(Otra) reflexión sobre el amor

Creo que nos hemos equivocado gravemente. El objetivo del amor, de las relaciones no es la felicidad, no puede ser la felicidad. Si lo fuera, estaríamos poniendo una responsabilidad monumental y un estándar imposible sobre otra persona. Le estaríamos diciendo que tenemos todo el derecho de culparla si en algún momento nos sentimos infelices, que en cualquier momento en el que no me sienta satisfecho puedo ir a buscar a alguien más, que estoy aquí mientras dure, sólo mientras lo sienta. Me parecería absurdo que ese fuera el propósito de buscar un compromiso más allá que solo circunstancial.

Porque sí, compartir la vida con una persona puede ser una parte muy importante de nuestra plenitud, pero también es un reto, y seguramente no todo será felicidad. Tiene entonces que haber otra razón. La gente que termina una relación “porque no es feliz”, probablemente se llevará consigo su infelicidad, porque nadie puede hacernos algo que no somos. No me refiero aquí a las personas y relaciones que nos hacen daño, sino a esas excusas de “ya no era lo mismo”, “es muy complicado”. Porque bueno, en realidad todos somos muy complicados y decepcionantes. Y no, nadie puede ni debe satisfacer todas nuestros deseos y necesidades. Lo único que podemos hacer es acompañarnos, y aceptarnos, mientras vamos enfrentando la realidad.

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Pienso que la verdadera meta debe ser una aspiración de unidad, de compartir genuinamente tu vida con alguien. Una persona no puede ni debe darle sentido a tu vida, ese sólo se lo puedes dar tú. Y puedes, si quieres, encontrar a alguien con quien compartirlo, que aspire a lo mismo. Una relación es un camino de encuentro, no uno de felicidad. Pero el encuentro, el mirarse el uno al otro, es una fuente de conocimiento, de crecimiento. No deberíamos esperar ni desear una vida sin conflictos pues estos son una oportunidad para conectarnos con el otro y con nosotros mismos, con nuestra condición de estar vivos.

Al final, no importa mucho para tu felicidad con quién estés porque nadie jamás va a poder darte lo que te falte. La cosa es que el amor es algo mucho más personal de lo que se cree. Como amamos, lo que nosotros estamos dispuestos a entregar, a sacrificar, a hacer por otra persona, muy poco tiene que ver con esa otra persona. Como amamos es quienes en realidad somos. Lo que damos es únicamente lo que tenemos, ni más ni menos. El amor es una decisión, una actitud muy personal para salir de uno mismo. Es un error pensar que el amor que alguien te da tiene que algo que ver contigo. Sólo te dan lo que pueden dar y tú sólo das lo que puedes dar. Por eso es tan importante estar completos, estar bien con uno mismo y conocerse en todas nuestras limitaciones. Porque si no, por más que busques y pruebes, jamás vas a encontrar en alguien lo que no tienes en ti. Nadie te va a poder dar certeza y felicidad, el amor que alguien te da tampoco te hará completo. Amar y ser feliz, esa es tu responsabilidad.

 

Imagen: In Bed: The Kiss, by Toulouse-Lautrec, 1892.

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Seamos virtuosos

Virtud

Del lat. virtus, -ūtis.

  1. f. Integridad de ánimo y bondad de vida.
  2. f. Disposición de la persona para obrar de acuerdo con determinados proyectos ideales como el bien, la verdad, la justicia y la belleza.
  3. f. Acción virtuosa o recto modo de proceder.

 

Me da la impresión que ya casi nadie habla de virtud. En nuestras relaciones cotidianas no puede estar ya más relegado ese concepto. No es algo que nos preocupe o que nos importe. Si una persona es virtuosa o no, o si nosotros mismos lo somos, no es una reflexión que ocupe nuestras vidas. Pero quizá haga falta.

Nuestras acciones individuales e interacciones con los otros parecen constantemente quedarse en la superficie. Sería imposible profundizar con cada persona con la que convivimos día a día, claro, pero hasta el buscar entablar una amistad se ha reducido a caerse bien y sólo pasar un buen rato. No digo que esto no sea importante, claro que lo es. Disfrutar de la vida y de la buena compañía también es una virtud, una disciplina.

