Honestamente

Hace poco me encontré estudiando a una autora que se identifica como todo lo que yo no diría ser. Es una socióloga admirable, y me la recomendó otra mujer brillante que en el espectro “ideológico” se situaría en el otro extremo. Uno diría que el pensamiento de ambas nada tiene que ver pero su obra no dista demasiado. De la primera, cualquiera podría decir que es una intelectual rigurosa y reflexiva. Algo destacable de su obra es que ella pasa casi desapercibida porque aunque tiene convicciones, no parece ansiosa por enseñar una lección. Se leen sus ideas, tampoco las niega. Pero encontramos su investigación, no su historia.

En varios de sus libros, aplica un principio de simetría, examinando fenómenos sociales sin presuponer saber si el resultado a estudiar es positivo o negativo. Así, por ejemplo se aproxima al estudio de la libertad no como algo bueno per se, y entonces intenta analiza los efectos tanto positivos como negativos de dicho valor en las relaciones humanas. Dice que ella:

“wishes to analyze culture without presuming to know in advance what social relations should look like.”

Pero esto es en parte una ilusión. Porque es falso que un científico social pueda abstraerse por completo de su objeto de estudio. Sin embargo, se reconoce su honestidad y su búsqueda genuina por entender la realidad.

Luego di con otra investigación, y al leerla buscando criticarla, me pareció completamente sensata y razonable. No conocía demasiado al autor pero disfruté mucho su reflexión. En ambos casos, me sentía interpelada, pues al encontrarse con unos juicios tan prudentes uno no puede dejar de intentar responder de algún modo.

Esto me hizo pensar que lo poco que tenemos de sentido común siempre se admira cuando percibe atisbos de objetividad. Se complace cuando nota que alguien no habla por hablar sino que ha considerado cuidadosamente sus palabras y al menos se ha cuestionado sus propios prejuicios.

Es verdad que tendemos a aceptar aquello que se corresponde con nuestra visión del mundo. Nuestras descripciones están cargadas de subjetividades. Somos más dados a evaluar que a describir. Pero eso no nos impide por completo analizar las cosas buscando en realidad comprender. No significa que seamos neutrales pero sí que estamos conscientes de nuestros puntos de partida y los hemos cuestionado. Si la objetividad y la neutralidad están fuera de nuestro alcance, al menos podemos destacar la importancia de la honestidad para entendernos y comunicarnos.

Sin embargo, en nuestras discusiones, en los medios de comunicación, en las distintas disciplinas es cada vez más raro encontrar este tipo de honestidad. Es por esto que si valoramos este ejercicio, valdría la pena:

Saber primero qué es lo que creemos y, si cabe, entender de donde vienen estas convicciones. ¿Por qué creemos algo en vez de cualquier otra cosa? Ahora bien, si defiendo una postura, ¿conozco sus deficiencias o creo que no las tiene? Es un error pensar que se tiene que coincidir con todo lo que se defina como yo.

En segundo lugar, hace falta una consciencia de nuestras propias limitaciones, de saber que podemos equivocarnos y que siempre podemos aprender algo. Que no tenemos la útlima palabra y estamos muy lejos de ello. Que mis convicciones no me hacen moralmente superior a quienes no están de acuerdo conmigo. Partamos siempre de la idea de que cualquier persona tiene exactamente la misma legitimad que yo tengo para creer lo que cree, dando de entrada el beneficio de la duda. Además probablemente mi interlocutor sepa cosas que yo no sé y tengamos muchos puntos en común.

Recomiendo también asegurarse de que se está hablando en un mismo plano. Esto es altamente complicado pues, por ejemplo, hay cuestiones morales que tienen implicaciones legales o aspectos filosóficos que tienen dificultades técnicas. Sin embargo, es siempre útil saber desde donde se está abordando una postura o una investigación.

Otro esfuerzo al analizar fenómenos del pasado, es tratar de contextualizarlos y analizarlos a la luz de su época y no tratar de forzar conceptos actuales a un hecho histórico. Esto ampliará nuestra visión del mundo y mejorará nuestra comprensión del pasado y del presente.

