Se trata de querer

La contraposición de dos cosas es muy educativa. Elegir entre dos extremos quizá no es lo más común pero al menos es muy ilustrativo: lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, la razón y el corazón, el deber y el querer. Pero al simplificar un siempre corre el peligro de caer en la falsedad.

Aun a riesgo de no decir suficiente, algo que me ha resultado bastante convincente en estos términos es que el bien no necesita explicación mientras que el mal tiende a justificarse. El bien es auto explicativo. Por ejemplo, una persona no tiene que dar una justificación si ayuda a alguien o si dice la verdad. Mientras que al que miente, siempre se le puede exigir un motivo.

El problema de que el bien no necesite de razones es que cada vez tenemos menos. Esto sin quererlo puede desembocar, y quizá lo ha hecho, en una indiferencia moral. La cuestión de lo bueno y lo malo, ni lo sabemos ni nos importa. Terminamos creyendo que por no hacer cosas “socialmente graves” somos suficientemente buenos. Nos conformamos con nada pero, en el mismo ejemplo, no mentir no nos hace buenos. Si acaso nos hace no mentirosos. Pero el bien es mucho más que eso, es activo, no es simplemente no hacer el mal. Además, un falso respeto nos lleva a tolerarlo todo, aunque no sea ni bueno ni verdadero ni bello, reforzando esta indiferencia. 

Escribir sobre el bien parece innecesario y anticuado. Pero esta idea condiciona en gran medida lo que somos, cómo actuamos y cómo nos relacionamos. Cuando hablo de hacer el bien no me refiero a hacer algo bueno, algún aislado acto de caridad, sino de una integridad y rectitud consistente en el ser. Ahora bien, ¿por qué alguien actuaría así si puede suponer renuncias y sacrificios? Antes pensaba que para hacer el bien bastaba con conocerlo, que era una cuestión de conocimiento e inteligencia. Que una persona sabiendo lo que está bien y utilizando sus facultades, sería capaz de hacerlo. Pero esto es solo una parte del camino. La razón te puede conducir al bien pero no es tan sencillo llevarlo a cabo.

Si la razón no basta, la respuesta tendría que estar en la voluntad. Si sabemos lo que está bien, solo hay que poner toda nuestra fuerza para hacerlo. ¿Somos suficientemente capaces para ir, si así lo requiere, en contra de nuestros deseos? Quizá sí pero los humanos no funcionamos así y la voluntad tiene un límite. Porque somos frágiles, porque nos cansamos. No podemos ir contra nosotros mismos todo el tiempo.

Entonces ni el saberlo basta ni una voluntad afanosa. No se trata de saber qué está bien. Y no es solo la capacidad de ejecutarlo. El secreto está, como siempre cuando se trata de los seres humanos, en los afectos. No podemos hacer el bien si no lo queremos.

Un ejemplo muy obvio -y poco polémico- de la necesidad de esta integración es el deporte. Hacer ejercicio es objetivamente bueno. Y muy poca gente diría que no lo sabe. Pero eso no va a hacer que automáticamente se levante todos los días a hacer un poco de ejercicio. Puede obligarse a hacerlo y con voluntad, lograrlo. Pero lo más probable es que se acabe agotado y se termine odiando ese deber. En cambio, si es algo que se aprende a apreciar en todas sus dimensiones, se puede encontrar motivación y aprender a disfrutar del esfuerzo. En este caso, tanto la razón como la voluntad ayudan pero porque se quiere. Y aunque a veces se deba poner un mayor esfuerzo o quizá se deban buscar razones para convencerse de algún modo, el querer superará estos obstáculos.

Pero hay que orientar nuestro corazón a aquello que es bueno, aprender a apreciar lo bello y a querer lo bueno, enseñar a desear lo deseable (Platón). Pero no por algún fin concreto sino en sí mismo. Para hacer el bien hay que quererlo de verdad, con nuestra razón, con nuestro corazón y nuestra voluntad, aunque a veces cueste un poco. La importancia de esta integración no es ser perfectos sino que cuando alguno de los tres flaquee, tengamos donde sujetarnos y la posibilidad de levantarnos.

No podemos creer que solo a base de razones o esfuerzos sobrehumanos vamos a lograrlo pero vale la pena intentarlo. A fin de cuentas, “nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión”.

