Aprender a ver

Pienso que, así como el lenguaje nos permite nombrar cosas y poner en palabras emociones y sentimientos, podemos poner esos nombres y palabras en algo material.

Las cosas siempre han estado presentes a lo largo del tiempo, antes de que nosotros llegáramos al mundo a existir. Una vez aquí, existiendo, es posible que tales cosas pasen desapercibidas ante nosotros.

Asimismo, existen cosas y emociones que no forman parte de nuestra entelequia, al no existir lingüísticamente para nosotros aún.

A medida que aprendemos palabras o nombramos nuevas cosas o emociones, éstas van existiendo de manera racional para nosotros; sin embargo, creo que no existen aún de manera física o material.

Lo siguiente en este proceso de apropiación consciente de las cosas sería asociarlas a colores, formas, escenas, fotografías, pinturas o cualquier representación estética.

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De esta forma, es posible reconocer qué es lo que nos provoca ciertas emociones o sentimientos. Considero a esta actividad una de autoconocimiento profundo y un hábito que nos permite hacer de un día rutinario, la búsqueda de la forma material o estética de una emoción.

Hay ocasiones, incluso, en la que no existe cómo nombrar algo que sentimos o pensamos dentro de nuestro lenguaje, y sólo una representación estética o material puede hacerla entendible para nosotros.

  •      “Me siento como un lugar en el que hay un claro de bosque, en medio se encuentran personas vestidas con ropa de flores y bailan al atardecer.”

Tal sensibilidad, como la expresión anterior, puede ser aquello que nos permite experimentar lo más profundo de la trayectoria de nuestra existencia. Puede ser lo que nos ayude a vivir de manera extraordinaria. Aprender a ver es una forma de conocernos y reconocer el lenguaje material y estético de las cosas.

Bernardo Job

 

 

 

 

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Conversemos para habitar en el jardín de las posibilidades

Para Karla V.  y  Lines MC

“La Creación continúa a través del hombre y de su radical aportación creadora que es la lectura” – Gabriel Zaid.

Me encontraba caminando y pensando sobre la actividad de la conversación y sobre el libro de Marcel Proust que tengo unos días leyendo. Pensaba que Proust es un tesoro que había escuchado que existía pero que no había tenido la fortuna de descubrir. Un amigo me regaló el libro, un amigo muy valioso que también es un tesoro. Leyendo a este autor me encontré con lo que describiría como un jardín de delicias, un jardín húmedo de llanto y musicalizado con tiernas risas. En este jardín existe un perpetuo atardecer, que refleja el inevitable sentimiento de fatalidad que precede a la noche, sentimiento que soporto al probar los frescos frutos jugosos cubiertos de rocío cuando los corto. En este jardín hay musgo y hay enredaderas que caen de los árboles. Con Proust me siento en una constante fiesta de emociones íntimas que sólo con él puedo compartir, que él me da licencia de sentir. Quisiera compartir con mis amigos este jardín, quisiera que habitaran el mundo que vivo con Proust, con quien he llorado y a quien he acariciado para consolarle también.  Quisiera bailar descalzo con mis seres queridos en ese jardín y que nuestros pies se llenen de rocío y nos recostemos sobre el musgo. Quiero que subamos a los árboles y sintamos esa dicha que se experimenta cuando uno está por encima del suelo.

 

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Uvas y queso, Bernardo Job

 

Con todo lo anterior me refiero al ejercicio de un día poder conversar sobre Proust, pero para ello es necesario que mis amigos lo lean, que mis amigos se enamoren de él como yo lo estoy. Humberto Beck habla de Gabriel Zaid, quien dice que la auténtica lectura es concelebración: “la palabra comunicante como zona propensa a los encuentros felices”. Beck dice también que para Zaid la lectura humaniza la naturaleza y las cosas al leerlas. Quiero un encuentro feliz en el que demos vida a Proust y que habitemos su casa en Combray.

