Oda a la delicadeza

Una vez que advertimos algo, lo empezamos a ver por todas partes. No sé qué condición psicológica explique este fenómeno pero es bonito. Es una forma de sentir el mundo muy nuestro, muy para nosotros. Esta vez me pasó con una palabra. Comencé a encontrarla repetidamente, la citaban, hablaban de ella. Delicadeza. La escuchaba y la leía. Delicadeza. Y fue a partir de ese momento en el cual la veía por todos lados, cuando empecé a notar su ausencia.

Al principio me parecía una palabra bonita que tampoco tiene muchas implicaciones prácticas. Luego me pareció una palabra interesante, que se definía a sí misma, autológica, delicada, suave. Después, por sus distintas acepciones, me pareció que explicaba muchas cosas. El poder de nombrar para entender. Me convencí entonces de que no solo era lo que le faltaba al mundo sino lo que le hacía tanta falta.  

Caí un día en la cuenta de esto cuando sentí que un comentario de alguien me sentaba fatal. Conozco mi sensibilidad y me jacto de reconocer cuando las emociones provienen más de ella que de la realidad.  Y esta vez era una sensación objetiva (sin ser esto un oxímoron). Sé que no era un comentario mal intencionado, no era ni siquiera directamente contra mí, no era un ataque premeditado, al menos no parecía. Y sin embargo era un comentario tan desatinado, tan molesto, tan inadecuado. Tan poco delicado.

Volví a encontrarme con esto cuando le comuniqué a alguien una noticia que no tenía, a mí parecer, mucha mayor complicación. Pero a mi receptor no le vino nada bien. En sí misma, la notica no era ni buena ni mala. Pero quizá en su situación era más negativa que positiva. Yo ni siquiera lo había considerado.

Es indiscutible que los seres humanos somos unas criaturas muy vulnerables, nos podemos romper con facilidad, hacernos daño unos a otros. No es que no crea que también tenemos una gran capacidad para soportar grandes dificultades, una gran fortaleza y resiliencia. Pero nos necesitamos tanto unos a otros. Somos tan delicados que la delicadeza se vuelve un valor necesario.

 No me refiero a una delicadeza superficial, a una simple corrección política para no herir susceptibilidades. A una cierta indiferencia disfrazada de respeto. No. Me refiero a una delicadeza intencional. A prestar atención al otro, saliendo de uno mismo. A fijarse en los detalles. A ser cuidadoso pero no ajeno. A mirar al otro para encontrar la mejor manera de acercarse. A comportarse, a hablar, con tacto, con ternura. Entrar despacio a la vida de los demás, como pidiendo permiso. Justamente porque somos delicados, el mundo necesita que seamos más delicados.

delicado, da. Del lat. delicātus.

1. adj. Fino, atento, suave, tierno.

2. adj. Débil, flaco, delgado, enfermizo.

3. adj. Quebradizo, fácil de deteriorarse. 

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Permane-ser

Me preguntaron qué diría mi yo del pasado.

Bueno, probablemente lo mismo que digo ahora, o lo que dijo en su momento. Ya que o no existe, o si existe soy yo misma. No somos dos personas separadas. No somos una realidad discontinua. Me gusta pensar que no es alguien que no soy yo. Que lo que dijo, lo diría. Y lo que digo hoy, también.

Es verdad que hay muchos espacios para ser. Ser en el trabajo, en la familia, con los amigos, en el presente, en el pasado. En mi país o en otro, con esta u otra persona. En el mundo físico o el mundo digital. La vida es adaptarse a cada uno de estos espacios pero lo importante es encontrar la consistencia que los une.

La pregunta es:

Y si cambian todas las circunstancias, ¿qué queda de mí?

