Yoga, psicoanálisis y meditación

Llevo días pensando en escribir sobre los procesos por los que puede pasar un individuo que tiene algún tipo de desajuste mental y espiritual dentro de sí. Me considero una persona reflexiva e introspectiva. Desde pequeño he tendido a analizar y pensar el mundo que me rodea de manera profunda. Nunca me he negado ningún pensamiento.

Sin darme cuenta llegué a un exceso de racionalidad. Quizá fue mi formación educativa, el contexto de mi cultura occidental o una mezcla de las dos. Esa racionalidad se componía de una rigidez y una crítica rigurosa hacia mis acciones y hacia las de los demás. He de reconocer que en muchas ocasiones he sido muy duro tanto conmigo como con los otros, careciendo de amabilidad en el trato.

Lo anterior paulatinamente generó una personalidad exigente. Los resultados fueron evidentes en mi edad adulta. Las contradicciones internas se convirtieron en motivos de lucha y los errores una razón para el castigo. Vivir fue tornándose una experiencia ardua y tormentosa, que se volvió evidente en malestares en el cuerpo, desequilibrios en la mente e inquietudes en el espíritu.

Fue la intuición lo que me permitió tomar decisiones. Sin estar muy seguro, asistí al psiquiatra, quien me diagnosticó un trastorno de ansiedad tipo pánico. El neurólogo me dijo que las cefaleas tensionales eran una derivación de la ansiedad, y el dermatólogo identificó que la dermatitis era nerviosa, derivada de todo lo anterior.

Mientras seguía las indicaciones de los médicos y tomaba los tratamientos respectivos, surgió en mí una nueva inquietud. No podía concebir que la solución a todo ello consistiera en una serie de tratamientos sin término, que en lo consecutivo mi vida estuviese condicionada a tomar medicamentos. Lo hablé con mi psicoanalista, le conté cada uno de mis avances, cambios, altos y bajos. Continué obedeciendo a mi intuición.

Un día, una amiga me invitó a una clase de prueba de Yoga. En la clase me enfrenté a verdaderos retos de estiramiento y dificultades para llevar a cabo ciertas posturas. Yo puse mi mente a trabajar para concentrarse y coordinar los brazos, los pies, la espalda, la cabeza; todo menos la respiración. Logré la postura del “guerrero” con éxito y la profesora pasó junto a mí y me dijo: “respira”. Me percaté que tenía el aliento contenido y que estaba tenso. De nuevo, la tensión y la búsqueda de la perfección estaban por encima de la vitalidad. En el siguiente ejercicio, hicimos un “perro boca abajo” y levantamos una pierna. Mientras intentaba levantar la pierna lo más posible, la profesora dijo: “a donde lleguen, está bien. Sean amables con su cuerpo”. Me di cuenta que la exigencia a veces no es amable, que en la determinación  de alcanzar nuestras metas podemos perder el buen trato a nosotros mismos, descuidamos nuestro bienestar.

Al final de la clase, nos acostamos y descansamos. Yo podía percibir a mis compañeros de clase junto a mí, rendidos, exhaustos y relajados. Algo dentro de mí pensó en la división del mundo entre Oriente y Occidente, en el divorcio entre la vida activa y la vida contemplativa y en la necesidad de que nuestra civilización aprenda también de lo que otras pueden enseñarnos. Reflexioné sobre la ruptura espiritual de los que hemos crecido de este lado del mundo y también pensé que me parecía maravilloso que exista esta práctica. Me inscribí a más clases y poco a poco noté los cambios, una mejor  respiración y trato hacia mí mismo.

En diciembre del año pasado, por recomendación de un profesor de mi universidad, leí un libro llamado La biografía del silencio de Pablo D’Ors, quien habla de su experiencia en la meditación. Él es un sacerdote católico y escritor, que encontró una manera de sanar en esta práctica. Habla de “las sentadas” como esa actividad que fue difícil de llevar a cabo cuando recién comenzó a hacerlo, pero que fue poco a poco volviéndose más placentera y dando frutos. A medida que lo leía, me dedicaba también a meditar. Su relato me iba acompañando y guiándome. Concluí que me encanta tener maestros pues me considero aún en formación. El dolor me enseñó a ser humilde y darme cuenta que no me basto. De Pablo D’Ors aprendí que el mundo interior puede estar lleno de vida, donde podemos refugiarnos y acudir a sanar.

