Cementerio de trenes húngaros

A Andrea Gašpar, un ser mágico y extraordinario

Hace cinco años me despedía de Budapest, donde estudié por un semestre sobre los regímenes post comunistas de Europa central y oriental. Escogí la capital húngara porque había escuchado cosas increíbles y porque me generaba gran misterio vivir en un lugar tan ajeno a mí y con un idioma así de peculiar. Quería estar lejos y sentirme perdido.

Sin planearlo demasiado, todo se acomodó a mi favor. Encontré un departamento grande y hermoso a una cuadra del parlamento, que compartía con un joven llamado Lajos, con quien hice gran amistad y que incluso puedo llamar hermano. Todo el lugar olía a té de propóleo y a mazapán. Era calentito y de color amarillo, con copias de las obras de Klimt y Schiele por todos lados. Estaba un poco cargado de objetos en las paredes y la madera del suelo rechinaba. Tenía una tina en la que me pasaba horas leyendo a Sandor Márai y otros autores con una copa de vino.

Llegué en enero a una ciudad nevada, que me parecía dorada y mágica por la noche. Había poca gente en las calles, cuyos edificios eran eclécticos y un poco destartalados. La ciudad tenía un ligero aire de abandono y melancolía. Yo sentía que entonaba muy bien con todo.

Entré a la Universidad Corvinus donde además de las clases sobre los problemas de la transición, tomé cursos de integración europea, historia del arte húngaro del siglo XIX, economía política e idioma húngaro. Aprenderlo me parecía un reto y me emocionaba inmensamente. Poco a poco ponía en práctica las lecciones y le pedía ayuda a Lajos cuando no comprendía algo.

En mis estudios vimos algunas películas. Recuerdo una que se llamaba El Testigo (1969), en la que se muestra cómo el partido comunista había instaurado un régimen duro y atemorizante. En una de las escenas le confiscan un cerdo a una familia que lo escondía en el sótano. Con el tiempo comprendí que esa parte de Europa había sufrido en gran medida por varias razones. Hungría vivió bajo el yugo austriaco, sufrió la segunda guerra mundial y posteriormente la dictadura de corte socialista. El presente tampoco era miel sobre hojuelas. Leía los diarios y las noticias sobre lo que pasaba actualmente en Hungría. Noté que el partido en el poder tenía ciertos tintes autoritarios de derecha. En uno de los artículos del diario El País me enteré que, en 2012, en el parlamento se había propuesto una iniciativa de hacer una lista de los judíos que vivían en la nación. Me aterroricé porque ya en mis cursos había leído que algunos países post comunistas se habían ido al otro lado del espectro político de forma radical y eran bastante retrógradas con diversos grupos sociales y étnicos, como con los gitanos.

Mi preocupación e interés en el asunto llegaron a tal punto que decidí hacer mis ensayos finales sobre el problema de los grupos neonazis en Hungría y cómo el gobierno autoritario no hacía nada para contrarrestar el problema, sino que lo alentaba con medidas populistas. Para entonces, la Unión Europea ya había enviado varias advertencias a Víktor Orban, primer ministro, de que se estaban violando ciertos principios liberales necesarios para formar parte de la comunidad. Por vivir cerca del parlamento me tocó presenciar movimientos, protestas e incluso visitas de Estado. Me di cuenta cuándo fue Merkel porque cerraron la plaza principal. Cuando fue Putin, no pude entrar a mi casa hasta la medianoche porque cerraron cuatro calles a la redonda.

Ahora todo lo puedo escribir con emoción, pero en ese momento sentía preocupación y tristeza. Yo me encariñé con Budapest y con su gente, a tal punto que sentía que podría no volver a México en mucho tiempo y asimilarme por completo a la ciudad. Tenía mis cafeterías favoritas, los lugares donde disfrutaba el goulash, los mercados donde conseguía todo tipo de vegetales, e incluso aguacates. Conocía gente que ya vivía ahí y que pensaba quedarse por largo tiempo. En mi grupo de amigos, estábamos todos enamorados de la ciudad y era un verdadero hogar. Por eso, lamentaba tanto ver que la realidad política era tan hostil e insensata.

