Aprender a renunciar

Me habría encantado ser bailarina. O escritora (bueno, a eso no renuncio todavía).

Periodista, filósofa. También física. Vivir en tantos países pero nunca irme del mío. Dibujar, leer, bailar, escribir, cocinar. Ahora me dedico más bien a la investigación. Y me encanta, no me estoy quejando. Pero tengo otra vez el mismo problema. Siempre hay algún libro o artículo más que no puedes leer, siempre surgen nuevas preguntas que nunca podrás contestar. Nuevos métodos para explorar, una infinidad de  cosas que jamás podrás pensar o aprender.

Y en estos días, que parece que nos sobra tiempo, hay siempre una inquietud de todo lo que podríamos estar haciendo y no hacemos. De todos los idiomas que podríamos estar aprendiendo, los libros que podríamos estar leyendo, el ejercicio que podríamos estar haciendo y todo lo que podríamos estar escribiendo. Además de sacar ocho horas de trabajo y llamarle a todos tus amigos y familiares.

Tantas posibilidades y tan poco yo.

Y es verdad que el mercado laboral nos exige especializarnos pero ahora no me voy a enfocar en culpar solo al sistema capitalista. Porque aún cuando los grandes pensadores podían ser filósofos, científicos, astrónomos y artistas, muchas partes de ellos también permanecieron inexploradas. Tampoco quiero decir que todos somos unos genios y que solo nos falta tiempo. Aunque quién sabe, a lo mejor sí.  

El problema no es solo que el mundo nos obliga a elegir sino que nuestras posibilidades siempre serán infinitamente más grandes que nuestra realidad, sea la que sea. Un aspecto fundamental de la condición humana es que tenemos mucho más talentos de los que tendremos la oportunidad de explorar, tantas partes de nuestra personalidad nunca saldrán a la luz. Y somos mucho más de lo que se nos permite ser.

Estamos obligados a tomar una decisión y mantenerla hasta sus ultimas consecuencias. A veces nos rebelamos contra esto, queremos explorar, experimentar en la construcción de nuestra identidad. “Soy esto pero podría ser esto otro”, probamos nuevas formas de vestir, nuevos peinados, escuchando nueva música. Cambiamos, perdemos algo pero ganamos otra cosa. Que, después de un tiempo, tampoco es suficiente.

No hay un solo camino, eso es verdad. En muchos trabajos podríamos ser perfectamente competentes y en muchos lugares, felices. Pero el vivir sujetos a las muchas versiones de nosotros mismos que no somos nos genera una constante insatisfacción. Porque sí, seguramente podríamos estar mejor en algún otro lado y lo que tenemos, nos parece siempre poco.

De pequeños jugamos a ser tantas cosas, en un mismo día hacemos tantas actividades. En el colegio aprendemos miles de temas diferentes. Y de mayores no se nos permite explorar,  ser multifacético. ¿Para qué tomar un curso de literatura si eres ingeniero? Esta opción abandonada puede generarnos tristeza. Porque la renuncia nos sabe a pérdida. Crecer es renunciar, sí, pero la felicidad está en saber hacerlo más que en buscar cumplir todos nuestros deseos.

Porque dos caminos pueden ser perfectamente buenos para ti. Y es que la mayoría de las  veces las opciones no son tan obvias, no es malo y bueno, no es solo contrastar ventajas y desventajas. Es solo decidir uno en vez de otro. Y a veces nos equivocaremos y otras muchas veces estaríamos igual de satisfechos con una u otra decisión. Pero eso nunca lo sabremos.

Parece un poco pesimista decir que la felicidad está en el conformarse. Pero puede estar más bien en la profundidad y compromiso con nuestras decisiones, no en probar más opciones. No en ampliar sino en profundizar nuestra vida. No en hacer más sino en hacer lo que hagamos.

Ya que siempre dejaremos algo sin resolver, en nuestro trabajo, en nuestras amistades, relaciones, pasatiempos y aficiones,  más nos valdría aprender a renunciar a ello. Con tanto podríamos ser felices, pero es feliz quien sabe serlo con lo que elige. Renunciar no es perder. Es saber qué ganar.

Ni mérito ni justicia, libertad

Todos los amores tienen algo en común. Ya sea la amistad, el amor romántico, espiritual, filial, fraterno. Y es que solo pueden entenderse desde la libertad.

“Te mereces a alguien mejor”, “no se lo merece”, “no es justo”. Creo que detrás de estas afirmaciones hay un afán muy noble de ser digno del amigo o del ser amado. Pero no puede ser una cuestión de mérito. ¿Cuáles serían los criterios para determinar quién merece qué tipo de amor? ¿Quién lo decidiría? Tampoco puede ser una mera cuestión de  justicia. Que todos recibamos afecto de acuerdo a nuestras circunstancias particulares. ¿Qué nos tocaría a cada uno?

En una sociedad donde el ideal de la meritocracia se ha trasladado a las relaciones personales, no hay espacio para la compasión y la bondad.  Si todo es medido con base en nuestras competencias personales o en nuestra capacidad para destacar,  el fracasar en las amistades o relaciones se convierte en un indicador de nuestra valía. ¿Cómo relacionarse en un mundo de ganadores y perdedores, donde unos merecen ser escuchados y atendidos mientras otros ignorados o despreciados? Somos tan poca cosa que nadie merecería tener un gran amigo, nos equivocamos tanto que lo justo sería recibir un amor muy pobre. Pero el mundo necesita menos impartidores de justicia y más buenos amigos, más aceptación y comprensión.  