Y por último, si uno realmente busca luchar por esta honestidad,  nunca, nunca, nunca debe autoproclamarse neutral y sería mejor huir de cualquiera que lo haga.

Aprender a renunciar

Me habría encantado ser bailarina. O escritora (bueno, a eso no renuncio todavía).

Periodista, filósofa. También física. Vivir en tantos países pero nunca irme del mío. Dibujar, leer, bailar, escribir, cocinar. Ahora me dedico más bien a la investigación. Y me encanta, no me estoy quejando. Pero tengo otra vez el mismo problema. Siempre hay algún libro o artículo más que no puedes leer, siempre surgen nuevas preguntas que nunca podrás contestar. Nuevos métodos para explorar, una infinidad de  cosas que jamás podrás pensar o aprender.

Y en estos días, que parece que nos sobra tiempo, hay siempre una inquietud de todo lo que podríamos estar haciendo y no hacemos. De todos los idiomas que podríamos estar aprendiendo, los libros que podríamos estar leyendo, el ejercicio que podríamos estar haciendo y todo lo que podríamos estar escribiendo. Además de sacar ocho horas de trabajo y llamarle a todos tus amigos y familiares.

Tantas posibilidades y tan poco yo.

Y es verdad que el mercado laboral nos exige especializarnos pero ahora no me voy a enfocar en culpar solo al sistema capitalista. Porque aún cuando los grandes pensadores podían ser filósofos, científicos, astrónomos y artistas, muchas partes de ellos también permanecieron inexploradas. Tampoco quiero decir que todos somos unos genios y que solo nos falta tiempo. Aunque quién sabe, a lo mejor sí.  

El problema no es solo que el mundo nos obliga a elegir sino que nuestras posibilidades siempre serán infinitamente más grandes que nuestra realidad, sea la que sea. Un aspecto fundamental de la condición humana es que tenemos mucho más talentos de los que tendremos la oportunidad de explorar, tantas partes de nuestra personalidad nunca saldrán a la luz. Y somos mucho más de lo que se nos permite ser.

Estamos obligados a tomar una decisión y mantenerla hasta sus ultimas consecuencias. A veces nos rebelamos contra esto, queremos explorar, experimentar en la construcción de nuestra identidad. “Soy esto pero podría ser esto otro”, probamos nuevas formas de vestir, nuevos peinados, escuchando nueva música. Cambiamos, perdemos algo pero ganamos otra cosa. Que, después de un tiempo, tampoco es suficiente.

No hay un solo camino, eso es verdad. En muchos trabajos podríamos ser perfectamente competentes y en muchos lugares, felices. Pero el vivir sujetos a las muchas versiones de nosotros mismos que no somos nos genera una constante insatisfacción. Porque sí, seguramente podríamos estar mejor en algún otro lado y lo que tenemos, nos parece siempre poco.

De pequeños jugamos a ser tantas cosas, en un mismo día hacemos tantas actividades. En el colegio aprendemos miles de temas diferentes. Y de mayores no se nos permite explorar,  ser multifacético. ¿Para qué tomar un curso de literatura si eres ingeniero? Esta opción abandonada puede generarnos tristeza. Porque la renuncia nos sabe a pérdida. Crecer es renunciar, sí, pero la felicidad está en saber hacerlo más que en buscar cumplir todos nuestros deseos.

Porque dos caminos pueden ser perfectamente buenos para ti. Y es que la mayoría de las  veces las opciones no son tan obvias, no es malo y bueno, no es solo contrastar ventajas y desventajas. Es solo decidir uno en vez de otro. Y a veces nos equivocaremos y otras muchas veces estaríamos igual de satisfechos con una u otra decisión. Pero eso nunca lo sabremos.

Parece un poco pesimista decir que la felicidad está en el conformarse. Pero puede estar más bien en la profundidad y compromiso con nuestras decisiones, no en probar más opciones. No en ampliar sino en profundizar nuestra vida. No en hacer más sino en hacer lo que hagamos.