Decidí sublimar todo en mis investigaciones y en los ensayos académicos que entregaba. Uno de mis profesores pensaba que yo exageraba un poco al llamar neonazis a los miembros del partido Jobbik, e incluso en mi trabajo final me hizo una serie de observaciones refutando mi argumento. Me pareció un buen ejercicio y agradezco sus comentarios. Hace unos días releí mi artículo y sigo pensando lo mismo, que Hungría es autoritaria y que una parte de su población aún no aprende las lecciones del pasado. Una compañera de la universidad un día me pidió que no hablara mal del primer ministro porque su familia simpatizaba con él. Yo decidí no volver a hablar del tema con húngaros, porque me di cuenta que era delicado y que yo sólo era un extranjero metiendo las narices en su vida política doméstica.

En mi búsqueda encontré un artículo sobre la estación de trenes Istvántelek abandonada en la ciudad. No sabía si era correcto ir, pues sabía que algunos de los trenes habían transportado gente a campos de concentración. Un día me armé de valor y le dije a mi amiga Andrea que si me acompañaba. Ella es de las personas más aventureras y optimistas que conozco. Los dos éramos hiperactivos, íbamos a todas las reuniones y fiestas que nos invitaban y también al coro, donde cantábamos cada semana “Joshua, Joshua fit the Battle of Jericho…” y después tomábamos una cerveza o hacíamos guacamole en mi casa. En una ocasión me ayudó a picar los chiles y después se tocó sus labios. La pobre estuvo con la boca dentro de un tazón de leche por largo tiempo para aliviar su irritación. Seguimos siendo grandes amigos y con frecuencia nos mandamos notas de voz virtuales cantando canciones.

Volviendo al tema, Andrea y yo emprendimos nuestro camino. Era un viaje largo porque la terminal de trenes estaba a las afueras de la ciudad. Tomamos un camión, luego un tranvía y finalmente caminamos alrededor de media hora. Al llegar vimos una puerta abierta que daba a unas oficinas. Salió un señor cuando vio que nos acercamos y nos preguntó en húngaro qué queríamos. Yo, que ya había aprendido unas cuantas palabras y había preparado mi discurso, le dije que era estudiante en Corvinus y que estaba trabajando en una investigación que tenía que ver con la estación. Me dijo que no era posible entrar.

Andrea, un ser dispuesto a todo y con mucha valentía, me sugirió que nos saltáramos. Vimos que al fondo había una pared que era muy baja y fácil de brincar. Yo le dije que no quería que me detuvieran y menos que me negaran la entrada a Hungría para siempre. Ella pensaba que yo exageraba y yo que ella no lo había pensado lo suficiente. Al final me convenció y me dejé llevar por un impulso propio de la juventud. Ahora no sé si me animaría a hacer lo que hicimos.

Nos saltamos y encontramos un lugar sorprendente. Caminamos un rato entre trenes deshechos y en ruinas, entre naturaleza y pedazos de metal. Algunos trenes tenían la estrella roja comunista en la parte frontal. Yo temblaba, no sé si por el hecho de haber violado las reglas y estar en peligro, o por el sentimiento que me provocó estar en ese lugar. Por un momento sentí pánico y deseos de huir, pero Andrea me sonrió y me tomó de la mano. Caminamos juntos por un rato y entramos a un gran almacén, con el techo abierto y más trenes adentro. Nos subimos a los trenes, que tenían un aspecto triste y de abandono. Andrea tomó algunas fotos y tras unos minutos en que ambos guardamos silencio y observamos, decidimos partir de regreso a la ciudad. Fuimos al barrio judío y tomamos un café frente a una sinagoga. Después fuimos a cenar a mi casa y dormimos juntos tomados de la mano.

Unas semanas después continué con mi búsqueda y visité todos los memoriales, museos y cementerios judíos de Berlín, Varsovia y Cracovia.

Nardo.

¿Abajo el capitalismo, arriba el gasto?

Me parece muy sorprendente darme cuenta que en mi generación existe esta perspectiva ingenua que supone que es posible gastar más sin crecer económicamente. Todavía más ingenuo, y además contradictorio, es pensar que hay presupuesto suficiente para atender las necesidades de todas las personas.

