Buró(crita hipó)crata

El burócrita hipócrata al mismo tiempo que se disfraza, aguanta todo lo que el tirano hace, porque en el fondo comparte la ambición y el hambre de poder que el otro tiene. Se escuda en las buenas causas del tirano para contribuir a su acumulación de poder y se siente necesario porque es útil; pero llega a un punto en que, por la naturaleza misma de la autocracia, deja de serlo para el tirano.

Cuando eso sucede, el burócrita vuelve a ser el que no era nadie, porque su vida política dependía de la transfusión de sangre del tirano. Dado que en nuestros tiempos ya no se prescinde del burócrita con la muerte física, se recurre a otros métodos propios de los regímenes benévolos. Ya no termina en panteones o criptas, sino en instituciones o cubículos académicos donde se refugia.

Desde ese lugar de pureza, se dedica a limpiar su expediente completo de acciones turbias. De manera astuta se cura en salud de los actos con que ayudó al tirano a llegar al poder. A través del olvido voluntario encuentra la manera lógica de justificar, en la intimidad de su conciencia y en las líneas de los artículos y columnas que escribe, su supuesta candidez. Sustituye el cobijo del tirano con las palabras de los pensadores, intelectuales y premios Nobel que cita, para quedar exento de la acusación de cómplice y para seguir buscando el bien común y mantener su buena reputación.

Su renuncia heroica pretende ser denuncia para salir indemne de la complicidad que nunca confesará. Sin embargo, por naturaleza, el burócrita es hipócrata, por lo que a través de la simulación y movido por su ambición, no dejará ir la oportunidad de servir a otro supuesto redentor social a quien ayudará cándidamente a convertirse en tirano, para superar la inanición política de su aburrido y humilde cubículo de académico.

Nardo.

 

 

Pedir un deseo…

19 de octubre de 2019

“El deseo de luz produce luz.

Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención.

Es realmente la luz lo que se desea 

cuando cualquier otro móvil está ausente.

Aunque los esfuerzos de atención 

fuesen durante años aparentemente estériles,

un día, una luz exactamente proporcional a esos esfuerzos

inundará el alma.

Cada esfuerzo añade un poco más de oro

a un tesoro que nada en el mundo puede sustraer”.

Simone Weil

Soplar una vela y pedirle a la vida que nos conceda uno o varios deseos, es algo que a la mayoría nos enseñan a hacerlo desde que cumplimos un año. Pero ¿de dónde nos viene esta idea? Crecemos, y con ello, muchos deseos siguen permaneciendo. 

No importa si el deseo es conocer el mar por primera vez, o tomar un vuelo y sentir la fuerza de un despegue, cada deseo genera una emoción que puede permanecer con nosotros por mucho tiempo. 

Entonces, ¿de qué está hecho un deseo? Hoy sólo sé que un deseo viaja a su destino con cada partícula de lo que somos. Encuentra siempre su tiempo, su medida y su sabor. 

Sin embargo, algunas veces se nos advierte de tener cuidado con lo que deseamos, porque el universo nos puede conceder aquello que pedimos. El deseo entonces parecería ser meditado, reflexionado, pausado o quizás paciente, pero ¿realmente nos damos tiempo para desear? O ¿es sólo ocasión de cada uno de nuestros cumpleaños?

¿Desear es lo mismo que “anhelar”? ¿Es algo distinto de “querer”? ¿Es similar a “tener una ilusión”?

Mi ya amigo, N. Abbagnano menciona en aquel diccionario de Filosofía que desear tiene dos significados; uno como “apetito o como principio que impulsa a un ser vivo a la acción”. Y un segundo, según Aristóteles como “la apetencia de lo placentero”. Menciona también que Descartes lo definiría como “la agitación del alma causada por los espíritus que la disponen a querer para el porvenir, las cosas que ella se representa como convenientes”. 

Entonces, ¿“la disposición a querer algo para el porvenir…”? es inevitable no pensar aquí en todo lo que cada uno puede haber deseado en nuestros años ya coleccionados. 

-Va aquí un suspiro-

¿“Apetito o principio que impulsa a la acción”? Bajo esta noción, me pregunto si entonces ¿la idea de pedir un deseo sería, más que esperar a que algo suceda, algo que en tanto se tiene apetito se siembra, se pide, se trabaja, se acciona?

De ser así ¿Cuál pudiera ser ese “principio” que ponga en marcha aquel anhelado deseo?  

