Reseña de ¡Tierra, tierra!

A unas cuadras de mi departamento, en Pest, está la plaza pública Szabadság1 donde se erige un grande e imponente monumento soviético. Al principio me preguntaba por qué éste y la estatua de la libertad en la cumbre de la Ciudadela, en Buda, seguían en pie si ese régimen había oprimido tanto a Hungría. Después me di cuenta que tenía un sentido más profundo. En la plaza Kossuth Lajos hay una representación escultórica de Imre Nagy, un primer ministro durante el comunismo. Se encuentra en medio de un puente de metal dando la espalda al monumento soviético y mirando hacia el Parlamento. Un profesor me explicó que Nagy intentó independizar al país de la URSS en 1956, pero lamentablemente no lo logró. La representación simboliza el deseo de dejar atrás el pasado autoritario para transitar hacia la democracia liberal. 

Szabadság tér (Plaza de la Libertad), Budapest. Febrero, 2015.

La historia de este libro comienza en Budapest en el año de 1944 cuando los alemanes ocuparon la ciudad. Sándor Márai celebraba una reunión para cenar con sus amigos y familiares. Después de la cena entraron a temas políticos. Lamentaban lo que sucedía, habían perdido amigos en los campos de concentración. Se abordó la noticia de que venían los soviéticos también y uno de los presentes expuso su rechazo a los comunistas y su simpatía con los nazis. Decía que éstos eran la única esperanza de Hungría para librarse de los soviéticos. El ambiente se tornó bastante tenso y los presentes intentaron desviar la conversación a otros temas. 

El autor relata que tras la batalla por la ocupación de la ciudad triunfó el ejército soviético. Había quienes los consideraban héroes y otros lamentaban la partida de los nazis. Sí había división y cada uno creía tener sus razones. Intelectuales y artistas progresistas de occidente estaban poseídos por el opio de la utopía marxista y las promesas de redistribución y libertad de los comunistas del este. Márai asegura que eran sólo los más cínicos y de escaso talento los que se afiliaron al partido, mientras que los más cultos e informados pronto se dieron cuenta de la naturaleza del bolchevismo. No obstante, la mayoría de ellos pensó cándidamente que los actos inhumanos de los comunistas eran errores pasajeros y males necesarios para poder alcanzar eventualmente la justicia social.

El escritor húngaro cuenta que nadie tenía suficiente información para saber que se avecinaba otra forma de represión política y que los rusos podían ser tan despiadados como los alemanes nazis. Dice que decidió observar sin prejuicios e ideas preconcebidas. Se mudó a una casa en el campo con su esposa, pues la suya había sido destruida por la batalla. Ahí vio por primera vez a los soviéticos llevar a cabo abusos de poder. Llegaban a los poblados y primero sólo pedían comida, pero posteriormente saqueaban todo lo que había en las casas. Los húngaros empezaron a esconder a sus animales en el bosque y sus pertenencias debajo de la tierra, pero finalmente el ejército comunista se dio cuenta de ello y se apropió de todo. Del robo de harina se pasó gradualmente a la nacionalización de todas las empresas y la confiscación de todos los bienes.

Márai describe las conversaciones que tuvo con los soldados para hacerles preguntas sobre la forma de vida en la URSS y comprender así por qué tenían tal empeño en apropiarse hasta de los objetos de escaso o nulo valor. Con ello dice haberse dado cuenta que éstos habían sufrido ya varias décadas de escasez en su país y todo lo que encontraban en los países de Occidente les era atractivo y novedoso:

“Siempre que me tenía que enfrentar a comunistas fervorosos y devotos o a sus aliados, me daba la impresión de que no permitían que los argumentos de sus contrincantes traspasaran el umbral de su propia conciencia: como si temieran que se derrumbara, en su interior y alrededor de ellos, todo lo que habían construido con sus manos cuidadosa y obstinadamente.”

Al mismo tiempo que defendían la ideología de su régimen repitiendo sus dogmas, deseaban la riqueza y los bienes. En cierto sentido, la frustración de la realidad del hombre soviético se sublimaba saqueando a los polacos, húngaros y checoslovacos. Se dio cuenta también que a pesar de que el hombre soviético exaltaba la cultura no conocía más que los textos que les daba el régimen como propaganda y adoctrinamiento. En una de las conversaciones con un ucraniano del ejército, éste le confesó que no deseaba volver a su país por lo siguiente:

“—Porque hay que trabajar muchísimo y uno no recibe el dinero que vale su trabajo. Además, no hay libertad. No nos enseñan idiomas porque no quieren que podamos leer libros extranjeros. Sólo debemos leer lo que nos ponen en las manos. Los libros son mi vida —dijo de repente—, y no puedo leer lo que yo quiero. Y eso no está bien —añadió, serio y severo. Se quedó callado, y luego pronunció una última frase—: Mi padre era socialdemócrata, pero lo mataron. Quiero que lo sepas —añadió, señalándome de nuevo.”

Esta obra de Márai tiene la cualidad de reunir todas las manifestaciones de crueldad y manipulación que llevó a cabo la URSS tanto en su territorio como en los que ocupó posteriormente. Dice que una vez que los húngaros dejaron de esperar ingenuamente a Godot comenzaron a odiar y ello se agudizó cuando la inflación se desató. Mientras los miembros del partido y sus cómplices, campesinos y contrabandistas, se hacían exponencialmente más ricos, el grueso de la población padecía cada vez más hambre. En la calle veía a los húngaros asustados, serios y pegados a los huesos. Tal pesadilla distraía de la desarticulación silenciosa de las libertades: “Un día desaparecía una persona, al día siguiente una antigua institución que funcionaba de maravilla… o bien un concepto.” Cuando nadie creía ya las mentiras y el engaño dejó ser efectivo, el régimen usó el terror y la violencia. Los suicidios aumentaron dramáticamente porque la gente estaba siempre en estado de alerta. Las leyes y el derecho dejaron de cumplir su función y se usaron en contra de la población:

“Ese «Estado» —que los comunistas habían fabricado con aplicación y rapidez obstinadas— no era en realidad un verdadero Estado porque no cumplía con la función de aglutinar y cohesionar a la sociedad: todo parecía viscoso y gelatinoso, y nada estaba vertebrado, ni la esfera de poder de la autoridad ni la autoridad misma. Carecían de auténtica validez las leyes y las disposiciones reglamentarias, puesto que la ley sólo puede ser válida cuando también significa protección y no sólo agresión… Así que todos empezaron a vivir en un constante estado de alerta: trataban de defenderse del Estado como podían, porque estaba claro que en la sociedad el bandidaje se había institucionalizado.”