Estructuras liberadoras

“Precisamente porque vivimos en una época en la que reina la idea de responsabilidad individual, la vocación de la sociología sigue siendo vital. Ahora es urgente afirmar no que los fracasos de nuestra vida privada sean el resultado de una psique débil, sino más bien que los caprichos y las miserias de nuestra vida emocional están moldeados por arreglos institucionales.”
Por qué duele el amor. Una explicación sociológica

Como socióloga, no me gusta entender nuestras decisiones como fruto de nuestra individualidad. Como persona, no soporto la idea de pensarme poco libre.  También es verdad que por aquello de mantener el equilibrio, a veces me inclino a una defensa férrea de nuestra libertad y otras muchas las condiciones y estructuras sociales son la explicación que doy a cualquier acto humano. Y escribiendo esto iba de un lado a otro, convenciéndome tanto de una cosa como de la contraria.

Este representa un histórico debate por saber cuán determinados estamos por nuestro entorno. ¿En realidad somos libres? Yo creo que absolutamente sí. Pero somos libres en nuestro país, dentro de nuestro contexto y nuestros límites. Y unos tienen la posibilidad de ser más libres que otros. Ahora bien, dos personas que tengan la misma posibilidad de libertad, uno puede elegir no serlo, claro. Pero, volvemos al inicio. ¿Sería esta una decisión completamente libre? También se dice que no podemos controlar lo que nos pasa pero sí cómo reaccionamos ante ello. Estoy completamente de acuerdo, pero ¿estas reacciones son del todo libres?

El surgimiento de la psicología, entre otras cosas, ha influido en la consciencia colectiva ensalzando la responsabilidad individual. Pensamos que si sufrimos, o tenemos problemas o dificultades, quizá solo nos falta conocernos mejor, o ajustar alguna cosa interior. Esto puede tener algo de cierto pero no es del todo justo.

Cuando una persona comete un error podemos pensar en todas las cosas que lo llevaron a hacerlo como su contexto social, su educación, su familia. Y nos podríamos compadecer con razón: “pobre, no pudo actuar de otra manera”. Pero esto no sería suficiente para eximirlo de su responsabilidad. Lo que la acentuaría en cualquier caso sería quizá la conciencia de la acción. Es decir, el que haya sido una decisión informada, el conocimiento de otras opciones. Hay veces que no tenemos elección pero por otro lado, si algo fuera inevitable, todos haríamos lo mismo.

Por ejemplo, en el estudio sociológico del amor, se entiende a las relaciones personales dentro de un contexto social, no exenta de presiones e influencias culturales. Podemos decir que cuando hay un problema generalizado, patrones de comportamiento o un fracaso que nos atañe a todos, no podemos resolverlo (únicamente) con terapias psicológicas o comportamientos individuales.

Todo esto pensaba cuando escuché un término apasionante por su aparente contradicción: “estructuras liberadoras”. ¿Puede una estructura ser liberadora? Bueno, en tanto permite. Pero ¿no es esto ver el vaso medio lleno? ¿Qué hay de lo que restringe? Es verdad pero de los límites no nos podemos librar. Vivimos dentro de unos límites que habilitan y posibilitan tantas cosas (a costa de muchas otras). Y no podemos ser libres fuera de ellos.

Para entender una estructura como liberadora es necesario conocer y reconocer su existencia. Aceptarla y elegirla. Pero no como una resignación sino como un reconocimiento. En esta elección radica casi toda nuestra libertad.

Hace falta conocer y reconocer nuestros propios limites. Aunque es paradójico porque la capacidad de conocerlos sigue sin ser aleatoria. Lo que sí es que esta conciencia nos libera y nos responsabiliza de algún modo. Además que si la estructura fuera absolutamente determinante como dicen algunos, no habría ni diversidad ni espontaneidad ni libertad ni humanidad.

O sea que debe haber una interioridad que sea ajena a las circunstancias, estando dentro de ellas. Es ese margen de acción en el que nos movemos. Creo que somos menos libres de los que nos gustaría aceptar pero que ese espacio, tan nuestro, es el más apasionante.

“Libres” para amar: límites del consentimiento


Discusión a partir del capítulo “A Freedom with many limits” del libro The End of Love, Eva Illouz (2019)

Las transacciones no consentidas, como la violación o el robo, están mal porque no hay consentimiento. Pero esto no implica que sus contrapartes sean buenas o valiosas simplemente porque son consentidas. ¿Qué pasa cuando el consentimiento es la única norma que rige las relaciones románticas?


