Mis deseos son órdenes

“Comprendí que los mayores males en este mundo no son causados por lo perverso y lo brutal, sino casi siempre por la debilidad.”

La impaciencia del corazón, Stefan Zweig

 

Cada vez me resulta más complicado argumentar un deber, sostener que a veces hay que hacer algo que no se desea. La idea de sobreponerse a uno mismo resulta un tanto absurda cuando no hay nada por encima de uno mismo. ¿Por qué hacer algo que no quiero hacer? O bien, ¿por qué no hacer algo que quiero? ¿Por qué no hacer todo lo que quiero? La satisfacción de todos nuestros deseos se vuelve el fin lógico de nuestra vida. Un fin que jamás podrá ser alcanzado pues nuestra capacidad para satisfacer nuestros deseos es altamente limitada mientras que nuestra capacidad para generarlos no. El cumplimiento de un deseo es, al final, una felicidad pasajera y ficticia.

Naturalmente parece que existe una tendencia a elegir el placer sobre el dolor, buscamos lo que es bueno para nosotros y evitamos lo malo.  Pero esta idea también puede llevarnos equivocadamente a no saber enfrentarnos al sufrimiento, ni por un fin mayor. Esta incapacidad de afrontar el dolor empequeñece nuestra vida, nos deja solo con los placeres próximos, fáciles de alcanzar. Nada entonces realmente vale la pena, nada tiene más valor que mi propio yo, nada merece mi esfuerzo. Esperar, privarse de algo, renunciar a algo, se ha vuelto un sinsentido.

Una vez le dije a un amigo que había veces que no me apetecía hacer algo pero que de todos modos lo hacía porque sentía que debía hacerlo. Y me dijo que realmente no lo hacía por deber pues claramente no lo era. Sino que quería hacerlo, pero que era un querer más grande que las simples ganas de hacerlo. Un querer cimentado en un anhelo más profundo, no como un deseo sino como una determinación tan fuerte que es capaz de dirigir la voluntad.

Si esto es así, actuar siempre conforme a nuestros deseos puede resultar contraproducente. El siempre hacer lo que queremos debilita nuestra voluntad, nos quita libertad. Porque cuando queramos algo que implique un esfuerzo o un sufrimiento, no seremos capaces de afrontarlo. Cuando tengamos que privarnos de algo no sabremos decir que no. Al final, el hacer siempre lo que queremos nos esclaviza a no poder hacer nada más allá de nosotros mismos. Terminamos por convertirnos en solo una búsqueda de deseos superficiales porque no podemos hacer ya de otra manera.

Con la inconstancia de nuestros sentimientos, la fragilidad de nuestros corazones y deseos, me parece peligroso el no poder ser dueños de nosotros mismos. No se trata de convertir la vida en una obligación pero sí de saber dominarse a uno mismo, ordenando nuestros deseos antes de que ellos nos ordenen a nosotros. Sostenernos en anhelos más sólidos y profundos que simples deseos pasajeros, razonando con el corazón. Teniendo una voluntad fuerte, actuando por un querer que esté por encima de nuestras inconsistencias y debilidades, seremos más libres y, quizá, un poquito más felices.

 

querer

Del lat. quaerĕre ‘buscar’, ‘pedir’.

  1. tr. Desear o apetecer.
  2. tr. Amar, tener cariño, voluntad o inclinación a alguien o algo.
  3. tr. Tener voluntad o determinación de ejecutar algo.
Anuncios

Alas y raíces

Los seres humanos realmente somos unas criaturas bastante particulares. Si uno se fija con atención podrá encontrar más de una cosa curiosa. A mí me resulta interesante esa semi curva que forman nuestros labios que tiene, al menos, catorce significados distintos. Esa que hacemos cuando algo nos resulta gracioso, pero no del todo. O que le dirigimos a alguien que nos parece especialmente simpático o atractivo. O hasta a alguien que nos provoca un poco de pena. El proceso no es el mismo pero el resultado es similar.

Otra de sus características que, a mi parecer, destaca en comparación con cualquier otra especie es que no termina por definirse en su dinámica vital. A algunas especies la naturaleza les dicta muy claramente cuando ha llegado la hora de migrar. Otras tienen también perfectamente identificado que han de establecerse, que pase lo que pase no han de separarse de su comunidad o no sobrevivirán. Unos vuelan, otros nadan, unos viven en solitario, otros tienen una pareja de por vida, otros andan siempre en grupo.