Cuando me levanto por las mañanas suelo sentir que antes de iniciar mi día debo tener algún tipo de estímulo, alguna idea que me haga volar la imaginación y me permita colorear la realidad. Cuando leo a Proust siento que en mi camino al trabajo comienzo a distinguir otros aspectos de la vida, que observo los gestos de las personas, que el mosaico de la cocina de mi oficina me ofrece un mundo de posibilidades. Proust me salva de la fatalidad de que todos los días pasen desapercibidos en mi existencia. Quiero lo mismo para mis amigos, porque quiero bailar con ellos en el jardín de la eterna melancolía, comiendo frutos frescos y sonriendo con la locura de los que supieron sumergirse, a través de la conversación y la lectura, en el mundo de las infinitas posibilidades.

Bernardo Job

¿Por qué la ola populista puede hacernos bien también?

Privilegio: Exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia (definición de la RAE).

Dudo ser el único que tiene miedo ante este giro político de escala mundial. Llevo meses intentando escribir algo respecto al tema, buscando la mejor manera de expresarlo en palabras y animarme a decir lo que pienso con prudencia.

Considero que este giro mundial que ha tomado la forma de una fuerte ola populista dice tener el propósito de volver a los “valores tradicionales” pero que debajo de ese disfraz de bondad se trata de xenofobia, racismo y discriminación en todas sus formas. Decía Camus: “He visto a personas que obraban mal con mucha moral…”. La pregunta que he intentado contestar dentro de mi cabeza y que he debatido conmigo mismo en silencio desde hace meses es, ¿por qué está sucediendo esto y qué hemos hecho mal para estar en una situación así?

Bien, partiré de donde creo que es el inicio de este pensamiento y cabalgaré hacia mi esperanzada conclusión. Pienso que desde que se decidió que la democracia sería el régimen ejemplar de los últimos tiempos, poco a poco ésta logró penetrar en diferentes esferas de la vida: la familia, el mundo laboral, el arte, la educación, entre otros. La democracia dio lugar a nuevos paradigmas que permearon mayormente a las sociedades occidentales. Tomaré un paradigma que yo considero de los más importantes: todos podemos, podemos lograr lo que nos propongamos, podemos ser creadores; podemos tener, emprender, participar y decidir.

En el pasado esto no era una realidad para las minorías, pero conforme fueron dándose condiciones para que individuos en desventaja pudiesen tener más oportunidades, poco a poco las minorías se fueron empoderando. La estructura anterior a ésta sólo permitía que el hombre blanco, heterosexual y de clase media pudiese acceder a las condiciones que permitían el desarrollo personal y el crecimiento. Por muchos muchos años el individuo privilegiado (como le llamo a este hombre blanco, heterosexual y de clase media) gozó de esta estructura desigual. Al cambiar la estructura gradualmente, se dieron casos de profesionistas mujeres, gays exitosos y afroamericanos e indígenas que ya podían estar en los mismos espacios públicos que los blancos. La línea que dividía la presencia del privilegio fue desdibujándose mientras el individuo privilegiado dormía en sus laureles, en su zona de confort.

Un día el individuo privilegiado despertó y vio que las minorías que consideraba inferiores estaban en el mismo terreno o por encima de él. ¿Cómo era esto posible si las mujeres son inferiores, los homosexuales, desviados sociales, y las etnias, infrahumanos? ¿Quién les otorgó el derecho a tener las mismas condiciones que el individuo privilegiado?

No quisiera dar un salto lógico brusco ni caer en la mención de falacias, pero lo que creo es que surgió frustración general en los individuos privilegiados. Una persona como Trump, individuo privilegiado, capitalizó la frustración de aquellos que perdieron el privilegio argumentando que estos habían sido olvidados por sus representantes políticos y que su voz no contaba. Se hizo uso de la democracia para hablar de la “voz del pueblo”. Trump buscó ganar las elecciones para reivindicar el privilegio y volver a poner a las minorías en el lugar que les corresponde por “naturaleza”.