Ya que siempre dejaremos algo sin resolver, en nuestro trabajo, en nuestras amistades, relaciones, pasatiempos y aficiones,  más nos valdría aprender a renunciar a ello. Con tanto podríamos ser felices, pero es feliz quien sabe serlo con lo que elige. Renunciar no es perder. Es saber qué ganar.

Hogar

Cuando uno está en constante movimiento, empieza a surgir un deseo de quietud. A veces muy fuerte y otras veces, apenas lo percibimos. Ese anhelo por llegar, aunque no sepamos muy bien a donde. Vislumbrar un destino que le de sentido a tanto movimiento. Porque caminar cansa, y más si no está claro el punto de llegada. En un periodo en el que es tan fácil cambiar repetidamente de sitio, el significado de la palabra hogar cobra especial importancia. No creo que esta palabra nos evoque solo una edificación o construcción. Quizá nos venga a la cabeza alguna imagen ridiculizada de una familia de otro tiempo.  

Pero probablemente esa palabra significa algo más para nosotros. Sabemos de donde somos, donde vivimos pero muchas veces no estamos seguros de cuál es nuestro hogar. Aunque si lo queremos, seguramente sea fácil pensar en algo, o en alguien. Podemos ir a muchos lugares, conocer a muchas personas, pero solo algunos los sentimos muy nuestros, muy para nosotros. A veces podemos estar mucho tiempo en un sitio y no terminar de sentirnos cómodos, mientras que si tenemos suerte, en algún lado podemos pasar tan solo unos días y ya sentirnos como en casa.

En realidad es que el hogar, más que un lugar, es una disposición del corazón. Es un querer quedarse, es un anhelo y una promesa. Claro que muchas veces es lo conocido pero también es una esperanza. Nuestro hogar son personas pero también es silencio. Es cuidado y compañía pero sobre todo libertad. Es un punto de referencia, donde es fácil comprender y ser comprendido. Aunque muchas veces también sea donde hay más dolor, donde se es más vulnerable. Es una historia compartida. Es pasado, sí, pero, sobre todo, futuro. Son muchos recuerdos y muchas ilusiones por vivir.

Siempre he creído que la vida tiene que de alguna manera sobrepasarnos. Ser algo más que solo nosotros, que solo nuestro hoy. Por eso creo que formamos hogares. Porque tenemos la capacidad de tomar decisiones que sean más grandes que nosotros y nuestro presente, de hacer elecciones que condicionen nuestro futuro. Porque el ser humano no es solo un día ni un sentimiento. Porque tampoco es verdad que nos bastemos a nosotros mismos. Aunque sepamos muy bien volar, estamos hechos para construir.  

Tenemos que dejar al corazón ir eligiendo sus sitios, y nosotros ir construyendo. Pero no siempre es claro, ni soltar es fácil. Debemos elegir algo y renunciar a muchas otras cosas. Un hogar no es solo algo que se tiene o que se encuentra, es algo que se decide, que vale la pena. Es donde podemos llegar a ser todo lo que somos. Lo que permanece pero a su vez va cambiando con nosotros. Es el elegir y ser elegido. Es la ilusión de compartir y construir.

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Porque sí

A veces me encuentro perdiendo el tiempo sin quererlo. Haciendo algo que no debería estar haciendo o más bien, no haciendo algo que debería estar haciendo. Desaprovechando los minutos para hacer algo útil. En vez de enfrentarme a una difícil o indeseable tarea, me dedico a cualquier otra cosa que se me ponga enfrente. Pasa el tiempo y no pasa nada. Y uno tiene que pretender un poco que no se da cuenta.

Uno no se acostumbra (¡menos mal!) a la sensación de descontento que dejan estos momentos, al parecer tan ordinarios.  Y es que creo que hay una insatisfacción propia de no decidir, de sentirnos poco libres. De actuar no porque queremos sino por inercia. Y por otro lado, parece que existe una presión, individual y social, por estar haciendo algo todo el tiempo, un culto a la excesiva actividad. Y no cualquier actividad, sino una que tenga una utilidad.