Me atrevo aquí a pensar en mis pocas o muchas velas de cumpleaños que he podido apagar, treinta y un deseos que han viajado, de los cuales; algunos quedaron olvidados, otros han caminado conmigo, un par han evolucionado, alguno que otro ha tomado otro rumbo, otros tantos se han colado en el último segundo, y claro, puedo decir que muchos de esos deseos fueron bien cobrados. 

En cada una de esas treinta y un ocasiones recuerdo haber sentido un impulso, una certeza sin pizca de duda en el segundo de pronunciar en mi mente aquello que era deseado. Un impulso que hace que muchos cerremos nuestros ojos, o que incluso, abramos ambas manos en ese segundo de pedir nuestro deseo. Un segundo, que rodeado de magia y certeza, parecería enviar al universo nuestra audaz propuesta. 

Pero ¿Qué pasaría entonces, si pedir un deseo pudiera ser algo que se nos permitiera hacer más de una vez al año? 

Por ejemplo, al mirar nuestra ventana en la calma de una luna llena, o quizás en el momento en que una fecha nos revela cierta sincronía…, en el momento de leer un párrafo inolvidable…, en el momento de un primer beso…, en el momento de dar los primeros pasos en una nueva ciudad…, en el momento de cruzarnos con una mirada inolvidable…, en el momento de ver un amanecer…, en el momento de sabernos en el día uno de cualquier aventura. 

Así como quien tira una moneda al aire, confiando en la magia y el azar de esta vida, quizás por ahora, yo seguiré así, pidiendo o sembrando deseos.  

Tania Cano

¿Quién me mira desde dentro?

A veces pienso que no hay manera de evitar la condición de aislamiento por no poder ser vistos por dentro. Creo que nunca terminamos de sentirnos acompañados por otros humanos porque las palabras o los gestos no bastan para comunicar lo que sentimos, porque somos inevitablemente íntimos. Creo que somos por naturaleza seres separados, que ante la constante desilusión de ser incomprendidos, buscamos respuestas volteando a otros lados, arriba por ejemplo.

Recuerdo mi niñez y pubertad, cuando escribía a un dios y le contaba penas y sufrimientos. Lo hacía con tal confianza porque suponía que sabía todo de mí, que estaba siempre al tanto de cada pensamiento y acción. Daba por hecho que al no haber secretos entre ese dios y yo, el acto de escribir era uno de mera voluntad, confesión y deseo de cercanía absoluta.

Ahora que lo recuerdo y analizo, sé que vivía distante de los demás porque guardaba secretos y me avergonzaba de mí. No sentía que mi vida fuese digna de ser compartida con las personas más cercanas a mí en ese momento. Me recluía en mi pequeño cuaderno y al abrirlo entraba en un espacio que no era de este mundo, que no compartía con nadie.

Con el tiempo empecé a buscar la compañía de otros, abriéndome de manera parcial o aparentemente completa. En las relaciones afectivas que han trascendido la amistad me ha sido más fácil abrir los espacios más resguardados de mi ser, pero nunca he sentido que he logrado ser visto por dentro. Creo que cuando se ama o se es amado, hay un acercamiento asintótico al interior de otro, que aparenta ser un consuelo.

Hablo de consuelo porque significa unión que alivia, apacigua o calma. Creo que todos buscamos un encuentro sosegador con algo externo a nosotros. Cuando sucede, intentamos que ese otro se introduzca a nuestro mundo tanto física como espiritualmente, pero creo que esa unión nunca es completa.

Por lo anterior, pienso que llegamos a crear seres omniscientes y omnipresentes con el propósito de ser acompañados por dentro, con quienes exista una unión total y absoluta. Creo que no nos basta ser vistos desde fuera, sobre todo en los momentos de dolor. Hay dolores que son incomunicables, aunque seamos amados por otro y éste intente consolar el sufrimiento.

Ahora que me he desligado de las visiones teológicas del mundo no me siento ya mirado por dentro. Sé también que ningún ser mortal podrá escudriñarme de esa forma, porque tampoco creo en videntes ni en superpoderes. Consciente de esta inevitable condición humana, no me queda más que aceptar la intimidad y soledad de mi interior, y escribirla a pesar de que tampoco quien la lea entienda exactamente lo que quise decir. Veo en la expresión y en el arte una forma de sobrevivir, de buscar un consuelo mundano, uno muy humano que se puede compartir.

Nardo.

