¿Cómo sobreviven las viejas y raras películas?

Desde hace un tiempo he explorado de una manera más profunda el cine. Todo empezó un día que fui a una tienda de películas hace un par de años y me di cuenta que aquellas que la gente llama “clásicos” eran las más baratas de todas. Ese día salí con una bolsa llena de cajas con discos.

Poco a poco las vi en mi casa. Una noche por semana se convertía en función estelar y la emoción de meter el disco al aparato reproductor era maravillosa. Inevitablemente, un título me llevaba a otro, a leer artículos en Internet, investigar la vida de actores que me iban cautivando, a conversar con conocidos y amigos que comparten conmigo el gusto por el cine.

El año pasado tuve la satisfacción de actuar en una película y eso me hizo ver cómo funcionan la cosas detrás de la cámara. Admiré en gran medida el trabajo de todo el equipo que hace posible una cinta. Con ello me emocioné y decidí aventurarme a escribir mi primer largometraje. Retomé el libro que utilicé hace un par de años con un amigo que me dio un curso de cómo escribir un guión. Ahí, me encontré con el análisis de las obras de un guionista y director francés que hizo películas del estilo Nouvelle Vague en los años sesenta y setenta en Francia.

Empecé a leer sobre él, a encontrar artículos, videos y contenido que me hicieron interesarme cada vez más en su forma de escribir y hacer cine. Inmediatamente me metí a las tiendas en línea para rastrear sus películas y dirigirme a comprarlas en la primera oportunidad. Me di cuenta que no estaban por ningún lado, que tampoco estaban disponibles en estas plataformas que te las entregan a domicilio. Y entonces me dio por investigar dónde podrían estar estos tesoros. Lo único que encontré en la web fue que se han dado ciclos de cine de sus películas y no más.

Con lo anterior, concluí que debían estar en algún acervo o archivo de películas. Esa hipótesis me llevó a la Filmoteca de la UNAM. Ahí me ayudó alguien a consultar los títulos que tenían disponibles de este director. Lamentablemente no estaba lo que buscaba; pero la persona que me atendió me dijo que podía ir a la Cineteca Nacional. Corrí para llegar, aún con la esperanza de encontrar algo que me permitiera seguir con mi aprendizaje y mi curiosidad.

En la Cineteca, me encontré con la videoteca digital, donde una persona amabilísima encontró los títulos que buscaba y me explicó cómo podía solicitar que los digitalizaran, pues aún no estaban disponibles para verlos en las pantallas que tienen ahí para el uso público. Yo me maravillé al darme cuenta de la apertura y el acceso libre que puede uno tener a un acervo vastísimo de películas que son dificilísimas de encontrar. Esto me llevó a seguir conversando con el encargado del lugar.

Entre todo lo que aprendí en esta ocasión, lo más importante fue que muchas películas dejan de reproducirse y venderse. Las que logran llevarse a estos espacios como la Filmoteca de la UNAM y la Cineteca Nacional, sobreviven. Sin embargo, detrás de esto hay todo un equipo de trabajo y estrategias complejas. Las películas que se digitalizan, se guardan en memorias que también son limitadas, por lo que en un momento determinado algunas deben trasladarse a otro tipo de discos físicos, para dar espacio a que se digitalicen otras. Estos discos más avanzados tecnológicamente tienen a su vez una esperanza de vida determinada, cuyo contenido tendrá que ser eventualmente devuelto a una memoria que lo resguarde mientras se encuentre otra manera más eficiente de preservarlo. En fin, no vale la pena seguir porque me angustiaré yo y angustiaré a cualquiera que me lea. El punto es que considero que es una labor loable.

Si bien la oferta de películas en línea y en las tiendas de DVDs va dando lugar a nuevas producciones y quitando viejos títulos, también hay lugares que se dedican a que no muera la memoria. Y es maravilloso porque existen aún posibilidades de indagación y consulta para aquellos que tenemos interés por aprender no sólo de nuestro tiempo sino del pasado.