Esto no pretende ser un llamado a la vagancia (ya me gustaría) pero sí una reconciliación con el ocio y la soledad. A aprender a perder el tiempo, sobre todo a saber hacerlo intencionalmente. Sin tanta tibieza, hacer lo que tengamos que hacer y cuando no lo estemos haciendo, no hacerlo. Tampoco se trata de abandonar todas nuestras ocupaciones cínicamente cuando se nos dé la gana. Está bien que nos pese y nos cueste un poco seguir y parar, significa que al menos tenemos nobles intenciones de proseguir más adelante.

Sin embargo la realidad es que sabemos muy poco cómo perder el tiempo, nunca nadie nos ha enseñado. Y creo que lo hacemos bastante mal. Nos enfocamos tanto en los resultados que nuestro actuar es siempre un medio para conseguir algo. Por esto parece que no tiene ningún sentido hacer algo que aparentemente no tiene ninguna consecuencia.  Pero podríamos intentar hacer las cosas sólo porque sí, buscar el valor de las actividades en sí y no por sus resultados o consecuencias. Oír una buena canción porque sí. Pintar, leer, cocinar, caminar, no para algo sino porque sí.

Que sepamos disfrutar esos ratos, aunque nadie se entere (y aunque se enteren, que no, no somos siempre productivos). Que aprendamos a sentirnos cómodos con nosotros mismos sin el constante ruido y movimiento de la vida. Una especie de rebelión contra el inmediatismo.

Suena fácil. Pero en realidad requiere mucha valentía enfrentarnos a nosotros mismos y cuestionar nuestro actuar y nuestras motivaciones. Para hacer las cosas porque sí también es necesario ser muy honesto con uno mismo, no poner excusas ni pretextos.

En un mundo donde hay siempre tanto que hacer, también tiene su mérito aprender a contentarse.

Oda a la delicadeza

Una vez que advertimos algo, lo empezamos a ver por todas partes. No sé qué condición psicológica explique este fenómeno pero es bonito. Es una forma de sentir el mundo muy nuestro, muy para nosotros. Esta vez me pasó con una palabra. Comencé a encontrarla repetidamente, la citaban, hablaban de ella. Delicadeza. La escuchaba y la leía. Delicadeza. Y fue a partir de ese momento en el cual la veía por todos lados, cuando empecé a notar su ausencia.

Al principio me parecía una palabra bonita que tampoco tiene muchas implicaciones prácticas. Luego me pareció una palabra interesante, que se definía a sí misma, autológica, delicada, suave. Después, por sus distintas acepciones, me pareció que explicaba muchas cosas. El poder de nombrar para entender. Me convencí entonces de que no solo era lo que le faltaba al mundo sino lo que le hacía tanta falta.  

Caí un día en la cuenta de esto cuando sentí que un comentario de alguien me sentaba fatal. Conozco mi sensibilidad y me jacto de reconocer cuando las emociones provienen más de ella que de la realidad.  Y esta vez era una sensación objetiva (sin ser esto un oxímoron). Sé que no era un comentario mal intencionado, no era ni siquiera directamente contra mí, no era un ataque premeditado, al menos no parecía. Y sin embargo era un comentario tan desatinado, tan molesto, tan inadecuado. Tan poco delicado.

Volví a encontrarme con esto cuando le comuniqué a alguien una noticia que no tenía, a mí parecer, mucha mayor complicación. Pero a mi receptor no le vino nada bien. En sí misma, la notica no era ni buena ni mala. Pero quizá en su situación era más negativa que positiva. Yo ni siquiera lo había considerado.

Es indiscutible que los seres humanos somos unas criaturas muy vulnerables, nos podemos romper con facilidad, hacernos daño unos a otros. No es que no crea que también tenemos una gran capacidad para soportar grandes dificultades, una gran fortaleza y resiliencia. Pero nos necesitamos tanto unos a otros. Somos tan delicados que la delicadeza se vuelve un valor necesario.