El resentimiento social se liberaba con crueldad, pero nunca era suficiente para repararlo y Márai señala que: “quien busca justicia con demasiado empeño y dedicación, en realidad no busca justicia sino venganza.” Si alguien no odiaba como lo hacían todos también había que odiarlo. Se vivía un ambiente sofocante que recurría a la deshumanización para establecer el orden. El miedo llevó a muchos a colaborar con el régimen aún a pesar de sus convicciones y principios, y se sacrificó de forma absoluta la libertad de expresión y la cultura. La censura se imponía con devoción y obediencia porque no se quería admitir que aquel experimento, que pretendía sustituir a Dios, era un error magno que había destruído el espíritu de millones de personas. Y con todo, no era eso lo que más temía el escritor húngaro. Afirma que el enemigo más peligroso era la estupidez de los miembros del partido comunista y su ejército, que deliberadamente atacaban gente inocente sólo para simular que imperaba el orden en “beneficio del pueblo”. 

Márai estuvo tres años en esa Hungría aterrorizada, deteriorada y oprimida por los invasores comunistas. Partió porque no quería ser un esclavo de la tiranía soviética ni estar amenazado por los esclavos con los que convivía y le odiaban. Se le señalaba por callar y no favorecer al régimen. Relata que eventualmente entendió que era un amenaza porque buscaba la medida de lo humano, el justo medio, pero eso era un obstáculo para la revolución social de los soviéticos. Escribió desde lejos porque apreciaba su país y sentía que le debía algo al haberse ido antes de que “la mentira institucionalizada asfixiara a todo y a todos”. Gracias a este texto comprendí la cultura húngara contemporánea. Un país ocupado consecutivamente por turcos, austríacos, teutones nazis y eslavos, dominado históricamente por voluntades ajenas y crueles. Por su fortaleza los admiré profundamente, por haber renacido de los escombros que dejaron a su paso todos los grandes imperios.

Notas:

  1.  Significa libertad en húngaro.

Bibliografía:

Márai, Sándor. ¡Tierra, tierra!, editorial Salamandra, 2012.

Reseña de Animal Farm

Encontré a Rusia congelada en el tiempo. Salgo de San Petersburgo en camino a Tallín, tengo un chocolate, un café y un libro nuevo. Lo escogí antes de partir porque he escuchado que se trata de un texto genial. George Orwell, Eric Arthur Blair, nació en India cuando estaba dominada por el imperio británico porque su padre trabajaba administrando el opio. Creció observando las injusticias que la economía extractiva inglesa realizaba tanto ahí como en el país de origen de su madre, Birmania. 

San Petersburgo, julio de 2016.

Orwell fue un demócrata inglés comprometido con el socialismo, pero consideraba problemático que un sinfín de personas en Occidente, incluidas las mentes más brillantes de su tiempo, hubieran caído en el encanto del comunismo soviético. Pensaba que éste era un obstáculo para alcanzar la verdadera justicia y había que demostrarlo. Su obra intenta advertir y señalar aquello que encontraba no sólo autoritario sino precursor de un totalitarismo. Este libro se publica en 1945, año en que termina la Segunda Guerra Mundial, cae Hitler y la URSS adquiere más poder y popularidad en el mundo. Tanto en ésta como en los círculos socialistas de otros países sólo eran aceptados los elogios de periodistas y escritores, mientras que las críticas no eran bien recibidas e incluso censuradas. Para más de alguno Animal Farm fue una obra incómoda que puso en evidencia que no hay proyecto político perfecto y que la persecución ingenua de utopías tiende a provocar lo contrario a su propósito. Orwell, un hombre excepcional y honesto, muere muy joven, pero hasta el fin de sus días se esforzó por luchar a través de lo que publicó contra los actos humanos que, bajo una supuesta benevolencia, buscaban controlar la vida y socavar la libertad. 

Animal Farm es una gran fábula que comienza mostrando el trato injusto que reciben los animales de una granja en Inglaterra, los cuales trabajan arduamente y el usufructo de su labor se queda en manos de los humanos que la dirigen. El más sabio entre los animales los convoca a una reunión y les hace reconocer que es necesario evitar que esa situación se prolongue. Les invita a construir una mejor sociedad, aquella en que ellos sean dueños del producto de su trabajo y la riqueza sea repartida equitativamente entre todos los que conforman la granja. Una acción detona la rebelión y los animales logran quitarles el poder y expulsar a los humanos para instaurar lo que el autor llama the animalism. Orwell logra describir alegóricamente lo que había motivado los levantamientos contra la desigualdad en el este de Europa y propiciaron un cambio de régimen que se sostuvo por varias décadas. 

Parece extraño imaginar un mundo en que los animales se comuniquen verbalmente, pero eso poco a poco cobra sentido a partir de que se manifiesta el objetivo del autor. Se trata de un recurso literario estupendo que permite al lector distanciarse de la carga ideológica o política de los nombres de los personajes a los que se refería Orwell implícitamente (Stalin o Trotsky por ejemplo). En cierta medida logró reunir los componentes y actitudes más relevantes de la dictadura política que deseaba develar y las plasmó, por medio de un lenguaje sencillo, en un relato ficticio que puede ser comprendido no sólo por especialistas o intelectuales, sino por cualquier individuo que las lea.

Una obra de este tipo sólo podía haber sido escrita por alguien que no estuviese inmerso en la atmósfera ideológica y represiva que limitaba tanto el pensamiento como la denuncia de los abusos de poder que perpetró el proyecto soviético. Orwell no se mantuvo ajeno a lo que padecían los europeos de oriente ni se entusiasmó ciegamente ante las noticias optimistas que se reportaban, así como tampoco se dejó seducir por el imperialismo de su propio país. Se dedicó a investigar y se aseguró de que todo aquello que escribiera tuviese un sustento real. Conocía bien lo que pasaba del otro lado de su continente y se solidarizó con los europeos del este, tanto como lo había hecho con los españoles que padecieron el fascismo. 

Esta fábula muestra el problema del poder absoluto concentrado en un grupo reducido de animales. El discurso es un elemento recurrente que sirve a los cerdos para mantener el orden en la granja. No hay animal que no cumpla una función necesaria en la trama y cada uno simboliza una figura clave de la realidad política en la URSS. Tanto para los personajes como para el lector existe un sentimiento constante de sorpresa y quizá de indignación conforme se llevan a cabo los actos deliberados de los nuevos dirigentes de la granja. Hay algo de ironía y también de pena en los acontecimientos. La confusión que experimentan los animales ante el uso de la retórica también afecta al lector, que probablemente tenga que volver unas cuantas páginas para estar seguro de no haber leído incorrectamente. Ello se debe simplemente a que el engaño es el recurso más repetido dentro de la historia. 

