La vida después de Facebook

Autora invitada: Olivia Serrano

Como cualquier persona viviendo en el siglo XXI, yo era una adicta a las redes sociales. Las redes sociales hoy en día no distinguen edad, género o condición social. La gran mayoría de la población tiene cuenta en, por lo menos, una. Yo era de las que tenía Facebook, Instagram y Twitter. Y no solo las tenía, sino que era verdaderamente adicta a ellas. Era muy activa, subía fotos, comentarios, historias, compartía artículos, videos y desde luego, stalkeaba a la gente y me pasaba muchas horas al día solo navegando en los news feed. Así estuve desde el 2008 que me di de alta en Facebook, 2011 en Twitter y 2012 en Instagram. Y un buen día del 2018, por una crisis existencial que tuve decidí borrar permanentemente mi cuenta de Facebook y dos días después, la de Instagram. Conviene mencionar que este artículo no es sobre las razones que me llevaron a borrarlas sino sobre los aprendizajes y descubrimientos que he ido teniendo después de ello.

Mi primera sensación fue de miedo. Mientras ingresaba a las pestañas de “eliminar cuenta” en repetidas ocasiones salía un pop-up preguntando si estaba segura de eliminar permanentemente la cuenta resaltando el hecho de que toda la información se perdería para siempre y que sería borrada del mapa absolutamente. La radicalidad asusta. Tan así, que en ambas plataformas después de esa pregunta venía la opción de “desactivar la cuenta” para poderla activar en cualquier momento. Pero mi orgullo hablaba por dentro diciendo “o todo o nada”. Consecuentemente, opté por la nada muerta de miedo. Todas mis fotos, todos mis followers, toda mi historia, desaparecería inevitablemente.  ¿Y si necesito alguna foto antigua? ¿Y si el amor de mi vida me busca por redes sociales para contactarme y ser felices para siempre? ¿Y si necesito pedir recomendaciones o poner un anuncio? Todo esto pensaba mientras seleccionaba la opción “sí, estoy segura de eliminar la cuenta permanentemente”. Y pues nada, ya está hecho. Ya no hay vuelta atrás. De un minuto a otro mi presencia en la socialité del ciberespacio se esfumó y con ella, el miedo que me dominaba.

Inmediatamente después sentí una liberación extraña. Extraña porque no era precisamente la sensación de haber sido libre después de haber estado esclavizada. Sino que no pasó absolutamente nada, no cambió nada, no explotó ninguna bomba ni colapsó mi celular. Fue como haber bajado del mundo virtual al mundo real y darme cuenta de que son, de hecho, mundos completamente distintos pues lo que era importante allá, no lo era aquí y no dejé de “ser” por dejar de “ser” allá.

Luego tuve la imperiosa necesidad de avisarle a todos mis amigos y familia que no me fueran a buscar por esos medios, por el miedo, nuevamente, a quedarme sin ser parte de las noticias. Pero resulta que con ninguno de ellos hablaba realmente por ahí así que tampoco les afectaba mi decisión. Sin embargo, algunos comentarios me hicieron reflexionar como, por ejemplo, los de mis papás pues lo único que pidieron es que a ellos les siguiera mandando fotos de mi vida ya que irónicamente quienes más me importa que sepan de ella solo estaban teniendo noticias por una plataforma y no directamente por mí. En este sentido me pregunté, ¿y entonces para quién eran todas las fotos e historias que subí si no para los más importantes para mí? A lo que puede haber dos opciones: para todos mis followers o para mí misma. Lo primero, en realidad solo tiene sentido si se recibe algún tipo de retroalimentación –likes– de esos followers porque sin ella, ni siquiera se sabe si lo vieron ni que reacción tuvieron. Y al final, esa retroalimentación, ¡solo era para mí misma! ¡Qué poderoso puede ser el ego que me esforzaba tanto para que mis publicaciones mostraran una perfección que me diera la aceptación y el reconocimiento de la comunidad cibernauta! Desde luego que, con este sistema en lo último que se es capaz de pensar es en quienes verdaderamente te importan porque solo importa uno mismo.