Cuando hablamos de relaciones románticas, parece que no es fácil hablar de moralidad. Mientras los involucrados sean adultos y consientan, ¿quién puede decir lo que está bien o lo que está mal? Es verdad que para que exista una relación de casi cualquier tipo debe haber previo consentimiento. Pero la idea de que el amor debe ser una elección completamente libre de las dos partes, un compromiso voluntario, y renovable siempre y cuando queramos lleva a la idea de un contractualismo romántico.

El problema es que los contratos legales se basan en la premisa implícita de que estos serán llevados a cabo. Mientras que la imposibilidad de estipular unos términos contractuales en el terreno emocional implica una gran incertidumbre y no hay garantías de su cumplimiento. Además, las voluntades en las relaciones románticas no necesariamente convergen ni en intención, intensidad o duración. ¿Cómo se puede entonces hablar de un acuerdo consentido, libre y consciente?

Muy pocos se atreven a criticar las implicaciones que tiene la libertad en el terreno íntimo por no querer cuestionar la importancia de este valor. Sin embargo, Eva Illouz (2019), aún siendo una gran defensora de esta libertad, plantea algunas objeciones al consentimiento como el único criterio que rige las relaciones. La socióloga asegura que la metáfora del contrato es inadecuada para comprender la forma que las relaciones toman en un escenario libre y abierto, sin regulaciones, limitaciones o sanciones.

¿Consentir a qué?

Para aceptar un contrato debemos de haber formulado nuestras condiciones previamente. Y en términos físicos puede ser más sencillo estipular los términos de nuestra aprobación o desaprobación. Si se desconecta del ámbito emocional o personal, puede pensarse que acceder o no a una interacción o relación física no tiene más implicaciones que las previamente acordadas. 

Pero el terreno del consentimiento en las relaciones emocionales y románticas es un poco pantanoso. ¿Exactamente qué queremos y qué no? Formar una relación formal, no querer asumir ninguna etiqueta, que nos acompañen por un tiempo determinado, no buscar exclusividad o un compromiso a largo plazo. 

El no saber exactamente lo que uno mismo quiere o espera de una relación o si la otra parte busca lo mismo hace que sea muy difícil hablar de consentimiento. La gente esta constantemente negociando las reglas y condiciones para entrar una relación. Además, uno no tiene incentivos para poner su autonomía en riesgo explicitando sus anhelos. El no querer mostrar vulnerabilidad dificulta la claridad, transparencia y confianza que requiere un contrato.

Una voluntad capaz de formar un contrato presupone la capacidad de alinear las emociones y aspiraciones, el hoy con el mañana. Illouz afirma que en el terreno de las relaciones emocionales esto se vuelve casi imposible porque por un lado, las emociones no son contractuales pues no son resultado de formulaciones racionales ni están sujetas a consideraciones previas. Por otro lado, deben existir dos voluntades que estén dispuestas a formular abiertamente sus expectativas.

Quizá es por esta dificultad de contractualizar las emociones que surgen nuevos tipos de relaciones que acuerdan, implícita o explícitamente, ser no-relaciones. Y es común que ambas partes no tengan el mismo entendimiento de los términos del consentimiento o que difieran las expectativas a partir de lo acordado. ¿Qué somos? ¿Qué no somos? ¿Qué derechos y obligaciones tenemos el uno con el otro?

La ética del consentimiento demanda una gran atención a nuestra propia voluntad pero ignora las condiciones en que esa voluntad se vuelve confusa, volátil, se encuentra bajo presión o entra en conflicto. ¿Y qué pasa cuando se acaba el consentimiento?

Los efectos de la unilateralidad del contrato

Como la ética del consentimiento es casi el único discurso moral que enmarca las relaciones románticas, esto hace que sea legítimo dejar una relación en cualquier momento sin ninguna justificación u obligación de ningún tipo. Si existe una característica única de la libertad contractual emocional es que las relaciones existentes están desprovistas de cualquier régimen de justificación.

La libertad de formar relaciones ha implicado, a su vez, la libertad de dejarlas. No es raro el cortar una relación sin decir nada, sin contestar o llamar, sin dar explicaciones. El ghosting, desaparecer sin ningún aviso, es la expresión máxima de la libertad para abandonar los contratos romántico-sexuales.