El problema es que es más difícil ser que hacer. Por eso nos resulta más fácil definirnos con base en lo que hacemos. Y claro, el hacer delimita al ser pero no es que seamos únicamente nuestro trabajo. El hacer nos da sentido, cierto, pero el no definirse más allá de eso nos crea una identidad frágil. No respondas un quién eres con un qué haces.  Pues terminamos por vivir una realidad fragmentada siendo solo la parte que somos en donde estamos, solo lo que hacemos.

A partir de ahí, nos vamos buscando por todos lados, viajamos creyendo que nos encontraremos en algún sitio. Cambiamos dependiendo del lugar en el que estamos y nos sorprendemos desconocidos. Nos debatimos entre la definición contundente o la apertura de quedarse en medio. Cómo mantenerse abierto sin perderse en el intento.

Porque en última instancia, solo podemos relacionarnos desde nuestro ahora. Uno cambia, crece, la gente y el mundo es nuevo cada día. Sería imposible encontrarse con el otro sin ser uno. Algo debe permanecer, con el único afán de ser y conocer. ¿Qué te define invariablemente? ¿Quién eres en donde sea que estés?  

Ni mérito ni justicia, libertad

Todos los amores tienen algo en común. Ya sea la amistad, el amor romántico, espiritual, filial, fraterno. Y es que solo pueden entenderse desde la libertad.

“Te mereces a alguien mejor”, “no se lo merece”, “no es justo”. Creo que detrás de estas afirmaciones hay un afán muy noble de ser digno del amigo o del ser amado. Pero no puede ser una cuestión de mérito. ¿Cuáles serían los criterios para determinar quién merece qué tipo de amor? ¿Quién lo decidiría? Tampoco puede ser una mera cuestión de  justicia. Que todos recibamos afecto de acuerdo a nuestras circunstancias particulares. ¿Qué nos tocaría a cada uno?

En una sociedad donde el ideal de la meritocracia se ha trasladado a las relaciones personales, no hay espacio para la compasión y la bondad.  Si todo es medido con base en nuestras competencias personales o en nuestra capacidad para destacar,  el fracasar en las amistades o relaciones se convierte en un indicador de nuestra valía. ¿Cómo relacionarse en un mundo de ganadores y perdedores, donde unos merecen ser escuchados y atendidos mientras otros ignorados o despreciados? Somos tan poca cosa que nadie merecería tener un gran amigo, nos equivocamos tanto que lo justo sería recibir un amor muy pobre. Pero el mundo necesita menos impartidores de justicia y más buenos amigos, más aceptación y comprensión.  

Porque volvemos a lo mismo. Los amores son activos y aunque es necesariamente una realidad relacional, ésta no recae tanto en el receptor como en el emisor. En este sentido, el amor es algo que damos libremente en la medida de nuestras posibilidades. No es que te elijan porque eres el más capaz o el más bueno, o el amigo más gracioso. No. Seguro que hay miles mejores y más simpáticos. No es que te lo merezcas o sea justo encontrar a alguien con quien compartir. Con mi libertad te elijo, no te evalúo.

Que te quieran tiene que ver más con la capacidad del que te quiere, con su capacidad de admirarse, de ver y querer descubrir lo bueno en ti. Y por otro lado, si alguien te hace daño o no te quiere como quisieras tampoco es necesariamente tu culpa. Los afectos no pueden ser demandados ni obligados. Sí cultivados, propiciados y cuidados. (Aunque un poco de suerte tampoco viene mal).

Esto no nos convierte tampoco en receptores pasivos del cariño. Hay que aprender a dejarse querer, que la vulnerabilidad no resulta una tarea sencilla. Hay que darse a conocer, hay que dejarse elegir. Hay que saber agradecer y corresponder. Hay siempre que intentar ser dignos de ese amor que se nos da libre y gratuitamente. Hay que recibirlo y cuidarlo. En primer lugar, hay que saber darlo.