Pero el ser humano no parece tener muy claro lo que le corresponde hacer, o el momento de hacerlo. Esto, porque a diferencia de la mayoría de las especies, es un ser ambivalente. Por un lado, tiene una tendencia muy fuerte a establecerse, a echar raíces. Y por otro, su capacidad para moverse y volar de un sitio a otro es también muy definitoria. Aunque parezca en principio contradictorio, ambas características se entienden desde un proceso de adaptación. Podemos ir de un sitio a otro porque nos adaptamos, por eso mismo nos quedamos.

En esta ambivalencia se nos va la vida. En el no saber si irse o quedarse, sabiendo que si te vas, renunciarás a quedarte y si te quedas, tanto te perderás. Cuando nos vamos, queremos a veces volver. Pero muchas veces tampoco sabemos cómo permanecer. Volar parece fácil pero soltar siempre cuesta. Decidimos, entonces, no elegir y quedarnos solo con las posibilidades. Al final ese tampoco es un gran lugar para vivir, simplemente porque  no es real.

El arte de vivir parece entonces consistir en saber cuándo es tiempo de volar y dónde, en qué lugar o persona, echar raíces. Podemos andar constantemente pero estamos hechos para volver o para, de alguna manera, hacer nuestro lo ajeno. Somos para pertenecer. Hay que aprender a irse pero, aún más, a saber quedarse, a estar donde se está. Decidir y apostar. Que los sueños sean altos y las raíces sólidas.

red yellow and blue kite on the sky
Photo by Tookapic on Pexels.com

 

 

 

 

 

 

 

 

Comenzar de nuevo

No sé usted, querido amigo, pero a mí a veces la vida me parece demasiado abrumadora. Bueno, pero no crea que estoy culpando a la vida. La vida solo es. La que se abruma soy yo. Constantemente. Quizá sea por mis infinitas limitaciones, o mi incapacidad para vivirla. A lo mejor algo tiene que ver con los incontrolables pensamientos o los innumerables recuerdos. Pero es que es inevitable que me sobrepase, así, tan de repente. Sobre todo cuando mis planes y los suyos no coinciden del todo.

Sí, bueno, ¿y qué? Se estará preguntando usted por qué le cuento todo esto, y justo ahora, por estas fechas. Probablemente piense que proviene de un sentimentalismo vacío muy característico de esta época particular, el fin de año. Y algo puede tener de cierto. Pero solo quería aprovechar la ocasión para parar un poco y contarle alguna cosa. El tiempo, casi siempre, puede ser utilizado como la excusa perfecta. (Como decir “no tengo tiempo”, “hace mal tiempo”, etcétera)

También entiendo que todo esto es consecuencia de mi fuerte convicción de que los ritos y símbolos importan, o que al menos los necesitamos más de lo que muchas veces estamos dispuestos a aceptar. Y en el ajetreo de estos últimos días del año siento que, al menos yo, me comporto de forma extraña. ¿A usted no le pasa? Como si estuviera muy cerca de la meta de una carrera a la cual nunca me inscribí.  Corriendo, tratando de llegar, pero ya agotada sin poder ver el camino detrás. Y ni pensar en lo que falta. Todo es demasiado.

Por eso, amigo, veo con un profundo interés nuestra costumbre de hacer un gran evento alrededor del fin de año, y una gran fiesta para recibir el Año Nuevo, y me lo tomo muy en serio. Porque claro, en términos estrictamente humanos no pasa absolutamente nada de las 23:59 a las 00:00 más que un minuto. Y sin embargo ese minuto lo llenamos de recuerdos, de esperanzas, de ilusiones, de abrazos, y a veces de uvas o de besos. Me parece un símbolo espectacular.

Este rito, como todos, proviene de una necesidad humana muy particular que, en lo personal, me llena de ternura. Y es que nuestra pequeñez nos exige olvidar, perdonar, cerrar ciclos, recomenzar. Necesitamos la posibilidad de empezar de nuevo.  Sin ella seríamos solo nuestro pasado, y no podríamos imaginar todo lo que puede ser porque nuestra cabeza estaría demasiado ocupada contemplando lo que fue. No habría espacio para la novedad con todo lo que llevamos encima.

