Notas en (sol)sticio con la flauta de carrizo

Era una mañana gris y calurosa en Ciudad de México. Yo cruzaba la colonia San Miguel Chapultepec en camino a los jardines de la Casa Ortega, obras del arquitecto Luis Barragán. Vestido con una camisa color rojo vino cargaba una rejilla con teteras, té de cedrón y unos folletos impresos con el programa del concierto que escucharíamos esa tarde: Notas en (Sol)sticio para recibir el verano.

Llegué con temor a tener unas grandes marcas de sudor en la ropa y con un poco de prisa. Los dueños de la casa, un amigo y yo acomodamos las bancas de madera en forma de medio círculo sobre el pasto y bajo la sombra de un inmenso árbol, con vista a la enorme buganvilia y a la estatua de un ángel de piedra.

Los invitados comenzaron a llegar alrededor de las doce del día, el cupo estuvo limitado a veinte personas. Una vez que estuvieron todos juntos, el dueño del espacio dio un recorrido por los jardines explicando la historia de estos y el propósito de Luis Barragán al crearlos. Contó detalles sobre cada rincón y el porqué de algunas plantas y esculturas.

Mientras tanto, yo preparaba las teteras y calentaba el agua. Escogí el cedrón porque en principio me gusta mucho su sabor y además es una hierba con propiedades medicinales. Yo la tomo porque es relajante muscular y alivia mis tensiones en el cuello y espalda.

Al terminar el recorrido, invité a todos a tomarse diez minutos más para ir al rincón que más les gustó de los jardines y quedarse ahí un momento, explorarlo, sentirlo y descubrirlo con atención profunda. Los músicos llegaron y fui a recibirlos. Se instalaron con sus atriles y partituras y yo abrí el documento con las traducciones de unos poemas de Rumi que preparé para inaugurar el concierto. Se las comparto:

Canción de la flauta de carrizo

Escucha la historia contada por el carrizo,

sobre la condición de estar separado.

“Desde que fui despojado de la cama de carrizo,

no he parado de exhalar lamentos.

Nadie que no ame

entenderá lo que digo.

Cualquiera expulsado de su fuente

buscará regresar.

En toda reunión,

me encuentro entre risas y dolor. 

Entre amigos, pocos escucharán 

los secretos escondidos 

dentro de las notas. Sin oídos para ello.

El cuerpo fluyendo fuera del espíritu,

el espíritu por encima del cuerpo: imposible conciliarlos,

pero no nos fue permitido

ver el alma. La flauta de carrizo 

es fuego, no viento. Sé ese vacío.

Escucha el amor del fuego enredado

en las notas del carrizo, como desconcierto

al mezclarse con el vino. El carrizo es un amigo

para aquellos que deseen rasgar sus telas 

y dejarlas atrás. El carrizo es herida 

y es también bálsamo. Intimidad

y deseo de intimidad, una

canción. Es rendirse desastrosamente

a un amor bueno. Aquel que

en secreto escucha esto es insensato.

La lengua tiene un solo cliente, el oído. 

Una flauta de caña de azúcar tiene tal efecto

porque fue capaz de hacer azúcar

en la cama de carrizo. El sonido que hace 

es para todos. A los días llenos de carencias,

déjalos ir sin preocuparte

que lo hagan. Quédate donde estás

dentro de tan pura y hueca nota.

Toda sed se sacia excepto

la de estos peces, los místicos. 

Que nadan un océano inmenso de gracia

y siguen aún deseándolo.

Nadie puede vivir en ello

sin ser alimentado a diario. 

Pero si alguien no quiere escuchar

la canción de la flauta de carrizo,

es mejor que dejemos de hablar 

de inmediato, digamos adiós y nos vayamos.”

The reed flute’s song, The Essential Rumi, translation by Coleman Barks, HarperOne, 2004, p. 17.

