Bufón moreno

Pueblo: conjunto de personas que viven en una región o país determinado.

Empiezo con esta definición porque me parece importante reconocer que se trata de un término generoso, es decir, incluyente. Sin embargo, existen individuos miserables y ruines que privan a la palabra de su contenido abierto y universal al politizarla, con el propósito de lucirse y atraer los favores del poder. Por esa razón quiero traer a colación la figura del bufón. Éste se trata de un payaso que se exhibe a sí mismo como un agente aparentemente sabiondo pero sarcástico. Se mofa, haciendo uso de la ironía y de una supuesta agudeza de pensamiento, de tener la capacidad de desacreditar a quienes difieren de su manera de pensar. Su carácter cómico y su apego a la ideología en el poder lo vuelve seductor de multitudes acríticas, por lo que acaba complaciéndolas. Así, ese bufón se supone a sí mismo ganador y por lo tanto superior y dueño, aparentemente, de la verdad.

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Buffon, William Merritt Chase

En México existe un tipo de bufón al que yo añadiría el calificativo de moreno. El bufón moreno es este personaje de la vida pública que se siente capacitado por el consenso de las mayorías para desacreditar con la burla y su supuesta agudeza a quienes disienten o difieren de la opinión de los que están en el poder. Asume una superioridad moral e intelectual para imponer sentencias condenatorias e inventar enemigos. Este bufón es también un populista que se erige a sí mismo como defensor del pueblo, pero en realidad lo desprecia. Lo desprecia porque lo piensa siempre ajeno y distinto a él, porque lo suplanta hablando por él y lo considera una masa informe sin capacidad de expresión propia, porque le atribuye inferioridad pretendiendo reivindicarlo. Divide a la sociedad entre los que son privilegiados, como extranjeros y blancos, y aquellos que forman parte del pueblo marginado y moreno, aunque en realidad ambos grupos forman parte del mismo cuerpo social como se define al principio. Y puesto que defiende a un presidente que es del partido moreno, considera que a éste no se le puede criticar si el disidente es blanco.

A este paso lo que podemos lograr es que los bufones morenos se multipliquen y se sientan cada vez más autorizados a dictar cómo se debe actuar y pensar, como lo hacían los comisarios del pueblo en los regímenes comunistas en Europa Central y del Este, generando así mayor discordia, ejercicio del poder absoluto, imposición de un pensamiento y censura de la libertad de expresión.

Nardo.

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Propaganda

Estos los últimos meses hemos podido presenciar en México un cambio de gobierno que trajo consigo la promesa de una transformación, para dejar atrás todos los vicios públicos del pasado. Se presentó como la esperanza del pueblo.

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El hombre controlador del universo, mural de Diego Rivera dentro del Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México, México. 

Para alimentar y nutrir esa esperanza hemos visto que se ha desplegado un programa de propaganda política, social y económica. Éste se ha caracterizado por dividir a la opinión entre quienes son amigos y enemigos de la nación, a través de una descripción y categorización de conductas en correctas e incorrectas. Por otro lado, éste busca convencer a la población de que es necesario no comportarse como el enemigo, culpable de todos los problemas que hoy padecemos. A través de la repetición obsesiva de unas cuantas expresiones genera un adoctrinamiento que condiciona las respuestas de la población, pues lo que se repite incansablemente acaba por convertirse en una verdad compartida. Por si fuera poco, se usa y abusa de las figuras históricas convirtiendo a personajes diametralmente distintos del siglo XIX y XX en partidarios forzados de la ideología del gobierno en el poder.

Hay experiencias históricas con las que vivieron por tantos años países en Europa Central y del Este, en Latinoamérica y en Asia, en los que tales prácticas sólo llevaron a coartar la libertad de los individuos, provocar desastres económicos y largos años de sufrimiento para poder corregir los errores a los que éstas les condujeron.

Nardo.

Sobre los océanos de plástico

Hace unos meses leí en un periódico que una universidad europea realizó un estudio en el que encontraron microplásticos en las heces fecales de los humanos examinados. Curioso, ya no sólo respiramos un aire altamente contaminado sino que defecamos plástico. ¿Qué estamos haciendo con nuestro planeta y hacia dónde queremos llegar nosotros con esto?

Ayer me invitaron a una plática sobre el plástico en el Océano. La ponente que trabaja en la fundación Plastic Oceans nos dio datos duros sobre la situación de emergencia en la que nos encontramos. En las últimas décadas se ha producido más plástico que en todo el siglo anterior. Mi mente se transportó al supermercado, a los consumidores que utilizan una bolsa para meter un solo aguacate o dos tomates, pensé en todos los recipientes de plástico que se usan para llevar la comida a domicilio, en el que se desecha en cada vuelo internacional. En fin, la conclusión en mi mente tras esta serie de imágenes devastadoras y decepcionantes, fue que la búsqueda de esa comodidad y eficiencia nos ha llevado a producir más de lo que es sano para nuestro ecosistema. Nos hemos educado mal, nos hemos acostumbrado a producir lo que nos va a matar.