Nardo.

Palabras insuficientes, soledad de lo incomunicable.

La intimidad forzada de una existencia sin puentes. 

Llagas que separan del otro,

isla de dolor náufrago.

 

Ruido seco como susurro nocturno,

siluetas sin rostro.

Ojos que solo ven de reojo

en senderos bulliciosos. 

 

Pájaro cautivo en cuarto oscuro,

lamentos sin eco.

En tierras de cerdos,

las huellas se marcan en el estiércol.

Nardo

Cultivar mi aralia

El año pasado tomé un curso sobre La Montaña Mágica de Thomas Mann que duró diez sesiones. El profesor Marco Perilli lo estructuró de tal forma que repasábamos una décima parte del libro en cada sesión. Revisábamos algunos fragmentos de cada capítulo e íbamos entendiendo la genialidad del autor con los detalles y datos curiosos con los que el profesor complementaba el análisis literario de la obra.

Fuimos entendiendo el pensamiento hermético que inquietaba a Thomas Mann y que lo llevó a relacionar el texto con el grabado de Durero llamado Melancolía I. El protagonista de la historia representa la iniciación de un joven en una búsqueda espiritual. Hans Castorp, el protagonista, se encuentra con una serie de personajes que van influyendo en su manera de pensar y que le hacen cuestionarse el sentido de sus acciones. En la séptima sesión (el siete, número importante dentro de la visión de Thomas Mann), el profesor nos platicó que el autor situó el mensaje más importante de la obra en la proporción áurea de la versión alemana, es decir, al multiplicar el número de páginas totales por 0.618… se encuentra aquélla donde se lee la siguiente frase:

En nombre de la bondad y del amor el hombre no debe dejar que la muerte reine sobre sus pensamientos.

whatsapp image 2019-01-05 at 12.35.32

Esto me hizo pensar en muchas cosas. Tomándome la libertad de expresarlas tan figurativamente como surgieron en mi cabeza, pensé en:

tierra, suicidio, cigarro, cinismo, mundo en llamas, nihilismo, planta, abandono, descuido, contaminación, rendirnos, claudicar, no resistir, morir.

Si le doy una interpretación a la explosión de ideas que hubo en mi cabeza, podría decir lo siguiente. Considero que, así como lo pensó Hans Castorp, vivir es descomponerse desde el primer momento de nuestra existencia, tanto orgánicamente como espiritualmente. Vivimos pero vamos muriendo a cada instante. Hay hábitos que reflejan ese deseo inconsciente de morir, a veces la muerte se apodera de nosotros sin saberlo. Nuestras acciones pueden reflejar que nos rendimos y que poco nos importa el alimento que le damos a nuestro cuerpo o a nuestra alma. A veces nos olvidamos que todo es un cultivo, que la cultura es vida y la vida es cultura.

Pensé en mis plantas, en mi pequeño jardín interior. A veces me angustio al ver morir ramas completas de mis aralias. Y enseguida siento la urgencia de ir a comprar abono, vitaminas o algo que acabe con las plagas naturales que normalmente atacan a las plantas. Y comienzo el cuidado, intento no olvidar nunca el día que las riego y poco a poco me doy cuenta que comienzan a crecer pequeños brotes de nuevas ramas. Inevitablemente me emociono, porque quiero a mis plantas, porque coexistimos, porque me alegran siempre que tomo consciencia de lo que enriquecen mi vida.

Lo cierto es que noté lo mismo con mi cuerpo. Todo el año pasado estuve muy enfermo de diversos padecimientos. Fui con seis especialistas, tomé incontables pastillas, cambié por completo mi dieta, comencé a restringirme en los placeres de ciertos hábitos deliciosamente mortíferos y poco a poco fui entendiendo. Yo era un hedonista más preocupado por el placer momentáneo (que no deja de ser atractivo para mí), que de mi vida misma. Por supuesto que vivía, y vaya que disfrutaba ser Baco junto a racimos de uvas y quesos curados, pero estaba acelerando lo que me mata. El malestar terminó por hacer evidente, junto con muchos estudios de laboratorio, que debía detenerme. Debía hacer lo mismo que con mis plantas, cuidarme, alimentarme bien y que la muerte no venciera a la vida.