 No me refiero a una delicadeza superficial, a una simple corrección política para no herir susceptibilidades. A una cierta indiferencia disfrazada de respeto. No. Me refiero a una delicadeza intencional. A prestar atención al otro, saliendo de uno mismo. A fijarse en los detalles. A ser cuidadoso pero no ajeno. A mirar al otro para encontrar la mejor manera de acercarse. A comportarse, a hablar, con tacto, con ternura. Entrar despacio a la vida de los demás, como pidiendo permiso. Justamente porque somos delicados, el mundo necesita que seamos más delicados.

delicado, da. Del lat. delicātus.

1. adj. Fino, atento, suave, tierno.

2. adj. Débil, flaco, delgado, enfermizo.

3. adj. Quebradizo, fácil de deteriorarse. 

Reacomodando

Últimamente escribo más sólo para mí. Pero, ¿tiene caso escribir para uno mismo? ¿Qué cosa tan importante tenemos que decirnos que no podemos sólo decírnosla? 

En realidad es que no creo que escribirse sea equivalente a hablar solo. Cuando uno dice algo sin que nadie lo escuche, las palabras desaparecen hasta para uno mismo. 

El papel, en cambio, es también interlocutor. A veces el más severo pero siempre el más agradecido. El más callado. El más demandante. El más fiel. 

El papel no olvida como lo hace el aire. O como lo hacemos nosotros. 

Nos recuerda pero sólo aquello que buscamos recordar. 

Escribo no tanto por decir sino por acomodar. 

Como sacar el armario entero para reordenarlo, para encontrar lo que estamos buscando, para poner todo en su sitio dejando fuera lo que ya no va. 

Y para eso no hace falta lector.  Aunque, a veces, un poco de ayuda tampoco viene mal. 

Permane-ser

Me preguntaron qué diría mi yo del pasado.

Bueno, probablemente lo mismo que digo ahora, o lo que dijo en su momento. Ya que o no existe, o si existe soy yo misma. No somos dos personas separadas. No somos una realidad discontinua. Me gusta pensar que no es alguien que no soy yo. Que lo que dijo, lo diría. Y lo que digo hoy, también.

Es verdad que hay muchos espacios para ser. Ser en el trabajo, en la familia, con los amigos, en el presente, en el pasado. En mi país o en otro, con esta u otra persona. En el mundo físico o el mundo digital. La vida es adaptarse a cada uno de estos espacios pero lo importante es encontrar la consistencia que los une.

La pregunta es:

Y si cambian todas las circunstancias, ¿qué queda de mí?

El problema es que es más difícil ser que hacer. Por eso nos resulta más fácil definirnos con base en lo que hacemos. Y claro, el hacer delimita al ser pero no es que seamos únicamente nuestro trabajo. El hacer nos da sentido, cierto, pero el no definirse más allá de eso nos crea una identidad frágil. No respondas un quién eres con un qué haces.  Pues terminamos por vivir una realidad fragmentada siendo solo la parte que somos en donde estamos, solo lo que hacemos.

A partir de ahí, nos vamos buscando por todos lados, viajamos creyendo que nos encontraremos en algún sitio. Cambiamos dependiendo del lugar en el que estamos y nos sorprendemos desconocidos. Nos debatimos entre la definición contundente o la apertura de quedarse en medio. Cómo mantenerse abierto sin perderse en el intento.

Porque en última instancia, solo podemos relacionarnos desde nuestro ahora. Uno cambia, crece, la gente y el mundo es nuevo cada día. Sería imposible encontrarse con el otro sin ser uno. Algo debe permanecer, con el único afán de ser y conocer. ¿Qué te define invariablemente? ¿Quién eres en donde sea que estés?  

Espera

“Nuestra razón, nuestra inteligencia, constantemente nos están probando que este mundo es atroz, motivo por el cual la razón es aniquiladora y conduce al escepticismo, al cinismo y finalmente a la aniquilación. Pero, por suerte, el hombre no es casi nunca un ser razonable, y por eso la esperanza renace una y otra vez en medio de las calamidades.” 