Cuando vi que tantos apoyaron al gobierno de “izquierda” en México, creí que habían leído su plan de gobierno e incluso sabían que los partidos, a pesar de gobernar para todos una vez en el poder, benefician más a unos que a otros. Tras año y medio de gobierno ha sido posible ver que poco a poco se han desarticulado algunas instituciones y las prioridades del gasto han cambiado. Para muchos ha sido frustrante ver cómo eso ha afectado sus oportunidades e ingreso. La pretensión de eliminar lo que demasiados llaman “privilegios” indiscriminadamente ha golpeado no sólo a los privilegiados, sino a toda una multitud de personas que dependían de diversos organismos, fideicomisos, fondos, etc. Todo ello bajo el pretexto de enfocarse en los pobres, que indudablemente han sido ignorados y maltratados por quienes han gobernado antes.

Académicos, periodistas y figuras públicas han justificado lo anterior y lo han defendido, pues suena bastante razonable que la pobreza debe erradicarse. Sin embargo, muchas de esas personalidades del mundo tuitero creyeron que era posible sostener todos los proyectos que se han financiado con dinero público desde hace décadas, y a su vez enfocarse en resolver la pobreza por medio de transferencias. Lo cierto es que cayeron en la trampa de una ilusión, bien vendida por el líder populista.

Poco se cuestionaron sobre el propósito del benefactor, a quien le basta con el apoyo de los pobres para ser aprobado. La emoción por ver el mundo transformarse en una montaña de caramelo y algodón de azúcar ha hecho difícil que las personas se den cuenta de su error y del peligro inherente a esta situación. Lamentablemente, el descontento sólo ha surgido cuando las decisiones afectan el patrimonio o las fuentes de ingreso de determinadas personas. Parece como si no tuvieran la capacidad de ser críticas, más que cuando les tocan la cartera.

Probablemente también yo he sido ingenuo porque supuse que más personas se darían cuenta de lo que yo observo, pero creo que no es así. Me apena ver que los que atacan tanto al capitalismo son también adictos al gasto. En realidad siguen funcionando con la lógica de la transacción, intercambiando su fidelidad por dinero público. Utilizan una caricatura de pensamiento crítico para quejarse y protestar sólo cuando la austeridad toca su puerta. Por eso hay que tener cuidado con lo que se desea y más con lo que se elige. En realidad, para poder tirar al capitalismo hay que gastar menos.

¡Quiero vivir!

El acto de escribir tiene tiempo que me intimida. Lo deseo siempre y desde hace un tiempo lo postergo sin darme cuenta, surgen temas en mi cabeza, que en ocasiones comienzo a redactar, pero que casi siempre se esfuman por pereza, desidia o evasión. Creo que empecé a escribir cuando tenía 13 o 14 años, como un acto de desahogo y redención, como mi refugio interno e íntimo. Con el tiempo eso cambió y a veces extraño al adolescente valiente que se enfrentaba a la página porque era su mejor amiga, ese cuasi niño, cuasi adulto que sufría mucho y se embriagaba en las letras oculto de todos, con una pasión desbordada y sin juzgarse, sin buscar un texto ambicioso o loable. Ese ser joven e inseguro tiene mucho que enseñarme hoy, cuando veo la página con temor y desvío la mirada de ella. 

Hoy escribo porque lo necesito, porque hay algo que quiero expresar en letras para terminar de entender un proceso vital importante. Creo que desde chico he querido morir y al mismo tiempo he soñado con vivir, intensa y explosivamente. Pocas veces me lo permití, porque mis deseos se vieron reprimidos casi toda mi vida, sobre todo los más íntimos. Me habitué a ser recatado, reservado y prudente, a hacer lo correcto. A pesar de mi personalidad contenida, dentro de mí existe un espíritu rebelde y transgresor. Alguien que se cuestiona, pone en duda y busca sus propios significados. Sin embargo, las conclusiones que había hecho rara vez se tradujeron en conductas o acciones que se encaminasen a liberarme de mis restricciones. Inconscientemente, los límites impuestos por mí mismo se tornaron en frustraciones y alimentaron el deseo de morir, aunque tampoco me atreviese a provocarlo. Ese estado de contradicción de querer vivir y desear morir me acompañó por muchos años, en medio de un torbellino de emociones y pensamientos violentos. 

Hace unos meses escribí lo siguiente:

12 de octubre de 2019

Corriente de lava corriendo por todo mi cuerpo,

de manera intensa y desbocada.

Choques y chisporroteos de fuego,

que me estremecen.

Vivo, después de hace tiempo, pero…

tengo ese viejo y conocido temor:

Tropezarme, caer de nuevo, desbocarme.

no poder evitar el error, ese miedo racional.