Por otro lado, y después de estas primeras reflexiones, empecé a crearme algunas expectativas de los beneficios que tendría el haber desaparecido del mapa. Concretamente, estaba ansiosa por descubrir a mis verdaderos amigos pues solo quienes me buscaran personalmente y a quienes yo quisiera, a su vez, buscar, serían considerados los únicos y verdaderos amigos. Esto puede tener una parte de verdad, pero también hay que situarse en la época en la que vivimos. Es innegable que las relaciones humanas ya están mayoritariamente mediadas por las redes sociales y que el contacto sea por esos medios tampoco es indicio de que todo es falso. Pero sí es verdad que, si algo me requiere un poco más de esfuerzo, seguramente es porque para mí vale la pena y esto se nota aun teniendo redes sociales. A muchos kilómetros de distancia no voy a dejar de llamarle a mi mejor amiga para saber cómo está, es verdad que tendré el último dato de dónde estuvo, pero me faltará saber si se la pasó bien o no en ese viaje y eso solo puede resolverse con el contacto directo, lo que me confiere una gran responsabilidad. Comprobar la veracidad amistad será tarea de todos los implicados. De cualquier modo, hay mucha gente en el universo de los que “no hablamos pero me da gusto saber de ti” y ahí sí que se perderá el contacto. Ni modo, habrá que aceptar las consecuencias del acto. Y muchos otros tantos que ni hablamos ni me importan y que, en ese caso, ¿por qué nos manteníamos conectados? Interrogantes que algún día espero resolver.

Conforme han ido pasando los días, he descubierto otro cambio en mi comportamiento: tomo muchas menos fotos y videos que antes. El paisaje otoñal por el que paso todos los días, la reunión con mis amigos, el encendido del árbol de Navidad, el vino de la cena… Siguen estando ahí y sigo disfrutando de ello, nada ha cambiado. Así pues, reflexiono dos cosas. La primera es que he podido discriminar con libertad a lo que vale la pena tomarle fotos porque ahora solo es para mí o mis más cercanos, entonces ¿realmente la vista de mi camino a casa es algo que quiero recordar, guardar o compartir con alguien? Si no es así, no es necesario detenerme a tomar la foto pero sí que podría detenerme a contemplar el paisaje, podría detenerme a vivir la realidad. Y esta es la segunda reflexión. ¿Cuántas cosas me habré perdido de poder contemplar a fondo por haber estado eligiendo el filtro perfecto para la foto, cuántas conversaciones interrumpidas para hacer un boomerang de las copas de vino, cuánto habré disfrutado realmente la tarde de café y libros? Bueno, tampoco pasa nada por hacerlo pero sin duda alguna he descubierto la autenticidad de mis sentimientos cuando no hay más fin que el vivir.

Queda todavía un camino largo, será un proceso de duelo en toda regla y también vendrán momentos de arrepentimiento y altas expectativas del impacto positivo que tenga esto en, por ejemplo, mi productividad. No obstante, sí quisiera poner de manifiesto que de ningún modo hace falta ser tan radical y salirse de todas las redes sociales, pero si esta experiencia sirve para replantearnos el uso que hacemos de ellas, ya es ganancia. Y así, ojalá que no perdamos más de lo que creemos ganar, ojalá que no olvidemos a quienes más nos importan, ojalá que las fotos que tomemos muestren realmente lo que somos y no lo que quisiéramos ser, ojalá que descubramos la vida que hay después de Facebook.

 

NOTA: Conservé Twitter por considerarla de otra naturaleza así que dejo a su disposición mi cuenta para no estar completamente ilocalizable: @OliviaSerraNu

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Interpretándonos

El ser humano es un “intérprete obsesivo”. No nos queda de otra, es todo lo que podemos hacer si esperamos tener siquiera un mínimo de éxito en nuestras interacciones sociales. Vivimos interpretando el mundo, a los otros. ¿Qué significará esto? ¿Qué me estará queriendo decir? ¿Qué estará pensando? Pasamos la vida con estas preguntas para las cuales nunca jamás tendremos respuestas certeras. Pero al menos tenemos elementos que facilitan esta comprensión mutua. Acuerdos compartidos sobre lo que significa una cosa. Por ejemplo, sabemos que si alguien llora, probablemente esté triste. Nos valemos de palabras, gestos, acciones que nos ofrecen un poco de claridad y posibilitan cualquier relación humana.