Asimismo escribió extraordinariamente los manifiestos, las reglas, las frases y los lemas, los poemas y las canciones con las que se adoctrinaba a los animales en aquella utopía, precisamente como se hacía también en la Unión Soviética. Animal Farm es una lección de moral social que busca advertir al mundo entero sobre lo que pocos sabían en el momento en que se publicó la obra, que lo que en ese momento se informaba era manipulado e incluso falso. Orwell escribe para contrarrestar los efectos de la propaganda dentro y fuera de la granja. 

Cierro el libro en Estonia tras cruzar la frontera entre Rusia y la Unión Europea y pienso que el comunismo soviético gradualmente relajó sus convicciones y principios, degradando sus ideales y convirtiéndose en un régimen tan mezquino como el que derrumbó. Esta fábula acierta en que la perversión sería tal que no podría distinguirse entre los cerdos y los hombres, como sucedió en los últimos días de la URSS. 

Orwell, George. Animal Farm, Plume Editions, Penguin Group, United States, 1996.

Cementerio de trenes húngaros

A Andrea Gašpar, un ser mágico y extraordinario

Hace cinco años me despedía de Budapest, donde estudié por un semestre sobre los regímenes post comunistas de Europa central y oriental. Escogí la capital húngara porque había escuchado cosas increíbles y porque me generaba gran misterio vivir en un lugar tan ajeno a mí y con un idioma así de peculiar. Quería estar lejos y sentirme perdido.

Sin planearlo demasiado, todo se acomodó a mi favor. Encontré un departamento grande y hermoso a una cuadra del parlamento, que compartía con un joven llamado Lajos, con quien hice gran amistad y que incluso puedo llamar hermano. Todo el lugar olía a té de propóleo y a mazapán. Era calentito y de color amarillo, con copias de las obras de Klimt y Schiele por todos lados. Estaba un poco cargado de objetos en las paredes y la madera del suelo rechinaba. Tenía una tina en la que me pasaba horas leyendo a Sandor Márai y otros autores con una copa de vino.

Llegué en enero a una ciudad nevada, que me parecía dorada y mágica por la noche. Había poca gente en las calles, cuyos edificios eran eclécticos y un poco destartalados. La ciudad tenía un ligero aire de abandono y melancolía. Yo sentía que entonaba muy bien con todo.

Entré a la Universidad Corvinus donde además de las clases sobre los problemas de la transición, tomé cursos de integración europea, historia del arte húngaro del siglo XIX, economía política e idioma húngaro. Aprenderlo me parecía un reto y me emocionaba inmensamente. Poco a poco ponía en práctica las lecciones y le pedía ayuda a Lajos cuando no comprendía algo.

En mis estudios vimos algunas películas. Recuerdo una que se llamaba El Testigo (1969), en la que se muestra cómo el partido comunista había instaurado un régimen duro y atemorizante. En una de las escenas le confiscan un cerdo a una familia que lo escondía en el sótano. Con el tiempo comprendí que esa parte de Europa había sufrido en gran medida por varias razones. Hungría vivió bajo el yugo austriaco, sufrió la segunda guerra mundial y posteriormente la dictadura de corte socialista. El presente tampoco era miel sobre hojuelas. Leía los diarios y las noticias sobre lo que pasaba actualmente en Hungría. Noté que el partido en el poder tenía ciertos tintes autoritarios de derecha. En uno de los artículos del diario El País me enteré que, en 2012, en el parlamento se había propuesto una iniciativa de hacer una lista de los judíos que vivían en la nación. Me aterroricé porque ya en mis cursos había leído que algunos países post comunistas se habían ido al otro lado del espectro político de forma radical y eran bastante retrógradas con diversos grupos sociales y étnicos, como con los gitanos.

Mi preocupación e interés en el asunto llegaron a tal punto que decidí hacer mis ensayos finales sobre el problema de los grupos neonazis en Hungría y cómo el gobierno autoritario no hacía nada para contrarrestar el problema, sino que lo alentaba con medidas populistas. Para entonces, la Unión Europea ya había enviado varias advertencias a Víktor Orban, primer ministro, de que se estaban violando ciertos principios liberales necesarios para formar parte de la comunidad. Por vivir cerca del parlamento me tocó presenciar movimientos, protestas e incluso visitas de Estado. Me di cuenta cuándo fue Merkel porque cerraron la plaza principal. Cuando fue Putin, no pude entrar a mi casa hasta la medianoche porque cerraron cuatro calles a la redonda.

Ahora todo lo puedo escribir con emoción, pero en ese momento sentía preocupación y tristeza. Yo me encariñé con Budapest y con su gente, a tal punto que sentía que podría no volver a México en mucho tiempo y asimilarme por completo a la ciudad. Tenía mis cafeterías favoritas, los lugares donde disfrutaba el goulash, los mercados donde conseguía todo tipo de vegetales, e incluso aguacates. Conocía gente que ya vivía ahí y que pensaba quedarse por largo tiempo. En mi grupo de amigos, estábamos todos enamorados de la ciudad y era un verdadero hogar. Por eso, lamentaba tanto ver que la realidad política era tan hostil e insensata.

Decidí sublimar todo en mis investigaciones y en los ensayos académicos que entregaba. Uno de mis profesores pensaba que yo exageraba un poco al llamar neonazis a los miembros del partido Jobbik, e incluso en mi trabajo final me hizo una serie de observaciones refutando mi argumento. Me pareció un buen ejercicio y agradezco sus comentarios. Hace unos días releí mi artículo y sigo pensando lo mismo, que Hungría es autoritaria y que una parte de su población aún no aprende las lecciones del pasado. Una compañera de la universidad un día me pidió que no hablara mal del primer ministro porque su familia simpatizaba con él. Yo decidí no volver a hablar del tema con húngaros, porque me di cuenta que era delicado y que yo sólo era un extranjero metiendo las narices en su vida política doméstica.

En mi búsqueda encontré un artículo sobre la estación de trenes Istvántelek abandonada en la ciudad. No sabía si era correcto ir, pues sabía que algunos de los trenes habían transportado gente a campos de concentración. Un día me armé de valor y le dije a mi amiga Andrea que si me acompañaba. Ella es de las personas más aventureras y optimistas que conozco. Los dos éramos hiperactivos, íbamos a todas las reuniones y fiestas que nos invitaban y también al coro, donde cantábamos cada semana “Joshua, Joshua fit the Battle of Jericho…” y después tomábamos una cerveza o hacíamos guacamole en mi casa. En una ocasión me ayudó a picar los chiles y después se tocó sus labios. La pobre estuvo con la boca dentro de un tazón de leche por largo tiempo para aliviar su irritación. Seguimos siendo grandes amigos y con frecuencia nos mandamos notas de voz virtuales cantando canciones.