Los contratos emocionales son únicos en el sentido de que prácticamente no hay ningún tipo de penalización por romperlos. La salida ocurre sin costo alguno ni estigma social. No es sólo que el no querer seguir sea razón suficiente para irse sino que la gente se siente cada vez mas menos obligada a dar una explicación. Parece que esta libertad no va acompañada de ningún sentimiento de responsabilidad con el otro porque esto supondría un límite a la autonomía individual.

La generalización de esta cultura de rompimientos marca fuertemente un debilitamiento de una obligación moral. El sentimiento de obligación se ha diluido, donde nadie le debe nada a nadie.

Contratos líquidos

Como miembros de una organización, o en este caso de una relación, cuando algo nos afecta o nos disgusta tenemos básicamente dos opciones: alzar la voz o salirnos. En una relación, alzar la voz puede ser más costoso porque representa una amenaza a nuestra autonomía. Para muchos, es preferible salir que mostrar dependencia y vulnerabilidad.

En este sentido, las relaciones siguen un modelo económico. En un mercado los clientes pueden irse cada vez que no ven satisfechas sus necesidades por un producto. Esta similitud puede llevar auna indiferencia moral pues sigue una lógica de eficiencia, un cálculo de costos y utilidad, sobre los cuales se basa el contrato en primer lugar. 

Que casi todas las personas hoy en día hayan experimentado un rompimiento y que el terminar una relación sea una norma general, no significa que esto no tenga ninguna implicación tanto individual como social. El ideal de la libertad sexual y romántica ha omitido los efectos negativos en una cultura dominada por la libertad para irse.

El problema de la normalización de los rompimientos es que no hay ningún marco de referencia respecto a lo que se puede o debe hacer, no existe ningún tipo de rendición de cuentas. Y sin embargo, estos generan un gran daño emocional.

Por un lado, el terminar una relación, con o sin ningún tipo de explicación, puede lastimar profundamente la capacidad de confiar en otros o en uno mismo, causar depresión e incluso aumentar la probabilidad de suicidarse. Por otro, también se va generando una resistencia que termina en una indiferencia al daño infringido al otro. El salir sin considerar al otro como alguien que merece respeto va inhibiendo el sentimiento de responsabilidad.

Si los rompimientos hacen un fuerte daño emocional y relacional, deberíamos cuestionar acerca de los limites del consentimiento como la filosofía implícita que guía las relaciones románticas.

Consentimiento, seguridad y confianza

La falta de claridad de los términos del consentimiento, el constate auto-monitoreo y la libertad para irse de una relación sin explicación alguna convierte el futuro en incierto. En este contexto de incertidumbre y desconfianza es mucho más difícil establecer vínculos duraderos. Parece que el marco dominante de la libertad ha dificultado la construcción de una dinámica social de confianza.

Poder tener ilusiones positivas es crucial para formar y mantener una relación, pero la capacidad de tener ilusiones depende también de la seguridad que sentimos en una relación. La confianza, que no es solo el resultado de un proceso racional de deliberación, tiene la función de reducir la complejidad social. Pero ésta puede verse afectada por la primacía de la libertad para formar nuestras relaciones personales. Si el único referente normativo es el consentimiento, y si se sigue una lógica sobre todo económica y legal, podemos encontrar dificultades para relacionarnos unos con otros. Se trata de buscar un marco de libertad, seguridad y confianza donde podamos construir vínculos fuertes, recíprocos y solidarios.

Honestamente

Hace poco me encontré estudiando a una autora que se identifica como todo lo que yo no diría ser. Es una socióloga admirable, y me la recomendó otra mujer brillante que en el espectro “ideológico” se situaría en el otro extremo. Uno diría que el pensamiento de ambas nada tiene que ver pero su obra no dista demasiado. De la primera, cualquiera podría decir que es una intelectual rigurosa y reflexiva. Algo destacable de su obra es que ella pasa casi desapercibida porque aunque tiene convicciones, no parece ansiosa por enseñar una lección. Se leen sus ideas, tampoco las niega. Pero encontramos su investigación, no su historia.

En varios de sus libros, aplica un principio de simetría, examinando fenómenos sociales sin presuponer saber si el resultado a estudiar es positivo o negativo. Así, por ejemplo se aproxima al estudio de la libertad no como algo bueno per se, y entonces intenta analiza los efectos tanto positivos como negativos de dicho valor en las relaciones humanas. Dice que ella:

“wishes to analyze culture without presuming to know in advance what social relations should look like.”