¿Lo ve? Entonces aunque para muchos la fiesta de fin de año no signifique mucho y les parezca una tradición un poco inútil o un sinsentido, para mí, por ejemplo, tirar una agenda vieja y empezar una nueva es tener la oportunidad de parar  el mundo por un momento. Es detenerse y poder mirar hacia atrás. Es el momento de discriminar recuerdos y acomodar viejos sentimientos. Agradecer todo lo vivido y aprendido. Y después voltear hacia delante. Imaginar las infinitas posibilidades e ilusionarse. Soltar para poder soñar. Y luego, sin que nada haya cambiado realmente, continuar. Un poco más ligero y un poquito más feliz.

Y es por esto, amigo mío, que quiero desearle de todo corazón que se tome el tiempo que necesite, que cierre lo que tenga que cerrar, que abrace a quien tenga que abrazar y que comience de nuevo, con mucha ilusión, el año que viene (o todas las veces que tenga que hacerlo).

abstract art blur bokeh
Photo by freestocks.org on Pexels.com

 

 

 

Heridas compartidas

Todos estamos heridos. Nos caracteriza la vulnerabilidad y la facilidad de hacernos daño unos a otros. El mundo nos puede romper, y lo hace, de infinitas maneras posibles. No estamos hechos para permanecer. La vida nos ha lastimado e, intencional o inconscientemente, también nosotros hemos afectado a alguien. Al menos no siempre hemos podido evitarlo. Es altamente probable que cada persona que hoy veamos en la calle tenga el corazón un poco roto, que traiga consigo un par de malos recuerdos y cuatro o cinco miedos.

Esta vulnerabilidad nos iguala terriblemente. Nos acerca tanto a los otros que a veces preferimos protegernos y sin quererlo nos hacemos más daño. Y es que no podemos relacionarnos fuera de ella. Sólo podemos estar desde nuestros complejos, sólo sabemos querer desde nuestras heridas. Por eso es tan importante conocerlas, aceptarlas, aprender de ellas. Porque son, si se decide, una oportunidad de crecimiento, un camino para entender mejor al mundo, a uno mismo. De los errores, puede nacer el encuentro. De las caídas, la empatía, la compasión. Del dolor, el amor, el arte.

grayscale of woman in black flat sandals walking
Photo by Eneida Nieves on Pexels.com

Estas heridas que compartimos son también una responsabilidad. ¿Qué podemos hacer por los demás? ¿Qué nos corresponde? Podemos siempre buscar el bien del otro, a veces quizá sólo evitar algún daño. Somos limitados, no podemos salvar a nadie, ni siquiera a nosotros mismos, pero podemos no ser indiferentes. Si el mundo nos va a lastimar, si no nos es posible evitar las heridas, nuestras y de los demás, al menos podemos decidir qué bien queremos hacer con ellas.

Interpretándonos

El ser humano es un “intérprete obsesivo”. No nos queda de otra, es todo lo que podemos hacer si esperamos tener siquiera un mínimo de éxito en nuestras interacciones sociales. Vivimos interpretando el mundo, a los otros. ¿Qué significará esto? ¿Qué me estará queriendo decir? ¿Qué estará pensando? Pasamos la vida con estas preguntas para las cuales nunca jamás tendremos respuestas certeras. Pero al menos tenemos elementos que facilitan esta comprensión mutua. Acuerdos compartidos sobre lo que significa una cosa. Por ejemplo, sabemos que si alguien llora, probablemente esté triste. Nos valemos de palabras, gestos, acciones que nos ofrecen un poco de claridad y posibilitan cualquier relación humana.

man-in-the-mirror-suzanne-marie-leclair

Este ejercicio-obligatorio-de interpretación llena la vida de encanto pero también puede ser abrumador, si no tenemos suficiente cuidado. Para complicarlo un poco, vamos teniendo más y más medios de interacción social, y si ahora podemos comunicarnos sin siquiera mirarnos, ¿cómo sabremos leernos correctamente? Si no tenemos que actuar para acompañar nuestras palabras, les podemos quitar todo su significado. Cada vez es más fácil, y quizá preferimos, dejar más espacio a ser interpretados para asumir menos responsabilidad de lo que hacemos, o dejamos de hacer.