Todo lo anterior lo platiqué en las sesiones con mi psicoanalista, lo asimilé y me apropié de todo ello, de mi dolor y de mi curación. Me propuse ser más amable conmigo mismo, valorar mis esfuerzos y aceptar mis errores. Fue una sorpresa darme cuenta que por muchos años no fui cordial conmigo y fue una alegría muy dulce empezar a ejercerlo.

Todo mi proceso también lo compartí con mis seres queridos, quienes siempre me escucharon y apoyaron. En una conversación con un amigo, le platiqué que leí que Mircea Eliade se había dedicado por algún tiempo a estudiar la práctica de la Yoga. Con mucha emoción, le conté que él decía que practicarla permitía generar una unión de las constantes contradicciones que se presentan en el pensamiento racional y que esa unión daba lugar a una mejor experiencia de vida.

Finalmente, decidí escribir esto como un pequeño relato y compartirlo. Tuve la primera reconciliación de los demonios que habitan dentro de mí y se siente muy bien.

Nardo.

 

 

 

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Gobiernos de amor e ilusión

Hannah Arendt escribe lo siguiente en La condición humana:

Debido a su inherente mundanidad, el amor únicamente se hace falso y pervertido cuando se emplea para finalidades políticas, tales como el cambio o salvación del mundo.

Esta oración quedó grabada en mi cabeza desde que la leí. Me hizo pensar dos cosas. La primera consiste en que el ejercicio de la política no es un acto de amor; la segunda, que hay algo repugnante en un ejercicio del poder que se llama a sí mismo amoroso.

Lo anterior me llevó a pensar en las ilusiones que siembran los líderes amorosos. Una ilusión es, entre muchas definiciones, eso que carece de realidad pero que es deseable que se cumpla. Los seres humanos tendemos a ilusionarnos, parece que es lo que a veces brinda sentido o “chiste” al realismo de nuestras experiencias cotidianas. Las ilusiones son parte de lo que imaginamos, pero pueden ser la motivación de nuestras acciones y es posible que nos acerquen a lugares increíbles. Sin embargo, las ilusiones también pueden nublarnos y quitarnos la capacidad de ver los hechos, ver gigantes donde hay molinos y quizá llevarnos a resultados desastrosos.

Es cierto que en lo privado, podemos someternos a una revolución de nuestros significados, transformar nuestros símbolos, pensar que una luna creciente es el ojo cerrado del cielo o que el cambio climático es un mito. El problema es cuando las ilusiones se imponen en el espacio público, donde habitamos todos bajo reglas comunes, donde hay un mínimo de acuerdo sobre lo que se considera real y existente.

tiranos

Leszek Kolakowski escribe, entre muchas cosas, de la presencia del mito. Él entiende el mito como aquella narrativa que nos permite tener valoraciones con las que podamos calificar nuestras acciones, es decir, nos enseñan aquello que los valores representan a través de figuras o símbolos que no están condicionados como nosotros por el tiempo o el espacio, que no dependen de la comprobación empírica. El paradigma de nuestro tiempo ha excluido el mito del espacio público, volviendo un tema de la vida privada el ejercicio de la verdad. Entonces el espacio público se convirtió en este lugar carente de significados míticos, pero al mismo tiempo, dependiente de la construcción humana de valores, de tradiciones seculares, probablemente de la necesidad de conservar.

Kolakowski dice que cuando tratamos de emanciparnos de manera radical de ciertas herencias o tradiciones, podemos caer en la tiranía de otra ilusión. Me pareció muy fuerte pensar que una ilusión pudiese ser tiránica. Eso me llevó a pensar en la posibilidad de que un gobierno pudiese convertirse en la tiranía de la esperanza. 

Es muy entendible que, ante realidades muy opresivas e injustas, exista el deseo de buscar un cambio, de erradicar los problemas que provocan el malestar social y de probar las alternativas nunca antes probadas. Creo que el error que se puede cometer en escenarios como éste, es probar la opción del mesiánico, del vendedor de ilusiones, de la promesa transformadora. Creo que las reformas tienen la capacidad de permitirnos usar criterios comunes para evaluar nuevas formas, nuevos comportamientos. Pienso que hay un verdadero problema cuando se busca transformar todo lo conocido, porque caemos en el terreno de la atomización, de la ausencia de significados comunes.

Nardo.

 

¿Cómo sobreviven las viejas y raras películas?