Volviendo al tema, Andrea y yo emprendimos nuestro camino. Era un viaje largo porque la terminal de trenes estaba a las afueras de la ciudad. Tomamos un camión, luego un tranvía y finalmente caminamos alrededor de media hora. Al llegar vimos una puerta abierta que daba a unas oficinas. Salió un señor cuando vio que nos acercamos y nos preguntó en húngaro qué queríamos. Yo, que ya había aprendido unas cuantas palabras y había preparado mi discurso, le dije que era estudiante en Corvinus y que estaba trabajando en una investigación que tenía que ver con la estación. Me dijo que no era posible entrar.

Andrea, un ser dispuesto a todo y con mucha valentía, me sugirió que nos saltáramos. Vimos que al fondo había una pared que era muy baja y fácil de brincar. Yo le dije que no quería que me detuvieran y menos que me negaran la entrada a Hungría para siempre. Ella pensaba que yo exageraba y yo que ella no lo había pensado lo suficiente. Al final me convenció y me dejé llevar por un impulso propio de la juventud. Ahora no sé si me animaría a hacer lo que hicimos.

Nos saltamos y encontramos un lugar sorprendente. Caminamos un rato entre trenes deshechos y en ruinas, entre naturaleza y pedazos de metal. Algunos trenes tenían la estrella roja comunista en la parte frontal. Yo temblaba, no sé si por el hecho de haber violado las reglas y estar en peligro, o por el sentimiento que me provocó estar en ese lugar. Por un momento sentí pánico y deseos de huir, pero Andrea me sonrió y me tomó de la mano. Caminamos juntos por un rato y entramos a un gran almacén, con el techo abierto y más trenes adentro. Nos subimos a los trenes, que tenían un aspecto triste y de abandono. Andrea tomó algunas fotos y tras unos minutos en que ambos guardamos silencio y observamos, decidimos partir de regreso a la ciudad. Fuimos al barrio judío y tomamos un café frente a una sinagoga. Después fuimos a cenar a mi casa y dormimos juntos tomados de la mano.

Unas semanas después continué con mi búsqueda y visité todos los memoriales, museos y cementerios judíos de Berlín, Varsovia y Cracovia.

Nardo.

¡Quiero vivir!

El acto de escribir tiene tiempo que me intimida. Lo deseo siempre y desde hace un tiempo lo postergo sin darme cuenta, surgen temas en mi cabeza, que en ocasiones comienzo a redactar, pero que casi siempre se esfuman por pereza, desidia o evasión. Creo que empecé a escribir cuando tenía 13 o 14 años, como un acto de desahogo y redención, como mi refugio interno e íntimo. Con el tiempo eso cambió y a veces extraño al adolescente valiente que se enfrentaba a la página porque era su mejor amiga, ese cuasi niño, cuasi adulto que sufría mucho y se embriagaba en las letras oculto de todos, con una pasión desbordada y sin juzgarse, sin buscar un texto ambicioso o loable. Ese ser joven e inseguro tiene mucho que enseñarme hoy, cuando veo la página con temor y desvío la mirada de ella. 

Hoy escribo porque lo necesito, porque hay algo que quiero expresar en letras para terminar de entender un proceso vital importante. Creo que desde chico he querido morir y al mismo tiempo he soñado con vivir, intensa y explosivamente. Pocas veces me lo permití, porque mis deseos se vieron reprimidos casi toda mi vida, sobre todo los más íntimos. Me habitué a ser recatado, reservado y prudente, a hacer lo correcto. A pesar de mi personalidad contenida, dentro de mí existe un espíritu rebelde y transgresor. Alguien que se cuestiona, pone en duda y busca sus propios significados. Sin embargo, las conclusiones que había hecho rara vez se tradujeron en conductas o acciones que se encaminasen a liberarme de mis restricciones. Inconscientemente, los límites impuestos por mí mismo se tornaron en frustraciones y alimentaron el deseo de morir, aunque tampoco me atreviese a provocarlo. Ese estado de contradicción de querer vivir y desear morir me acompañó por muchos años, en medio de un torbellino de emociones y pensamientos violentos. 

Hace unos meses escribí lo siguiente:

12 de octubre de 2019

Corriente de lava corriendo por todo mi cuerpo,

de manera intensa y desbocada.

Choques y chisporroteos de fuego,

que me estremecen.

Vivo, después de hace tiempo, pero…

tengo ese viejo y conocido temor:

Tropezarme, caer de nuevo, desbocarme.

no poder evitar el error, ese miedo racional.

¡No quiero escucharlo!

Sentir, quiero sentir. Vivo, así como me siento,

después de tanto tanto tiempo.

Ya no soy capullo, ya no soy semilla,

me sentía pegado a la tierra.

En un sarcófago, telarañas sobre mí,

¡insectos saliendo de mi nariz!

Raíces se enroscaban en mis extremidades,

pero no eran mías, me tragaba la tierra. 

Infértil, estéril, temía haber muerto,

pero estaba transformándome, capullo o semilla. 

Llevaba tiempo con el rostro insensible,

sin reír con todos mis gestos. 

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En retrospectiva, pienso que algo estaba gestándose aunque no me percaté de inmediato. A veces uno piensa y se comporta de manera distinta sin darse cuenta de ello, a veces los otros tampoco lo notan de inmediato. Paso mis días casi siempre solo, por lo que es difícil reflejarme en otros. 

En diciembre visité a mi madre y mi hermano en mi ciudad natal, y pasé varios días con ellos. Me noté enérgico, intenso y creativo. Quería compartir mi mundo, hacer, hablar, comunicar. La vida me parecía más emocionante al estar en contacto con esos otros, aunque fuesen los mismos de siempre. El que era distinto era yo, porque tenía vitalidad, una que aunque no reconocía del todo, me sabía bien.

Una noche de finales de diciembre del año pasado soñé que decidía morir voluntariamente, tomando una cantidad de pastillas para provocarlo. Recuerdo poco, porque así suelen ser los sueños, borrosos e intermitentes. Recuerdo estar en un baño, esperando el efecto. Y mientras llegaba y la muerte acudía a mí, un deseo de vivir surgía con fuerza y desesperación. Comencé a sentir un arrepentimiento profundo y angustioso, pensé en todo lo que me hacía falta hacer y experimentar, me di cuenta muy tarde que no quería morir de la manera más absurda, a punto de morir. 

Hace unos días concluí un libro de Milan Kundera, en que una adolescente decide quitarse la vida, de la misma forma que hice en mi sueño, por un desamor juvenil. Una vez tomadas las pastillas, ve su rostro en un espejo y se da cuenta de lo bella que es y en mi lectura interpreté que quizá surgió en ella un arrepentimiento tardío, como el mío. 