Pero esto es en parte una ilusión. Porque es falso que un científico social pueda abstraerse por completo de su objeto de estudio. Sin embargo, se reconoce su honestidad y su búsqueda genuina por entender la realidad.

Luego di con otra investigación, y al leerla buscando criticarla, me pareció completamente sensata y razonable. No conocía demasiado al autor pero disfruté mucho su reflexión. En ambos casos, me sentía interpelada, pues al encontrarse con unos juicios tan prudentes uno no puede dejar de intentar responder de algún modo.

Esto me hizo pensar que lo poco que tenemos de sentido común siempre se admira cuando percibe atisbos de objetividad. Se complace cuando nota que alguien no habla por hablar sino que ha considerado cuidadosamente sus palabras y al menos se ha cuestionado sus propios prejuicios.

Es verdad que tendemos a aceptar aquello que se corresponde con nuestra visión del mundo. Nuestras descripciones están cargadas de subjetividades. Somos más dados a evaluar que a describir. Pero eso no nos impide por completo analizar las cosas buscando en realidad comprender. No significa que seamos neutrales pero sí que estamos conscientes de nuestros puntos de partida y los hemos cuestionado. Si la objetividad y la neutralidad están fuera de nuestro alcance, al menos podemos destacar la importancia de la honestidad para entendernos y comunicarnos.

Sin embargo, en nuestras discusiones, en los medios de comunicación, en las distintas disciplinas es cada vez más raro encontrar este tipo de honestidad. Es por esto que si valoramos este ejercicio, valdría la pena:

Saber primero qué es lo que creemos y, si cabe, entender de donde vienen estas convicciones. ¿Por qué creemos algo en vez de cualquier otra cosa? Ahora bien, si defiendo una postura, ¿conozco sus deficiencias o creo que no las tiene? Es un error pensar que se tiene que coincidir con todo lo que se defina como yo.

En segundo lugar, hace falta una consciencia de nuestras propias limitaciones, de saber que podemos equivocarnos y que siempre podemos aprender algo. Que no tenemos la útlima palabra y estamos muy lejos de ello. Que mis convicciones no me hacen moralmente superior a quienes no están de acuerdo conmigo. Partamos siempre de la idea de que cualquier persona tiene exactamente la misma legitimad que yo tengo para creer lo que cree, dando de entrada el beneficio de la duda. Además probablemente mi interlocutor sepa cosas que yo no sé y tengamos muchos puntos en común.

Recomiendo también asegurarse de que se está hablando en un mismo plano. Esto es altamente complicado pues, por ejemplo, hay cuestiones morales que tienen implicaciones legales o aspectos filosóficos que tienen dificultades técnicas. Sin embargo, es siempre útil saber desde donde se está abordando una postura o una investigación.

Otro esfuerzo al analizar fenómenos del pasado, es tratar de contextualizarlos y analizarlos a la luz de su época y no tratar de forzar conceptos actuales a un hecho histórico. Esto ampliará nuestra visión del mundo y mejorará nuestra comprensión del pasado y del presente.

Y por último, si uno realmente busca luchar por esta honestidad,  nunca, nunca, nunca debe autoproclamarse neutral y sería mejor huir de cualquiera que lo haga.

Re-leernos

Después de años -tratando de decir algo- es bueno mirar atrás, con el único afán de situarnos mejor en nuestro hoy. O quizá se trate solo de mi constante necesidad de recomenzar. Recordar libros, personas, aprendizajes, historias. Releernos porque somos ¿lamentablemente? la mejor referencia que tenemos para entender lo que (no) somos.

¿Por qué escribimos algo en un momento particular en vez de cualquier otra cosa? ¿Qué es exactamente lo que buscamos conservar?

¿Por qué volvemos constantemente a lo que fuimos? Creo que escribimos mucho para nosotros mismos, para no olvidarnos. Así como ver fotos viejas, desempolvar recuerdos, un debate entre la nostalgia y la reafirmación.

Y como soy muy dada a las listas, aquí hay una de algunas de las cosas que en su momento me pareció necesario compartir y, hoy, re-decir:

  1. Perder el miedo a discutir para encontrar la verdad.
  2. El encanto de las interacciones inútiles.
  3. Nuestras palabras son muy nuestras, y hay que usarlas.
  4. Que el amor raramente se encuentra en la novedad.
  5. La libertad como fin último es socialmente (y amorosamente) problemático.
  6. El ser humano no se resigna a su circunstancialidad.
  7. La importancia de volver, de vez en cuando, a lo fundamental.
  8. El amor no es ni sentido ni felicidad.
  9. No dejemos al tiempo lo que nos toca a nosotros.
  10. La cabeza y el corazón son los mejores aliados, si uno sabe escucharlos.
  11. Es libre solo quien sabe privarse de algo que desea.