Pero definitivamente no lo es todo. ¿Por qué no buscar ser una persona más amable, o querer ayudar a alguien a que saque lo mejor de él mismo? ¿Por qué no admiramos y buscamos rodearnos de gente íntegra y honesta y no nada más de los que comparten nuestro mismo sentido del humor?  No nos preguntamos cómo hay que vivir. Nos limitamos a lo que es divertido y agradable.[1]

Y esto no es un sentimentalismo o un ideal vacío sino que tiene implicaciones en nuestra vida. Por ejemplo, qué difícil es confiar en alguien que no sabes lo que está pensando, o que lo que dice no coincide con lo que hace. No podemos construir vínculos sólidos si hace falta congruencia y franqueza. Si, en cambio, buscáramos practicar estas virtudes y procuráramos que lo que pensamos, decimos y hacemos esté siempre en consonancia,  o si dijéramos lo que pensamos sin rodeos, de frente, sería mucho más fácil confiar unos en otros. Esto a su vez, resultaría en personas más felices, en relaciones más estables, en sociedades más fuertes.

No entendamos a la virtud como una limitación a nuestra libertad sino como un ideal a alcanzar. No nos conformemos con lo que somos, podemos ser mucho más. Retomemos la importancia de la mesura para poder disfrutar más la vida. Busquemos ser agradables, tratar como nos gustaría ser tratados. Ahondemos constantemente en lo mejor de la vida humana.

 

 

[1] Nobleza de Espíritu, Una Idea Olvidada. Rob Riemen, 2016.

Selección de Poemas

Autor: Jairo

Los adictos al dolor

 Fue compartiendo historias de amor que nos conocimos,

desnudando no el cuerpo sino el alma,

no lo maquillado, sino lo magullado,

lo que el mundo pisoteó,

ahí el alma a los brazos reconoció.

 

Abrir un alma, para encajar, cual rompecabeza,

el chiste es entenderle al juego de cada una,

y no hay para alguna, que el dolor, no sea ranura.

 

Miserables seres humanos, parecidos, paridos en dolor.

Esa necesidad de olvidar el propio yo en el otro extraño,

sea su carne, sean sus bajas, su dolor o sus migajas,

es lo que muchos llaman necesidad de amor.

 

En los huesos, en la carne, en el frío y en la piel se siente,

para entenderlo, arráncalo a lo profundo, donde ya no miente.

Meter la mano en lo chamuscado, lo ennegrecido, lo escondido.

Lo que sólo hacen los adictos al dolor,

para ellos el dolor nunca se va,

quizá por uno, por los otros, por el mundo;

por la miseria ajena o la propia…no se va.

Se cambia, se acopla a la piel, a las ideas,

a la sequía y a las mareas,

de las almas molidas, de gentes dolidas.

 

 

  Tus manos

 Manos que esperan, que escuchan.

Manos que trabajan, que lloraron.

Manos pacientes, comprometidas.

Mis manos dispuestas a unirse,

a tus años, a tus arrugas, a tus sueños,

a tu cansancio, a tus motivos, a tu silencio.

 

Manos que aguantan, ¡qué modo!

que no se asustan, que amagan;

manos que curan, que con todo

y a pesar de todo, siempre luchan.

 

Un chasquido con jazz,

una caricia que avanza,

en la manga escondiendo el as.

 

Y así los amores vanos,

es placer, lo que mide la balanza,

quisiera ofrecerte con los años,

no una pared, una esperanza.

 

Te doy la mano para ayudarte,

para que tú a mí me ayudes.

Te tiendo la mano, para besarte,

te hago un poema, para que me ames.

 

 

Soledad

 Se te impregna en la mente,

en el corazón y en el alma,

como la escarcha del alba,

te toma y te somete.

 

Como los vecinos de arriba,

queriendo ser paciente,

pero con la vida destruida,

así ni el mismo sueño descansa.

 

La recuerdas sólo de noche,

cerrada la puerta, felices

las cobijas, les hacen el amor

cada noche, por miedo y reproche.

 

Ni la más grande heredad,

de ella te consuela o salva,

no deja de doler, es perra,

te succiona la puta soledad.

               

                              

¿Cuál es la prisa?