Desde hace un tiempo he explorado de una manera más profunda el cine. Todo empezó un día que fui a una tienda de películas hace un par de años y me di cuenta que aquellas que la gente llama “clásicos” eran las más baratas de todas. Ese día salí con una bolsa llena de cajas con discos.

Poco a poco las vi en mi casa. Una noche por semana se convertía en función estelar y la emoción de meter el disco al aparato reproductor era maravillosa. Inevitablemente, un título me llevaba a otro, a leer artículos en Internet, investigar la vida de actores que me iban cautivando, a conversar con conocidos y amigos que comparten conmigo el gusto por el cine.

El año pasado tuve la satisfacción de actuar en una película y eso me hizo ver cómo funcionan la cosas detrás de la cámara. Admiré en gran medida el trabajo de todo el equipo que hace posible una cinta. Con ello me emocioné y decidí aventurarme a escribir mi primer largometraje. Retomé el libro que utilicé hace un par de años con un amigo que me dio un curso de cómo escribir un guión. Ahí, me encontré con el análisis de las obras de un guionista y director francés que hizo películas del estilo Nouvelle Vague en los años sesenta y setenta en Francia.

Empecé a leer sobre él, a encontrar artículos, videos y contenido que me hicieron interesarme cada vez más en su forma de escribir y hacer cine. Inmediatamente me metí a las tiendas en línea para rastrear sus películas y dirigirme a comprarlas en la primera oportunidad. Me di cuenta que no estaban por ningún lado, que tampoco estaban disponibles en estas plataformas que te las entregan a domicilio. Y entonces me dio por investigar dónde podrían estar estos tesoros. Lo único que encontré en la web fue que se han dado ciclos de cine de sus películas y no más.

Con lo anterior, concluí que debían estar en algún acervo o archivo de películas. Esa hipótesis me llevó a la Filmoteca de la UNAM. Ahí me ayudó alguien a consultar los títulos que tenían disponibles de este director. Lamentablemente no estaba lo que buscaba; pero la persona que me atendió me dijo que podía ir a la Cineteca Nacional. Corrí para llegar, aún con la esperanza de encontrar algo que me permitiera seguir con mi aprendizaje y mi curiosidad.

En la Cineteca, me encontré con la videoteca digital, donde una persona amabilísima encontró los títulos que buscaba y me explicó cómo podía solicitar que los digitalizaran, pues aún no estaban disponibles para verlos en las pantallas que tienen ahí para el uso público. Yo me maravillé al darme cuenta de la apertura y el acceso libre que puede uno tener a un acervo vastísimo de películas que son dificilísimas de encontrar. Esto me llevó a seguir conversando con el encargado del lugar.

Entre todo lo que aprendí en esta ocasión, lo más importante fue que muchas películas dejan de reproducirse y venderse. Las que logran llevarse a estos espacios como la Filmoteca de la UNAM y la Cineteca Nacional, sobreviven. Sin embargo, detrás de esto hay todo un equipo de trabajo y estrategias complejas. Las películas que se digitalizan, se guardan en memorias que también son limitadas, por lo que en un momento determinado algunas deben trasladarse a otro tipo de discos físicos, para dar espacio a que se digitalicen otras. Estos discos más avanzados tecnológicamente tienen a su vez una esperanza de vida determinada, cuyo contenido tendrá que ser eventualmente devuelto a una memoria que lo resguarde mientras se encuentre otra manera más eficiente de preservarlo. En fin, no vale la pena seguir porque me angustiaré yo y angustiaré a cualquiera que me lea. El punto es que considero que es una labor loable.

Si bien la oferta de películas en línea y en las tiendas de DVDs va dando lugar a nuevas producciones y quitando viejos títulos, también hay lugares que se dedican a que no muera la memoria. Y es maravilloso porque existen aún posibilidades de indagación y consulta para aquellos que tenemos interés por aprender no sólo de nuestro tiempo sino del pasado.

Nardo.

Palabras insuficientes, soledad de lo incomunicable.

La intimidad forzada de una existencia sin puentes. 

Llagas que separan del otro,

isla de dolor náufrago.

 

Ruido seco como susurro nocturno,

siluetas sin rostro.

Ojos que solo ven de reojo

en senderos bulliciosos. 

 

Pájaro cautivo en cuarto oscuro,

lamentos sin eco.