¡No quiero escucharlo!

Sentir, quiero sentir. Vivo, así como me siento,

después de tanto tanto tiempo.

Ya no soy capullo, ya no soy semilla,

me sentía pegado a la tierra.

En un sarcófago, telarañas sobre mí,

¡insectos saliendo de mi nariz!

Raíces se enroscaban en mis extremidades,

pero no eran mías, me tragaba la tierra. 

Infértil, estéril, temía haber muerto,

pero estaba transformándome, capullo o semilla. 

Llevaba tiempo con el rostro insensible,

sin reír con todos mis gestos. 

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En retrospectiva, pienso que algo estaba gestándose aunque no me percaté de inmediato. A veces uno piensa y se comporta de manera distinta sin darse cuenta de ello, a veces los otros tampoco lo notan de inmediato. Paso mis días casi siempre solo, por lo que es difícil reflejarme en otros. 

En diciembre visité a mi madre y mi hermano en mi ciudad natal, y pasé varios días con ellos. Me noté enérgico, intenso y creativo. Quería compartir mi mundo, hacer, hablar, comunicar. La vida me parecía más emocionante al estar en contacto con esos otros, aunque fuesen los mismos de siempre. El que era distinto era yo, porque tenía vitalidad, una que aunque no reconocía del todo, me sabía bien.

Una noche de finales de diciembre del año pasado soñé que decidía morir voluntariamente, tomando una cantidad de pastillas para provocarlo. Recuerdo poco, porque así suelen ser los sueños, borrosos e intermitentes. Recuerdo estar en un baño, esperando el efecto. Y mientras llegaba y la muerte acudía a mí, un deseo de vivir surgía con fuerza y desesperación. Comencé a sentir un arrepentimiento profundo y angustioso, pensé en todo lo que me hacía falta hacer y experimentar, me di cuenta muy tarde que no quería morir de la manera más absurda, a punto de morir. 

Hace unos días concluí un libro de Milan Kundera, en que una adolescente decide quitarse la vida, de la misma forma que hice en mi sueño, por un desamor juvenil. Una vez tomadas las pastillas, ve su rostro en un espejo y se da cuenta de lo bella que es y en mi lectura interpreté que quizá surgió en ella un arrepentimiento tardío, como el mío. 

Me pareció una coincidencia poco usual soñar y leer algo tan similar en un lapso de tiempo muy corto. Me estremeció el relato y me puso a pensar. Ayer fui a mi sesión de psicoanálisis y hablé de todo lo vivido en los días que se suspendió la actividad por las fechas vacacionales. Después de toda la letanía de 60 minutos y relatar tanto el sueño como el pasaje del libro, protesté de manera abrupta a mi interlocutor que quería vivir, que deseaba vivir. Él me contestó que era la primera vez que me escuchaba decir esas palabras. Yo me quedé mudo. No sé si alguna vez en toda mi vida he dicho con tal convencimiento y emoción ese deseo, pero lo más probable es que no. Sé que desde pequeño expresé, como un día lo hice a mi madre siendo un niño, que me quería morir. Y así, incontables veces. Nunca lo provoqué. Y hoy celebro haber expresado lo contrario, sin miedo y sin contenerme. Celebro haber vivido en un sueño lo que me hubiese privado de mi mayor deseo. 

Concluida la sesión tomé la bicicleta y me dirigí a casa, probablemente sonreí todo el camino. Y aunque por la noche tuve un momento de angustia por una reflexión escabrosa, hoy puedo escribir con gozo y soltura que quiero vivir. 

Nardo.

Melancolía y miedo

Burdeos, Francia

28 de julio de 2019

 

Estoy solo y enfermo en un departamento en Burdeos, que al menos me da una sensación de tranquilidad porque es pequeño y acogedor, me hace sentir protegido, como si estuviera en un tipo de huevo o útero. La vista desde la ventana, a pesar de un edificio moderno muy feo, es linda. Todo está bien, lo único que me hace falta es un abrazo. Llevo días pensando sobre mis emociones, más bien llevo pensando sobre mis emociones toda la vida y tengo ganas de hablar sobre ello, expresarme y desahogarme. 

