevitable sentimiento de fatalidad que precede a la noche, sentimiento que soporto al probar los frescos frutos jugosos cubiertos de rocío cuando los corto. En este jardín hay musgo y hay enredaderas que caen de los árboles. Con Proust me siento en una constante fiesta de emociones íntimas que sólo con él puedo compartir, que él me da licencia de sentir. Quisiera compartir con mis amigos este jardín, quisiera que habitaran el mundo que vivo con Proust, con quien he llorado y a quien he acariciado para consolarle también.  Quisiera bailar descalzo con mis seres queridos en ese jardín y que nuestros pies se llenen de rocío y nos recostemos sobre el musgo. Quiero que subamos a los árboles y sintamos esa dicha que se experimenta cuando uno está por encima del suelo.

 

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Uvas y queso, Bernardo Job

 

Con todo lo anterior me refiero al ejercicio de un día poder conversar sobre Proust, pero para ello es necesario que mis amigos lo lean, que mis amigos se enamoren de él como yo lo estoy. Humberto Beck habla de Gabriel Zaid, quien dice que la auténtica lectura es concelebración: “la palabra comunicante como zona propensa a los encuentros felices”. Beck dice también que para Zaid la lectura humaniza la naturaleza y las cosas al leerlas. Quiero un encuentro feliz en el que demos vida a Proust y que habitemos su casa en Combray.

Cuando me levanto por las mañanas suelo sentir que antes de iniciar mi día debo tener algún tipo de estímulo, alguna idea que me haga volar la imaginación y me permita colorear la realidad. Cuando leo a Proust siento que en mi camino al trabajo comienzo a distinguir otros aspectos de la vida, que observo los gestos de las personas, que el mosaico de la cocina de mi oficina me ofrece un mundo de posibilidades. Proust me salva de la fatalidad de que todos los días pasen desapercibidos en mi existencia. Quiero lo mismo para mis amigos, porque quiero bailar con ellos en el jardín de la eterna melancolía, comiendo frutos frescos y sonriendo con la locura de los que supieron sumergirse, a través de la conversación y la lectura, en el mundo de las infinitas posibilidades.

Bernardo Job

¿Por qué la ola populista puede hacernos bien también?

Privilegio: Exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia (definición de la RAE).

Dudo ser el único que tiene miedo ante este giro político de escala mundial. Llevo meses intentando escribir algo respecto al tema, buscando la mejor manera de expresarlo en palabras y animarme a decir lo que pienso con prudencia.

Considero que este giro mundial que ha tomado la forma de una fuerte ola populista dice tener el propósito de volver a los “valores tradicionales” pero que debajo de ese disfraz de bondad se trata de xenofobia, racismo y discriminación en todas sus formas. Decía Camus: “He visto a personas que obraban mal con mucha moral…”. La pregunta que he intentado contestar dentro de mi cabeza y que he debatido conmigo mismo en silencio desde hace meses es, ¿por qué está sucediendo esto y qué hemos hecho mal para estar en una situación así?

Bien, partiré de donde creo que es el inicio de este pensamiento y cabalgaré hacia mi esperanzada conclusión. Pienso que desde que se decidió que la democracia sería el régimen ejemplar de los últimos tiempos, poco a poco ésta logró penetrar en diferentes esferas de la vida: la familia, el mundo laboral, el arte, la educación, entre otros. La democracia dio lugar a nuevos paradigmas que permearon mayormente a las sociedades occidentales. Tomaré un paradigma que yo considero de los más importantes: todos podemos, podemos lograr lo que nos propongamos, podemos ser creadores; podemos tener, emprender, participar y decidir.

En el pasado esto no era una realidad para las minorías, pero conforme fueron dándose condiciones para que individuos en desventaja pudiesen tener más oportunidades, poco a poco las minorías se fueron empoderando. La estructura anterior a ésta sólo permitía que el hombre blanco, heterosexual y de clase media pudiese acceder a las condiciones que permitían el desarrollo personal y el crecimiento. Por muchos muchos años el individuo privilegiado (como le llamo a este hombre blanco, heterosexual y de clase media) gozó de esta estructura desigual. Al cambiar la estructura gradualmente, se dieron casos de profesionistas mujeres, gays exitosos y afroamericanos e indígenas que ya podían estar en los mismos espacios públicos que los blancos. La línea que dividía la presencia del privilegio fue desdibujándose mientras el individuo privilegiado dormía en sus laureles, en su zona de confort.