Negación y autosabotaje

Pienso que el acto de negar un hecho que ha sido probado como cierto puede deberse a dos razones, miedo o testarudez. Cuando se trata de miedo puede ser más entendible pues todos buscamos consciente o inconscientemente mecanismos de defensa para protegernos o creer que nos protegemos de ciertas circunstancias amenazantes o desfavorables y la negación es uno de ellos.

Un testarudo es una persona terca que se mantiene firme en una posición o actitud, con la cual es difícil o imposible dialogar y que no acepta razones o argumentos distintos a los de su opinión, a pesar de tener la evidencia en sus narices.

Parece que el espacio político es un lugar que se presta a la intransigencia y la testarudez por el elemento del poder. Un político ambicioso puede llegar tan lejos como el electorado se lo permita en una democracia. El problema se da cuando un testarudo gana unas elecciones y gobierna a partir de la negación de hechos que son evidentes.

Para ser más claros, pienso que por ejemplo el cambio climático no es algo que pueda refutarse. Sin embargo, existen millares de personas que se posicionan como escépticos en el tema, como si se tratase de algo metafísico. Hay otros que piensan que aún pueden ser indiferentes a esto, como si fuese una elección razonable. Y existen dirigentes políticos que se niegan a ver que tenemos un problema tremendo encima, que poco a poco muestra sus primeras consecuencias y al que se debe hacer frente con mejores decisiones.

Cuando me refiero a mejores decisiones, pienso en cosas muy específicas. Restringir el uso del plástico e incentivar la innovación tecnológica para que la población que habita dentro de cada territorio nacional pueda tener acceso a sustitutos. El uso del petróleo debería reducirse con la meta de erradicarlo. Que exista una regulación en la pesca y el consumo de la fauna y la flora silvestre y se multe a quien agreda el medio ambiente. Que se establezcan límites para que las empresas se comporten de manera sustentable y que se encuentren soluciones a los problemas más apremiantes a través de la ciencia.

Lamentablemente hay gobernantes que por terquedad, testarudez y soberbia deciden negar que estamos en el punto más crítico de la historia respecto a nuestra preservación y prefieren enfocarse en asuntos electorales y de clientelismo. Su criterio no es hacer lo relevante para todos sino lo conveniente para sus intereses partidistas. Considero que esto es un autosabotaje pues apoyar a un dirigente así es casi un suicidio colectivo.

Si no empezamos a trabajar en soluciones para el futuro que nos espera, los problemas nos van a llegar sin estar preparados y sólo unos cuantos, aquellos con cierto nivel de capital económico, podrán tener acceso a la subsistencia. Estar bajo un gobierno que niega el cambio climático y apoyarlo a pesar de eso es un crimen desde mi punto de vista. Estar bajo un gobierno que no promueve la investigación y la ciencia en áreas como la sustentabilidad es algo que debería castigarse con el voto. Saber que esto sucede en tu país y no estar molesto porque recibes cierto apoyo o beneficios del partido político que gobierna es una actitud cínica. Negar todo lo anterior en un escenario como el que enfrentamos ahora es un autosabotaje.

Nardo.

Espera

“Nuestra razón, nuestra inteligencia, constantemente nos están probando que este mundo es atroz, motivo por el cual la razón es aniquiladora y conduce al escepticismo, al cinismo y finalmente a la aniquilación. Pero, por suerte, el hombre no es casi nunca un ser razonable, y por eso la esperanza renace una y otra vez en medio de las calamidades.” 

Ernesto Sábato

La decepción de la historia dificulta mucho el mantener la esperanza. Cada vez parecemos tener menos razones para creer que el hombre es capaz de grandes cosas. No exigimos nada a nadie, cada vez nos pedimos menos los unos a otros. No tenemos nada que nos conecte con nuestras esperanzas. La desesperanza rige la cotidianidad.

Ante las grandes exigencias del mundo, reducimos nuestros anhelos y aspiraciones. Preferimos cortar las alas de nuestros sueños antes que arriesgarnos a no poder volar. No nos atrevemos a pedir la vida porque no creemos que nadie sea capaz de darla. Nos repetimos unos a otros que no somos capaces de asumir grandes compromisos. Nos engañamos con una supuesta incapacidad para asumir consecuencias.

Si nadie puede darnos garantías, mejor no prometernos nada. Si no podemos salvarnos unos a otros, mejor usémonos. A nadie se le considera digno de tomarle la palabra.

Tratamos de vivir en la seguridad de la indiferencia.

Ante la dificultad de encontrar respuestas, renunciamos a las grandes preguntas. La duda nos embarga pero es una duda que no espera encontrar respuestas.