Acabé un libro, como muchas otras veces. Un libro agradable y muy reciente, lectura fácil y ligera que me sacó unas cuantas carcajadas y un par de lágrimas. En una semana, me había encariñado con Ella y Él, me metí a sus vidas, supe todo lo que había que saber de esa gente ficticia, y salí de su mundo rápidamente. Nada nuevo.

Empecé otro. De un día para otro había pasado del México del siglo XXI a un pequeño pueblo francés del siglo XIX. Comencé a leer igual rápidamente pues no es tan fácil cambiar de ritmo.

Este nuevo libro me describía detalladamente la infancia y el hogar de un personaje que ni siquiera era el principal. Yo sentía que nada pasaba. Me preguntaron de qué era el libro, si me estaba gustando, y no sabía bien qué responder. Esperaba, con un poco de desesperación mientras avanzaba, el momento que marcara el comienzo de la historia. Leía las largas descripciones rápidamente para poder llegar a “lo importante”.

En el libro anterior no había ni pasado la primera hoja cuando sabía exactamente cuál iba a ser el problema a resolver y conocía ya a los personajes principales que, inmediatamente, se estaban peleando. En este llevaba cien y no sabía cuál iba a ser el detonante del conflicto, si es que iba a haber tal.

No estoy tratando de romantizar la literatura clásica francesa del siglo XIX por su profundidad ni desechando las historias contemporáneas por su sencillez. En todo caso, ambos libros son reflejos de su tiempo, como todos nosotros. La vida y el mundo cambia constantemente y, por lo tanto, su literatura y arte.

Pero esta actitud me hizo preguntarme cuál era mi urgencia, qué es lo que estaba buscando, qué estaba esperando que pasara. Por qué me estaba costando tanto disfrutar con calma las descripciones de los paisajes o de los personajes, por qué prefería menos detalles y más sucesos. Leemos para mirar desde otro lado la realidad, para conocernos más y ver mejor el mundo. Para crecer, aprender, disfrutar. ¿Cuál es entonces la prisa?

Parece que la premura del mundo, el estrés de la ciudad, la inmediatez de nuestras vidas, la hemos trasladado hasta a la experiencia de la literatura. Un libro tiene su ritmo, pero el apremio lo traemos nosotros. Queremos historias rápidas, satisfacciones inminentes. Prestamos cada vez menos atención a los detalles por considerarlos hasta estorbosos. Claro, el arte se adapta al mundo y es una expresión de nuestras vidas, pero ¡cuántas cosas podemos perdernos por no detenernos a mirar! Algo podemos rescatar de los clásicos. Quizá podríamos intentar leer, y vivir, con menos prisa.

Suficiente información

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The Libyan Migrant Trap
Contemporary Issues, third prize singles
Daniel Etter

 

Hace unos días fui a la exposición temporal de World Press Photo 2017 en el Museo Franz Mayer. Como cada vez, y aunque me gustaría que hubiera sido de otra manera, sólo tomé la decisión de ir después de enterarme que le quedaban ya pocos días.

Esta exposición fotográfica presenta cada año a los ganadores de uno de los concursos de fotoperiodismo más reconocidos a nivel mundial. Sin dudarlo puedo decir que todos hemos visto en algún lado más de una de estas fotografías que le han dado la vuelta al mundo.

Las fotos que aquí se exponen son, de una u otra manera, ciertamente impactantes. Uno no puede mirarlas con un solo dejo de indiferencia. Provocan desde angustia, enojo, asco y, en lo personal, mucha, mucha, reflexión. Es imposible no notar un componente artístico, pero no se logra identificar fácilmente qué es lo que el fotógrafo o periodista quiere transmitir. Al mismo tiempo, tampoco es tan fácil de decir si uno se vuelve un receptor activo de otra realidad o si solo se es un espectador incómodo más. Se olvida sin quererlo que se está ante el retrato de personas reales con historias reales detrás.

 

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The Silent Victims of a Forgotten War
Daily Life, first prize singles
Paula Bronstein

 

Hubo una serie en particular que me provocaba voltear la mirada. Pero en un principio no supe identificar si era en un ánimo de ignorar esos atroces hechos o más bien como un sentimiento de respeto hacia las víctimas retratadas. Lo que sé es que no me fue fácil pararme frente a esas fotografías, ante esas personas y ese sufrimiento, tranquila.