Me pareció una coincidencia poco usual soñar y leer algo tan similar en un lapso de tiempo muy corto. Me estremeció el relato y me puso a pensar. Ayer fui a mi sesión de psicoanálisis y hablé de todo lo vivido en los días que se suspendió la actividad por las fechas vacacionales. Después de toda la letanía de 60 minutos y relatar tanto el sueño como el pasaje del libro, protesté de manera abrupta a mi interlocutor que quería vivir, que deseaba vivir. Él me contestó que era la primera vez que me escuchaba decir esas palabras. Yo me quedé mudo. No sé si alguna vez en toda mi vida he dicho con tal convencimiento y emoción ese deseo, pero lo más probable es que no. Sé que desde pequeño expresé, como un día lo hice a mi madre siendo un niño, que me quería morir. Y así, incontables veces. Nunca lo provoqué. Y hoy celebro haber expresado lo contrario, sin miedo y sin contenerme. Celebro haber vivido en un sueño lo que me hubiese privado de mi mayor deseo. 

Concluida la sesión tomé la bicicleta y me dirigí a casa, probablemente sonreí todo el camino. Y aunque por la noche tuve un momento de angustia por una reflexión escabrosa, hoy puedo escribir con gozo y soltura que quiero vivir. 

Nardo.

Melancolía y miedo

Burdeos, Francia

28 de julio de 2019

 

Estoy solo y enfermo en un departamento en Burdeos, que al menos me da una sensación de tranquilidad porque es pequeño y acogedor, me hace sentir protegido, como si estuviera en un tipo de huevo o útero. La vista desde la ventana, a pesar de un edificio moderno muy feo, es linda. Todo está bien, lo único que me hace falta es un abrazo. Llevo días pensando sobre mis emociones, más bien llevo pensando sobre mis emociones toda la vida y tengo ganas de hablar sobre ello, expresarme y desahogarme. 

Hace casi un par de años empecé a tomar medicamentos para la ansiedad. Fue un cambio de vida que ha tenido tanto ventajas como desventajas. Es una manera diferente de vivir. La verdad nunca entendí bien por qué surgieron los ataques de pánico. Nunca estuve seguro qué fue lo que los detonó o por qué de repente el miedo a perder la cordura y el control, y esa sensación de tener ganas de gritar, llegaron a mi vida. Sólo sé que un día los sentí en el metro, debajo de la tierra; también en la calle, en el elevador y en mi habitación, a punto de dormir. 

Con el deseo de acabar con ello y por curiosidad, decidí probar la psiquiatría. Ahora que lo pienso sé que no me arrepiento y que fue una decisión que por miedo tomé en su momento. Ahora que han pasado aproximadamente 18 meses, pienso que me ha ayudado a sobrevivir y funcionar definitivamente porque he podido seguir viajando en metro, a pesar de que a veces vuelve el sentimiento de angustia. He podido estar tranquilo por las noches, aunque en ocasiones hay gente que tiene que ir a dormir conmigo porque no logro conciliar el sueño y siento que me asfixio antes de dormir. 

El psicoanálisis me ha ayudado a poder racionalizar, o quizá sólo entender, hablar, expresar, asimilar y ver claramente qué es lo que provoca todo este malestar. Simplemente no puedo comprender que un medicamento sea lo único que puede contrarrestarlo. Por eso empecé a hacer yoga y meditar. He dejado la meditación últimamente por falta de disciplina para sentarme, porque le tengo un poco de miedo a enfrentar mis pensamientos. Por eso he preferido la yoga, porque enfocarme en los movimientos calma mi mente, me vuelvo consciente de mi cuerpo y de las sensaciones que vienen después de cada posición, me relajo tras el esfuerzo, el estiramiento e incluso el dolor físico. 

He intentado refugiarme en emociones más duraderas, he buscado en la poesía un poco de ayuda, soporte, entendimiento y referencia. En la literatura en general, pero en la poesía particularmente. Gracias a un amigo descubrí a Rumi. Me gustan sus versos sobre el silencio, la nada, la calma, la quietud, el sosiego, la embriaguez religiosa. Y aunque no estoy dispuesto a abrazar una religión, la idea del silencio y la contemplación me atraen especialmente. Lo cierto es que no los llevo a cabo del todo y a veces se me olvida practicarlos, porque tengo un hábito fuerte de vida activa, de inquietud, desasosiego, exceso, entretenimiento y consumo. Siento una lucha interna fuerte y dolorosa. Siento adentro de mí como si un ginecólogo utilizara este aparato para abrir el vientre cuando va a sacar un bebé, como si pusieran dos placas de metal en mi pecho y las estiraran, como dos fuerzas que me provocan un dolor agonizante, que me enloquece. En ese abrir de pecho, yo cada día me siento más débil y cansado.

Me doy cuenta que estamos solos en la intimidad de nuestros dolores, temores y frustraciones. Creo que el sentimiento de estar perdido nos aborda constantemente. Yo a veces siento que me vuelvo loco, que ya no puedo más. Es difícil desahogarse porque uno suele estar inmerso en la rutina, en el quehacer cotidiano. Sin darse cuenta, uno se está matando, perdiendo la luz en los ojos, desvaneciéndose, dejando de existir, convirtiéndose en fantasma, hasta que un día despierta y el alma se escapó. Siempre le he tenido mucho miedo a eso porque lo he vivido en ciertas etapas de mi vida, de grandes presiones y preocupaciones por buscar sobrevivir, por estar en esta lucha que es la vida, que no sólo es material, física o económica, sino una espiritual, vertientes que hay que trabajar y cultivar constantemente. Pienso que la parte espiritual está muy perdida, porque se acabó la paciencia y la espera. Quizá no se acabó, sino que sólo está ahí, ensombrecida, debajo de tanta información y tanto ruido, a la espera de que alguien decida detenerse. 

En esta lucha, intento hacer compatible la posibilidad de subsistir y la posibilidad de ser, no perderme en esta carrera interminable de títulos, trabajos, diplomas… Intento equilibrarme, no olvidarme de mi alma, si es que existe. Trato escuchar esta voz que no logro definir ni nombrar, no perder lo poco que me queda de intuición, porque siento que se muere. No sé por qué siento que se muere. No quiero perder el deseo de darle significado a las cosas, ni perder la capacidad de emocionarme.

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Hace rato mientras comía, pensaba al ver el horizonte que me siento desanimado, cansado y aburrido. A veces pienso que no hay mucho más que descubrir, pero se trata de esa voz dentro de mí que quiere el constante estímulo y entonces vuelve esa discusión interna. Creo que de ahí viene la ansiedad, de este querer hacer y al mismo tiempo querer detenerme, del deseo de euforia que sucede paralelo al deseo de volver al capullo, de volver al hogar, a la cama de carrizo, a la melodía original. 