Hace casi un par de años empecé a tomar medicamentos para la ansiedad. Fue un cambio de vida que ha tenido tanto ventajas como desventajas. Es una manera diferente de vivir. La verdad nunca entendí bien por qué surgieron los ataques de pánico. Nunca estuve seguro qué fue lo que los detonó o por qué de repente el miedo a perder la cordura y el control, y esa sensación de tener ganas de gritar, llegaron a mi vida. Sólo sé que un día los sentí en el metro, debajo de la tierra; también en la calle, en el elevador y en mi habitación, a punto de dormir. 

Con el deseo de acabar con ello y por curiosidad, decidí probar la psiquiatría. Ahora que lo pienso sé que no me arrepiento y que fue una decisión que por miedo tomé en su momento. Ahora que han pasado aproximadamente 18 meses, pienso que me ha ayudado a sobrevivir y funcionar definitivamente porque he podido seguir viajando en metro, a pesar de que a veces vuelve el sentimiento de angustia. He podido estar tranquilo por las noches, aunque en ocasiones hay gente que tiene que ir a dormir conmigo porque no logro conciliar el sueño y siento que me asfixio antes de dormir. 

El psicoanálisis me ha ayudado a poder racionalizar, o quizá sólo entender, hablar, expresar, asimilar y ver claramente qué es lo que provoca todo este malestar. Simplemente no puedo comprender que un medicamento sea lo único que puede contrarrestarlo. Por eso empecé a hacer yoga y meditar. He dejado la meditación últimamente por falta de disciplina para sentarme, porque le tengo un poco de miedo a enfrentar mis pensamientos. Por eso he preferido la yoga, porque enfocarme en los movimientos calma mi mente, me vuelvo consciente de mi cuerpo y de las sensaciones que vienen después de cada posición, me relajo tras el esfuerzo, el estiramiento e incluso el dolor físico. 

He intentado refugiarme en emociones más duraderas, he buscado en la poesía un poco de ayuda, soporte, entendimiento y referencia. En la literatura en general, pero en la poesía particularmente. Gracias a un amigo descubrí a Rumi. Me gustan sus versos sobre el silencio, la nada, la calma, la quietud, el sosiego, la embriaguez religiosa. Y aunque no estoy dispuesto a abrazar una religión, la idea del silencio y la contemplación me atraen especialmente. Lo cierto es que no los llevo a cabo del todo y a veces se me olvida practicarlos, porque tengo un hábito fuerte de vida activa, de inquietud, desasosiego, exceso, entretenimiento y consumo. Siento una lucha interna fuerte y dolorosa. Siento adentro de mí como si un ginecólogo utilizara este aparato para abrir el vientre cuando va a sacar un bebé, como si pusieran dos placas de metal en mi pecho y las estiraran, como dos fuerzas que me provocan un dolor agonizante, que me enloquece. En ese abrir de pecho, yo cada día me siento más débil y cansado.

Me doy cuenta que estamos solos en la intimidad de nuestros dolores, temores y frustraciones. Creo que el sentimiento de estar perdido nos aborda constantemente. Yo a veces siento que me vuelvo loco, que ya no puedo más. Es difícil desahogarse porque uno suele estar inmerso en la rutina, en el quehacer cotidiano. Sin darse cuenta, uno se está matando, perdiendo la luz en los ojos, desvaneciéndose, dejando de existir, convirtiéndose en fantasma, hasta que un día despierta y el alma se escapó. Siempre le he tenido mucho miedo a eso porque lo he vivido en ciertas etapas de mi vida, de grandes presiones y preocupaciones por buscar sobrevivir, por estar en esta lucha que es la vida, que no sólo es material, física o económica, sino una espiritual, vertientes que hay que trabajar y cultivar constantemente. Pienso que la parte espiritual está muy perdida, porque se acabó la paciencia y la espera. Quizá no se acabó, sino que sólo está ahí, ensombrecida, debajo de tanta información y tanto ruido, a la espera de que alguien decida detenerse. 

En esta lucha, intento hacer compatible la posibilidad de subsistir y la posibilidad de ser, no perderme en esta carrera interminable de títulos, trabajos, diplomas… Intento equilibrarme, no olvidarme de mi alma, si es que existe. Trato escuchar esta voz que no logro definir ni nombrar, no perder lo poco que me queda de intuición, porque siento que se muere. No sé por qué siento que se muere. No quiero perder el deseo de darle significado a las cosas, ni perder la capacidad de emocionarme.