Pero mi primera reacción fue más bien un enojo ante los “autores” de la obra. ¿Cuál era la intención de estas personas al retratar a gente en un momento tan dramático, o incluso muerta? ¿Buscaban simplemente informarnos que la maldad existe, que el sufrimiento está en todos lados? ¿Querían ganar un premio por un gran mérito fotográfico? ¿Tratarán de generar una reacción del mundo o simplemente de transmitir un hecho?

Es decir, sabemos que el mal y el sufrimiento existen y están presentes en el mundo pero ¿acaso es que viéndolo en una fotografía tomaremos acciones, individuales o sociales, para combatirlo? ¿Podemos? ¿Queremos?

En un mundo donde la información nos sobrepasa, no creo que una foto más de una víctima más haga la diferencia. Quizá nos sacuda por un momento, nos haga sentir incómodos, quizá incluso nos lleve a pararnos a reflexionar. Pero el cambio sólo vendrá cuando de verdad nos comencemos a mirar a los ojos. Cuando dejemos un minuto de consumir información y empecemos a procesarla. Cuando volteemos a ver nuestra realidad, y a la persona que tenemos frente a nosotros, y nos demos cuenta de que sí hay algo que podemos hacer.

 

 

 

 

El Mundo de Ayer

“Jamás me he dado tanta importancia como para sentir la tentación de contar a otros la historia de mi vida.”

El Mundo de Ayer, Stephan Zweig. 1942

 

Me encanta que me recomienden cosas[1]. Siempre se siente bien cuando gente que te conoce o, cree hacerlo, ve, lee o escucha algo y piensa irremediablemente en ti y en lo mucho que lo disfrutarías u odiarías. A pesar de esto, a mí me resulta difícil, por lo general, hacer una recomendación que no me es expresamente solicitada.

Pero en ocasiones sentimos que no tenemos otra opción, que es estrictamente necesario hacerlo, que, por azar o por destino, se tiene un deber y que, si no se cumple, al mundo se le dificultará encontrar un equilibrio. Y ésta es una de esas ocasiones.

Tardé un poco en decidirme por escribir esta “reseña” por dos cosas, las mismas que me motivaron a hacerlo. Cuando algo te hace sentir tantas cosas, por un lado, es más complicado ponerlo en palabras y, por otro, se vuelve parte de ti. Tan tuyo que no necesariamente quisieras compartirlo con el resto de la gente.

Pero eso es lo que hace precisamente Zweig en su “autobiografía”. Comparte algo tan suyo que a la vez es tan de todos. El retrato de una época, de toda una generación a través de una mirada clara y una pluma a la que no le sobra nada, que acomoda cada palabra en el sitio que le corresponde.

Escrita un poco antes de quitarse la vida, Zweig narra sus recuerdos y vivencias, pero no como el protagonista sino, si acaso, como un espectador de tres mundos completamente distintos e irreconciliables entre sí: el del antes, entre y durante las Guerras Mundiales.

Cuenta, en primer lugar, su vida antes de que la Gran Guerra viniera a sacudir la seguridad en la que yacía Europa. Sus años de estudiante, su amor por la cultura y la confianza excesiva que se tenía en la humanidad. Relata sus viajes como un verdadero ciudadano del mundo cuando el pasaporte resultaba inconcebible, su encuentro con todo tipo de personalidades y el primer golpe que recibió el viejo continente.

Habla de las reacciones colectivas y posturas personales. De los cambios culturales y sus expresiones. Es realmente la historia del duro proceso de fragmentación de Europa, y del mundo, unido a uno muy personal.

Su historia es la historia de quien perdió hasta su patria. De quien probó la fama y le fue arrancada de sus manos hasta convertir sus libros en ceniza. No queda tan claro hasta qué punto agradece o detesta sus circunstancias. Pero sí nos dice que:

“Sólo aquella persona que ha experimentado la luz y la oscuridad, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo esa persona ha experimentado realmente la vida.”

Me convenzo un poco más, al terminar esta lectura, que no somos quienes somos por las cosas que nos pasan, sino que primero somos y luego las cosas pasan.

 

[1] Gracias a mi papá por recomendarme este libro.