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Como este evento desafortunado, el año 2016 tuvo otros cuantos más como el Brexit que llevaron a los liberales a desencantarse de la democracia como régimen ideal. Rápidamente se culpó a la democracia de no estar blindada ante individuos que atentaban contra los valores liberales y normativos de ésta. Sin embargo, considero que ésta ha sido una mala respuesta a lo que está sucediendo. Entiendo la tristeza y la desesperación. Lo que descalifico es la postura de desencanto total con el régimen democrático. Pienso que si a la primer falla o error que muestra algo o alguien queremos desecharlo o perdemos la fe total, es porque nunca creímos verdaderamente en ese algo o alguien.

Lo cierto es que algo ya andaba mal desde hace un tiempo, decayeron los niveles de participación política y electoral en las democracias occidentales. Creció la idea de que el voto individual se volvió insignificante y que tenía cada vez menos peso en las decisiones, lo cual es de alguna manera cierto. A pesar de ello, fue precisamente la falta de participación lo que abrió la puerta de oro a los populistas para determinar los resultados que se han obtenido. Esto no fue un error de la democracia, sino un error cívico de los ciudadanos liberales. Por otro lado, los votantes del ala populista ejercieron con entusiasmo el derecho al voto.

Creo que ahora que tenemos populistas de derecha por todo el mundo es momento de cuestionar las certezas y convicciones que teníamos, de ejercitar el pensamiento y de conocernos a través de ese “otro populista” hermético y cínico. Es momento de evaluar la dirección que estábamos tomando, qué tan rápido íbamos y repensar si es la mejor ruta. Los liberales no podemos imponer ni pretender que tenemos la verdad en las manos. Los liberales tenemos que poner a prueba constantemente lo que creemos y pensamos.

Ahora la democracia está a prueba, y con ella los que queremos mantenerla. Animemos los mecanismos democráticos de participación y hagamos el deber cívico, ocupemos el régimen de nuevo y asegurémonos de que quepamos todos. Por esto mismo creo que la ola populista es positiva como una antítesis a la vanidad liberal que habíamos instaurado. Si lo tomamos como una llamada para el crecimiento, podemos mejorar y dejar de ser débiles. No podemos desmoronarnos ante el primer ataque, aunque el ataque de la ola nos haya revolcado. Podemos aprender a surfear esta ola política con diálogo y determinación.

Mi mayor miedo no son los líderes populistas, mi mayor miedo es que los que podemos ser una oposición a otro posible desastre humanitario no hagamos contención. Me da miedo pensar que demostremos ser insoportablemente leves y banales, me niego a pensar que los liberales somos unos narcisos egoístas. Es importante darnos cuenta que la democracia fue algo que costó trabajo lograr y que a lo largo de los años los grupos de presión demandaron el derecho al voto que sólo los privilegiados tenían. Debemos cuidar, ejercitar y alimentar la democracia para poder salvarle de caer en la demagogia o la dictadura de las mayorías.

Bernardo Job

Conclusión de un peregrinaje.

Me doy cuenta que soy afortunado, de nuevo. Terminé un viaje de 50 días por el este y centro de Europa.
Estoy consciente de la situación privilegiada en la que me encuentro y que aún estoy en la cuna de la seguridad de la vida. Pronto tendré que ver por mí.
Durante el viaje aprendí que hay que aprender a fluir, que las cosas no siempre salen como uno las planea y que incluso en el caos uno puede disfrutar de la incertidumbre.
Me puse a pensar sobre la estabilidad y concluí que ésta es una ilusión. Cuando parece que estamos estables o en zona segura, en realidad lo que pasa es que estamos fluyendo con el mundo, caminando sobre las correctas invisibles cuerdas de la trama de la vida. Sin embargo, si nos distraemos un poco, dejando de fluir y perdiendo la correcta consciencia, nos caemos y dejamos de caminar sobre la estabilidad.
Es claro que una descripción así sobre la estabilidad puede ser atemorizante, pero no tengo miedo. Creo que hay caminos con menos cuerdas o con nudos más difíciles de cruzar (los momentos arduos de la vida), pero me di cuenta caminando que si uno tiene sensibilidsd e intuición, es posible descifrar el camino por el que debemos cruzar y cómo no caernos.IMG_20160713_190750
Así, a la estabilidad hay que buscarla constantemente de manera asintótica en un mundo tan complejo, sabiendo que no se toca del todo ni por siempre. Sobre todo hay que buscarla con calma, porque la prisa nos hace tropezar con las cuerdas y podemos hacer que otros se caigan con nosotros. El respeto es permitir, o mejor dicho, no entorpecer el camino de los otros cuando están en la búsqueda de su destino. Hay quienes comparten nuestra cuerda y sintonizan con la vibración de nuestra sensibilidad y podemos caminar juntos, pero no es posible obligar a otros a seguir nuestro camino. La vida es un camino individual en el que es posible compartir la existencia, pensando siempre que todo tiende a terminar.