Los invitados decidieron quedarse a escuchar la flauta y el concierto comenzó con dos canciones de guitarra sola, después dos de flauta sola y finalmente cinco con ambos instrumentos. Mientras la música llenaba el espacio, era posible escuchar aviones y pájaros. Por momentos sentía pena y molestia por la invasión del ruido del avión, pero después los pájaros nos regalaban su gorjeo y sentía una alegría inmensa de compartir con la naturaleza las notas de estos instrumentos, creando juntos una pieza única e irrepetible. Nunca llovió a pesar de los pronósticos climáticos para ese día. El té de cedrón acompañó con armonía la actividad y los invitados contemplaban con atención y serenidad a los músicos.

Yo me sentí feliz de lograr un sueño que tuve desde que una amiga me llevó a este espacio, hacer una integración de las artes en el lugar, darle vida a los jardines con música. No sé qué pensaría Barragán si supiera que intervine en su obra por un momento, no sé si le hubiese gustado la selección de canciones o la poesía que escogí. Intenté curar los elementos de tal manera que hubiese algo de coherencia y diálogo entre ellos. Espero no haber traicionado a Rumi tampoco con mi traducción. Pienso que Barragán, al igual que Rumi, buscaban religarse al mundo, encontrar el hogar perdido. La música tuvo sus momentos eclécticos, otros melancólicos y al final muy alegres. La última pieza, Suite Havana de Eduardo Martin, fue de una dulzura sutil y delicada que dejó al parecer un buen sabor de boca en los presentes. Al concluir, leí un poema más para cerrar la actividad:

Donde todo es música

¡No te preocupes por conservar estas canciones!

Y tampoco si uno de nuestros instrumentos se rompe,

no importa eso. 

Hemos caído en el lugar

donde todo es música.

El rasgueo y las notas de flauta 

se alzaron en la atmósfera,

Y aunque todas las arpas del mundo

se quemaran, quedarían aún 

instrumentos escondidos tocando.

Así como las velas parpadean y se apagan,

tenemos piedra y chispa.

Este arte de cantar es espuma de mar.

Este movimiento grácil viene de una perla

en alguna parte del fondo del océano. 

Los poemas llegan como rocío de mar.

Surgen de una raíz letal y poderosa

que no podemos ver. 

Detengan las palabras ahora,

abran las ventanas del centro de su pecho,

y dejen a los espíritus volar dentro y fuera.”

Where everything is music, The Essential Rumi, translation by Coleman Barks, HarperOne, 2004, p. 34.

Yo tenía una congoja alegre a punto de explotar desde mi pecho. Yo era pájaro, golondrina conmovida, con ganas de volar y desaparecer. Mi último graznido se quebró, pero no llegó el llanto. Al terminar de leer, levanté el rostro y sonreí a los presentes. Mi corazón estaba sosegado y mi estómago anunciaba un apetito voraz, que fue saciado con un mole de pipián en Casa Merlos con un grupo de 12 personas que compartimos esta linda experiencia y los alimentos.

Nardo.

Una tarde de té con Ana

Ana y yo estamos unidos por la levadura.

Hace mucho no cocinamos pero nuestra manera de volver es anunciar un banquete.

Todo se resuelve conversando con la boca llena y

quizá tomando una copa a horas inapropiadas.

Siempre somos niños aunque nuestras vidas parezcan cada vez más serias.

Nos reímos después de darnos cuenta con cierto pesar que han pasado semanas sin vernos.

Prometemos con frecuencia corregir el camino y ser infantiles de nuevo.

Disfrazarnos es la medida de emergencia para las trampas de la adultez.

Estaré lejos de Ana más de lo usual,

pero tendré tiempo para escribir en la libreta que me regaló sobre nuevas ideas estrafalarias para ser estridentes.

Espero que en nuestro próximo encuentro tengamos un reto culinario que devorar

y sea mañana, tarde o noche, las horas se desdibujen en cada entremés.

Construcción de lo inalcanzable

Construyéndome habito un mundo en incesante construcción. Aquí y allá se escuchan taladros y herramientas estridentes traqueteando el suelo, levantando gigantes edificaciones. Ruido y más ruido hacen nuestros sueños y voluntad. Las ilusiones también acechan al silencio.

