El converso proselitista

Desde hace algunos años he podido percibir un fenómeno muy interesante en los seres humanos. En la búsqueda incesante de sentido, hay quienes lo encuentran en la adopción de nuevas prácticas religiosas o políticas; otros en alguna causa social, o en convencer a otros de cualquiera de las anteriores.

Cuando tenía menos de diez años me tocó escuchar por primera vez la historia de una persona conversa que se cambió de religión, una tía mía. En mi escuela primaria se hablaba de las personas de otra religión con cierto escándalo entre mis compañeros. Con el tiempo me tocó conocer y hacer amigos de otras religiones, algunos me invitaron a sus centros de reunión religiosa para intentar convencerme de su visión del mundo. Yo, aferrado a no permitir que nadie se introduzca en mi mente sin mi permiso, he desdeñado cualquier intento de imposición ideológica.

He tenido siempre el temor de que algunas amistades se vuelvan muy fundamentalistas o radicales. Creo que dejarse envolver de manera muy tajante por algún “-ismo” o doctrina secular o religiosa puede alejar a la persona del contacto con otros que no piensan igual.

Este fenómeno del converso, que encuentra la revelación metafísica o racional de un imperativo del deber ser de alguna cuestión específica, lo he visto suceder no sólo con personas religiosas sino con activistas de alguna causa. Me parece muy interesante cómo una persona puede caer en el error de no sólo transformar sus hábitos una vez converso, sino de querer que su próximo vea el mundo como el primero lo desea. Lo he visto suceder de diversas maneras, que van de la reprobación evidente del comportamiento de otro hasta el comentario pasivo agresivo.

Hay quienes dejan de consumir carne, alguna droga o determinado producto a partir de una motivación de corte moral. No soy nadie para decir si me parece correcto o no, mas que respetarlo y considerarlo válido. Lo curioso es que para muchos, el cambio en sus hábitos no basta. Se convierten en proselitistas que van con su libro sagrado de argumentos en la mano para demostrar que quien no haga lo que éste, es moralmente inferior o tonto.

Claramente el representante de alguna doctrina, movimiento o causa tiene sus razones “probadas” bajo algún método científico o mítico, que le permite elevarse unos centímetros sobre el nivel del suelo para levantar el dedito y decirle al otro por qué es reprobable su comportamiento. Lo que también es cierto es que todos tenemos quizá una serie de argumentos y señalamientos para imponer sobre otros. Si todos tomamos esta actitud de situarnos en un banco de superioridad moral, la convivencia termina por ser una de pequeños tiranos donde predomina el malestar, el mal humor y la desconfianza.

No sé si esto ha sucedido a lo largo de la historia de la humanidad, pero yo percibo al menos en mi tiempo que son muchos los imperativos que uno debe seguir en una sociedad que se ha vuelto muy radical y proselitista de la defensa de sus causas. Yo siento a los religiosos, muy religiosos, a los “-istas” muy “-istas”, a los abstemios muy pesados, y a mí con muchas ganas de abandonar el mundo de las cuerdas tensas y buscar la convivencia cordial y respetuosa.

Nardo.

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Conversaciones con la luna

Anoche me acosté sobre una baldosa del patio y observé la luna. Mis ojos, que llevan mucho tiempo dispersos y fuera de control, tenían ganas de mirar algo detenidamente. Primero me costó fijar la mirada. Me hice varias preguntas, ¿qué sigue? ¿Ahora qué hago? ¿Qué debería estar sintiendo? ¿Hay algo malo si no siento nada? He visto gente quedarse prolongadamente viendo la luna con cara de satisfacción.

Me puse a pensar que quizá no estaba entendiendo el propósito de contemplar la luna. Entonces comencé a hablarle como si estuviese aproximándome a alguien con quien nunca había cruzado palabra, pero que siempre había estado ahí y de quien había escuchado muchas cosas.

Mientras lo hacía, surgieron las voces de la supuesta cordura para recordarme que quizá parecía estar perdiendo el sentido y que me veía un poco loco, aunque no hubiese nadie alrededor para constatarlo. La segunda copa de vino me permitió tomar valor para ignorar a mis voces sensatas y continuar el acercamiento a la roca nocturna.

