Razonar con el corazón

Creo que por fin hemos llegado a un acuerdo. Mi corazón, mi cabeza y yo estamos en el mismo canal, hemos tomado una decisión, o al menos asumido una condición. Estamos bien, tranquilos, aceptando lo que toca aceptar y ya está. O al menos eso parece. De repente al corazón le da por inquietarse. Vamos, es posible que pasen situaciones que lo alteren un poco. Pero está fuera de sí. Yo, como una simple mediadora, le pido por favor a la cabeza que le exponga nuevamente las razones al corazón. Ella uno por uno repite, enumera, enlista todos y cada uno de los puntos por los cuales hemos decidido algo en primer lugar.

El corazón por momentos asiente, pretende entender y aceptar dichas razones. Pero de repente y sin motivo aparente, vuelve a inquietarse. Se vuelve loco, pierde la cabeza. Protesta, sin razones, pero con enjundia. La cabeza entonces busca razones para unírsele al corazón, y claro, como hace muy bien su trabajo, las encuentra. Yo entonces también comienzo a dudar. Pero cuestiono a la cabeza, le explico calmada que estos cambios son muy poco razonables. Ella entiende. Recapacitamos. Convencemos de nuevo al corazón, sabiendo que en cualquier momento éste se puede volver en nuestra contra. En fin, esta historia se repite una y otra vez. A veces parece que la cabeza y el corazón se ponen de acuerdo para querer cosas diametralmente opuestas.*

Cuando nos encontramos en esta situación, tenemos varias opciones. La primera, puramente racional, sería callar al corazón de un tirón imponiendo razones. La segunda, dejemos mejor que el corazón mande. Que no importe nada más que lo que sentimos, el corazón quiere lo que el corazón quiere. Bueno, ninguna de estas posturas me convence del todo. Por un lado, sería iluso pensar que el corazón no tiene nada razonable que decir. Hay que escucharlo, buscar entenderlo. Las emociones, los sentimientos, son un motor poderosísimo. Pero en su fuerza llevan también su fragilidad, su debilidad, su inestabilidad. Somos mucho más que solo sentimientos pero constituyen una gran parte de nosotros. Tampoco tendríamos que actuar basándonos únicamente en nuestros pensamientos, razones y cálculos ya que sería negar toda la experiencia humana emocional. ¡Qué vida tan vacía (y aburrida)!

¿Se puede, entonces, llegar a un acuerdo? Definitivamente pienso que debe buscarse, pues ni todas las razones le corresponden a la cabeza ni todo el amor es solo cosa del corazón. Ambos deben encontrarse para decidir mejor y para amar mejor.

Lo que es cierto es que muchas veces no se trata ni siquiera de que quieran cosas distintas pero pasa que el corazón exige satisfacciones, respuestas, más inmediatas. Le es complicado mirar a largo plazo. Solo sabemos sentir en tiempo presente. Es por eso que nos parecen tan fuertes las demandas del corazón, porque son ahora o (pensamos) nunca. En cambio, la cabeza puede mirar un poco más allá. Puede entender que algo que es bueno puede requerir espera, esfuerzo. Tiene un poco más de perspectiva temporal que, claro, al corazón le resulta ciertamente incomprensible.

Ahora bien, ambas dimensiones humanas, la emocional y la racional, aunque a veces parece que se contraponen, en la realidad se complementan, se necesitan. Pero es verdad que resulta a veces más fácil dejarse llevar por una u otra, actuar escuchando solo a una de las partes. A manera de esbozo, creo que parte de la conciliación resulta de tener claro dos cosas: quién soy y hacia dónde quiero ir. La cabeza y el corazón usualmente responden lo mismo a estas preguntas. Estas dos cuestiones nos orientan para saber bien a lo que aspiramos y de lo que somos capaces. Entenderemos qué es lo que el corazón  está anhelando y qué es lo que realmente busca satisfacer con estas fuertes demandas. Nos podremos dar cuenta que casi siempre la aspiración es compartida. Cabeza y corazón parten del mismo sitio y buscan llegar al mismo lugar, aunque a veces no coincidan en el camino.

Si sabemos quienes somos y tenemos muy presentes nuestras aspiraciones será más fácil poner los medios para alcanzarlas, a veces con el corazón, a veces con la cabeza. Porque ninguno por sí solo nos puede hacer completamente felices. Y, en cambio, cuando tomamos una decisión con la cabeza y con el corazón en sintonía, no nos queda ninguna duda de que es la decisión correcta. Esta disyuntiva puede ser dolorosa y difícil pero creo que, si lo permitimos, la cabeza sabe muy bien entender y dirigir los grandes anhelos del corazón.