Por otro lado, hay una ruptura entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Encontramos tanta inconsistencia en el mundo que nos es imposible creer hasta en nosotros mismos. Todas estas vías de comunicación y espacios de interpretación nos van llenando de una angustiosa confusión. Nos preocupamos por aparentar y no por darnos a conocer. Nos jactamos de tolerarlo todo, pero a costa de no intentar comprender nada. Creemos que quitándole peso a nuestra palabra, iremos más ligeros por el mundo. Nos fragmentamos tan constantemente que hasta nuestros gestos quedan desprovistos de significado. Y después vamos lamentándonos porque nos interpretan erróneamente.

Ante este panorama donde los vínculos sociales se van debilitando, donde las relaciones nos causan ansiedad e inseguridad, debemos darnos y dar a los demás la claridad que todos necesitamos. Seamos honestos, con otros y con nosotros mismos. Si yo comienzo a actuar conforme a lo que pienso, a decir lo que siento, voy a empezar también a creer en los demás. Dejemos de buscar explicaciones y justificaciones. Quedémonos con lo que la gente dice o hace, no con lo que nosotros creemos que dice o hace. Confiemos en que la gente nos comunica lo que quiere que entendamos, no más ni menos. Preguntemos. No llenemos los silencios de alguien con nuestras palabras.

Si vamos reemplazando los vacíos del desentendimiento con transparencia, quedará mucho menos espacio para la interpretación y mucho más espacio para el encuentro. Si creemos en algo, llevémoslo hasta sus últimas consecuencias.  Así, si somos consecuentes, de todos modos van a interpretar nuestras acciones, pero al menos no dudaremos de nosotros mismos. Seamos mejores, más libres de nuestros miedos, más congruentes, más honestos. Conozcámonos mejor, no busquemos interpretarnos sino encontrarnos.

 

 

Man in the mirror, Suzanne Marie Leclair

 

 

 

Razonar con el corazón

Creo que por fin hemos llegado a un acuerdo. Mi corazón, mi cabeza y yo estamos en el mismo canal, hemos tomado una decisión, o al menos asumido una condición. Estamos bien, tranquilos, aceptando lo que toca aceptar y ya está. O al menos eso parece. De repente al corazón le da por inquietarse. Vamos, es posible que pasen situaciones que lo alteren un poco. Pero está fuera de sí. Yo, como una simple mediadora, le pido por favor a la cabeza que le exponga nuevamente las razones al corazón. Ella uno por uno repite, enumera, enlista todos y cada uno de los puntos por los cuales hemos decidido algo en primer lugar.

El corazón por momentos asiente, pretende entender y aceptar dichas razones. Pero de repente y sin motivo aparente, vuelve a inquietarse. Se vuelve loco, pierde la cabeza. Protesta, sin razones, pero con enjundia. La cabeza entonces busca razones para unírsele al corazón, y claro, como hace muy bien su trabajo, las encuentra. Yo entonces también comienzo a dudar. Pero cuestiono a la cabeza, le explico calmada que estos cambios son muy poco razonables. Ella entiende. Recapacitamos. Convencemos de nuevo al corazón, sabiendo que en cualquier momento éste se puede volver en nuestra contra. En fin, esta historia se repite una y otra vez. A veces parece que la cabeza y el corazón se ponen de acuerdo para querer cosas diametralmente opuestas.*

Cuando nos encontramos en esta situación, tenemos varias opciones. La primera, puramente racional, sería callar al corazón de un tirón imponiendo razones. La segunda, dejemos mejor que el corazón mande. Que no importe nada más que lo que sentimos, el corazón quiere lo que el corazón quiere. Bueno, ninguna de estas posturas me convence del todo. Por un lado, sería iluso pensar que el corazón no tiene nada razonable que decir. Hay que escucharlo, buscar entenderlo. Las emociones, los sentimientos, son un motor poderosísimo. Pero en su fuerza llevan también su fragilidad, su debilidad, su inestabilidad. Somos mucho más que solo sentimientos pero constituyen una gran parte de nosotros. Tampoco tendríamos que actuar basándonos únicamente en nuestros pensamientos, razones y cálculos ya que sería negar toda la experiencia humana emocional. ¡Qué vida tan vacía (y aburrida)!

¿Se puede, entonces, llegar a un acuerdo? Definitivamente pienso que debe buscarse, pues ni todas las razones le corresponden a la cabeza ni todo el amor es solo cosa del corazón. Ambos deben encontrarse para decidir mejor y para amar mejor.