Tengo que encontrar la manera de hacer las paces, porque llevo ya mucho tiempo en medio de este conflicto, y la verdad es que, aunque supongo que es posible vivir así,  en este constante ir y venir me pierdo de cosas importantes de la vida y sufro. Y hablando de sufrimiento, hace unos días me dije que quería volver a sentir el mundo como la hacía antes. Es posible que sea una nostalgia por un pasado inexistente, porque los humanos solemos pensar que lo vivido fue mejor que lo que se vive o las memorias más gratas de lo que realmente fueron. 

Algo perdí a lo largo de estos meses de entumecimiento, porque siento que el medicamento me hizo un poco insensible y me adormeció, incapaz de disfrutar como lo hacía antes. Me siento lento, anestesiado, indiferente, pero apático sería la mejor palabra para describir el estado en que me he encontrado en los últimos meses. Y no sé si se debe a que pienso demasiado o si se trata de la educación científica que recibí, que todo lo analizo en términos de variables. Hay factores extraños que no podemos controlar, no podemos asegurar que una cosa lleva necesariamente a la otra, sino que la vida depende de elementos infinitos que se mueven al mismo tiempo que no dejan de suceder. Sin embargo, intuyo que desde que tomo el medicamento no siento igual, no sólo al disfrutar sino al sufrir. 

Antes disfrutaba más la melancolía, y no me refiero a que quiera volver a gozar de ello porque sé que también pudo ser destructivo, que me llevó a lugares de vicio, a habituarme a estar en ese estado y volverme adicto a ello. Pero ahora me molesta no poder sentir melancolía, no poder estar triste sin ninguna razón, porque el medicamento amortigua mis emociones y cambios de humor naturales, me limita y contiene. No me permite desbordarme. Cuando estoy en la tina, como ahora, recuerdo cuando me metía a la que tenía en Budapest, donde podía estar horas con un libro y vino, llorar y entregarme al sentimiento y a la pena, inexistente o no, a la tragedia. Sea vanidoso, superfluo o burgués, lo cual no me importa, extraño poder dedicarle tiempo a la tristeza, a la inexplicable. Por eso y por las ganas de vivir, empecé a dejar el medicamento hace alrededor de dos semanas, siguiendo las indicaciones del psiquiatra para hacerlo poco a poco. En un par de semanas termino el proceso de separación. Me ha costado dormir, aunque ayer caí rendido porque viajé, vi una película y cené. Tuve sueños raros, como siempre, un poco inquietantes y surreales. Soñé que mis compañeros en Boisbuchet solían encerrar a gente de vez en cuando en habitaciones, jugando. Alguien los regañaba y les decía que no era tan divertido aunque lo parezca. Después hay imágenes que no logro describir ni dibujar en mi mente. Deduje dos cosas. La primera es que probablemente sea un miedo inconsciente a que me encierren, porque hoy que me subí al elevador del Museo de Arte Contemporáneo que parecía un búnker, me dio mucho miedo quedarme atrapado. Y recordé que cuando estaba en el seminario católico mis compañeros me asustaron en las criptas subterráneas, vestidos de negro mientras las limpiaba. Pienso que le tengo miedo a la gente. Recuerdo también cuando en el jardín de niños nos llevaron a una casa con albercas fuera de Guadalajara y una niña me encerró en un baño viejo mientras me cambiaba la ropa. Yo golpeaba la puerta de metal con ventana de cristal esmerilado y gritaba que me abrieran, hasta que alguien me abrió. Le tengo miedo al encierro. A veces pienso también que la gente se ha metido mucho conmigo a lo largo de mi vida y estoy harto. Como lo que pasó ahora en Boisbuchet, con el tutor de uno de los talleres que estuvo encima de mí, molestándome, acosándome en repetidas ocasiones, y como lo han hecho otras personas y figuras con autoridad en mi vida. Quisiera deshacerme de ese patrón, pensar que no es un patrón. En fin, no quiero perderme en este punto. Sólo quise hablar de los sueños y de lo que asocio con el último que tuve anoche. 

No sé si dejaré los medicamentos de manera definitiva, pero quiero probar qué sucede y cómo me siento. Voy a ser fuerte porque supongo que estos días me he sentido inestable por los cambios y los nuevos hábitos. En los próximos días tendrá efecto, y aunque no tengo a quien pedirle ayuda metafísica, tengo la ayuda humana que necesito. Y me tengo, tengo que empezar a sentir que estoy para mí y que puedo serme fuerte. Que no estoy del todo perdido si logro serlo. Y que no estoy solo, porque tengo a otros. Y aunque he perdido algunas amistades últimamente, con las que ya no logro congeniar, hay otras con las que tengo contacto constante. Tengo mi familia y eso es lindo. 

El sufrimiento nunca se ha ido y supongo que ya no quiero tener amortiguadores ni elementos que me inhiban, quiero sentirlo y lidiar con el pánico de una manera más orgánica y no tan artificial. Encontrar una manera de funcionar y vivir con él, de acercarme a él con cautela, como si fuera un animal salvaje. Creo que puedo entender mi salvajismo con serenidad y calma, con paciencia y con amor. No sé si me amo, si lo hago un poco más que antes, pero quiero intentarlo. Quiero gozar de la tina y la melancolía, con la luz tenue, embriagarme sin miedo, leer con pasión y escribir con soltura. Disfrutar la vida, despertarme con interés, curiosidad, ganas y energía; sin dificultad, listo para aprender y descubrir la vida sin miedo. 

Nardo

En Boisbuchet

Han pasado meses desde que me despedí del Domaine de Boisbuchet, situado a orillas del río Vienne en el oeste de Francia. Partí muy acongojado pero satisfecho y feliz. En el tren de camino a París intenté escribir pero mientras lo hacía temblaba, las emociones eran tantas que no podía hacer otra cosa que no fuera sentir. Decidí cerrar mi cuaderno y ver el cielo, de un azul al que no estoy acostumbrado viviendo en Ciudad de México. Esto es lo poco que escribí:

31/ago/2019

Hoy dejé Boisbuchet con un sabor de boca delicioso y con un cansancio inmenso. No dormí nada, pasé la noche con N. Fue una noche muy linda conversando y escuchándolo cantar a Mozart.

Me cuesta seguir escribiendo, me pesa todo el cuerpo y el alma. Quisiera dormir largo tiempo en un cuarto blanco escuchando el mar, con una luz tenue y débil, entre pequeños momentos conscientes de duermevela, de placer y alegría delicada, gozo y dicha suaves, y arraigo dulce al mundo.