 

 

 

*Disclaimer: Esta caricaturización es con afán meramente ilustrativo. La autora** no pretende afirmar en lo absoluto que seamos individuos dicotómicos o atomizados sino que, por el contrario, sostiene que somos una unidad, personas integradas en todas nuestras dimensiones.

**A la autora le pareció gracioso hablar de sí misma en tercera persona. Se dio cuenta muy tarde que no lo es tanto.

 

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¿Por qué es importante cuestionar?

A lo largo de la historia han existido fuertes creencias e ideologías que se implantan en la sociedad y funcionan como modelos de vida, parámetros para evaluar o criticar el mundo y como mecanismos de control. Hay documentos que hasta hoy en día siguen siendo referencia de comportamiento de muchas personas. Ejemplos de ello son la Biblia, el Corán o la Torá, entre muchos otros. Estos libros son más que literatura, es decir, vienen cargados de un fuerte mensaje social, económico, político y cultural. Es posible tomar puntos de estos libros y relacionarlos con diversas disciplinas y ciencias, e incluso justificar muchos comportamientos del hombre.

Es interesante darnos cuenta como han pasado cientos de años desde su escritura y seguimos rigiendo algunos aspectos de nuestra vida con base en lo escrito en estas obras. Podemos pensar que nos hemos desligado o que ya no estamos bajo la influencia de su eco, pero existen muchos aspectos que nos mantienen atados. Algunos ejemplos de ello, son creencias respecto al predominio del hombre sobre los animales, o sobre la mujer. Otro de ellos es la forma en que muchas personas ven las relaciones amorosas entre personas del mismo género, la forma de alimentarse, entre muchos otros preceptos.

¿Qué tal un poco de libertad?

¿Qué tal un poco de libertad?

Es interesante como existe una inercia histórica y un poder aún presente en la sociedad actual, lo cual no podría decir que es bueno o malo. No busco plantear la necesidad de emanciparse de toda ideología o creencia religiosa, pues eso sería la imposición de otra ideología, y al final se caería en lo mismo. Lo que busco plantear en este artículo es la necesidad de pensar, de cuestionar, de analizar, criticar y llegar a una conclusión personal respecto a lo que se quiere creer verdaderamente, lo que se quiere desechar de ciertas creencias, doctrinas o ideologías, y lo que se quiere preservar o conservar como modelo personal de vida.

El objetivo de un ejercicio así es simplemente darnos cuenta qué es lo que genuinamente creemos y darnos cuenta de nuestra autonomía ideológica, de nuestra capacidad de pensar independientemente de las masas. Creo que es importante salir un poco de la esfera de control social para avanzar socialmente, si es que la palabra es “avanzar”. Creo firmemente que las ideologías pueden ser muy dañinas, peligrosas y catastróficas, pero eso es una conclusión personal a la que he llegado. Creo que no podemos obligar a nadie a creer lo que creemos sólo porque pensamos que es lo correcto. No creo que sea correcto que juzguemos las vidas ajenas sólo porque nos escudamos en la “sabiduría” de antiguas escrituras y tampoco creo que podamos establecer instituciones que opriman a las personas que quieren vivir diferente.

No creo en el poder de las masas y tampoco en la imposición de la mayoría. Espero una democracia incluyente, con contrapesos y espacios para la diferencia. Pienso que es saludable una sociedad tolerante que se cure de viejas ideas, no por ser viejas sino por ser inhumanas y ciegas; una sociedad que conserve lo humano. En este sentido, creo que no es posible tampoco imponer esta moral porque cada persona tiene un proceso mental diferente y  llega a sus conclusiones a su ritmo. No creo que necesitemos una escuela de moral o un programa gubernamental que nos enseñe cómo debemos tratar al otro. Creo que lo que necesitamos es precisamente limpiarnos de ideologías dañinas y de creencias que han deformado las capacidades humanas en la sociedad.

B. Job Sandoval

¿Arte contemporáneo o arte muerto?

Hace unos días platicaba con amigos acerca del arte. Todo comenzó cuando llegamos a un bar a tomar una copa de vino. Tomamos nuestro asiento, y en la pared había una fotografía. Yo les comenté a mis amigos que me gustaba mucho lo que expresaba esa fotografía. Uno de mis amigos me dijo que él no le veía lo interesante, que no le expresaba nada. Acto seguido, la conversación se fue transformando en una serie de argumentos a favor y en contra de la fotografía, hasta que desembocamos en la desgastante discusión respecto a la definición de el arte.