El mecanismo de cómo llega el plástico al océano es el siguiente. Nosotros lo utilizamos una sola vez y lo desechamos sin importarnos a dónde se va. Eso se lo lleva el camión de la basura y no lo volvemos a ver nunca (aparentemente). Lo que no se pepena, reutiliza o recicla, se va en grandes cargamentos a las islas de basura que se encuentran en los océanos. Hay islas de basura que pueden llegar a ser del tamaño de países enteros. El plástico en el mar se va desintegrando debido a los rayos ultravioleta del sol y la sal, creándose partículas microscópicas que se comen los peces. En resumen, nosotros comemos peces carajo, y también comemos plástico ahora. Somos la única especie que no contribuye naturalmente a preservar su ecosistema, a diferencia de las plantas, fauna y otros que cumplen su función sin provocarse su autodestrucción.

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Stop! Foto de Nardo, Técnica: Plástico recolectado en la playa sobre lienzo de arena natural en Mermejita, Oaxaca.

Sin embargo, seguimos usando popotes, vasos y platos de plástico desechable, buscando la comodidad en pedir comida a domicilio y comprando botellas de plástico de 250 o 500 ml que nunca desaparecerán de nuestro planeta y que nos vamos a terminar por tragar en peces contaminados. ¿Y a quién le importa esto? A las empresas que producen plástico no y a los individuos que ocupan los sitios de poder tampoco. ¿A quién debe importarle? A nosotros en lo cotidiano. ¿Qué podemos hacer? Hablar un lenguaje diferente en nuestras acciones diarias. Con amabilidad, informar sobre esto y generar conciencia. Si tienen hijos, enseñarles a amar su planeta, a pensar en los animales, las plantas y a amarse a sí mismos. El error más grande que cometimos fue pensar que al tirar el plástico en la basura, nunca lo volveríamos a ver. Ahora el plástico está adentro de nosotros, mutándonos y matándonos lentamente. Ya tenemos un planeta enfermo y ya estamos enfermos. ¿Qué hacer? Entrar en tratamiento colectivo, hacer lo que se pueda hacer a partir de ahora, estemos mal o de la chingada. ¿Qué necesitamos para ello? Que cambiemos estructuralmente, que a nuestros niños les enseñemos lo que no nos enseñaron bien a nosotros, que nos detengamos, que no consumamos lo que no necesitamos, que sepamos medir bien el impacto de nuestros actos y que exijamos una agenda sustentable y ecológica a nuestros gobiernos locales y poco a poco escale a los gobiernos nacionales. Esto debe contagiarse si queremos sobrevivir.

No dejemos que el cinismo nos convierta en seres indiferentes y apáticos, no dejemos que esta situación nos haga doblarnos de rodillas. Yo amo este planeta y amo la naturaleza y las plantas y los animales, el mar y el bosque. Yo quiero ser un agente de cambio y quiero compartir esto. Quiero que nos curemos y curemos este planeta con nuestros buenos hábitos, con la capacidad que tenemos de ser virtuosos. No hay corrección que no cueste, mejorar siempre representa un reto, pero creo que vale la pena. Les ruego que cooperemos y seamos amables.

Nardo

El Prinsidente

Power corrupts; absolute power corrupts absolutely.

Lord Acton

Por el bien del pueblo han buscado el poder muchos personajes políticos a lo largo de la historia. En estos días podemos observar con frecuencia el surgimiento de líderes que seducen para obtener el apoyo popular.

En El Príncipe, de Maquiavelo, tan citado y poco leído, se hace alusión a los principados civiles, hoy nuestras repúblicas. A la cabeza de éstos se llega gracias a cualquiera de estos dos medios: con el favor de los grandes y poderosos, o con el del pueblo. De este último dice que es más fácil de preservar, pues sus únicos enemigos son los grandes y poderosos, a quienes puede modificar, perjudicar o aniquilar. Advierte que el que manda con el favor del pueblo debe mantenerse como su amigo, lo cual considera fácil ya que lo único que éste quiere es no ser oprimido.

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Saturno devorando a su hijo, Goya

Si hablamos de un régimen presidencial, llamaría a la cabeza de éste un prinsidente. El presidencialismo existe cuando el ejecutivo es el privilegiado entre los tres poderes que dividen al sistema. Los Federalistas solían hablar de la importancia de la función de pesos y contrapesos entre ellos, para la salud de la colectividad o el bien común. Cuando  la seducción del prinsidente logra que su partido político reciba también los votos suficientes para tener mayorías en el poder legislativo y, por otro lado, sus facultades le permiten tener incidencia en la operación del poder judicial, hablamos de un control absoluto de los tres poderes.