Si alguien decide quererte, lo más probable es que te lo merezcas poco. Quizá coincidieron en circunstancias, intereses. Llámale atracción o simpatía. La cuestión es que alguien te elige, entre millones de personas. Tampoco hace falta preguntar por qué. Cuando entendamos que esta elección que alguien más toma tiene muy poco que ver con nosotros, sabremos agradecer y valorar este regalo, aprenderemos a corresponder libremente.

Mis deseos son órdenes

“Comprendí que los mayores males en este mundo no son causados por lo perverso y lo brutal, sino casi siempre por la debilidad.”

La impaciencia del corazón, Stefan Zweig

Cada vez me resulta más complicado argumentar un deber, sostener que a veces hay que hacer algo que no se desea. La idea de sobreponerse a uno mismo resulta un tanto absurda cuando no hay nada por encima de uno mismo. ¿Por qué hacer algo que no quiero hacer? O bien, ¿por qué no hacer algo que quiero? ¿Por qué no hacer todo lo que quiero? La satisfacción de todos nuestros deseos se vuelve el fin lógico de nuestra vida. Un fin que jamás podrá ser alcanzado pues nuestra capacidad para satisfacer nuestros deseos es altamente limitada mientras que nuestra capacidad para generarlos no. El cumplimiento de un deseo es, al final, una felicidad pasajera y ficticia.

Naturalmente parece que existe una tendencia a elegir el placer sobre el dolor, buscamos lo que es bueno para nosotros y evitamos lo malo.  Pero esta idea también puede llevarnos equivocadamente a no saber enfrentarnos al sufrimiento, ni por un fin mayor. Esta incapacidad de afrontar el dolor empequeñece nuestra vida, nos deja solo con los placeres próximos, fáciles de alcanzar. Nada entonces realmente vale la pena, nada tiene más valor que mi propio yo, nada merece mi esfuerzo. Esperar, privarse de algo, renunciar a algo, se ha vuelto un sinsentido.

Una vez le dije a un amigo que había veces que no me apetecía hacer algo pero que de todos modos lo hacía porque sentía que debía hacerlo. Y me dijo que realmente no lo hacía por deber pues claramente no lo era. Sino que quería hacerlo, pero que era un querer más grande que las simples ganas de hacerlo. Un querer cimentado en un anhelo más profundo, no como un deseo sino como una determinación tan fuerte que es capaz de dirigir la voluntad.

Si esto es así, actuar siempre conforme a nuestros deseos puede resultar contraproducente. El siempre hacer lo que queremos debilita nuestra voluntad, nos quita libertad. Porque cuando queramos algo que implique un esfuerzo o un sufrimiento, no seremos capaces de afrontarlo. Cuando tengamos que privarnos de algo no sabremos decir que no. Al final, el hacer siempre lo que queremos nos esclaviza a no poder hacer nada más allá de nosotros mismos. Terminamos por convertirnos en solo una búsqueda de deseos superficiales porque no podemos hacer ya de otra manera.

Con la inconstancia de nuestros sentimientos, la fragilidad de nuestros corazones y deseos, me parece peligroso el no poder ser dueños de nosotros mismos. No se trata de convertir la vida en una obligación pero sí de saber dominarse a uno mismo, ordenando nuestros deseos antes de que ellos nos ordenen a nosotros. Sostenernos en anhelos más sólidos y profundos que simples deseos pasajeros, razonando con el corazón. Teniendo una voluntad fuerte, actuando por un querer que esté por encima de nuestras inconsistencias y debilidades, seremos más libres y, quizá, un poquito más felices.

querer

Del lat. quaerĕre ‘buscar’, ‘pedir’.

  1. tr. Desear o apetecer.
  2. tr. Amar, tener cariño, voluntad o inclinación a alguien o algo.
  3. tr. Tener voluntad o determinación de ejecutar algo.