Si no nos releemos, corremos el riesgo de repetirnos. O peor aún, de no reconocernos. Todo lo que no hemos escrito, y lo poco que sí, es parte de lo que hoy somos.

Aprender a renunciar

Me habría encantado ser bailarina. O escritora (bueno, a eso no renuncio todavía).

Periodista, filósofa. También física. Vivir en tantos países pero nunca irme del mío. Dibujar, leer, bailar, escribir, cocinar. Ahora me dedico más bien a la investigación. Y me encanta, no me estoy quejando. Pero tengo otra vez el mismo problema. Siempre hay algún libro o artículo más que no puedes leer, siempre surgen nuevas preguntas que nunca podrás contestar. Nuevos métodos para explorar, una infinidad de  cosas que jamás podrás pensar o aprender.

Y en estos días, que parece que nos sobra tiempo, hay siempre una inquietud de todo lo que podríamos estar haciendo y no hacemos. De todos los idiomas que podríamos estar aprendiendo, los libros que podríamos estar leyendo, el ejercicio que podríamos estar haciendo y todo lo que podríamos estar escribiendo. Además de sacar ocho horas de trabajo y llamarle a todos tus amigos y familiares.

Tantas posibilidades y tan poco yo.

Y es verdad que el mercado laboral nos exige especializarnos pero ahora no me voy a enfocar en culpar solo al sistema capitalista. Porque aún cuando los grandes pensadores podían ser filósofos, científicos, astrónomos y artistas, muchas partes de ellos también permanecieron inexploradas. Tampoco quiero decir que todos somos unos genios y que solo nos falta tiempo. Aunque quién sabe, a lo mejor sí.  

El problema no es solo que el mundo nos obliga a elegir sino que nuestras posibilidades siempre serán infinitamente más grandes que nuestra realidad, sea la que sea. Un aspecto fundamental de la condición humana es que tenemos mucho más talentos de los que tendremos la oportunidad de explorar, tantas partes de nuestra personalidad nunca saldrán a la luz. Y somos mucho más de lo que se nos permite ser.

Estamos obligados a tomar una decisión y mantenerla hasta sus ultimas consecuencias. A veces nos rebelamos contra esto, queremos explorar, experimentar en la construcción de nuestra identidad. “Soy esto pero podría ser esto otro”, probamos nuevas formas de vestir, nuevos peinados, escuchando nueva música. Cambiamos, perdemos algo pero ganamos otra cosa. Que, después de un tiempo, tampoco es suficiente.

No hay un solo camino, eso es verdad. En muchos trabajos podríamos ser perfectamente competentes y en muchos lugares, felices. Pero el vivir sujetos a las muchas versiones de nosotros mismos que no somos nos genera una constante insatisfacción. Porque sí, seguramente podríamos estar mejor en algún otro lado y lo que tenemos, nos parece siempre poco.

De pequeños jugamos a ser tantas cosas, en un mismo día hacemos tantas actividades. En el colegio aprendemos miles de temas diferentes. Y de mayores no se nos permite explorar,  ser multifacético. ¿Para qué tomar un curso de literatura si eres ingeniero? Esta opción abandonada puede generarnos tristeza. Porque la renuncia nos sabe a pérdida. Crecer es renunciar, sí, pero la felicidad está en saber hacerlo más que en buscar cumplir todos nuestros deseos.

Porque dos caminos pueden ser perfectamente buenos para ti. Y es que la mayoría de las  veces las opciones no son tan obvias, no es malo y bueno, no es solo contrastar ventajas y desventajas. Es solo decidir uno en vez de otro. Y a veces nos equivocaremos y otras muchas veces estaríamos igual de satisfechos con una u otra decisión. Pero eso nunca lo sabremos.

Parece un poco pesimista decir que la felicidad está en el conformarse. Pero puede estar más bien en la profundidad y compromiso con nuestras decisiones, no en probar más opciones. No en ampliar sino en profundizar nuestra vida. No en hacer más sino en hacer lo que hagamos.