Por otro lado, a veces pienso que eso nos pasa también como civilización. Creo que siempre es buena idea recordar que la muerte no debe reinar sobre nuestros pensamientos, en nombre de la bondad y del amor. Creo que a veces no nos damos cuenta que muchos de nuestros actos humanos, tanto individuales como en el agregado, son sinónimos de muerte. No quiero nombrar ninguno porque creo que no es necesario. Lo que sí creo es que el espíritu debe alimentarse, que la cultura al ser vida, no debe olvidarse. Que la cultura puede ser el cultivo de mejores hábitos, para preservarnos a nosotros y al ecosistema que nos rodea.

Nardo.

 

Semilla de limón

Cuando uno es niño, todo genera asombro y sorpresa por su novedad. Las emociones y las experiencias se van presentando en un ser que tiene pocos elementos para nombrar o identificar qué es lo que le sucede. Así, la llegada de la primera experiencia dolorosa es como morder por primera vez una semilla de limón. Se conoce lo amargo antes de poder nombrarlo, y ello deja un eco o una huella perpetua, un registro de lo que no es placentero. 

Si nos atrevemos a hablar de lecciones o aprendizajes, podemos admitir que en lo consecutivo, el niño evitará morder las semillas amargas de la existencia. Después las semillas se convierten en probar las primeras lágrimas de la pérdida de un ser querido, algún conflicto humano, o una ruptura amorosa. 

A veces siento que los rastros de las semillas amargas nos llevan a sacar conclusiones muy determinantes de las experiencias que tenemos. Me atrevería a decir también que intentamos buscar la manera de evitar que nos suceda de nuevo una experiencia amarga. Comenzamos a crear mecanismos de defensa, barreras y prejuicios para amortiguar o evadir las consecuencias que trae consigo vivir. 

IMG_20181121_113556_018

Es inevitable querer estar bien. Creo que solemos buscar la mejor manera de vivir, de sentirnos bienvenidos y bien tratados en el mundo que habitamos, de pensar que somos capaces de funcionar en un mundo que exige supervivencia. A veces pienso que la madurez, mis estudios, los libros que leo, las relaciones que he forjado, las memorias y mi capacidad de nombrar y reconocer lo que me va sucediendo, son formas de vivir mejor, de asimilar de la manera más sana lo que está por venir, agradable o no. Sin embargo, creo que lo que viene siempre nos sorprenderá, porque nombrar las cosas no las hace menos amenazantes. Los sucesos siempre encuentran nuevas formas de presentarse. 

Creo que ser humano es admitir que no todo está en nuestro control y que si algo puede hacer el conocimiento es permitirnos estar conscientes de ello. Ahora me doy cuenta que tengo tan pocos elementos para amortiguar la llegada abrupta de las experiencias de la vida, como cuando era un niño. Que lo único que puedo hacer distinto es tomar con calma y serenidad cualquier irrupción de elementos nuevos en mi existencia pues, agradables o no, todo pasa.

Nardo

Cantos de aroma azaroso

Hay cantos que sólo existen un instante,

cura de los pies que sobre zarzas han caminado.

Caricias de sosiego sobre cortezas inquietas,

azaroso como la mirada que se cruza con un cometa.

 

Nadie los escribe porque no se inventan,

no se buscan porque no pertenecen al destino.

Lenguaje para la noble naturaleza,

quien los espera, mejor que viva una vida eterna.

 

Como nadar en lagos claros,

reino donde se vive la dicha y la honesta riqueza.

Danzas bajo un sol alegre,

en campos frescos donde brota la certeza.

 

Se incrustan en los orígenes del pecho,

convierten al espíritu en aroma.

Terminan al amanecer,

con lágrimas de anhelo que nunca cesa.

 

Nardo.