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Este ejercicio-obligatorio-de interpretación llena la vida de encanto pero también puede ser abrumador, si no tenemos suficiente cuidado. Para complicarlo un poco, vamos teniendo más y más medios de interacción social, y si ahora podemos comunicarnos sin siquiera mirarnos, ¿cómo sabremos leernos correctamente? Si no tenemos que actuar para acompañar nuestras palabras, les podemos quitar todo su significado. Cada vez es más fácil, y quizá preferimos, dejar más espacio a ser interpretados para asumir menos responsabilidad de lo que hacemos, o dejamos de hacer.

Por otro lado, hay una ruptura entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Encontramos tanta inconsistencia en el mundo que nos es imposible creer hasta en nosotros mismos. Todas estas vías de comunicación y espacios de interpretación nos van llenando de una angustiosa confusión. Nos preocupamos por aparentar y no por darnos a conocer. Nos jactamos de tolerarlo todo, pero a costa de no intentar comprender nada. Creemos que quitándole peso a nuestra palabra, iremos más ligeros por el mundo. Nos fragmentamos tan constantemente que hasta nuestros gestos quedan desprovistos de significado. Y después vamos lamentándonos porque nos interpretan erróneamente.

Ante este panorama donde los vínculos sociales se van debilitando, donde las relaciones nos causan ansiedad e inseguridad, debemos darnos y dar a los demás la claridad que todos necesitamos. Seamos honestos, con otros y con nosotros mismos. Si yo comienzo a actuar conforme a lo que pienso, a decir lo que siento, voy a empezar también a creer en los demás. Dejemos de buscar explicaciones y justificaciones. Quedémonos con lo que la gente dice o hace, no con lo que nosotros creemos que dice o hace. Confiemos en que la gente nos comunica lo que quiere que entendamos, no más ni menos. Preguntemos. No llenemos los silencios de alguien con nuestras palabras.

Si vamos reemplazando los vacíos del desentendimiento con transparencia, quedará mucho menos espacio para la interpretación y mucho más espacio para el encuentro. Si creemos en algo, llevémoslo hasta sus últimas consecuencias.  Así, si somos consecuentes, de todos modos van a interpretar nuestras acciones, pero al menos no dudaremos de nosotros mismos. Seamos mejores, más libres de nuestros miedos, más congruentes, más honestos. Conozcámonos mejor, no busquemos interpretarnos sino encontrarnos.

 

 

Man in the mirror, Suzanne Marie Leclair

 

 

 

Razonar con el corazón

Creo que por fin hemos llegado a un acuerdo. Mi corazón, mi cabeza y yo estamos en el mismo canal, hemos tomado una decisión, o al menos asumido una condición. Estamos bien, tranquilos, aceptando lo que toca aceptar y ya está. O al menos eso parece. De repente al corazón le da por inquietarse. Vamos, es posible que pasen situaciones que lo alteren un poco. Pero está fuera de sí. Yo, como una simple mediadora, le pido por favor a la cabeza que le exponga nuevamente las razones al corazón. Ella uno por uno repite, enumera, enlista todos y cada uno de los puntos por los cuales hemos decidido algo en primer lugar.

El corazón por momentos asiente, pretende entender y aceptar dichas razones. Pero de repente y sin motivo aparente, vuelve a inquietarse. Se vuelve loco, pierde la cabeza. Protesta, sin razones, pero con enjundia. La cabeza entonces busca razones para unírsele al corazón, y claro, como hace muy bien su trabajo, las encuentra. Yo entonces también comienzo a dudar. Pero cuestiono a la cabeza, le explico calmada que estos cambios son muy poco razonables. Ella entiende. Recapacitamos. Convencemos de nuevo al corazón, sabiendo que en cualquier momento éste se puede volver en nuestra contra. En fin, esta historia se repite una y otra vez. A veces parece que la cabeza y el corazón se ponen de acuerdo para querer cosas diametralmente opuestas.*