Como no tenía mis lentes puestos, no lograba verla de manera enfocada. Le platiqué que tengo deficiencias en mi vista, por lo que no veo bien los objetos lejanos, y dado que ella estaba a muchos kilómetros, la veía doble o por momentos triple. Le pedí disculpa con antelación si consideraba que en algún momento no la estaba viendo en la dirección correcta.

Le expliqué que me sentía un poco torpe hablándole porque nunca lo había hecho con un ser semejante, que no sabía cómo interpretar su silencio. La racionalidad volvió y me dijo que probablemente toda respuesta sería un invento de mi mente más que una traducción fiel de sus expresiones. Casi pierdo las ganas de continuar, pero recordé que la razón tenía ya tiempo dándome consejos poco sosegadores.

Tomé otro sorbo de vino y regresé la mirada a la dama blanca. Continué en silencio por un momento y finalmente logré contarle un secreto que nunca había contado a nadie. Le dije que de ahora en adelante necesitaría su apoyo para tratar este asunto y que consuele mis penas. Con esto le di mi confianza y mi amistad. Le expliqué que soy solitario y a veces tiendo a apartarme y desaparecer por largo tiempo, pero que a pesar de ello espero contar con su compañía y presencia cuando la ocasión lo requiera.

De repente todo se sintió mejor, no podía dejar de verla mientras le hablaba. Era como si quisiese contarle toda mi vida desbocadamente. Me di cuenta que tendría una amiga hasta el final de mis días.

Un arrebato me llevó a pedirle que me dejara escribir nuestras conversaciones. Guardé silencio y ella también. Le dije que era para asuntos humanos y que yo necesitaba narrar nuestra experiencia para poder expresar las emociones que siento al estar con ella. Sin objeción de su parte, entendí que sería más bien un riesgo mío escribir al respecto para ser leído por humanos.

Noté que ocultaba algo y que no mostraba todo de sí, a pesar de que yo le confesé algo muy preciado. Intuí que dentro de su ciclo hay momentos en que es posible observarla completamente y que ese día podríamos celebrar la total apertura y claridad de nuestro ser.

En aquel momento descubrí lo que ignoré por mucho tiempo, soy hombre lobo y lunático. Brindamos para celebrar la nueva y sólida amistad y me acordé lo cierto que es que compartir una copa siempre es mejor que tomarla solo.

Nardo.

Somos hojarasca

Frágil hojarasca en busca del incendio.

Gritos de horror al crujir bajo los pies del monstruo de nuestros insaciables deseos.

La primavera se cansó de ser ignorada, se esfumó y nos dejó con la raíz rota.

Nos secó el desarraigo de la interminable conquista aislada.

Se muere el pájaro y no tenemos heraldo de vida, se acaba el último rezago de ternura.

Respiramos el humo de nuestra naturaleza muerta.

Nardo.

El tirano incompetente

Sándor Márai escribe en Confesiones de un burgués sobre la figura del tirano. Narra la historia de un jovencito gitano con el que jugaban todos los niños burgueses de su edificio. Este pequeño tirano lograba convocarles a todos y que le obedecieran. Relata que no era muy inteligente ni muy culto, pero que emanaba poderosos efluvios con los que Márai quedaba encantado y dispuesto a hacer lo que le pidiese.

Cuenta el autor que en su vida adulta se encontró con más tiranos pero en otros contextos, en los partidos políticos. Personajes que tampoco estaban muy informados pero que lograban imponer disciplina en quienes les seguían, incluyendo a los expertos.

Lo que me hace pensar un relato como éste es que hay criterios más fuertes que la razón o la sensatez para obedecer a un tirano. Pienso en el holandés al que Hans Castorp idolatra en La Montaña Mágica, a pesar de que sea sólo un idiota con carisma al que obedecen todos en el sanatorio tanto por miedo como por atracción.

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La expulsión del duque de Atenas, fresco de Andrea Orcagna, resguardado en el Palazzo Vecchio de Florencia. 

Márai describe a este tipo de personaje como aquel que “aparece en una comunidad humana donde existe un descontento” y que “siembra las semillas de un movimiento o de una revuelta, despierta la duda en los corazones de los demás, haciéndolos conscientes de sus contradicciones internas, da pie a un proceso de cristalización para desaparecer un día de repente sin dejar rastro, quizá para terminar su actuación en la horca o en la leyenda.”