Porque volvemos a lo mismo. Los amores son activos y aunque es necesariamente una realidad relacional, ésta no recae tanto en el receptor como en el emisor. En este sentido, el amor es algo que damos libremente en la medida de nuestras posibilidades. No es que te elijan porque eres el más capaz o el más bueno, o el amigo más gracioso. No. Seguro que hay miles mejores y más simpáticos. No es que te lo merezcas o sea justo encontrar a alguien con quien compartir. Con mi libertad te elijo, no te evalúo.

Que te quieran tiene que ver más con la capacidad del que te quiere, con su capacidad de admirarse, de ver y querer descubrir lo bueno en ti. Y por otro lado, si alguien te hace daño o no te quiere como quisieras tampoco es necesariamente tu culpa. Los afectos no pueden ser demandados ni obligados. Sí cultivados, propiciados y cuidados. (Aunque un poco de suerte tampoco viene mal).

Esto no nos convierte tampoco en receptores pasivos del cariño. Hay que aprender a dejarse querer, que la vulnerabilidad no resulta una tarea sencilla. Hay que darse a conocer, hay que dejarse elegir. Hay que saber agradecer y corresponder. Hay siempre que intentar ser dignos de ese amor que se nos da libre y gratuitamente. Hay que recibirlo y cuidarlo. En primer lugar, hay que saber darlo.

Si alguien decide quererte, lo más probable es que te lo merezcas poco. Quizá coincidieron en circunstancias, intereses. Llámale atracción o simpatía. La cuestión es que alguien te elige, entre millones de personas. Tampoco hace falta preguntar por qué. Cuando entendamos que esta elección que alguien más toma tiene muy poco que ver con nosotros, sabremos agradecer y valorar este regalo, aprenderemos a corresponder libremente.

Mis deseos son órdenes

“Comprendí que los mayores males en este mundo no son causados por lo perverso y lo brutal, sino casi siempre por la debilidad.”

La impaciencia del corazón, Stefan Zweig

Cada vez me resulta más complicado argumentar un deber, sostener que a veces hay que hacer algo que no se desea. La idea de sobreponerse a uno mismo resulta un tanto absurda cuando no hay nada por encima de uno mismo. ¿Por qué hacer algo que no quiero hacer? O bien, ¿por qué no hacer algo que quiero? ¿Por qué no hacer todo lo que quiero? La satisfacción de todos nuestros deseos se vuelve el fin lógico de nuestra vida. Un fin que jamás podrá ser alcanzado pues nuestra capacidad para satisfacer nuestros deseos es altamente limitada mientras que nuestra capacidad para generarlos no. El cumplimiento de un deseo es, al final, una felicidad pasajera y ficticia.

Naturalmente parece que existe una tendencia a elegir el placer sobre el dolor, buscamos lo que es bueno para nosotros y evitamos lo malo.  Pero esta idea también puede llevarnos equivocadamente a no saber enfrentarnos al sufrimiento, ni por un fin mayor. Esta incapacidad de afrontar el dolor empequeñece nuestra vida, nos deja solo con los placeres próximos, fáciles de alcanzar. Nada entonces realmente vale la pena, nada tiene más valor que mi propio yo, nada merece mi esfuerzo. Esperar, privarse de algo, renunciar a algo, se ha vuelto un sinsentido.

Una vez le dije a un amigo que había veces que no me apetecía hacer algo pero que de todos modos lo hacía porque sentía que debía hacerlo. Y me dijo que realmente no lo hacía por deber pues claramente no lo era. Sino que quería hacerlo, pero que era un querer más grande que las simples ganas de hacerlo. Un querer cimentado en un anhelo más profundo, no como un deseo sino como una determinación tan fuerte que es capaz de dirigir la voluntad.

Si esto es así, actuar siempre conforme a nuestros deseos puede resultar contraproducente. El siempre hacer lo que queremos debilita nuestra voluntad, nos quita libertad. Porque cuando queramos algo que implique un esfuerzo o un sufrimiento, no seremos capaces de afrontarlo. Cuando tengamos que privarnos de algo no sabremos decir que no. Al final, el hacer siempre lo que queremos nos esclaviza a no poder hacer nada más allá de nosotros mismos. Terminamos por convertirnos en solo una búsqueda de deseos superficiales porque no podemos hacer ya de otra manera.

Con la inconstancia de nuestros sentimientos, la fragilidad de nuestros corazones y deseos, me parece peligroso el no poder ser dueños de nosotros mismos. No se trata de convertir la vida en una obligación pero sí de saber dominarse a uno mismo, ordenando nuestros deseos antes de que ellos nos ordenen a nosotros. Sostenernos en anhelos más sólidos y profundos que simples deseos pasajeros, razonando con el corazón. Teniendo una voluntad fuerte, actuando por un querer que esté por encima de nuestras inconsistencias y debilidades, seremos más libres y, quizá, un poquito más felices.

querer

Del lat. quaerĕre ‘buscar’, ‘pedir’.

  1. tr. Desear o apetecer.
  2. tr. Amar, tener cariño, voluntad o inclinación a alguien o algo.
  3. tr. Tener voluntad o determinación de ejecutar algo.