En tierras de cerdos,

las huellas se marcan en el estiércol.

Nardo

Cultivar mi aralia

El año pasado tomé un curso sobre La Montaña Mágica de Thomas Mann que duró diez sesiones. El profesor Marco Perilli lo estructuró de tal forma que repasábamos una décima parte del libro en cada sesión. Revisábamos algunos fragmentos de cada capítulo e íbamos entendiendo la genialidad del autor con los detalles y datos curiosos con los que el profesor complementaba el análisis literario de la obra.

Fuimos entendiendo el pensamiento hermético que inquietaba a Thomas Mann y que lo llevó a relacionar el texto con el grabado de Durero llamado Melancolía I. El protagonista de la historia representa la iniciación de un joven en una búsqueda espiritual. Hans Castorp, el protagonista, se encuentra con una serie de personajes que van influyendo en su manera de pensar y que le hacen cuestionarse el sentido de sus acciones. En la séptima sesión (el siete, número importante dentro de la visión de Thomas Mann), el profesor nos platicó que el autor situó el mensaje más importante de la obra en la proporción áurea de la versión alemana, es decir, al multiplicar el número de páginas totales por 0.618… se encuentra aquélla donde se lee la siguiente frase:

En nombre de la bondad y del amor el hombre no debe dejar que la muerte reine sobre sus pensamientos.

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Esto me hizo pensar en muchas cosas. Tomándome la libertad de expresarlas tan figurativamente como surgieron en mi cabeza, pensé en:

tierra, suicidio, cigarro, cinismo, mundo en llamas, nihilismo, planta, abandono, descuido, contaminación, rendirnos, claudicar, no resistir, morir.

Si le doy una interpretación a la explosión de ideas que hubo en mi cabeza, podría decir lo siguiente. Considero que, así como lo pensó Hans Castorp, vivir es descomponerse desde el primer momento de nuestra existencia, tanto orgánicamente como espiritualmente. Vivimos pero vamos muriendo a cada instante. Hay hábitos que reflejan ese deseo inconsciente de morir, a veces la muerte se apodera de nosotros sin saberlo. Nuestras acciones pueden reflejar que nos rendimos y que poco nos importa el alimento que le damos a nuestro cuerpo o a nuestra alma. A veces nos olvidamos que todo es un cultivo, que la cultura es vida y la vida es cultura.

Pensé en mis plantas, en mi pequeño jardín interior. A veces me angustio al ver morir ramas completas de mis aralias. Y enseguida siento la urgencia de ir a comprar abono, vitaminas o algo que acabe con las plagas naturales que normalmente atacan a las plantas. Y comienzo el cuidado, intento no olvidar nunca el día que las riego y poco a poco me doy cuenta que comienzan a crecer pequeños brotes de nuevas ramas. Inevitablemente me emociono, porque quiero a mis plantas, porque coexistimos, porque me alegran siempre que tomo consciencia de lo que enriquecen mi vida.

Lo cierto es que noté lo mismo con mi cuerpo. Todo el año pasado estuve muy enfermo de diversos padecimientos. Fui con seis especialistas, tomé incontables pastillas, cambié por completo mi dieta, comencé a restringirme en los placeres de ciertos hábitos deliciosamente mortíferos y poco a poco fui entendiendo. Yo era un hedonista más preocupado por el placer momentáneo (que no deja de ser atractivo para mí), que de mi vida misma. Por supuesto que vivía, y vaya que disfrutaba ser Baco junto a racimos de uvas y quesos curados, pero estaba acelerando lo que me mata. El malestar terminó por hacer evidente, junto con muchos estudios de laboratorio, que debía detenerme. Debía hacer lo mismo que con mis plantas, cuidarme, alimentarme bien y que la muerte no venciera a la vida.

Por otro lado, a veces pienso que eso nos pasa también como civilización. Creo que siempre es buena idea recordar que la muerte no debe reinar sobre nuestros pensamientos, en nombre de la bondad y del amor. Creo que a veces no nos damos cuenta que muchos de nuestros actos humanos, tanto individuales como en el agregado, son sinónimos de muerte. No quiero nombrar ninguno porque creo que no es necesario. Lo que sí creo es que el espíritu debe alimentarse, que la cultura al ser vida, no debe olvidarse. Que la cultura puede ser el cultivo de mejores hábitos, para preservarnos a nosotros y al ecosistema que nos rodea.

Nardo.