En un sistema democrático de elecciones periódicas, si el prinsidente consigue que los votantes continúen apoyando a su partido, el absolutismo se acerca al establecimiento de una dictadura aparentemente democrática. ¿Cuáles son las posibles consecuencias de esto? Que desaparecen los pesos y contrapesos que permiten al pueblo defenderse en caso de que el prinsidente deje de actuar a su favor. Por esa razón, un prinsidente ambicioso y disfrazado de oveja puede tener como interés principal su permanencia en el poder y no el bienestar común. Así, el peligro de dejarse seducir ante el carisma de un populista puede devenir en la ruptura de la libertad y la corrupción absoluta de un régimen.

Nardo.

Yoga, psicoanálisis y meditación

Llevo días pensando en escribir sobre los procesos por los que puede pasar un individuo que tiene algún tipo de desajuste mental y espiritual dentro de sí. Me considero una persona reflexiva e introspectiva. Desde pequeño he tendido a analizar y pensar el mundo que me rodea de manera profunda. Nunca me he negado ningún pensamiento.

Sin darme cuenta llegué a un exceso de racionalidad. Quizá fue mi formación educativa, el contexto de mi cultura occidental o una mezcla de las dos. Esa racionalidad se componía de una rigidez y una crítica rigurosa hacia mis acciones y hacia las de los demás. He de reconocer que en muchas ocasiones he sido muy duro tanto conmigo como con los otros, careciendo de amabilidad en el trato.

Lo anterior paulatinamente generó una personalidad exigente. Los resultados fueron evidentes en mi edad adulta. Las contradicciones internas se convirtieron en motivos de lucha y los errores una razón para el castigo. Vivir fue tornándose una experiencia ardua y tormentosa, que se volvió evidente en malestares en el cuerpo, desequilibrios en la mente e inquietudes en el espíritu.

Fue la intuición lo que me permitió tomar decisiones. Sin estar muy seguro, asistí al psiquiatra, quien me diagnosticó un trastorno de ansiedad tipo pánico. El neurólogo me dijo que las cefaleas tensionales eran una derivación de la ansiedad, y el dermatólogo identificó que la dermatitis era nerviosa, derivada de todo lo anterior.

Mientras seguía las indicaciones de los médicos y tomaba los tratamientos respectivos, surgió en mí una nueva inquietud. No podía concebir que la solución a todo ello consistiera en una serie de tratamientos sin término, que en lo consecutivo mi vida estuviese condicionada a tomar medicamentos. Lo hablé con mi psicoanalista, le conté cada uno de mis avances, cambios, altos y bajos. Continué obedeciendo a mi intuición.

Un día, una amiga me invitó a una clase de prueba de Yoga. En la clase me enfrenté a verdaderos retos de estiramiento y dificultades para llevar a cabo ciertas posturas. Yo puse mi mente a trabajar para concentrarse y coordinar los brazos, los pies, la espalda, la cabeza; todo menos la respiración. Logré la postura del “guerrero” con éxito y la profesora pasó junto a mí y me dijo: “respira”. Me percaté que tenía el aliento contenido y que estaba tenso. De nuevo, la tensión y la búsqueda de la perfección estaban por encima de la vitalidad. En el siguiente ejercicio, hicimos un “perro boca abajo” y levantamos una pierna. Mientras intentaba levantar la pierna lo más posible, la profesora dijo: “a donde lleguen, está bien. Sean amables con su cuerpo”. Me di cuenta que la exigencia a veces no es amable, que en la determinación  de alcanzar nuestras metas podemos perder el buen trato a nosotros mismos, descuidamos nuestro bienestar.

Al final de la clase, nos acostamos y descansamos. Yo podía percibir a mis compañeros de clase junto a mí, rendidos, exhaustos y relajados. Algo dentro de mí pensó en la división del mundo entre Oriente y Occidente, en el divorcio entre la vida activa y la vida contemplativa y en la necesidad de que nuestra civilización aprenda también de lo que otras pueden enseñarnos. Reflexioné sobre la ruptura espiritual de los que hemos crecido de este lado del mundo y también pensé que me parecía maravilloso que exista esta práctica. Me inscribí a más clases y poco a poco noté los cambios, una mejor  respiración y trato hacia mí mismo.