Ernesto Sábato

La decepción de la historia dificulta mucho el mantener la esperanza. Cada vez parecemos tener menos razones para creer que el hombre es capaz de grandes cosas. No exigimos nada a nadie, cada vez nos pedimos menos los unos a otros. No tenemos nada que nos conecte con nuestras esperanzas. La desesperanza rige la cotidianidad.

Ante las grandes exigencias del mundo, reducimos nuestros anhelos y aspiraciones. Preferimos cortar las alas de nuestros sueños antes que arriesgarnos a no poder volar. No nos atrevemos a pedir la vida porque no creemos que nadie sea capaz de darla. Nos repetimos unos a otros que no somos capaces de asumir grandes compromisos. Nos engañamos con una supuesta incapacidad para asumir consecuencias.

Si nadie puede darnos garantías, mejor no prometernos nada. Si no podemos salvarnos unos a otros, mejor usémonos. A nadie se le considera digno de tomarle la palabra.

Tratamos de vivir en la seguridad de la indiferencia.

Ante la dificultad de encontrar respuestas, renunciamos a las grandes preguntas. La duda nos embarga pero es una duda que no espera encontrar respuestas.

El no saber cómo recomenzar nos paraliza, nos sume en una gran desesperanza. Confiamos poco en nuestra capacidad de enfrentar y sobrepasar las dificultades. Elegimos quizá no elegir, y nos vamos haciendo cada vez menos capaces de hacerlo. Nos vamos conformando con menos. Pero esto aumenta nuestra debilidad, caemos en la profecía auto cumplida de la fragilidad humana. Al no creernos capaces, no nos exigimos, y cuando llega algún momento decisivo, realmente no somos capaces de afrontarlo. Confirmamos nuestra pequeñez.  Cada vez será más difícil empezar de nuevo.

Admiramos la ejemplaridad, aspiramos a la grandeza, a pesar de nuestras limitaciones. Pero como resulta imposible alcanzar el perfeccionamiento, despreciamos a cualquiera que se atreva a exigir su búsqueda.  Si nadie es perfectamente congruente, nadie tiene derecho a abogar por la congruencia. Si no somos permanentemente nobles, no habremos de predicar nobleza. Creemos que los errores imposibilitan la referencia.  

Quizá sea hora de romper el círculo de la desesperanza. El acto más revolucionario que podemos hacer hoy en día es esperar.

Ni mérito ni justicia, libertad

Todos los amores tienen algo en común. Ya sea la amistad, el amor romántico, espiritual, filial, fraterno. Y es que solo pueden entenderse desde la libertad.

“Te mereces a alguien mejor”, “no se lo merece”, “no es justo”. Creo que detrás de estas afirmaciones hay un afán muy noble de ser digno del amigo o del ser amado. Pero no puede ser una cuestión de mérito. ¿Cuáles serían los criterios para determinar quién merece qué tipo de amor? ¿Quién lo decidiría? Tampoco puede ser una mera cuestión de  justicia. Que todos recibamos afecto de acuerdo a nuestras circunstancias particulares. ¿Qué nos tocaría a cada uno?

En una sociedad donde el ideal de la meritocracia se ha trasladado a las relaciones personales, no hay espacio para la compasión y la bondad.  Si todo es medido con base en nuestras competencias personales o en nuestra capacidad para destacar,  el fracasar en las amistades o relaciones se convierte en un indicador de nuestra valía. ¿Cómo relacionarse en un mundo de ganadores y perdedores, donde unos merecen ser escuchados y atendidos mientras otros ignorados o despreciados? Somos tan poca cosa que nadie merecería tener un gran amigo, nos equivocamos tanto que lo justo sería recibir un amor muy pobre. Pero el mundo necesita menos impartidores de justicia y más buenos amigos, más aceptación y comprensión.  