Alas y raíces

Los seres humanos realmente somos unas criaturas bastante particulares. Si uno se fija con atención podrá encontrar más de una cosa curiosa. A mí me resulta interesante esa semi curva que forman nuestros labios que tiene, al menos, catorce significados distintos. Esa que hacemos cuando algo nos resulta gracioso, pero no del todo. O que le dirigimos a alguien que nos parece especialmente simpático o atractivo. O hasta a alguien que nos provoca un poco de pena. El proceso no es el mismo pero el resultado es similar.

Otra de sus características que, a mi parecer, destaca en comparación con cualquier otra especie es que no termina por definirse en su dinámica vital. A algunas especies la naturaleza les dicta muy claramente cuando ha llegado la hora de migrar. Otras tienen también perfectamente identificado que han de establecerse, que pase lo que pase no han de separarse de su comunidad o no sobrevivirán. Unos vuelan, otros nadan, unos viven en solitario, otros tienen una pareja de por vida, otros andan siempre en grupo.

Pero el ser humano no parece tener muy claro lo que le corresponde hacer, o el momento de hacerlo. Esto, porque a diferencia de la mayoría de las especies, es un ser ambivalente. Por un lado, tiene una tendencia muy fuerte a establecerse, a echar raíces. Y por otro, su capacidad para moverse y volar de un sitio a otro es también muy definitoria. Aunque parezca en principio contradictorio, ambas características se entienden desde un proceso de adaptación. Podemos ir de un sitio a otro porque nos adaptamos, por eso mismo nos quedamos.

En esta ambivalencia se nos va la vida. En el no saber si irse o quedarse, sabiendo que si te vas, renunciarás a quedarte y si te quedas, tanto te perderás. Cuando nos vamos, queremos a veces volver. Pero muchas veces tampoco sabemos cómo permanecer. Volar parece fácil pero soltar siempre cuesta. Decidimos, entonces, no elegir y quedarnos solo con las posibilidades. Al final ese tampoco es un gran lugar para vivir, simplemente porque  no es real.

El arte de vivir parece entonces consistir en saber cuándo es tiempo de volar y dónde, en qué lugar o persona, echar raíces. Podemos andar constantemente pero estamos hechos para volver o para, de alguna manera, hacer nuestro lo ajeno. Somos para pertenecer. Hay que aprender a irse pero, aún más, a saber quedarse, a estar donde se está. Decidir y apostar. Que los sueños sean altos y las raíces sólidas.

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La vida después de Facebook

Autora invitada: Olivia Serrano

Como cualquier persona viviendo en el siglo XXI, yo era una adicta a las redes sociales. Las redes sociales hoy en día no distinguen edad, género o condición social. La gran mayoría de la población tiene cuenta en, por lo menos, una. Yo era de las que tenía Facebook, Instagram y Twitter. Y no solo las tenía, sino que era verdaderamente adicta a ellas. Era muy activa, subía fotos, comentarios, historias, compartía artículos, videos y desde luego, stalkeaba a la gente y me pasaba muchas horas al día solo navegando en los news feed. Así estuve desde el 2008 que me di de alta en Facebook, 2011 en Twitter y 2012 en Instagram. Y un buen día del 2018, por una crisis existencial que tuve decidí borrar permanentemente mi cuenta de Facebook y dos días después, la de Instagram. Conviene mencionar que este artículo no es sobre las razones que me llevaron a borrarlas sino sobre los aprendizajes y descubrimientos que he ido teniendo después de ello.