B. Job Sandoval

Lo que un “millennial” te puede contar

Desde hace un tiempo se comienza a hablar de los “Millennials”, esta generación de personas nacidas de principios de los ochenta a principios de los noventa. Mucho se ha escrito con diferentes propósitos, hay quienes les describen, otros que les critican y lamentablemente, quienes les atacan con juicios de valor basados en la ignorancia.

La innovación tecnológica acelerada ha traído una revolución de pensamiento que nos ha permitido imaginar nuevos escenarios y visualizar un futuro distinto a la realidad vigente. Sin embargo, el acceso a la información, la publicidad y los dispositivos siempre presentes en nuestra cotidianidad vinieron acompañados de una dependencia a éstos y una incapacidad de aburrirse, de reflexionar, de profundizar o de estar solo, verdaderamente solo.

Somos una generación que nació en un mundo que estaba cargando las turbinas para un arranque brusco que nos propulsaría a una velocidad nunca antes vista hacia el terror de la perpetua incertidumbre. Se dice que nacimos con estrés, que nos es imposible planear a futuro, que el presente es lo único cierto que tenemos. Los valores dejaron de ser materiales y se convirtieron, como diría Habermas, en valores post-materiales de auto-expresión, de encontrar una identidad. Sin embargo, encontrar una identidad se convirtió en una tarea más difícil cuando las certezas en el mundo dejaron de ser ciertas, y “la única seguridad que se tiene es el no estar seguro de nada” (Gibrán Portela). El mundo se enriqueció de la publicidad y la mercadotecnia permeó cada espacio de la esfera humana, los mismos individuos estamos en un mercado en el que esperamos que el otro determine nuestra autoestima a partir de cómo nos mostramos en redes sociales y qué tanto gusta a nuestros amigos lo que publicamos.

Así, los millennials somos un resultado de toda la atomización social en la que nacimos, producto de un mundo que generaciones pasadas fervientes de producción, materialismo, acumulación, destrucción, guerra, especulación, mercado, etc. dejaron para nosotros. Se nos dice que no sabemos lo que queremos, que somos más forma que fondo, que no hay contenido en nosotros. No tengo, al menos yo, cómo negar eso. Creo que a veces quiero pretender que estoy seguro de algo y la mejor de manera de hacerlo es intentar parecerlo y hacer creer a los otros que así es. Pero, ¿cómo nos llenamos de contenido si hay tan poco de qué llenarnos en el exterior, si no hay tiempo para pensar cuando lo urgente es sobrevivir, si el narcisismo nos tiene a todos intentando encontrar la respuesta dentro de cada uno de nosotros y no a través del diálogo con los otros?

Es una generación que además de ser joven, está revolucionando la manera de vivir. Una generación disruptiva que está cuestionando estructuras establecidas hasta el límite de éstas. Estamos cuestionando el género, la sexualidad, las dinámicas del empleo, el mundo laboral, los gobiernos, la democracia misma. Se dice que somos una generación que no ve la televisión, quizá porque la televisión fue un mecanismo de control de masas por mucho tiempo. Se dice que no invertimos en nada, pero ¿para qué invertir si la especulación llevó a tantas personas a la ruina? Que solemos no tener coche, pero los coches han sido de los factores de contaminación más fuertes hasta la fecha. Finalmente, que no nos casamos y no tenemos hijos, sobre lo cual creo que se trata solamente de una desilusión respecto a la falta de éxito de muchos matrimonios en los que los millennials nacieron.