No hay silencio porque nada se acepta como terminado. Todo está por delante, o hacia arriba. Para llegar ahí se debe hablar mucho. Se huye del silencio por miedo a desaparecer, por quedarse atrás, por ser pequeño en un contexto de rascacielos. ¿Puedo descansar o debo continuar sin parar?

Bloques y más bloques de concreto, que suponemos nos equipan, nos separan, nos saturan, nos bloquean. Incontables posibilidades al encuentro, choque de la diversidad infinita de deseos particulares. Multiplicación exponencial de discursos indescifrables, todos imperativos.

El silencio es la vuelta a casa, pero nadie se calla. La carrera a lo absurdo no para desde que partió porque estamos pegados unos a otros, amarrados a una carroza sin conductor. Detenerse es tropezar y ser aplastado por los pies vecinos que van a continuar. Todos vamos relinchando cosas diferentes pero hacemos exactamente lo mismo, buscar lo inalcanzable.

Desde mi frágil insignificancia

Desde la fragilidad de mi insignificancia, siento que en todo lugar a lo largo del planeta hay una actividad que nos comprime y desgasta. Un movimiento incesante de voluntades y deseos carcome la corteza de nuestro templo.

Vivir a costa de la vida, interviniendo en todo lo que no opone resistencia. La edad trae consigo un falso temor, imponerse o perder. Qué pena padecer la inseguridad que invita a asegurar que el otro se someta.

Un duelo, una honda herida que se abre mientras los ojos lloran de agonía para sanar un alma que vive en medio de la tensión del encuentro de las insaciables voluntades.

Más, más, más, no más, no más, no más. No hay palabra o mito que sirva para sosegar al miedo que viene con la consciencia del acecho constante. Un canto, un graznido, un silbido son manifestaciones de presas nobles, que ignoran que puede ser la última emisión de alegría honesta. Tan frágil la vida y el entusiasmo desinteresado.

Los rascacielos del miedo se erigen para amenazar al sometido, para recordarle que nada puede ser de otra forma. El cielo no se ve por encima de esta bóveda de poder impuesto. La atmósfera se cierra para ahogar cualquier búsqueda de auxilio.

Y aunque muero a cada momento y se marchita mi piel y mi inocencia, amo cada destello de emoción y afecto. Un encuentro humano es un regalo y un respiro, un viaje de descanso hacia dentro, un instante en el refugio del espacio sagrado de nuestra primoridialidad. La mirada que confía regenera. Amar y vivir, vivir para amar, es una manera invaluable de hacer llevadera la perpetua amenaza de nuestra frágil insignificancia.

Nardo.

Somos hojarasca

Frágil hojarasca en busca del incendio.

Gritos de horror al crujir bajo los pies del monstruo de nuestros insaciables deseos.

La primavera se cansó de ser ignorada, se esfumó y nos dejó con la raíz rota.

Nos secó el desarraigo de la interminable conquista aislada.

Se muere el pájaro y no tenemos heraldo de vida, se acaba el último rezago de ternura.

Respiramos el humo de nuestra naturaleza muerta.

Nardo.

Virtud ecológica

La virtud puede entenderse como la disposición habitual para hacer el bien. El término ecología etimológicamente significa: los tratados de la casa. Es una rama de la biología que estudia las relaciones entre los seres vivos y su entorno. Hablo de virtud ecológica para poder definir aquel hábito deseable que nos permite encontrar una relación positiva entre los seres vivos y nuestro entorno.

Es cierto que elegimos gobernantes y alcaldes para que se encarguen de velar por el cumplimiento de las normas que regulan los asuntos ambientales, entre otros, y que es deber de las autoridades políticas promover una cultura ambiental responsable. Si bien  el legislador, como se entiende en la visión grecolatina antigua, es quien debe crear leyes para hacer virtuosos a los ciudadanos, podemos y debemos tomar acción voluntaria cuando éste no es efectivo ni virtuoso.