Y lo que pienso después de leer estas líneas no va en relación al descontento o a la contradicción, sino a dos cuestiones que me parecen más relevantes. La primera es que si ya existe un problema que genera el descontento, es probable que el tirano sólo lo empeore en lugar de motivar a su solución. La segunda es que la falta de competencia e inteligencia pueden traducirse en falta de capacidad de gobernar y en un desastre mayor, si es que los tiranos incompetentes llegan al poder.

Para ilustrar lo anterior podemos tomar el caso de Gautier VI de Brienne, duque de Atenas, que leí en How to Defeat a Tyrant: The Florentines against the Duke y que trataré de resumir. En 1341, los florentinos entregaron su confianza a este duque para acabar con los problemas de su ciudad y protegerles por periodo de un año. Ganó el apoyo tanto del pueblo como de las grandes y poderosas familias haciendo infinidad de grandes promesas. Una vez cumplido el tiempo, éste se impuso en el poder por la fuerza y logró que el gobierno florentino lo nombrase el gobernador de Florencia de por vida. Distraía al pueblo con fiestas y espectáculos mientras perpetraba crímenes y hacía uso arbitrario de su poder sin saber realmente gobernar.

Finalmente la gente se sintió engañada y traicionada al ver que las promesas no fueron cumplidas y que las situación sólo empeoró. Las conspiraciones se desataron y grupos de personas se organizaron para atacarlo. Al enterarse de esto, el duque tomó medidas drásticas que consistieron en el asesinato de miles de florentinos. Tras mucha violencia, finalmente los florentinos le propusieron un acuerdo pacífico, si el tirano dejaba el poder le permitirían salir de la ciudad con vida. Desapareció de Italia, sin pena ni gloria, y murió varios años después en 1356 en la batalla de Poitiers, Francia.

Nardo.

Virtud ecológica

La virtud puede entenderse como la disposición habitual para hacer el bien. El término ecología etimológicamente significa: los tratados de la casa. Es una rama de la biología que estudia las relaciones entre los seres vivos y su entorno. Hablo de virtud ecológica para poder definir aquel hábito deseable que nos permite encontrar una relación positiva entre los seres vivos y nuestro entorno.

Es cierto que elegimos gobernantes y alcaldes para que se encarguen de velar por el cumplimiento de las normas que regulan los asuntos ambientales, entre otros, y que es deber de las autoridades políticas promover una cultura ambiental responsable. Si bien  el legislador, como se entiende en la visión grecolatina antigua, es quien debe crear leyes para hacer virtuosos a los ciudadanos, podemos y debemos tomar acción voluntaria cuando éste no es efectivo ni virtuoso.

Estos días los habitantes de Ciudad de México estamos padeciendo una situación de contaminación atmosférica amenazante y seria. Se han reportado incendios desde la semana pasada no sólo en la ciudad, sino en todo el país. Se han incumplido las normas en muchos aspectos y las autoridades no han sabido controlar la situación a través de un monitoreo y vigilancia efectivos de los lugares en los que se suele quemar terrenos y basura o en los que suceden accidentes.

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Fotografía de CDMX desde mi ventana

A esto se suma la usual contaminación, no por ello menos importante, de las emisiones de los móviles motorizados. Seguimos utilizando plástico y desechables de manera insensible e inconsciente. Nuestros hábitos de consumo no son virtuosos ecológicamente, no hay entendimiento claro de cuáles pueden ser las consecuencias y la relación con el medio ambiente, nuestra casa, está muy deteriorada y no es racional. No habrá nunca acción gubernamental que baste si no dejamos de comportarnos tan caprichosa y frenéticamente, si seguimos siendo la fuente del problema.

Sí es tanto un derecho como una obligación de los ciudadanos exigir y velar por el cumplimiento de las normas y por la intervención pronta y adecuada de las autoridades responsables, quienes tendrían que tener una estrategia ambiental pertinente. Dado que no es así en nuestro caso, no sobra y sí falta que tengamos la capacidad de reconocernos como agentes de cambio y como responsables de lo que sucede. No es culpa del gobierno que tengamos un hábito de consumo vicioso (contrario a lo virtuoso), que estemos acostumbrados a comprar cosas que no necesitamos, que no sabemos establecernos límites sanos de gasto de plástico y materiales nocivos para el planeta y por ende para nosotros. No es justo ni correcto exigir al otro lo que no nos exigimos a nosotros. Para tener gobiernos virtuosos, hay que ser ciudadanos virtuosos.