Un día el individuo privilegiado despertó y vio que las minorías que consideraba inferiores estaban en el mismo terreno o por encima de él. ¿Cómo era esto posible si las mujeres son inferiores, los homosexuales, desviados sociales, y las etnias, infrahumanos? ¿Quién les otorgó el derecho a tener las mismas condiciones que el individuo privilegiado?

No quisiera dar un salto lógico brusco ni caer en la mención de falacias, pero lo que creo es que surgió frustración general en los individuos privilegiados. Una persona como Trump, individuo privilegiado, capitalizó la frustración de aquellos que perdieron el privilegio argumentando que estos habían sido olvidados por sus representantes políticos y que su voz no contaba. Se hizo uso de la democracia para hablar de la “voz del pueblo”. Trump buscó ganar las elecciones para reivindicar el privilegio y volver a poner a las minorías en el lugar que les corresponde por “naturaleza”.

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Como este evento desafortunado, el año 2016 tuvo otros cuantos más como el Brexit que llevaron a los liberales a desencantarse de la democracia como régimen ideal. Rápidamente se culpó a la democracia de no estar blindada ante individuos que atentaban contra los valores liberales y normativos de ésta. Sin embargo, considero que ésta ha sido una mala respuesta a lo que está sucediendo. Entiendo la tristeza y la desesperación. Lo que descalifico es la postura de desencanto total con el régimen democrático. Pienso que si a la primer falla o error que muestra algo o alguien queremos desecharlo o perdemos la fe total, es porque nunca creímos verdaderamente en ese algo o alguien.

Lo cierto es que algo ya andaba mal desde hace un tiempo, decayeron los niveles de participación política y electoral en las democracias occidentales. Creció la idea de que el voto individual se volvió insignificante y que tenía cada vez menos peso en las decisiones, lo cual es de alguna manera cierto. A pesar de ello, fue precisamente la falta de participación lo que abrió la puerta de oro a los populistas para determinar los resultados que se han obtenido. Esto no fue un error de la democracia, sino un error cívico de los ciudadanos liberales. Por otro lado, los votantes del ala populista ejercieron con entusiasmo el derecho al voto.

Creo que ahora que tenemos populistas de derecha por todo el mundo es momento de cuestionar las certezas y convicciones que teníamos, de ejercitar el pensamiento y de conocernos a través de ese “otro populista” hermético y cínico. Es momento de evaluar la dirección que estábamos tomando, qué tan rápido íbamos y repensar si es la mejor ruta. Los liberales no podemos imponer ni pretender que tenemos la verdad en las manos. Los liberales tenemos que poner a prueba constantemente lo que creemos y pensamos.

Ahora la democracia está a prueba, y con ella los que queremos mantenerla. Animemos los mecanismos democráticos de participación y hagamos el deber cívico, ocupemos el régimen de nuevo y asegurémonos de que quepamos todos. Por esto mismo creo que la ola populista es positiva como una antítesis a la vanidad liberal que habíamos instaurado. Si lo tomamos como una llamada para el crecimiento, podemos mejorar y dejar de ser débiles. No podemos desmoronarnos ante el primer ataque, aunque el ataque de la ola nos haya revolcado. Podemos aprender a surfear esta ola política con diálogo y determinación.

Mi mayor miedo no son los líderes populistas, mi mayor miedo es que los que podemos ser una oposición a otro posible desastre humanitario no hagamos contención. Me da miedo pensar que demostremos ser insoportablemente leves y banales, me niego a pensar que los liberales somos unos narcisos egoístas. Es importante darnos cuenta que la democracia fue algo que costó trabajo lograr y que a lo largo de los años los grupos de presión demandaron el derecho al voto que sólo los privilegiados tenían. Debemos cuidar, ejercitar y alimentar la democracia para poder salvarle de caer en la demagogia o la dictadura de las mayorías.

Bernardo Job