Estos días los habitantes de Ciudad de México estamos padeciendo una situación de contaminación atmosférica amenazante y seria. Se han reportado incendios desde la semana pasada no sólo en la ciudad, sino en todo el país. Se han incumplido las normas en muchos aspectos y las autoridades no han sabido controlar la situación a través de un monitoreo y vigilancia efectivos de los lugares en los que se suele quemar terrenos y basura o en los que suceden accidentes.

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Fotografía de CDMX desde mi ventana

A esto se suma la usual contaminación, no por ello menos importante, de las emisiones de los móviles motorizados. Seguimos utilizando plástico y desechables de manera insensible e inconsciente. Nuestros hábitos de consumo no son virtuosos ecológicamente, no hay entendimiento claro de cuáles pueden ser las consecuencias y la relación con el medio ambiente, nuestra casa, está muy deteriorada y no es racional. No habrá nunca acción gubernamental que baste si no dejamos de comportarnos tan caprichosa y frenéticamente, si seguimos siendo la fuente del problema.

Sí es tanto un derecho como una obligación de los ciudadanos exigir y velar por el cumplimiento de las normas y por la intervención pronta y adecuada de las autoridades responsables, quienes tendrían que tener una estrategia ambiental pertinente. Dado que no es así en nuestro caso, no sobra y sí falta que tengamos la capacidad de reconocernos como agentes de cambio y como responsables de lo que sucede. No es culpa del gobierno que tengamos un hábito de consumo vicioso (contrario a lo virtuoso), que estemos acostumbrados a comprar cosas que no necesitamos, que no sabemos establecernos límites sanos de gasto de plástico y materiales nocivos para el planeta y por ende para nosotros. No es justo ni correcto exigir al otro lo que no nos exigimos a nosotros. Para tener gobiernos virtuosos, hay que ser ciudadanos virtuosos.

Nardo.

Ven y mira

“(…) Si lo que la situación permite es la crueldad, tanto mejor. Sin escrúpulos y con toda intensidad aprovechan este permiso, y hacen un uso tan amplio de él, que no puede dudarse que la mayoría de los hombres sólo esperan que una vez dejen paso libre las circunstancias a su crueldad y grosería y les permitan ser brutales de todo corazón.”

Diálogo de Adela Schopenhauer en el libro Carlota en Weimar de Thomas Mann.

Ayer fui a la Cineteca a ver una película de la 66º Muestra Internacional de Cine. Desde que empieza rompe con cualquier pensamiento interno que te distraiga de la pantalla a través de la actuación de los primeros personajes que aparecen, pues no es evidente la razón de su estridencia.

La historia se sitúa en el medio rural de Bielorrusia en el año 1943. Los Nazis han ocupado el territorio y los habitantes de la región están aterrorizados. El ejército bielorruso está reclutando a todo hombre en edad de ir a luchar. Floria, el protagonista es apenas un adolescente y su ingenuidad le hace percibir con emoción la idea de sumarse a las fuerzas armadas. Conoce a la joven Glasha en el refugio donde se preparan para salir a la batalla y juntos viven la primera parte de las experiencias traumáticas y ensordecedoras. A través de recursos de sonido, efectos especiales y movimientos de cámara, el director logra introducir al espectador a la angustia, el desasosiego, la despersonalización y la desorientación que viven los protagonistas. Floria y Glasha viven en un vaivén de experiencias traumáticas y una alegría sutil y noble de estar juntos en medio del bosque.

La amenaza es constante y el miedo aumenta. Floria vive de manera abrupta un golpe de realidad que le pulveriza los nervios y le aniquila el espíritu. El dolor percibido en su mirada me empezó a provocar dolor abdominal y en la espalda. La angustia y la tristeza se trasladaron a mi cuerpo, a cada parte de él, mientras intentaba encontrar una posición adecuada para contrarrestar los dolores físicos que la película me estaba provocando.

Una vez sobrepuesto de los primeros traumas bajo el cuidado de Glasha, Floria sale a buscar comida para los sobrevivientes de los ataques. En su camino le suceden otra serie de calamidades, pero se ve más fuerte, más determinado a resistir y no permitir que sus compatriotas mueran de hambre.