El no saber cómo recomenzar nos paraliza, nos sume en una gran desesperanza. Confiamos poco en nuestra capacidad de enfrentar y sobrepasar las dificultades. Elegimos quizá no elegir, y nos vamos haciendo cada vez menos capaces de hacerlo. Nos vamos conformando con menos. Pero esto aumenta nuestra debilidad, caemos en la profecía auto cumplida de la fragilidad humana. Al no creernos capaces, no nos exigimos, y cuando llega algún momento decisivo, realmente no somos capaces de afrontarlo. Confirmamos nuestra pequeñez.  Cada vez será más difícil empezar de nuevo.

Admiramos la ejemplaridad, aspiramos a la grandeza, a pesar de nuestras limitaciones. Pero como resulta imposible alcanzar el perfeccionamiento, despreciamos a cualquiera que se atreva a exigir su búsqueda.  Si nadie es perfectamente congruente, nadie tiene derecho a abogar por la congruencia. Si no somos permanentemente nobles, no habremos de predicar nobleza. Creemos que los errores imposibilitan la referencia.  

Quizá sea hora de romper el círculo de la desesperanza. El acto más revolucionario que podemos hacer hoy en día es esperar.

Notas en (sol)sticio con la flauta de carrizo

Era una mañana gris y calurosa en Ciudad de México. Yo cruzaba la colonia San Miguel Chapultepec en camino a los jardines de la Casa Ortega, obras del arquitecto Luis Barragán. Vestido con una camisa color rojo vino cargaba una rejilla con teteras, té de cedrón y unos folletos impresos con el programa del concierto que escucharíamos esa tarde: Notas en (Sol)sticio para recibir el verano.

Llegué con temor a tener unas grandes marcas de sudor en la ropa y con un poco de prisa. Los dueños de la casa, un amigo y yo acomodamos las bancas de madera en forma de medio círculo sobre el pasto y bajo la sombra de un inmenso árbol, con vista a la enorme buganvilia y a la estatua de un ángel de piedra.

Los invitados comenzaron a llegar alrededor de las doce del día, el cupo estuvo limitado a veinte personas. Una vez que estuvieron todos juntos, el dueño del espacio dio un recorrido por los jardines explicando la historia de estos y el propósito de Luis Barragán al crearlos. Contó detalles sobre cada rincón y el porqué de algunas plantas y esculturas.

Mientras tanto, yo preparaba las teteras y calentaba el agua. Escogí el cedrón porque en principio me gusta mucho su sabor y además es una hierba con propiedades medicinales. Yo la tomo porque es relajante muscular y alivia mis tensiones en el cuello y espalda.

Al terminar el recorrido, invité a todos a tomarse diez minutos más para ir al rincón que más les gustó de los jardines y quedarse ahí un momento, explorarlo, sentirlo y descubrirlo con atención profunda. Los músicos llegaron y fui a recibirlos. Se instalaron con sus atriles y partituras y yo abrí el documento con las traducciones de unos poemas de Rumi que preparé para inaugurar el concierto. Se las comparto:

Canción de la flauta de carrizo

Escucha la historia contada por el carrizo,

sobre la condición de estar separado.

“Desde que fui despojado de la cama de carrizo,

no he parado de exhalar lamentos.

Nadie que no ame

entenderá lo que digo.

Cualquiera expulsado de su fuente

buscará regresar.

En toda reunión,

me encuentro entre risas y dolor. 

Entre amigos, pocos escucharán 

los secretos escondidos 

dentro de las notas. Sin oídos para ello.

El cuerpo fluyendo fuera del espíritu,

el espíritu por encima del cuerpo: imposible conciliarlos,

pero no nos fue permitido

ver el alma. La flauta de carrizo 

es fuego, no viento. Sé ese vacío.

Escucha el amor del fuego enredado

en las notas del carrizo, como desconcierto

al mezclarse con el vino. El carrizo es un amigo

para aquellos que deseen rasgar sus telas 

y dejarlas atrás. El carrizo es herida 

y es también bálsamo. Intimidad

y deseo de intimidad, una

canción. Es rendirse desastrosamente

a un amor bueno. Aquel que

en secreto escucha esto es insensato.

La lengua tiene un solo cliente, el oído. 

Una flauta de caña de azúcar tiene tal efecto

porque fue capaz de hacer azúcar

en la cama de carrizo. El sonido que hace 

es para todos. A los días llenos de carencias,

déjalos ir sin preocuparte

que lo hagan. Quédate donde estás

dentro de tan pura y hueca nota.