Cuando nos encontramos en esta situación, tenemos varias opciones. La primera, puramente racional, sería callar al corazón de un tirón imponiendo razones. La segunda, dejemos mejor que el corazón mande. Que no importe nada más que lo que sentimos, el corazón quiere lo que el corazón quiere. Bueno, ninguna de estas posturas me convence del todo. Por un lado, sería iluso pensar que el corazón no tiene nada razonable que decir. Hay que escucharlo, buscar entenderlo. Las emociones, los sentimientos, son un motor poderosísimo. Pero en su fuerza llevan también su fragilidad, su debilidad, su inestabilidad. Somos mucho más que solo sentimientos pero constituyen una gran parte de nosotros. Tampoco tendríamos que actuar basándonos únicamente en nuestros pensamientos, razones y cálculos ya que sería negar toda la experiencia humana emocional. ¡Qué vida tan vacía (y aburrida)!

¿Se puede, entonces, llegar a un acuerdo? Definitivamente pienso que debe buscarse, pues ni todas las razones le corresponden a la cabeza ni todo el amor es solo cosa del corazón. Ambos deben encontrarse para decidir mejor y para amar mejor.

Lo que es cierto es que muchas veces no se trata ni siquiera de que quieran cosas distintas pero pasa que el corazón exige satisfacciones, respuestas, más inmediatas. Le es complicado mirar a largo plazo. Solo sabemos sentir en tiempo presente. Es por eso que nos parecen tan fuertes las demandas del corazón, porque son ahora o (pensamos) nunca. En cambio, la cabeza puede mirar un poco más allá. Puede entender que algo que es bueno puede requerir espera, esfuerzo. Tiene un poco más de perspectiva temporal que, claro, al corazón le resulta ciertamente incomprensible.

Ahora bien, ambas dimensiones humanas, la emocional y la racional, aunque a veces parece que se contraponen, en la realidad se complementan, se necesitan. Pero es verdad que resulta a veces más fácil dejarse llevar por una u otra, actuar escuchando solo a una de las partes. A manera de esbozo, creo que parte de la conciliación resulta de tener claro dos cosas: quién soy y hacia dónde quiero ir. La cabeza y el corazón usualmente responden lo mismo a estas preguntas. Estas dos cuestiones nos orientan para saber bien a lo que aspiramos y de lo que somos capaces. Entenderemos qué es lo que el corazón  está anhelando y qué es lo que realmente busca satisfacer con estas fuertes demandas. Nos podremos dar cuenta que casi siempre la aspiración es compartida. Cabeza y corazón parten del mismo sitio y buscan llegar al mismo lugar, aunque a veces no coincidan en el camino.

Si sabemos quienes somos y tenemos muy presentes nuestras aspiraciones será más fácil poner los medios para alcanzarlas, a veces con el corazón, a veces con la cabeza. Porque ninguno por sí solo nos puede hacer completamente felices. Y, en cambio, cuando tomamos una decisión con la cabeza y con el corazón en sintonía, no nos queda ninguna duda de que es la decisión correcta. Esta disyuntiva puede ser dolorosa y difícil pero creo que, si lo permitimos, la cabeza sabe muy bien entender y dirigir los grandes anhelos del corazón.

 

 

 

*Disclaimer: Esta caricaturización es con afán meramente ilustrativo. La autora** no pretende afirmar en lo absoluto que seamos individuos dicotómicos o atomizados sino que, por el contrario, sostiene que somos una unidad, personas integradas en todas nuestras dimensiones.

**A la autora le pareció gracioso hablar de sí misma en tercera persona. Se dio cuenta muy tarde que no lo es tanto.

 

Listas y manías

Me encantan las listas. Hago o procuro hacer listas para prácticamente todo. Algunos podrían decir que es una clase de obsesión y no lo discutiría, pero para mí es un intento pequeñito de darle estructura a un mundo tan caótico. Claro que me dirían entonces que la obsesión es la de darle estructura a lo que no tiene porque tenerla, y nuevamente no estaría en posición de rebatirlo. Pero al final todos buscamos alguna certeza, un poco de seguridad en la que podamos descansar nuestros pensamientos. Algún indicio, algo que nos diga que no estamos del todo perdidos, que nos reconforte asegurándonos que vamos hacia algún lugar. Bueno, así me siento cada vez que tacho algo de mis listas. En una lista todo tiene un orden y una razón de ser. Qué ficción tan más consoladora.