Ya que siempre dejaremos algo sin resolver, en nuestro trabajo, en nuestras amistades, relaciones, pasatiempos y aficiones,  más nos valdría aprender a renunciar a ello. Con tanto podríamos ser felices, pero es feliz quien sabe serlo con lo que elige. Renunciar no es perder. Es saber qué ganar.

Porque sí

A veces me encuentro perdiendo el tiempo sin quererlo. Haciendo algo que no debería estar haciendo o más bien, no haciendo algo que debería estar haciendo. Desaprovechando los minutos para hacer algo útil. En vez de enfrentarme a una difícil o indeseable tarea, me dedico a cualquier otra cosa que se me ponga enfrente. Pasa el tiempo y no pasa nada. Y uno tiene que pretender un poco que no se da cuenta.

Uno no se acostumbra (¡menos mal!) a la sensación de descontento que dejan estos momentos, al parecer tan ordinarios.  Y es que creo que hay una insatisfacción propia de no decidir, de sentirnos poco libres. De actuar no porque queremos sino por inercia. Y por otro lado, parece que existe una presión, individual y social, por estar haciendo algo todo el tiempo, un culto a la excesiva actividad. Y no cualquier actividad, sino una que tenga una utilidad.

Esto no pretende ser un llamado a la vagancia (ya me gustaría) pero sí una reconciliación con el ocio y la soledad. A aprender a perder el tiempo, sobre todo a saber hacerlo intencionalmente. Sin tanta tibieza, hacer lo que tengamos que hacer y cuando no lo estemos haciendo, no hacerlo. Tampoco se trata de abandonar todas nuestras ocupaciones cínicamente cuando se nos dé la gana. Está bien que nos pese y nos cueste un poco seguir y parar, significa que al menos tenemos nobles intenciones de proseguir más adelante.

Sin embargo la realidad es que sabemos muy poco cómo perder el tiempo, nunca nadie nos ha enseñado. Y creo que lo hacemos bastante mal. Nos enfocamos tanto en los resultados que nuestro actuar es siempre un medio para conseguir algo. Por esto parece que no tiene ningún sentido hacer algo que aparentemente no tiene ninguna consecuencia.  Pero podríamos intentar hacer las cosas sólo porque sí, buscar el valor de las actividades en sí y no por sus resultados o consecuencias. Oír una buena canción porque sí. Pintar, leer, cocinar, caminar, no para algo sino porque sí.

Que sepamos disfrutar esos ratos, aunque nadie se entere (y aunque se enteren, que no, no somos siempre productivos). Que aprendamos a sentirnos cómodos con nosotros mismos sin el constante ruido y movimiento de la vida. Una especie de rebelión contra el inmediatismo.

Suena fácil. Pero en realidad requiere mucha valentía enfrentarnos a nosotros mismos y cuestionar nuestro actuar y nuestras motivaciones. Para hacer las cosas porque sí también es necesario ser muy honesto con uno mismo, no poner excusas ni pretextos.

En un mundo donde hay siempre tanto que hacer, también tiene su mérito aprender a contentarse.

Oda a la delicadeza

Una vez que advertimos algo, lo empezamos a ver por todas partes. No sé qué condición psicológica explique este fenómeno pero es bonito. Es una forma de sentir el mundo muy nuestro, muy para nosotros. Esta vez me pasó con una palabra. Comencé a encontrarla repetidamente, la citaban, hablaban de ella. Delicadeza. La escuchaba y la leía. Delicadeza. Y fue a partir de ese momento en el cual la veía por todos lados, cuando empecé a notar su ausencia.

Al principio me parecía una palabra bonita que tampoco tiene muchas implicaciones prácticas. Luego me pareció una palabra interesante, que se definía a sí misma, autológica, delicada, suave. Después, por sus distintas acepciones, me pareció que explicaba muchas cosas. El poder de nombrar para entender. Me convencí entonces de que no solo era lo que le faltaba al mundo sino lo que le hacía tanta falta.  

Caí un día en la cuenta de esto cuando sentí que un comentario de alguien me sentaba fatal. Conozco mi sensibilidad y me jacto de reconocer cuando las emociones provienen más de ella que de la realidad.  Y esta vez era una sensación objetiva (sin ser esto un oxímoron). Sé que no era un comentario mal intencionado, no era ni siquiera directamente contra mí, no era un ataque premeditado, al menos no parecía. Y sin embargo era un comentario tan desatinado, tan molesto, tan inadecuado. Tan poco delicado.