Lo que es cierto es que muchas veces no se trata ni siquiera de que quieran cosas distintas pero pasa que el corazón exige satisfacciones, respuestas, más inmediatas. Le es complicado mirar a largo plazo. Solo sabemos sentir en tiempo presente. Es por eso que nos parecen tan fuertes las demandas del corazón, porque son ahora o (pensamos) nunca. En cambio, la cabeza puede mirar un poco más allá. Puede entender que algo que es bueno puede requerir espera, esfuerzo. Tiene un poco más de perspectiva temporal que, claro, al corazón le resulta ciertamente incomprensible.

Ahora bien, ambas dimensiones humanas, la emocional y la racional, aunque a veces parece que se contraponen, en la realidad se complementan, se necesitan. Pero es verdad que resulta a veces más fácil dejarse llevar por una u otra, actuar escuchando solo a una de las partes. A manera de esbozo, creo que parte de la conciliación resulta de tener claro dos cosas: quién soy y hacia dónde quiero ir. La cabeza y el corazón usualmente responden lo mismo a estas preguntas. Estas dos cuestiones nos orientan para saber bien a lo que aspiramos y de lo que somos capaces. Entenderemos qué es lo que el corazón  está anhelando y qué es lo que realmente busca satisfacer con estas fuertes demandas. Nos podremos dar cuenta que casi siempre la aspiración es compartida. Cabeza y corazón parten del mismo sitio y buscan llegar al mismo lugar, aunque a veces no coincidan en el camino.

Si sabemos quienes somos y tenemos muy presentes nuestras aspiraciones será más fácil poner los medios para alcanzarlas, a veces con el corazón, a veces con la cabeza. Porque ninguno por sí solo nos puede hacer completamente felices. Y, en cambio, cuando tomamos una decisión con la cabeza y con el corazón en sintonía, no nos queda ninguna duda de que es la decisión correcta. Esta disyuntiva puede ser dolorosa y difícil pero creo que, si lo permitimos, la cabeza sabe muy bien entender y dirigir los grandes anhelos del corazón.

 

 

 

*Disclaimer: Esta caricaturización es con afán meramente ilustrativo. La autora** no pretende afirmar en lo absoluto que seamos individuos dicotómicos o atomizados sino que, por el contrario, sostiene que somos una unidad, personas integradas en todas nuestras dimensiones.

**A la autora le pareció gracioso hablar de sí misma en tercera persona. Se dio cuenta muy tarde que no lo es tanto.

 

Listas y manías

Me encantan las listas. Hago o procuro hacer listas para prácticamente todo. Algunos podrían decir que es una clase de obsesión y no lo discutiría, pero para mí es un intento pequeñito de darle estructura a un mundo tan caótico. Claro que me dirían entonces que la obsesión es la de darle estructura a lo que no tiene porque tenerla, y nuevamente no estaría en posición de rebatirlo. Pero al final todos buscamos alguna certeza, un poco de seguridad en la que podamos descansar nuestros pensamientos. Algún indicio, algo que nos diga que no estamos del todo perdidos, que nos reconforte asegurándonos que vamos hacia algún lugar. Bueno, así me siento cada vez que tacho algo de mis listas. En una lista todo tiene un orden y una razón de ser. Qué ficción tan más consoladora.

Aquí va una lista de algunas de las cosas de las que hago listas (no pretende ser para nada exhaustiva):

  • Compras del supermercado
  • Ropa/zapatos/accesorios que me hacen falta quiero
  • Sentimientos (sí, más de uno, al mismo tiempo)
  • Pendientes del día
  • Pendientes de la semana
  • Compromisos del mes
  • Fechas importantes
  • Amigos que quiero visitar/llamar
  • Cartas por escribir
  • Lugares a los que quiero ir
  • Lugares a los que he ido
  • Cosas por hacer
  • Libros por leer
  • Mis virtudes
  • Y defectos (un poco larga en comparación de la anterior)
  • Temas de conversación
  • Temas para escribir algún artículo algún día
  • Preguntas que hacer a gente que me parece interesante
  • Gente que me parece interesante
  • Libros favoritos
  • Películas favoritas
  • Todas mis cosas favoritas
  • Cuentas/deudas (ésta no es mi favorita)
  • Ideas
  • De spotify
  • Sueños por cumplir
  • Y un gran, gran etcétera.