Aquí va una lista de algunas de las cosas de las que hago listas (no pretende ser para nada exhaustiva):

  • Compras del supermercado
  • Ropa/zapatos/accesorios que me hacen falta quiero
  • Sentimientos (sí, más de uno, al mismo tiempo)
  • Pendientes del día
  • Pendientes de la semana
  • Compromisos del mes
  • Fechas importantes
  • Amigos que quiero visitar/llamar
  • Cartas por escribir
  • Lugares a los que quiero ir
  • Lugares a los que he ido
  • Cosas por hacer
  • Libros por leer
  • Mis virtudes
  • Y defectos (un poco larga en comparación de la anterior)
  • Temas de conversación
  • Temas para escribir algún artículo algún día
  • Preguntas que hacer a gente que me parece interesante
  • Gente que me parece interesante
  • Libros favoritos
  • Películas favoritas
  • Todas mis cosas favoritas
  • Cuentas/deudas (ésta no es mi favorita)
  • Ideas
  • De spotify
  • Sueños por cumplir
  • Y un gran, gran etcétera.

Retrato

“Cómo me encantaría saber dibujar”. Dijo ella pasando las manos sobre su rostro. “No puedes hacerlo todo.” Él respondió sonriendo mientras tomaba sus manos para alejarlas de sus ojos. “Pero si no puedo dibujarte nunca podrás saber cómo te veo. Si tan sólo pudieras verlo”. -“Dímelo entonces, de todos modos siempre has sido mejor con las palabras que con las manos”.

Se levantó del sillón y no paró de abrir cajones y sacar cosas hasta que encontró una hoja en blanco. Se quedó observándolo unos segundos y se puso a escribir. Él sólo la miraba y reía. Nunca más hablaron del tema.

Después de unos meses se encontraba él solo en medio del departamento. Empacándolo  todo para irse de aquel lugar lleno de polvo y  recuerdos. Cajas, libros, boletos de cine, cartas, fotos, cigarros. Y en el fondo del cajón una bola de papel:

 

Es mi  tipo, definitivamente. Y estoy segura que las mujeres  lo voltean a ver pues camina con esa seguridad de aquel al que pocas veces le han dicho que no. Pero no, no creo que nadie lo calificaría como soberbio. Su presencia nunca se vuelve demasiado.

Tiene unos ojos muy nobles que brillan cada vez que me ve o a veces cuando se concentra mucho. Y una sonrisa torcida un poco  a la derecha que me vuelve loca. Me encanta la manera en la que se coge el pelo  o la cara que hace cuando se ve al espejo mientras se peina. De repente descubro lunares nuevos o viejas cicatrices. Si tengo suerte, algún lugar sensible a las cosquillas.

Está tan seguro de muchas cosas que a veces molesta. Confía demasiado en él, en nosotros. Pero no, no en el mundo. Es fuerte. No como si sus brazos fueran su única preocupación pero seguramente sabe dar un buen golpe  si es absolutamente necesario.

No sé bien que sea pero nunca me siento tan segura como cuando estoy con él, no sólo como si nada malo pudiera pasar sino como si todo en el mundo tuviera una solución. Y él de alguna u otra manera pudiera saberla.  Y sus abrazos, dios, cómo alguien puede abrazar tan bien. Te abraza con la combinación exacta de fuerza y ternura como para no poder y no querer soltarse nunca.

Su mirada lo dice todo pero no es un hombre de muchas palabras, nunca dice  más que sólo lo necesario. Aunque con él lo necesario basta. Y es que es tan fácil de leer. Tan simple. Como si no lo acomplejaran sus complejos. Si hay que estar, está y si hay que llorar, llora. Pero hasta sus lágrimas son tan transparentes. 

Ojalá  algún día entienda lo que veo, lo que significa para mí. Y ojalá se quede. 

 

Pero ahora esas gotas que ella mencionaba, mientras caían en el papel, no se sentían transparentes, se sentían demasiado opacas.