Por razones que sólo el guionista conoce, Floria es rescatado por un anciano para refugiarlo de las tropas Nazis en una aldea lejana a la suya, donde había intentado robar alimento. Los Nazis introducen a los habitantes, adultos y niños, a una iglesia de madera y Floria logra escapar. El dirigente de la tropa ordena que sean quemados. A través de las ventanas, los soldados arrojan granadas y gasolina, mientras reproducen música a todo volumen en un auto con megáfono para no escuchar los gritos de los que están siendo abrasados por las llamas. No sólo no ven a las víctimas porque están atrapados, sino que no desean escucharlos. Algunos toman vodka mientras ven el edificio arder, otros ríen y al final aplauden. Como ésta, se quemaron alrededor de 600 aldeas en todo Bielorrusia.

Es sin duda, la película más cruel y dura que he visto sobre los crímenes del régimen Nazi a lo largo de todo el continente europeo. Mis lágrimas se desbordaron durante el final, el dolor en mi cuerpo era general y mi espíritu se encontraba amargo y muy lastimado. Decidí escribir este artículo para no dejar que el tiempo borre estos hechos de la memoria de la humanidad, para que nunca olvidemos los alcances del odio y del poder en manos equivocadas. Invito a quien me lea a no normalizar la violencia, a no acostumbrarnos al maltrato, a no probar nuestros límites, a ser autocríticos y a no fanatizarnos alrededor de ninguna idea, a ver el rostro humano en cada individuo. Finalmente les dejo uno de mis lemas de vida, que me permite restaurarme y reincorporarme a mi propósito:

“To love. To be loved. To never forget your own insignificance. To never get used to the unspeakable violence and the vulgar disparity of life around you. To seek joy in the saddest places. To pursue beauty to its lair. To never simplify what is complicated or complicate what is simple. To respect strength, never power. Above all, to watch. To try and understand. To never look away. And never, never, to forget.”

– Arundhati Roy, The Cost of Living

Nardo.

Ven y Mira es una película dirigida por Elem Klímov del año 1985 producida en la Unión Soviética, restaurada en 2017. Música de Mozart. Para ver los horarios:

https://www.cinetecanacional.net/micrositios/muestra66/detalle_pelicula.php?clave_pelicula=16402

Sobre los océanos de plástico

Hace unos meses leí en un periódico que una universidad europea realizó un estudio en el que encontraron microplásticos en las heces fecales de los humanos examinados. Curioso, ya no sólo respiramos un aire altamente contaminado sino que defecamos plástico. ¿Qué estamos haciendo con nuestro planeta y hacia dónde queremos llegar nosotros con esto?

Ayer me invitaron a una plática sobre el plástico en el Océano. La ponente que trabaja en la fundación Plastic Oceans nos dio datos duros sobre la situación de emergencia en la que nos encontramos. En las últimas décadas se ha producido más plástico que en todo el siglo anterior. Mi mente se transportó al supermercado, a los consumidores que utilizan una bolsa para meter un solo aguacate o dos tomates, pensé en todos los recipientes de plástico que se usan para llevar la comida a domicilio, en el que se desecha en cada vuelo internacional. En fin, la conclusión en mi mente tras esta serie de imágenes devastadoras y decepcionantes, fue que la búsqueda de esa comodidad y eficiencia nos ha llevado a producir más de lo que es sano para nuestro ecosistema. Nos hemos educado mal, nos hemos acostumbrado a producir lo que nos va a matar.

El mecanismo de cómo llega el plástico al océano es el siguiente. Nosotros lo utilizamos una sola vez y lo desechamos sin importarnos a dónde se va. Eso se lo lleva el camión de la basura y no lo volvemos a ver nunca (aparentemente). Lo que no se pepena, reutiliza o recicla, se va en grandes cargamentos a las islas de basura que se encuentran en los océanos. Hay islas de basura que pueden llegar a ser del tamaño de países enteros. El plástico en el mar se va desintegrando debido a los rayos ultravioleta del sol y la sal, creándose partículas microscópicas que se comen los peces. En resumen, nosotros comemos peces carajo, y también comemos plástico ahora. Somos la única especie que no contribuye naturalmente a preservar su ecosistema, a diferencia de las plantas, fauna y otros que cumplen su función sin provocarse su autodestrucción.