Volví a encontrarme con esto cuando le comuniqué a alguien una noticia que no tenía, a mí parecer, mucha mayor complicación. Pero a mi receptor no le vino nada bien. En sí misma, la notica no era ni buena ni mala. Pero quizá en su situación era más negativa que positiva. Yo ni siquiera lo había considerado.

Es indiscutible que los seres humanos somos unas criaturas muy vulnerables, nos podemos romper con facilidad, hacernos daño unos a otros. No es que no crea que también tenemos una gran capacidad para soportar grandes dificultades, una gran fortaleza y resiliencia. Pero nos necesitamos tanto unos a otros. Somos tan delicados que la delicadeza se vuelve un valor necesario.

 No me refiero a una delicadeza superficial, a una simple corrección política para no herir susceptibilidades. A una cierta indiferencia disfrazada de respeto. No. Me refiero a una delicadeza intencional. A prestar atención al otro, saliendo de uno mismo. A fijarse en los detalles. A ser cuidadoso pero no ajeno. A mirar al otro para encontrar la mejor manera de acercarse. A comportarse, a hablar, con tacto, con ternura. Entrar despacio a la vida de los demás, como pidiendo permiso. Justamente porque somos delicados, el mundo necesita que seamos más delicados.

delicado, da. Del lat. delicātus.

1. adj. Fino, atento, suave, tierno.

2. adj. Débil, flaco, delgado, enfermizo.

3. adj. Quebradizo, fácil de deteriorarse. 

Reacomodando

Últimamente escribo más sólo para mí. Pero, ¿tiene caso escribir para uno mismo? ¿Qué cosa tan importante tenemos que decirnos que no podemos sólo decírnosla? 

En realidad es que no creo que escribirse sea equivalente a hablar solo. Cuando uno dice algo sin que nadie lo escuche, las palabras desaparecen hasta para uno mismo. 

El papel, en cambio, es también interlocutor. A veces el más severo pero siempre el más agradecido. El más callado. El más demandante. El más fiel. 

El papel no olvida como lo hace el aire. O como lo hacemos nosotros. 

Nos recuerda pero sólo aquello que buscamos recordar. 

Escribo no tanto por decir sino por acomodar. 

Como sacar el armario entero para reordenarlo, para encontrar lo que estamos buscando, para poner todo en su sitio dejando fuera lo que ya no va. 

Y para eso no hace falta lector.  Aunque, a veces, un poco de ayuda tampoco viene mal. 

Permane-ser

Me preguntaron qué diría mi yo del pasado.

Bueno, probablemente lo mismo que digo ahora, o lo que dijo en su momento. Ya que o no existe, o si existe soy yo misma. No somos dos personas separadas. No somos una realidad discontinua. Me gusta pensar que no es alguien que no soy yo. Que lo que dijo, lo diría. Y lo que digo hoy, también.

Es verdad que hay muchos espacios para ser. Ser en el trabajo, en la familia, con los amigos, en el presente, en el pasado. En mi país o en otro, con esta u otra persona. En el mundo físico o el mundo digital. La vida es adaptarse a cada uno de estos espacios pero lo importante es encontrar la consistencia que los une.

La pregunta es:

Y si cambian todas las circunstancias, ¿qué queda de mí?

El problema es que es más difícil ser que hacer. Por eso nos resulta más fácil definirnos con base en lo que hacemos. Y claro, el hacer delimita al ser pero no es que seamos únicamente nuestro trabajo. El hacer nos da sentido, cierto, pero el no definirse más allá de eso nos crea una identidad frágil. No respondas un quién eres con un qué haces.  Pues terminamos por vivir una realidad fragmentada siendo solo la parte que somos en donde estamos, solo lo que hacemos.

A partir de ahí, nos vamos buscando por todos lados, viajamos creyendo que nos encontraremos en algún sitio. Cambiamos dependiendo del lugar en el que estamos y nos sorprendemos desconocidos. Nos debatimos entre la definición contundente o la apertura de quedarse en medio. Cómo mantenerse abierto sin perderse en el intento.

Porque en última instancia, solo podemos relacionarnos desde nuestro ahora. Uno cambia, crece, la gente y el mundo es nuevo cada día. Sería imposible encontrarse con el otro sin ser uno. Algo debe permanecer, con el único afán de ser y conocer. ¿Qué te define invariablemente? ¿Quién eres en donde sea que estés?