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Hace rato mientras comía, pensaba al ver el horizonte que me siento desanimado, cansado y aburrido. A veces pienso que no hay mucho más que descubrir, pero se trata de esa voz dentro de mí que quiere el constante estímulo y entonces vuelve esa discusión interna. Creo que de ahí viene la ansiedad, de este querer hacer y al mismo tiempo querer detenerme, del deseo de euforia que sucede paralelo al deseo de volver al capullo, de volver al hogar, a la cama de carrizo, a la melodía original. 

Tengo que encontrar la manera de hacer las paces, porque llevo ya mucho tiempo en medio de este conflicto, y la verdad es que, aunque supongo que es posible vivir así,  en este constante ir y venir me pierdo de cosas importantes de la vida y sufro. Y hablando de sufrimiento, hace unos días me dije que quería volver a sentir el mundo como la hacía antes. Es posible que sea una nostalgia por un pasado inexistente, porque los humanos solemos pensar que lo vivido fue mejor que lo que se vive o las memorias más gratas de lo que realmente fueron. 

Algo perdí a lo largo de estos meses de entumecimiento, porque siento que el medicamento me hizo un poco insensible y me adormeció, incapaz de disfrutar como lo hacía antes. Me siento lento, anestesiado, indiferente, pero apático sería la mejor palabra para describir el estado en que me he encontrado en los últimos meses. Y no sé si se debe a que pienso demasiado o si se trata de la educación científica que recibí, que todo lo analizo en términos de variables. Hay factores extraños que no podemos controlar, no podemos asegurar que una cosa lleva necesariamente a la otra, sino que la vida depende de elementos infinitos que se mueven al mismo tiempo que no dejan de suceder. Sin embargo, intuyo que desde que tomo el medicamento no siento igual, no sólo al disfrutar sino al sufrir. 

Antes disfrutaba más la melancolía, y no me refiero a que quiera volver a gozar de ello porque sé que también pudo ser destructivo, que me llevó a lugares de vicio, a habituarme a estar en ese estado y volverme adicto a ello. Pero ahora me molesta no poder sentir melancolía, no poder estar triste sin ninguna razón, porque el medicamento amortigua mis emociones y cambios de humor naturales, me limita y contiene. No me permite desbordarme. Cuando estoy en la tina, como ahora, recuerdo cuando me metía a la que tenía en Budapest, donde podía estar horas con un libro y vino, llorar y entregarme al sentimiento y a la pena, inexistente o no, a la tragedia. Sea vanidoso, superfluo o burgués, lo cual no me importa, extraño poder dedicarle tiempo a la tristeza, a la inexplicable. Por eso y por las ganas de vivir, empecé a dejar el medicamento hace alrededor de dos semanas, siguiendo las indicaciones del psiquiatra para hacerlo poco a poco. En un par de semanas termino el proceso de separación. Me ha costado dormir, aunque ayer caí rendido porque viajé, vi una película y cené. Tuve sueños raros, como siempre, un poco inquietantes y surreales. Soñé que mis compañeros en Boisbuchet solían encerrar a gente de vez en cuando en habitaciones, jugando. Alguien los regañaba y les decía que no era tan divertido aunque lo parezca. Después hay imágenes que no logro describir ni dibujar en mi mente. Deduje dos cosas. La primera es que probablemente sea un miedo inconsciente a que me encierren, porque hoy que me subí al elevador del Museo de Arte Contemporáneo que parecía un búnker, me dio mucho miedo quedarme atrapado. Y recordé que cuando estaba en el seminario católico mis compañeros me asustaron en las criptas subterráneas, vestidos de negro mientras las limpiaba. Pienso que le tengo miedo a la gente. Recuerdo también cuando en el jardín de niños nos llevaron a una casa con albercas fuera de Guadalajara y una niña me encerró en un baño viejo mientras me cambiaba la ropa. Yo golpeaba la puerta de metal con ventana de cristal esmerilado y gritaba que me abrieran, hasta que alguien me abrió. Le tengo miedo al encierro. A veces pienso también que la gente se ha metido mucho conmigo a lo largo de mi vida y estoy harto. Como lo que pasó ahora en Boisbuchet, con el tutor de uno de los talleres que estuvo encima de mí, molestándome, acosándome en repetidas ocasiones, y como lo han hecho otras personas y figuras con autoridad en mi vida. Quisiera deshacerme de ese patrón, pensar que no es un patrón. En fin, no quiero perderme en este punto. Sólo quise hablar de los sueños y de lo que asocio con el último que tuve anoche. 