¿Qué es el arte? Nos preguntábamos el uno al otro y dábamos nuestro punto de vista. Para mi amiga el arte expresaba o reflejaba los sentimientos, pensamientos y características de una determinada época, entonces para ella el arte contemporáneo era un reflejo de la sociedad de la época actual. Yo le respondí que cada que iba a una exhibición de arte contemporáneo salía con una sensación de “nada”, de “vacío”, de “falta de significado” y que no estaba seguro si podíamos llamarle arte a las expresiones de nuestro tiempo. En cuanto a esto, mi amigo respondió que el arte se terminó hace mucho tiempo, que para él las expresiones actuales no son arte.

Expresiones de arte cntemporáneo

Expresiones de arte contemporáneo

Hacíamos afirmaciones fuertes, determinantes, quizá irresponsables, poco fundamentadas y quizá sin sentido, pero nos dábamos libertad de opinar respecto al arte como se atreven a opinar los amigos cuando están en confianza. Discutíamos también que el arte ha sido a lo largo de muchos años una respuesta a las épocas anteriores, un “arte reaccionario”, el cual comparé yo con un péndulo que va de un lado a otro, que se cansa de una corriente y se dirige al lado contrario para explorar otros estilos, materiales, técnicas y cánones.  Comentábamos también que en el pasado, la creación de arte o el disfrute del arte eran una actividad que sólo podía ser llevada a cabo por unos cuantos, por un grupo selecto de personas adineradas que tenían los recursos, el tiempo y el talento. El arte no era precisamente para todos, el arte tenía, generalmente, una connotación burguesa.

Los tiempos fueron cambiando y movimientos como el dadaísmo, fluxus, surrealismo y otros, que no sólo buscaban una expresión estéticamente bella sino que venían cargados con un fuerte argumento político y social, fueron movimientos activistas y revolucionarios que tenían el objetivo de promover un arte revolucionario, anti-europeo, un arte auténtico, un arte no burgués, liberal, que fuera para todas las personas, y si me permiten usar esta expresión, buscaban en cierto sentido la “democratización” del arte.

Fluxus Manifesto

Fluxus Manifesto

Con la reflexión anterior, mis amigos y yo estábamos por llegar a nuestra conclusión. En la medida en la que el arte se fue volviendo una práctica accesible a más personas, fue perdiendo su elitismo y selectividad, su carácter diferente, su esfera hermética para muchos. En el pasado, el arte se distinguía porque los artistas eran distintos a los no artistas. Sólo unos cuantos tenían la capacidad de reflejar los sentimientos, pensamientos y características de una sociedad, y era más sencillo determinar quiénes eran los intelectuales y los artistas que formaban parte de ciertos movimientos, en fin, era sencillo identificar el arte y los patrones de cada época.  Así como antes el voto era una actividad exclusiva de una élite política, los cuales decidían respecto a todo lo que sucedería en una ciudad, estado o país, así era el arte en el pasado: una actividad aristocrática, incluso republicana, mas no democrática.

En la medida en la que el voto se fue extendiendo a toda la población, el voto de una persona se fue volviendo cada vez más insignificante, por lo que el poder de una persona es casi igual a la nada. Considero que eso ha pasado con el arte, en la medida en la que se fue volviendo más accesible a más personas, es más difícil reconocer el arte cuando hay más artistas, más cuentas de instagram, más escuelas y universidades públicas de artes y en general, mayor acceso a la práctica del arte. Donde todos tienen poder, nadie tiene poder. Donde todos pueden ser artistas, nadie es artista. No considero que el arte haya muerto, porque el arte contemporáneo sigue siendo una expresión de la época. El arte ahora está fragmentado en muchas personas llevando a cabo el arte. El arte ahora refleja nuestro afán por lo inmediato, por el reconocimiento, por el narcisismo, por el frenesí libertario y relativista. El arte pierde su significado en la falta de significado de nuestra sociedad, mas no ha muerto. El arte ahora es instantáneo y es difícil identificarlo, cuando segundo tras segundo, hay una obra nueva. Sigue vivo como nosotros, pero le falta sentido. Cuando observamos las obras de artistas contemporáneos, vemos nuestro reflejo.

B. Job Sandoval