Quiero soledad y despertar silencioso. Quiero comerme un durazno con los ojos llenos de lagañas y los pies descalzos. Quiero que huela a sal y que sople el viento del atardecer…

Estaba listo para irme pero no para lo que iba a sentir al despedirme, tanto del lugar como de ciertas personas. Ahí se desenvolvió mi vida durante dos meses enteros, de una manera que no había experimentado antes. No había espacio que no fuese compartido, pues tanto los alimentos como el descanso se llevaban a cabo en espacios comunes. Cada semana había al menos un par de talleres sobre diseño, así como ponencias por las noches por parte de quienes los impartían. Es un lugar muy atractivo no sólo por el conocimiento y aprendizaje cotidiano, sino por su belleza; se puede nadar en un lago, correr entre árboles, andar en bicicleta o refrescarte en el río. En resumen, el lugar es idílico y bucólicamente estimulante.

Hay un ritmo de trabajo todos los días y también momentos libres que se pueden aprovechar para un ocio productivo o para descanso. La vida transcurre de manera distinta, el tiempo tiene su propio ritmo y la percepción del mundo es otra. El aire es limpio y los problemas personales parecen inexistentes, de tal forma que la mente está libre para dedicarse a conocer a los otros y a hacer introspección.

Las fiestas de cada miércoles tenían una chispa tanto cachonda como infantil. Había que disfrazarse de acuerdo a un tema elegido por todos. Era un momento para descubrir a los otros, de desinhibirse y soltar el cuerpo y la mente, dentro del molino que estaba junto al río. Baile, contacto físico, acercamiento amistoso y erótico, ruptura de límites. Todo podía ser, lo incorrecto era la mesura.

Es curioso, me enteré conversando con otros que no fui la única persona que decidió dejar de tomar medicamento psiquiátrico en ese lugar. Yo hablé con mi psiquiatra a distancia sobre el deseo de liberarme del letargo provocado por las pastillas, pues quería disfrutar más y me sentía listo para ello. Fui reduciendo la dosis hasta que por fin lo dejé por completo. Sin embargo, supe de casos en que lo dejaron de manera brusca y no terminaron bien las cosas.

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En fin, no sólo tomé decisiones importantes en ese lugar sino que logré metas que no había podido alcanzar. Corrí con un compañero medio maratón hasta el poblado más cercano, Confolens. Presenté un performance gracias a la propuesta de una compañera de exponer nuestro trabajo, el cual salió mejor de lo que esperaba y asistió más gente de lo que pensé. Posteriormente tomé un par de talleres. En el primero elaboré un vestuario para una coreografía Bauhaus, discutí acaloradamente con el tutor por sobrepasarse conmigo y no terminaron muy bien las cosas, pero los resultados del taller fueron positivos. En el segundo diseñé un candil de comida colgante hecho de bambú para exponer un escenario distópico de alimentación.

Finalmente, lo que fue más significativo y retador fue rodar mi primer cortometraje. Lo más especial y gratificante de esto fue la colaboración con mis compañeros, con quienes logré trabajar en un proyecto de manera voluntaria y libre. Siendo todos principiantes e inexpertos, logramos materializar algo que seguramente tendrá un eco en los siguientes retos de nuestras vidas.

No faltaron los momentos difíciles y no todo fue miel sobre hojuelas, también tuve días amargos y situaciones de estrés, pero no me interesa enfocarme en esto. Ahora estoy sentado en mi alfombra con una emoción maravillosa de dicha y agradecimiento que quise aprovechar para escribir esto. Se acaba este año en pocos días y yo quiero poner en palabras las impresiones de mi corazón antes de que el tiempo sople y las borre.

Pablo y Guillermo, Yunni, Holo, Martynas, Aureliha, Gabriel, Claudia, Linda, Yiwen, Revati, Filippo, Yu, Marissa, Kester, Martin, Niege, Aglaë Carlos y Julián. Qué dulce es escribir sus nombres para no olvidarlos, para que no desaparezcan, aunque pocos los conozcan. Fueron para mí descubrimientos y mundos de experiencias enriquecedoras y divertidas.

Con alegría intensa en el alma,

Nardo.

¿Quién me mira desde dentro?

A veces pienso que no hay manera de evitar la condición de aislamiento por no poder ser vistos por dentro. Creo que nunca terminamos de sentirnos acompañados por otros humanos porque las palabras o los gestos no bastan para comunicar lo que sentimos, porque somos inevitablemente íntimos. Creo que somos por naturaleza seres separados, que ante la constante desilusión de ser incomprendidos, buscamos respuestas volteando a otros lados, arriba por ejemplo.

Recuerdo mi niñez y pubertad, cuando escribía a un dios y le contaba penas y sufrimientos. Lo hacía con tal confianza porque suponía que sabía todo de mí, que estaba siempre al tanto de cada pensamiento y acción. Daba por hecho que al no haber secretos entre ese dios y yo, el acto de escribir era uno de mera voluntad, confesión y deseo de cercanía absoluta.

Ahora que lo recuerdo y analizo, sé que vivía distante de los demás porque guardaba secretos y me avergonzaba de mí. No sentía que mi vida fuese digna de ser compartida con las personas más cercanas a mí en ese momento. Me recluía en mi pequeño cuaderno y al abrirlo entraba en un espacio que no era de este mundo, que no compartía con nadie.

Con el tiempo empecé a buscar la compañía de otros, abriéndome de manera parcial o aparentemente completa. En las relaciones afectivas que han trascendido la amistad me ha sido más fácil abrir los espacios más resguardados de mi ser, pero nunca he sentido que he logrado ser visto por dentro. Creo que cuando se ama o se es amado, hay un acercamiento asintótico al interior de otro, que aparenta ser un consuelo.

Hablo de consuelo porque significa unión que alivia, apacigua o calma. Creo que todos buscamos un encuentro sosegador con algo externo a nosotros. Cuando sucede, intentamos que ese otro se introduzca a nuestro mundo tanto física como espiritualmente, pero creo que esa unión nunca es completa.

Por lo anterior, pienso que llegamos a crear seres omniscientes y omnipresentes con el propósito de ser acompañados por dentro, con quienes exista una unión total y absoluta. Creo que no nos basta ser vistos desde fuera, sobre todo en los momentos de dolor. Hay dolores que son incomunicables, aunque seamos amados por otro y éste intente consolar el sufrimiento.

Ahora que me he desligado de las visiones teológicas del mundo no me siento ya mirado por dentro. Sé también que ningún ser mortal podrá escudriñarme de esa forma, porque tampoco creo en videntes ni en superpoderes. Consciente de esta inevitable condición humana, no me queda más que aceptar la intimidad y soledad de mi interior, y escribirla a pesar de que tampoco quien la lea entienda exactamente lo que quise decir. Veo en la expresión y en el arte una forma de sobrevivir, de buscar un consuelo mundano, uno muy humano que se puede compartir.

Nardo.