Toda sed se sacia excepto

la de estos peces, los místicos. 

Que nadan un océano inmenso de gracia

y siguen aún deseándolo.

Nadie puede vivir en ello

sin ser alimentado a diario. 

Pero si alguien no quiere escuchar

la canción de la flauta de carrizo,

es mejor que dejemos de hablar 

de inmediato, digamos adiós y nos vayamos.”

The reed flute’s song, The Essential Rumi, translation by Coleman Barks, HarperOne, 2004, p. 17.

Los invitados decidieron quedarse a escuchar la flauta y el concierto comenzó con dos canciones de guitarra sola, después dos de flauta sola y finalmente cinco con ambos instrumentos. Mientras la música llenaba el espacio, era posible escuchar aviones y pájaros. Por momentos sentía pena y molestia por la invasión del ruido del avión, pero después los pájaros nos regalaban su gorjeo y sentía una alegría inmensa de compartir con la naturaleza las notas de estos instrumentos, creando juntos una pieza única e irrepetible. Nunca llovió a pesar de los pronósticos climáticos para ese día. El té de cedrón acompañó con armonía la actividad y los invitados contemplaban con atención y serenidad a los músicos.

Yo me sentí feliz de lograr un sueño que tuve desde que una amiga me llevó a este espacio, hacer una integración de las artes en el lugar, darle vida a los jardines con música. No sé qué pensaría Barragán si supiera que intervine en su obra por un momento, no sé si le hubiese gustado la selección de canciones o la poesía que escogí. Intenté curar los elementos de tal manera que hubiese algo de coherencia y diálogo entre ellos. Espero no haber traicionado a Rumi tampoco con mi traducción. Pienso que Barragán, al igual que Rumi, buscaban religarse al mundo, encontrar el hogar perdido. La música tuvo sus momentos eclécticos, otros melancólicos y al final muy alegres. La última pieza, Suite Havana de Eduardo Martin, fue de una dulzura sutil y delicada que dejó al parecer un buen sabor de boca en los presentes. Al concluir, leí un poema más para cerrar la actividad:

Donde todo es música

¡No te preocupes por conservar estas canciones!

Y tampoco si uno de nuestros instrumentos se rompe,

no importa eso. 

Hemos caído en el lugar

donde todo es música.

El rasgueo y las notas de flauta 

se alzaron en la atmósfera,

Y aunque todas las arpas del mundo

se quemaran, quedarían aún 

instrumentos escondidos tocando.

Así como las velas parpadean y se apagan,

tenemos piedra y chispa.

Este arte de cantar es espuma de mar.

Este movimiento grácil viene de una perla

en alguna parte del fondo del océano. 

Los poemas llegan como rocío de mar.

Surgen de una raíz letal y poderosa

que no podemos ver. 

Detengan las palabras ahora,

abran las ventanas del centro de su pecho,

y dejen a los espíritus volar dentro y fuera.”

Where everything is music, The Essential Rumi, translation by Coleman Barks, HarperOne, 2004, p. 34.

Yo tenía una congoja alegre a punto de explotar desde mi pecho. Yo era pájaro, golondrina conmovida, con ganas de volar y desaparecer. Mi último graznido se quebró, pero no llegó el llanto. Al terminar de leer, levanté el rostro y sonreí a los presentes. Mi corazón estaba sosegado y mi estómago anunciaba un apetito voraz, que fue saciado con un mole de pipián en Casa Merlos con un grupo de 12 personas que compartimos esta linda experiencia y los alimentos.

Nardo.

Una tarde de té con Ana

Ana y yo estamos unidos por la levadura.

Hace mucho no cocinamos pero nuestra manera de volver es anunciar un banquete.

Todo se resuelve conversando con la boca llena y

quizá tomando una copa a horas inapropiadas.

Siempre somos niños aunque nuestras vidas parezcan cada vez más serias.

Nos reímos después de darnos cuenta con cierto pesar que han pasado semanas sin vernos.

Prometemos con frecuencia corregir el camino y ser infantiles de nuevo.

Disfrazarnos es la medida de emergencia para las trampas de la adultez.

Estaré lejos de Ana más de lo usual,

pero tendré tiempo para escribir en la libreta que me regaló sobre nuevas ideas estrafalarias para ser estridentes.

Espero que en nuestro próximo encuentro tengamos un reto culinario que devorar

y sea mañana, tarde o noche, las horas se desdibujen en cada entremés.