En diciembre del año pasado, por recomendación de un profesor de mi universidad, leí un libro llamado La biografía del silencio de Pablo D’Ors, quien habla de su experiencia en la meditación. Él es un sacerdote católico y escritor, que encontró una manera de sanar en esta práctica. Habla de “las sentadas” como esa actividad que fue difícil de llevar a cabo cuando recién comenzó a hacerlo, pero que fue poco a poco volviéndose más placentera y dando frutos. A medida que lo leía, me dedicaba también a meditar. Su relato me iba acompañando y guiándome. Concluí que me encanta tener maestros pues me considero aún en formación. El dolor me enseñó a ser humilde y darme cuenta que no me basto. De Pablo D’Ors aprendí que el mundo interior puede estar lleno de vida, donde podemos refugiarnos y acudir a sanar.

Todo lo anterior lo platiqué en las sesiones con mi psicoanalista, lo asimilé y me apropié de todo ello, de mi dolor y de mi curación. Me propuse ser más amable conmigo mismo, valorar mis esfuerzos y aceptar mis errores. Fue una sorpresa darme cuenta que por muchos años no fui cordial conmigo y fue una alegría muy dulce empezar a ejercerlo.

Todo mi proceso también lo compartí con mis seres queridos, quienes siempre me escucharon y apoyaron. En una conversación con un amigo, le platiqué que leí que Mircea Eliade se había dedicado por algún tiempo a estudiar la práctica de la Yoga. Con mucha emoción, le conté que él decía que practicarla permitía generar una unión de las constantes contradicciones que se presentan en el pensamiento racional y que esa unión daba lugar a una mejor experiencia de vida.

Finalmente, decidí escribir esto como un pequeño relato y compartirlo. Tuve la primera reconciliación de los demonios que habitan dentro de mí y se siente muy bien.

Nardo.

Gobiernos de amor e ilusión

Hannah Arendt escribe lo siguiente en La condición humana:

Debido a su inherente mundanidad, el amor únicamente se hace falso y pervertido cuando se emplea para finalidades políticas, tales como el cambio o salvación del mundo.

Esta oración quedó grabada en mi cabeza desde que la leí. Me hizo pensar dos cosas. La primera consiste en que el ejercicio de la política no es un acto de amor; la segunda, que hay algo repugnante en un ejercicio del poder que se llama a sí mismo amoroso.

Lo anterior me llevó a pensar en las ilusiones que siembran los líderes amorosos. Una ilusión es, entre muchas definiciones, eso que carece de realidad pero que es deseable que se cumpla. Los seres humanos tendemos a ilusionarnos, parece que es lo que a veces brinda sentido o “chiste” al realismo de nuestras experiencias cotidianas. Las ilusiones son parte de lo que imaginamos, pero pueden ser la motivación de nuestras acciones y es posible que nos acerquen a lugares increíbles. Sin embargo, las ilusiones también pueden nublarnos y quitarnos la capacidad de ver los hechos, ver gigantes donde hay molinos y quizá llevarnos a resultados desastrosos.

Es cierto que en lo privado, podemos someternos a una revolución de nuestros significados, transformar nuestros símbolos, pensar que una luna creciente es el ojo cerrado del cielo o que el cambio climático es un mito. El problema es cuando las ilusiones se imponen en el espacio público, donde habitamos todos bajo reglas comunes, donde hay un mínimo de acuerdo sobre lo que se considera real y existente.

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Leszek Kolakowski escribe, entre muchas cosas, de la presencia del mito. Él entiende el mito como aquella narrativa que nos permite tener valoraciones con las que podamos calificar nuestras acciones, es decir, nos enseñan aquello que los valores representan a través de figuras o símbolos que no están condicionados como nosotros por el tiempo o el espacio, que no dependen de la comprobación empírica. El paradigma de nuestro tiempo ha excluido el mito del espacio público, volviendo un tema de la vida privada el ejercicio de la verdad. Entonces el espacio público se convirtió en este lugar carente de significados míticos, pero al mismo tiempo, dependiente de la construcción humana de valores, de tradiciones seculares, probablemente de la necesidad de conservar.

Kolakowski dice que cuando tratamos de emanciparnos de manera radical de ciertas herencias o tradiciones, podemos caer en la tiranía de otra ilusión. Me pareció muy fuerte pensar que una ilusión pudiese ser tiránica. Eso me llevó a pensar en la posibilidad de que un gobierno pudiese convertirse en la tiranía de la esperanza. 

Es muy entendible que, ante realidades muy opresivas e injustas, exista el deseo de buscar un cambio, de erradicar los problemas que provocan el malestar social y de probar las alternativas nunca antes probadas. Creo que el error que se puede cometer en escenarios como éste, es probar la opción del mesiánico, del vendedor de ilusiones, de la promesa transformadora. Creo que las reformas tienen la capacidad de permitirnos usar criterios comunes para evaluar nuevas formas, nuevos comportamientos. Pienso que hay un verdadero problema cuando se busca transformar todo lo conocido, porque caemos en el terreno de la atomización, de la ausencia de significados comunes.

Nardo.