Notas en (sol)sticio con la flauta de carrizo

Era una mañana gris y calurosa en Ciudad de México. Yo cruzaba la colonia San Miguel Chapultepec en camino a los jardines de la Casa Ortega, obras del arquitecto Luis Barragán. Vestido con una camisa color rojo vino cargaba una rejilla con teteras, té de cedrón y unos folletos impresos con el programa del concierto que escucharíamos esa tarde: Notas en (Sol)sticio para recibir el verano.

Llegué con temor a tener unas grandes marcas de sudor en la ropa y con un poco de prisa. Los dueños de la casa, un amigo y yo acomodamos las bancas de madera en forma de medio círculo sobre el pasto y bajo la sombra de un inmenso árbol, con vista a la enorme buganvilia y a la estatua de un ángel de piedra.

Los invitados comenzaron a llegar alrededor de las doce del día, el cupo estuvo limitado a veinte personas. Una vez que estuvieron todos juntos, el dueño del espacio dio un recorrido por los jardines explicando la historia de estos y el propósito de Luis Barragán al crearlos. Contó detalles sobre cada rincón y el porqué de algunas plantas y esculturas.

Mientras tanto, yo preparaba las teteras y calentaba el agua. Escogí el cedrón porque en principio me gusta mucho su sabor y además es una hierba con propiedades medicinales. Yo la tomo porque es relajante muscular y alivia mis tensiones en el cuello y espalda.

Al terminar el recorrido, invité a todos a tomarse diez minutos más para ir al rincón que más les gustó de los jardines y quedarse ahí un momento, explorarlo, sentirlo y descubrirlo con atención profunda. Los músicos llegaron y fui a recibirlos. Se instalaron con sus atriles y partituras y yo abrí el documento con las traducciones de unos poemas de Rumi que preparé para inaugurar el concierto. Se las comparto:

Canción de la flauta de carrizo

Escucha la historia contada por el carrizo,

sobre la condición de estar separado.

“Desde que fui despojado de la cama de carrizo,

no he parado de exhalar lamentos.

Nadie que no ame

entenderá lo que digo.

Cualquiera expulsado de su fuente

buscará regresar.

En toda reunión,

me encuentro entre risas y dolor. 

Entre amigos, pocos escucharán 

los secretos escondidos 

dentro de las notas. Sin oídos para ello.

El cuerpo fluyendo fuera del espíritu,

el espíritu por encima del cuerpo: imposible conciliarlos,

pero no nos fue permitido

ver el alma. La flauta de carrizo 

es fuego, no viento. Sé ese vacío.

Escucha el amor del fuego enredado

en las notas del carrizo, como desconcierto

al mezclarse con el vino. El carrizo es un amigo

para aquellos que deseen rasgar sus telas 

y dejarlas atrás. El carrizo es herida 

y es también bálsamo. Intimidad

y deseo de intimidad, una

canción. Es rendirse desastrosamente

a un amor bueno. Aquel que

en secreto escucha esto es insensato.

La lengua tiene un solo cliente, el oído. 

Una flauta de caña de azúcar tiene tal efecto

porque fue capaz de hacer azúcar

en la cama de carrizo. El sonido que hace 

es para todos. A los días llenos de carencias,

déjalos ir sin preocuparte

que lo hagan. Quédate donde estás

dentro de tan pura y hueca nota.

Toda sed se sacia excepto

la de estos peces, los místicos. 

Que nadan un océano inmenso de gracia

y siguen aún deseándolo.

Nadie puede vivir en ello

sin ser alimentado a diario. 

Pero si alguien no quiere escuchar

la canción de la flauta de carrizo,

es mejor que dejemos de hablar 

de inmediato, digamos adiós y nos vayamos.”

The reed flute’s song, The Essential Rumi, translation by Coleman Barks, HarperOne, 2004, p. 17.

Los invitados decidieron quedarse a escuchar la flauta y el concierto comenzó con dos canciones de guitarra sola, después dos de flauta sola y finalmente cinco con ambos instrumentos. Mientras la música llenaba el espacio, era posible escuchar aviones y pájaros. Por momentos sentía pena y molestia por la invasión del ruido del avión, pero después los pájaros nos regalaban su gorjeo y sentía una alegría inmensa de compartir con la naturaleza las notas de estos instrumentos, creando juntos una pieza única e irrepetible. Nunca llovió a pesar de los pronósticos climáticos para ese día. El té de cedrón acompañó con armonía la actividad y los invitados contemplaban con atención y serenidad a los músicos.

Yo me sentí feliz de lograr un sueño que tuve desde que una amiga me llevó a este espacio, hacer una integración de las artes en el lugar, darle vida a los jardines con música. No sé qué pensaría Barragán si supiera que intervine en su obra por un momento, no sé si le hubiese gustado la selección de canciones o la poesía que escogí. Intenté curar los elementos de tal manera que hubiese algo de coherencia y diálogo entre ellos. Espero no haber traicionado a Rumi tampoco con mi traducción. Pienso que Barragán, al igual que Rumi, buscaban religarse al mundo, encontrar el hogar perdido. La música tuvo sus momentos eclécticos, otros melancólicos y al final muy alegres. La última pieza, Suite Havana de Eduardo Martin, fue de una dulzura sutil y delicada que dejó al parecer un buen sabor de boca en los presentes. Al concluir, leí un poema más para cerrar la actividad:

Donde todo es música

¡No te preocupes por conservar estas canciones!

Y tampoco si uno de nuestros instrumentos se rompe,

no importa eso. 

Hemos caído en el lugar

donde todo es música.

El rasgueo y las notas de flauta 

se alzaron en la atmósfera,

Y aunque todas las arpas del mundo

se quemaran, quedarían aún 

instrumentos escondidos tocando.

Así como las velas parpadean y se apagan,

tenemos piedra y chispa.

Este arte de cantar es espuma de mar.

Este movimiento grácil viene de una perla

en alguna parte del fondo del océano. 

Los poemas llegan como rocío de mar.

Surgen de una raíz letal y poderosa

que no podemos ver. 

Detengan las palabras ahora,

abran las ventanas del centro de su pecho,

y dejen a los espíritus volar dentro y fuera.”

Where everything is music, The Essential Rumi, translation by Coleman Barks, HarperOne, 2004, p. 34.

Yo tenía una congoja alegre a punto de explotar desde mi pecho. Yo era pájaro, golondrina conmovida, con ganas de volar y desaparecer. Mi último graznido se quebró, pero no llegó el llanto. Al terminar de leer, levanté el rostro y sonreí a los presentes. Mi corazón estaba sosegado y mi estómago anunciaba un apetito voraz, que fue saciado con un mole de pipián en Casa Merlos con un grupo de 12 personas que compartimos esta linda experiencia y los alimentos.

Nardo.