No sé si dejaré los medicamentos de manera definitiva, pero quiero probar qué sucede y cómo me siento. Voy a ser fuerte porque supongo que estos días me he sentido inestable por los cambios y los nuevos hábitos. En los próximos días tendrá efecto, y aunque no tengo a quien pedirle ayuda metafísica, tengo la ayuda humana que necesito. Y me tengo, tengo que empezar a sentir que estoy para mí y que puedo serme fuerte. Que no estoy del todo perdido si logro serlo. Y que no estoy solo, porque tengo a otros. Y aunque he perdido algunas amistades últimamente, con las que ya no logro congeniar, hay otras con las que tengo contacto constante. Tengo mi familia y eso es lindo. 

El sufrimiento nunca se ha ido y supongo que ya no quiero tener amortiguadores ni elementos que me inhiban, quiero sentirlo y lidiar con el pánico de una manera más orgánica y no tan artificial. Encontrar una manera de funcionar y vivir con él, de acercarme a él con cautela, como si fuera un animal salvaje. Creo que puedo entender mi salvajismo con serenidad y calma, con paciencia y con amor. No sé si me amo, si lo hago un poco más que antes, pero quiero intentarlo. Quiero gozar de la tina y la melancolía, con la luz tenue, embriagarme sin miedo, leer con pasión y escribir con soltura. Disfrutar la vida, despertarme con interés, curiosidad, ganas y energía; sin dificultad, listo para aprender y descubrir la vida sin miedo. 

Nardo

En Boisbuchet

Han pasado meses desde que me despedí del Domaine de Boisbuchet, situado a orillas del río Vienne en el oeste de Francia. Partí muy acongojado pero satisfecho y feliz. En el tren de camino a París intenté escribir pero mientras lo hacía temblaba, las emociones eran tantas que no podía hacer otra cosa que no fuera sentir. Decidí cerrar mi cuaderno y ver el cielo, de un azul al que no estoy acostumbrado viviendo en Ciudad de México. Esto es lo poco que escribí:

31/ago/2019

Hoy dejé Boisbuchet con un sabor de boca delicioso y con un cansancio inmenso. No dormí nada, pasé la noche con N. Fue una noche muy linda conversando y escuchándolo cantar a Mozart.

Me cuesta seguir escribiendo, me pesa todo el cuerpo y el alma. Quisiera dormir largo tiempo en un cuarto blanco escuchando el mar, con una luz tenue y débil, entre pequeños momentos conscientes de duermevela, de placer y alegría delicada, gozo y dicha suaves, y arraigo dulce al mundo.

Quiero soledad y despertar silencioso. Quiero comerme un durazno con los ojos llenos de lagañas y los pies descalzos. Quiero que huela a sal y que sople el viento del atardecer…

Estaba listo para irme pero no para lo que iba a sentir al despedirme, tanto del lugar como de ciertas personas. Ahí se desenvolvió mi vida durante dos meses enteros, de una manera que no había experimentado antes. No había espacio que no fuese compartido, pues tanto los alimentos como el descanso se llevaban a cabo en espacios comunes. Cada semana había al menos un par de talleres sobre diseño, así como ponencias por las noches por parte de quienes los impartían. Es un lugar muy atractivo no sólo por el conocimiento y aprendizaje cotidiano, sino por su belleza; se puede nadar en un lago, correr entre árboles, andar en bicicleta o refrescarte en el río. En resumen, el lugar es idílico y bucólicamente estimulante.

Hay un ritmo de trabajo todos los días y también momentos libres que se pueden aprovechar para un ocio productivo o para descanso. La vida transcurre de manera distinta, el tiempo tiene su propio ritmo y la percepción del mundo es otra. El aire es limpio y los problemas personales parecen inexistentes, de tal forma que la mente está libre para dedicarse a conocer a los otros y a hacer introspección.

Las fiestas de cada miércoles tenían una chispa tanto cachonda como infantil. Había que disfrazarse de acuerdo a un tema elegido por todos. Era un momento para descubrir a los otros, de desinhibirse y soltar el cuerpo y la mente, dentro del molino que estaba junto al río. Baile, contacto físico, acercamiento amistoso y erótico, ruptura de límites. Todo podía ser, lo incorrecto era la mesura.