Mi primera sensación fue de miedo. Mientras ingresaba a las pestañas de “eliminar cuenta” en repetidas ocasiones salía un pop-up preguntando si estaba segura de eliminar permanentemente la cuenta resaltando el hecho de que toda la información se perdería para siempre y que sería borrada del mapa absolutamente. La radicalidad asusta. Tan así, que en ambas plataformas después de esa pregunta venía la opción de “desactivar la cuenta” para poderla activar en cualquier momento. Pero mi orgullo hablaba por dentro diciendo “o todo o nada”. Consecuentemente, opté por la nada muerta de miedo. Todas mis fotos, todos mis followers, toda mi historia, desaparecería inevitablemente.  ¿Y si necesito alguna foto antigua? ¿Y si el amor de mi vida me busca por redes sociales para contactarme y ser felices para siempre? ¿Y si necesito pedir recomendaciones o poner un anuncio? Todo esto pensaba mientras seleccionaba la opción “sí, estoy segura de eliminar la cuenta permanentemente”. Y pues nada, ya está hecho. Ya no hay vuelta atrás. De un minuto a otro mi presencia en la socialité del ciberespacio se esfumó y con ella, el miedo que me dominaba.

Inmediatamente después sentí una liberación extraña. Extraña porque no era precisamente la sensación de haber sido libre después de haber estado esclavizada. Sino que no pasó absolutamente nada, no cambió nada, no explotó ninguna bomba ni colapsó mi celular. Fue como haber bajado del mundo virtual al mundo real y darme cuenta de que son, de hecho, mundos completamente distintos pues lo que era importante allá, no lo era aquí y no dejé de “ser” por dejar de “ser” allá.

Luego tuve la imperiosa necesidad de avisarle a todos mis amigos y familia que no me fueran a buscar por esos medios, por el miedo, nuevamente, a quedarme sin ser parte de las noticias. Pero resulta que con ninguno de ellos hablaba realmente por ahí así que tampoco les afectaba mi decisión. Sin embargo, algunos comentarios me hicieron reflexionar como, por ejemplo, los de mis papás pues lo único que pidieron es que a ellos les siguiera mandando fotos de mi vida ya que irónicamente quienes más me importa que sepan de ella solo estaban teniendo noticias por una plataforma y no directamente por mí. En este sentido me pregunté, ¿y entonces para quién eran todas las fotos e historias que subí si no para los más importantes para mí? A lo que puede haber dos opciones: para todos mis followers o para mí misma. Lo primero, en realidad solo tiene sentido si se recibe algún tipo de retroalimentación –likes– de esos followers porque sin ella, ni siquiera se sabe si lo vieron ni que reacción tuvieron. Y al final, esa retroalimentación, ¡solo era para mí misma! ¡Qué poderoso puede ser el ego que me esforzaba tanto para que mis publicaciones mostraran una perfección que me diera la aceptación y el reconocimiento de la comunidad cibernauta! Desde luego que, con este sistema en lo último que se es capaz de pensar es en quienes verdaderamente te importan porque solo importa uno mismo.

Por otro lado, y después de estas primeras reflexiones, empecé a crearme algunas expectativas de los beneficios que tendría el haber desaparecido del mapa. Concretamente, estaba ansiosa por descubrir a mis verdaderos amigos pues solo quienes me buscaran personalmente y a quienes yo quisiera, a su vez, buscar, serían considerados los únicos y verdaderos amigos. Esto puede tener una parte de verdad, pero también hay que situarse en la época en la que vivimos. Es innegable que las relaciones humanas ya están mayoritariamente mediadas por las redes sociales y que el contacto sea por esos medios tampoco es indicio de que todo es falso. Pero sí es verdad que, si algo me requiere un poco más de esfuerzo, seguramente es porque para mí vale la pena y esto se nota aun teniendo redes sociales. A muchos kilómetros de distancia no voy a dejar de llamarle a mi mejor amiga para saber cómo está, es verdad que tendré el último dato de dónde estuvo, pero me faltará saber si se la pasó bien o no en ese viaje y eso solo puede resolverse con el contacto directo, lo que me confiere una gran responsabilidad. Comprobar la veracidad de la amistad será tarea de todos los implicados. De cualquier modo, hay mucha gente en el universo de los que “no hablamos pero me da gusto saber de ti” y ahí sí que se perderá el contacto. Ni modo, habrá que aceptar las consecuencias del acto. Y muchos otros tantos que ni hablamos ni me importan y que, en ese caso, ¿por qué nos manteníamos conectados? Interrogantes que algún día espero resolver.