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Stop! Foto de Nardo, Técnica: Plástico recolectado en la playa sobre lienzo de arena natural en Mermejita, Oaxaca.

Sin embargo, seguimos usando popotes, vasos y platos de plástico desechable, buscando la comodidad en pedir comida a domicilio y comprando botellas de plástico de 250 o 500 ml que nunca desaparecerán de nuestro planeta y que nos vamos a terminar por tragar en peces contaminados. ¿Y a quién le importa esto? A las empresas que producen plástico no y a los individuos que ocupan los sitios de poder tampoco. ¿A quién debe importarle? A nosotros en lo cotidiano. ¿Qué podemos hacer? Hablar un lenguaje diferente en nuestras acciones diarias. Con amabilidad, informar sobre esto y generar conciencia. Si tienen hijos, enseñarles a amar su planeta, a pensar en los animales, las plantas y a amarse a sí mismos. El error más grande que cometimos fue pensar que al tirar el plástico en la basura, nunca lo volveríamos a ver. Ahora el plástico está adentro de nosotros, mutándonos y matándonos lentamente. Ya tenemos un planeta enfermo y ya estamos enfermos. ¿Qué hacer? Entrar en tratamiento colectivo, hacer lo que se pueda hacer a partir de ahora, estemos mal o de la chingada. ¿Qué necesitamos para ello? Que cambiemos estructuralmente, que a nuestros niños les enseñemos lo que no nos enseñaron bien a nosotros, que nos detengamos, que no consumamos lo que no necesitamos, que sepamos medir bien el impacto de nuestros actos y que exijamos una agenda sustentable y ecológica a nuestros gobiernos locales y poco a poco escale a los gobiernos nacionales. Esto debe contagiarse si queremos sobrevivir.

No dejemos que el cinismo nos convierta en seres indiferentes y apáticos, no dejemos que esta situación nos haga doblarnos de rodillas. Yo amo este planeta y amo la naturaleza y las plantas y los animales, el mar y el bosque. Yo quiero ser un agente de cambio y quiero compartir esto. Quiero que nos curemos y curemos este planeta con nuestros buenos hábitos, con la capacidad que tenemos de ser virtuosos. No hay corrección que no cueste, mejorar siempre representa un reto, pero creo que vale la pena. Les ruego que cooperemos y seamos amables.

Nardo

Yoga, psicoanálisis y meditación

Llevo días pensando en escribir sobre los procesos por los que puede pasar un individuo que tiene algún tipo de desajuste mental y espiritual dentro de sí. Me considero una persona reflexiva e introspectiva. Desde pequeño he tendido a analizar y pensar el mundo que me rodea de manera profunda. Nunca me he negado ningún pensamiento.

Sin darme cuenta llegué a un exceso de racionalidad. Quizá fue mi formación educativa, el contexto de mi cultura occidental o una mezcla de las dos. Esa racionalidad se componía de una rigidez y una crítica rigurosa hacia mis acciones y hacia las de los demás. He de reconocer que en muchas ocasiones he sido muy duro tanto conmigo como con los otros, careciendo de amabilidad en el trato.

Lo anterior paulatinamente generó una personalidad exigente. Los resultados fueron evidentes en mi edad adulta. Las contradicciones internas se convirtieron en motivos de lucha y los errores una razón para el castigo. Vivir fue tornándose una experiencia ardua y tormentosa, que se volvió evidente en malestares en el cuerpo, desequilibrios en la mente e inquietudes en el espíritu.

Fue la intuición lo que me permitió tomar decisiones. Sin estar muy seguro, asistí al psiquiatra, quien me diagnosticó un trastorno de ansiedad tipo pánico. El neurólogo me dijo que las cefaleas tensionales eran una derivación de la ansiedad, y el dermatólogo identificó que la dermatitis era nerviosa, derivada de todo lo anterior.