En fin, mi punto es invitar a reflexionar, a entender y a no banalizar el término “millennial” abusando de éste, usándolo innecesariamente, burlándose de una generación que busca encontrar bienestar, significado y su lugar en este mundo. La juventud suele verse como una anomalía en la que desarrollamos sueños e ideales, y que con el tiempo, golpe tras golpe, se va aterrizando. Nietzsche escribió en Más allá del bien y del mal: “En este período de transición se castiga a uno mismo por la desconfianza a sus propios sentimientos; se martiriza su entusiasmo por la duda; la buena conciencia nos aparece ya como un peligro… se toma partido, en principio, contra la juventud.” Nos tocó ser jóvenes en un mundo así, falto de certezas y significados del cual tenemos que hacernos responsables sin la esperanza de tener algo asegurado. Es por ello que espero que quien lea esto nos comprenda y tenga paciencia; estamos intentando, al menos algunos, revertir esta realidad líquida que nos hace parecer escurridizos y cargados de una insoportable levedad. No es así, el peso es mucho y el individualismo que nos separa es aplastante.

B. Job Sandoval

El peatón que nadie valora.

En menos de una semana dos carros han invadido mi espacio personal. Soy una persona distraída y torpe, pero esta vez no fue mi culpa. Estando la luz roja en el semáforo para que yo pueda utilizar libremente las líneas del paso peatonal, éstas han sido invadidas por la prepotencia de los automovilistas y su “derecho humano al automóvil”.

El primero fue un taxi en Polanco, el cual no se fijó que yo estaba en el cruce peatonal y al darse reversa, me golpeó ligeramente con su carro. Éste no se disculpó y el policía que estaba a un lado no hizo nada más que decirme cuando volteé indignado a verlo, que no me había pasado nada y que no era para tanto.

El segundo caso fue el día de hoy. Misma situación, una camioneta invade el paso peatonal. Intento cruzar por atrás, mientras que este comienza a irse de reversa. Sin embargo, esta vez en lugar de golpearme, yo comencé a darle fuertes palmadas en la parte trasera de su camioneta. El señor que iba manejando se indignó y yo sólo le grité que por poco me pega.

Mi respuesta ante el segundo caso no fue la más apropiada, pero uno tiene un límite de paciencia. Me parece lamentable lo mal acostumbrados que se tienen a los automovilistas, se les ha hecho pensar que el espacio público es sólo para ellos, que tienen el derecho a invadir al peatón. Nadie se ha dado cuenta que hay que invertir más en los peatones.

Los peatones no contaminamos con las emisiones que hacen los carros. Por lo general, el hecho de caminar nos mantiene sanos pues no somos tan sedentarios como aquel que hasta para ir a la tienda se va en carro, aunque ésta esté a sólo 3 cuadras. Como peatones somos personas más reflexivas, pues caminar te permite pensar sobre ti mismo. El peatón suele ser una persona más feliz, ya que en el camino uno se encuentra con diferentes individuos, situaciones y cosas que es posible admirar. El automovilista, al menos en la Ciudad de México, suele ir más estresado cuidándose de las fotomultas, de los otros autos y siempre preocupado por el tráfico y el tiempo que hará a casa; observando constantemente Waze o google maps para encontrar la mejor ruta.

La triste realidad es que, aunque yo pudiese ser un peatón muy feliz, día a día me encuentro con la tristeza de que los carros no me respetan, que incluso me suenan la bocina del automóvil si les estorbo para dar vuelta, aunque yo tenga el paso en ese momento. En ocasiones, tengo que ingeniármelas para cruzar alguna calle pues de la nada desaparece la banqueta y me expongo a que me atropellen. Ciudades y ciudades en este país consentidor de los automovilistas están diseñando urbanamente espacios poco amigables para los peatones, olvidándose que caminar es una de las principales actividades del humano. Pocos ven el peligro y la mayoría se indigna si se les llega a afectar su “derecho humano al auto”, cuando el derecho del peatón se ve violentado día a día. Los invito a todos a reflexionar y a los automovilistas a respetar.