Nardo.

Víctimas de la redención

El ejercicio de ciertos derechos implica inevitablemente el uso de dinero público, lo cual crea una responsabilidad en quien lo maneja. El concepto de ciudadanía dota al individuo de la capacidad de participar y ser representado por la política, fundada en una base de igualdad. En la medida en que crecieron las demandas ciudadanas, los servicios públicos acabaron por ser insuficientes y el aparato político se convirtió en mezquino.

La idea del merecimiento y la constante insatisfacción ante la realidad vigente predominan en el imaginario social de los que habitan en las democracias occidentales. La práctica de tales modelos de gobierno ha dado lugar, entre muchas otras cosas, a una proliferación infinita de deseos que necesitan ser satisfechos. Y esa misma práctica conduce a una competencia en la que unos ganan y otros pierden. Los que ganan deciden arbitrariamente qué derechos serán privilegiados económicamente.

Así, satisfacer todos los deseos es algo materialmente inalcanzable. Asegurar que eso es posible puede ser una buena estrategia política o electoral, pero nunca una verdad. Los líderes populistas suelen dirigirse a un ente llamado pueblo como defensores de los intereses de éste. Esa complicidad puede ser bien recibida por quienes se incluyen en esa categoría, sobre todo en aquellas sociedades donde la desigualdad económica ha sido perpetuada desde la estructura del poder.

El argumento sobre la existencia del privilegio de ciertos grupos de la sociedad ha sido uno de mucho peso para que diversos movimientos apoyen a aquellos candidatos que prometen acabar con la desigualdad y la disparidad. Se han popularizado quienes buscan la redistribución de la riqueza, la regulación de los mercados y la creación de equidad.

El privilegio es la exención de obligaciones o la concesión de derechos de manera especial o arbitraria. Si bien es cierto que existe y que resulta necesario acabar con él en una sociedad justa, prometer erradicarlo desde el poder puede ser peligroso también. Si no se le define o si se le confunde con características raciales o culturales, puede llevar a la supresión de la libertad y a un ejercicio de violencia generalizado sobre quienes aparentan detentar ventajas físicas, materiales o conductuales.

Desde hace un tiempo es posible observar en el espacio virtual de las redes sociales una tendencia a simplificar y estereotipar a la sociedad a través de quejas, denuncias y críticas. A pesar de que éstas puedan ser en principio válidas y ciertas, contienen generalizaciones, falacias y falsificaciones de la realidad con el propósito de respaldar una determinada visión o una particular postura ideológica. Buena parte de los que así se expresan se intentan exhibir como víctimas de quienes suponen privilegiados, promoviendo hostilidad y propiciando un ambiente de enfrentamiento y violencia. Esto ha logrado trascender más allá de las redes sociales y convertirse en un capital político que está siendo aprovechado por gobernantes populistas que se comportan como redentores.

El redentor es aquel que libera de una pena o situación desafortunada a quienes las padecen. El redentor político siente que su deber es salvar a quienes se consideran víctimas de las injusticias de los antiguos propietarios del poder. El victimismo se convierte en un espíritu colectivo y al mismo tiempo sectario, porque excluye a quienes aparentan ser privilegiados por determinadas características. Esto también es injusto y no es democrático. Al redentor político le conviene mantener esta relación para hacer un uso arbitrario del poder y perseguir a quienes considere sus enemigos o adversarios, so pretexto de que lo son del pueblo.

La situación descrita se revela más como los orígenes de un régimen tiránico que como una democracia. Además, puesto que no hay erario que alcance para satisfacer todas las necesidades y deseos de una colectividad, muchas expectativas de las víctimas pueden verse frustradas. Las promesas hechas para ganar el poder y legitimarse por vía democrática corren el riesgo de no ser cumplidas y sólo utilizadas para perpetuarse en el poder.

Nardo.