Conforme han ido pasando los días, he descubierto otro cambio en mi comportamiento: tomo muchas menos fotos y videos que antes. El paisaje otoñal por el que paso todos los días, la reunión con mis amigos, el encendido del árbol de Navidad, el vino de la cena… Siguen estando ahí y sigo disfrutando de ello, nada ha cambiado. Así pues, reflexiono dos cosas. La primera es que he podido discriminar con libertad a lo que vale la pena tomarle fotos porque ahora solo es para mí o mis más cercanos, entonces ¿realmente la vista de mi camino a casa es algo que quiero recordar, guardar o compartir con alguien? Si no es así, no es necesario detenerme a tomar la foto pero sí que podría detenerme a contemplar el paisaje, podría detenerme a vivir la realidad. Y esta es la segunda reflexión. ¿Cuántas cosas me habré perdido de poder contemplar a fondo por haber estado eligiendo el filtro perfecto para la foto, cuántas conversaciones interrumpidas para hacer un boomerang de las copas de vino, cuánto habré disfrutado realmente la tarde de café y libros? Bueno, tampoco pasa nada por hacerlo pero sin duda alguna he descubierto la autenticidad de mis sentimientos cuando no hay más fin que el vivir.

Queda todavía un camino largo, será un proceso de duelo en toda regla y también vendrán momentos de arrepentimiento y altas expectativas del impacto positivo que tenga esto en, por ejemplo, mi productividad. No obstante, sí quisiera poner de manifiesto que de ningún modo hace falta ser tan radical y salirse de todas las redes sociales, pero si esta experiencia sirve para replantearnos el uso que hacemos de ellas, ya es ganancia. Y así, ojalá que no perdamos más de lo que creemos ganar, ojalá que no olvidemos a quienes más nos importan, ojalá que las fotos que tomemos muestren realmente lo que somos y no lo que quisiéramos ser, ojalá que descubramos la vida que hay después de Facebook.

NOTA: Conservé Twitter por considerarla de otra naturaleza así que dejo a su disposición mi cuenta para no estar completamente ilocalizable: @OliviaSerraNu

Heridas compartidas

Todos estamos heridos. Nos caracteriza la vulnerabilidad y la facilidad de hacernos daño unos a otros. El mundo nos puede romper, y lo hace, de infinitas maneras posibles. No estamos hechos para permanecer. La vida nos ha lastimado e, intencional o inconscientemente, también nosotros hemos afectado a alguien. Al menos no siempre hemos podido evitarlo. Es altamente probable que cada persona que hoy veamos en la calle tenga el corazón un poco roto, que traiga consigo un par de malos recuerdos y cuatro o cinco miedos.

Esta vulnerabilidad nos iguala terriblemente. Nos acerca tanto a los otros que a veces preferimos protegernos y sin quererlo nos hacemos más daño. Y es que no podemos relacionarnos fuera de ella. Sólo podemos estar desde nuestros complejos, sólo sabemos querer desde nuestras heridas. Por eso es tan importante conocerlas, aceptarlas, aprender de ellas. Porque son, si se decide, una oportunidad de crecimiento, un camino para entender mejor al mundo, a uno mismo. De los errores, puede nacer el encuentro. De las caídas, la empatía, la compasión. Del dolor, el amor, el arte.

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Estas heridas que compartimos son también una responsabilidad. ¿Qué podemos hacer por los demás? ¿Qué nos corresponde? Podemos siempre buscar el bien del otro, a veces quizá sólo evitar algún daño. Somos limitados, no podemos salvar a nadie, ni siquiera a nosotros mismos, pero podemos no ser indiferentes. Si el mundo nos va a lastimar, si no nos es posible evitar las heridas, nuestras y de los demás, al menos podemos decidir qué bien queremos hacer con ellas.