Es curioso, me enteré conversando con otros que no fui la única persona que decidió dejar de tomar medicamento psiquiátrico en ese lugar. Yo hablé con mi psiquiatra a distancia sobre el deseo de liberarme del letargo provocado por las pastillas, pues quería disfrutar más y me sentía listo para ello. Fui reduciendo la dosis hasta que por fin lo dejé por completo. Sin embargo, supe de casos en que lo dejaron de manera brusca y no terminaron bien las cosas.

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En fin, no sólo tomé decisiones importantes en ese lugar sino que logré metas que no había podido alcanzar. Corrí con un compañero medio maratón hasta el poblado más cercano, Confolens. Presenté un performance gracias a la propuesta de una compañera de exponer nuestro trabajo, el cual salió mejor de lo que esperaba y asistió más gente de lo que pensé. Posteriormente tomé un par de talleres. En el primero elaboré un vestuario para una coreografía Bauhaus, discutí acaloradamente con el tutor por sobrepasarse conmigo y no terminaron muy bien las cosas, pero los resultados del taller fueron positivos. En el segundo diseñé un candil de comida colgante hecho de bambú para exponer un escenario distópico de alimentación.

Finalmente, lo que fue más significativo y retador fue rodar mi primer cortometraje. Lo más especial y gratificante de esto fue la colaboración con mis compañeros, con quienes logré trabajar en un proyecto de manera voluntaria y libre. Siendo todos principiantes e inexpertos, logramos materializar algo que seguramente tendrá un eco en los siguientes retos de nuestras vidas.

No faltaron los momentos difíciles y no todo fue miel sobre hojuelas, también tuve días amargos y situaciones de estrés, pero no me interesa enfocarme en esto. Ahora estoy sentado en mi alfombra con una emoción maravillosa de dicha y agradecimiento que quise aprovechar para escribir esto. Se acaba este año en pocos días y yo quiero poner en palabras las impresiones de mi corazón antes de que el tiempo sople y las borre.

Pablo y Guillermo, Yunni, Holo, Martynas, Aureliha, Gabriel, Claudia, Linda, Yiwen, Revati, Filippo, Yu, Marissa, Kester, Martin, Niege, Aglaë Carlos y Julián. Qué dulce es escribir sus nombres para no olvidarlos, para que no desaparezcan, aunque pocos los conozcan. Fueron para mí descubrimientos y mundos de experiencias enriquecedoras y divertidas.

Con alegría intensa en el alma,

Nardo.

Buró(crita hipó)crata

El burócrita hipócrata al mismo tiempo que se disfraza, aguanta todo lo que el tirano hace, porque en el fondo comparte la ambición y el hambre de poder que el otro tiene. Se escuda en las buenas causas del tirano para contribuir a su acumulación de poder y se siente necesario porque es útil; pero llega a un punto en que, por la naturaleza misma de la autocracia, deja de serlo para el tirano.

Cuando eso sucede, el burócrita vuelve a ser el que no era nadie, porque su vida política dependía de la transfusión de sangre del tirano. Dado que en nuestros tiempos ya no se prescinde del burócrita con la muerte física, se recurre a otros métodos propios de los regímenes benévolos. Ya no termina en panteones o criptas, sino en instituciones o cubículos académicos donde se refugia.

Desde ese lugar de pureza, se dedica a limpiar su expediente completo de acciones turbias. De manera astuta se cura en salud de los actos con que ayudó al tirano a llegar al poder. A través del olvido voluntario encuentra la manera lógica de justificar, en la intimidad de su conciencia y en las líneas de los artículos y columnas que escribe, su supuesta candidez. Sustituye el cobijo del tirano con las palabras de los pensadores, intelectuales y premios Nobel que cita, para quedar exento de la acusación de cómplice y para seguir buscando el bien común y mantener su buena reputación.

Su renuncia heroica pretende ser denuncia para salir indemne de la complicidad que nunca confesará. Sin embargo, por naturaleza, el burócrita es hipócrata, por lo que a través de la simulación y movido por su ambición, no dejará ir la oportunidad de servir a otro supuesto redentor social a quien ayudará cándidamente a convertirse en tirano, para superar la inanición política de su aburrido y humilde cubículo de académico.

Nardo.