B. Job Sandoval

 

Panadería para solitarios.

Hoy me levanté con ganas de desayunar en mi panadería favorita en la Ciudad de México. Tenía un antojo terrible de un pan dulce con chocolate o cajeta y un café americano. Me bañé y me arreglé para comenzar mi día como yo quería. Tomé un libro que tengo que leer para comenzarlo mientras disfrutara de mi desayuno y me dirigí a La Rosetta. Tomé la línea rosa del metro y me bajé en la estación Insurgentes, caminé unas cuantas cuadras y llegué a mi destino en la calle Havre número 73 de la colonia Juárez.

La panadería estaba llena, como suele estar. Busqué un lugar en la terraza para poder fumar pero no había. Así, me conformé con sentarme en la barra junto a una ventana. Saqué mi libro, Las muertas de Jorge Ibargüengoitia y me dispuse a leer. Llegó la mesera y ordené un envuelto de dulce de leche pues no había chocolatín, y mi usual café americano.

Comencé a leer y tras unos minutos llegaron mis deseos a la mesa. Se veía muy estético mi espacio de la mesa con mi libro, una linda servilleta personalizada y los platos con pan y café, por lo que decidí tomar una foto con un poco de vergüenza. Esa vergüenza que da el hecho de que piensen  que sólo sacaste el libro para pretender que lees y mostrar en redes sociales que llevas una vida de gran ocio y cultura. Y pues entre esos conflictos mentales pequeñoburgueses, tomé mi foto. Continué con mi lectura entre moronas de pan y letras hasta que el placer del dulce de leche terminó y sólo quedó mi fiel amigo líquido de color oscuro. Pasaron unos minutos y la caja de cigarros de mi bolsa me llamaba, pero no podía fumar en el espacio en el que me encontraba. Volteé a la terraza y vi a una joven pelirroja sentada sola tomando un café y leyendo muy cómodamente, tomando una foto también.

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Se me ocurrió la idea, tras dudar unos segundos, de acercarme y preguntarle si tenía algún problema en que me sentara junto a ella a leer y poder fumar también. Ella sonriendo dijo que no tenía problema con su español de extranjera. Fui por mis cosas que dejé donde estaba sentado y me senté junto a ella. Los dos leíamos y yo prendí mi cigarro. Me sentía cómodo estando sentado con alguien desconocida compartiendo el mismo hábito, la lectura. Pedí otro americano y seguí fumando y leyendo. Tras unos minutos más, llegó el mesero a decirme que se había desocupado una mesa en la terraza y que si me podía cambiar de lugar. Yo le comenté que estaba cómodo donde estaba y que le agradecía pero que me quedaba ahí. El joven muy insistente me dijo que tenía que cambiarme porque no quería confundirse con las cuentas de la chica que leía junto a mí, y que era mejor que me cambiara. La joven le dijo al mesero que ella no tenía problema con que yo estuviera sentado junto a ella, pero el mesero necio logró su cometido, que yo me cambiara de lugar. Yo ya no quise discutir para no incomodar a la chica que amablemente me permitió sentarme a su mesa, y me pareció que ella no merecía un pleito o una discusión cuando ella estaba leyendo tan cómodamente.

Tuve que cambiarme de lugar y estar solo de nuevo porque el establecimiento no tiene la capacidad de diferenciar las cuentas de los clientes. Claramente estaba molesto y mi pensamiento primero fue que me gustaba estar con ella sentado, que disfrutaba la silenciosa compañía de alguien que leía conmigo aunque no nos conociéramos y lo único que habíamos cruzado fueron unas cuantas palabras y una sonrisa amistosa. Pensé también que son pocos los espacios que compartimos con la gente y que por cuestiones de eficiencia en el funcionamiento de la panadería, la compañía del otro se sacrifica. Son pocos los espacios que compartimos día a día con los otros en el mundo contemporáneo, y hoy la eficiencia ganó y la posibilidad de compartir perdió. Fui uno más de esos que van a cafeterías a sentarse solos.

B. Job Sandoval