Mientras seguía las indicaciones de los médicos y tomaba los tratamientos respectivos, surgió en mí una nueva inquietud. No podía concebir que la solución a todo ello consistiera en una serie de tratamientos sin término, que en lo consecutivo mi vida estuviese condicionada a tomar medicamentos. Lo hablé con mi psicoanalista, le conté cada uno de mis avances, cambios, altos y bajos. Continué obedeciendo a mi intuición.

Un día, una amiga me invitó a una clase de prueba de Yoga. En la clase me enfrenté a verdaderos retos de estiramiento y dificultades para llevar a cabo ciertas posturas. Yo puse mi mente a trabajar para concentrarse y coordinar los brazos, los pies, la espalda, la cabeza; todo menos la respiración. Logré la postura del “guerrero” con éxito y la profesora pasó junto a mí y me dijo: “respira”. Me percaté que tenía el aliento contenido y que estaba tenso. De nuevo, la tensión y la búsqueda de la perfección estaban por encima de la vitalidad. En el siguiente ejercicio, hicimos un “perro boca abajo” y levantamos una pierna. Mientras intentaba levantar la pierna lo más posible, la profesora dijo: “a donde lleguen, está bien. Sean amables con su cuerpo”. Me di cuenta que la exigencia a veces no es amable, que en la determinación  de alcanzar nuestras metas podemos perder el buen trato a nosotros mismos, descuidamos nuestro bienestar.

Al final de la clase, nos acostamos y descansamos. Yo podía percibir a mis compañeros de clase junto a mí, rendidos, exhaustos y relajados. Algo dentro de mí pensó en la división del mundo entre Oriente y Occidente, en el divorcio entre la vida activa y la vida contemplativa y en la necesidad de que nuestra civilización aprenda también de lo que otras pueden enseñarnos. Reflexioné sobre la ruptura espiritual de los que hemos crecido de este lado del mundo y también pensé que me parecía maravilloso que exista esta práctica. Me inscribí a más clases y poco a poco noté los cambios, una mejor  respiración y trato hacia mí mismo.

En diciembre del año pasado, por recomendación de un profesor de mi universidad, leí un libro llamado La biografía del silencio de Pablo D’Ors, quien habla de su experiencia en la meditación. Él es un sacerdote católico y escritor, que encontró una manera de sanar en esta práctica. Habla de “las sentadas” como esa actividad que fue difícil de llevar a cabo cuando recién comenzó a hacerlo, pero que fue poco a poco volviéndose más placentera y dando frutos. A medida que lo leía, me dedicaba también a meditar. Su relato me iba acompañando y guiándome. Concluí que me encanta tener maestros pues me considero aún en formación. El dolor me enseñó a ser humilde y darme cuenta que no me basto. De Pablo D’Ors aprendí que el mundo interior puede estar lleno de vida, donde podemos refugiarnos y acudir a sanar.

Todo lo anterior lo platiqué en las sesiones con mi psicoanalista, lo asimilé y me apropié de todo ello, de mi dolor y de mi curación. Me propuse ser más amable conmigo mismo, valorar mis esfuerzos y aceptar mis errores. Fue una sorpresa darme cuenta que por muchos años no fui cordial conmigo y fue una alegría muy dulce empezar a ejercerlo.

Todo mi proceso también lo compartí con mis seres queridos, quienes siempre me escucharon y apoyaron. En una conversación con un amigo, le platiqué que leí que Mircea Eliade se había dedicado por algún tiempo a estudiar la práctica de la Yoga. Con mucha emoción, le conté que él decía que practicarla permitía generar una unión de las constantes contradicciones que se presentan en el pensamiento racional y que esa unión daba lugar a una mejor experiencia de vida.

Finalmente, decidí escribir esto como un pequeño relato y compartirlo. Tuve la primera reconciliación de los demonios que habitan dentro de mí y se siente muy bien.

Nardo.