Porque volvemos a lo mismo. Los amores son activos y aunque es necesariamente una realidad relacional, ésta no recae tanto en el receptor como en el emisor. En este sentido, el amor es algo que damos libremente en la medida de nuestras posibilidades. No es que te elijan porque eres el más capaz o el más bueno, o el amigo más gracioso. No. Seguro que hay miles mejores y más simpáticos. No es que te lo merezcas o sea justo encontrar a alguien con quien compartir. Con mi libertad te elijo, no te evalúo.

Que te quieran tiene que ver más con la capacidad del que te quiere, con su capacidad de admirarse, de ver y querer descubrir lo bueno en ti. Y por otro lado, si alguien te hace daño o no te quiere como quisieras tampoco es necesariamente tu culpa. Los afectos no pueden ser demandados ni obligados. Sí cultivados, propiciados y cuidados. (Aunque un poco de suerte tampoco viene mal).

Esto no nos convierte tampoco en receptores pasivos del cariño. Hay que aprender a dejarse querer, que la vulnerabilidad no resulta una tarea sencilla. Hay que darse a conocer, hay que dejarse elegir. Hay que saber agradecer y corresponder. Hay siempre que intentar ser dignos de ese amor que se nos da libre y gratuitamente. Hay que recibirlo y cuidarlo. En primer lugar, hay que saber darlo.

Si alguien decide quererte, lo más probable es que te lo merezcas poco. Quizá coincidieron en circunstancias, intereses. Llámale atracción o simpatía. La cuestión es que alguien te elige, entre millones de personas. Tampoco hace falta preguntar por qué. Cuando entendamos que esta elección que alguien más toma tiene muy poco que ver con nosotros, sabremos agradecer y valorar este regalo, aprenderemos a corresponder libremente.

Las palabras correctas

Cualquier relación humana está construida sobre palabras. Letras, sonidos, silencios, uno tras otro, con el poder de provocarnos, vincularnos, separarnos, lastimarnos, alegrarnos. Estamos tan invariablemente con nosotros mismos, solos con nuestros sentimientos hasta que los nombramos. Las palabras no son el único modo de salir de uno mismo pero son un claro punto de encuentro. Y el silencio muchas veces una distancia que nos protege. Las palabras son el punto medio entre dos mundos. Comunicamos mucho más de lo que decimos pero el decir es siempre una manera de comenzar.

¿Cómo algo tan frágil puede ser tan poderoso? Y cómo algo que puede significar el mundo para alguien puede estar completamente vacío para alguien más. Del otro tenemos solo lo que él elija compartirnos, qué inconsistente certeza. Si ni siquiera una persona pueda estar completamente seguro de la verdad de sus palabras, nosotros tenemos que confiar en la permanencia de lo que por naturaleza es efímero. Y apostamos por creer.

El dolor de una promesa rota es la confirmación del abismo entre las palabras y la realidad. Pero también resulta una tragedia nunca ser herido por alguien. Porque significaría que no dejamos que sus palabras entraran en nosotros, nos quedamos solo con nosotros mismos. No creímos en ellas y para vivir necesariamente hace falta creer. Vamos entonces dominando el arte de la interpretación pero tampoco quedamos satisfechos. No se trata de creer por creer sino de ir buscando razones para hacerlo.

Es un riesgo el tener que construir sobre algo tan poco sólido, y al final nuestra vida borrará cada palabra que hayamos dicho y la sustituirá con verdad. Pero mientras tanto hay que buscar continuamente ese común acuerdo entre lo que somos, decimos y lo que el otro es. Construir sobre lo compartido y lo dicho, sobre quiénes somos hoy.

La vida es buscar constantemente las palabras correctas. Que expresen lo que de verdad sentimos, que nos hagan sentido, que sean comprensibles para alguien. Que nos acerquen a quienes queremos cerca o nos alejen de quien no. Las palabras definen y la definición da claridad, da paz. Qué alivio hay en el acierto. Las palabras correctas nos ayudan a conocernos mejor, rompen nuestra soledad. Nos ayudan a sentir y a afrontar. No podemos escondernos tras ellas. Son camino de unidad, con el otro y con uno mismo.

El problema es que no solo hay que encontrarlas. Hay que saber decirlas.