Construcción de lo inalcanzable

Construyéndome habito un mundo en incesante construcción. Aquí y allá se escuchan taladros y herramientas estridentes traqueteando el suelo, levantando gigantes edificaciones. Ruido y más ruido hacen nuestros sueños y voluntad. Las ilusiones también acechan al silencio.

No hay silencio porque nada se acepta como terminado. Todo está por delante, o hacia arriba. Para llegar ahí se debe hablar mucho. Se huye del silencio por miedo a desaparecer, por quedarse atrás, por ser pequeño en un contexto de rascacielos. ¿Puedo descansar o debo continuar sin parar?

Bloques y más bloques de concreto, que suponemos nos equipan, nos separan, nos saturan, nos bloquean. Incontables posibilidades al encuentro, choque de la diversidad infinita de deseos particulares. Multiplicación exponencial de discursos indescifrables, todos imperativos.

El silencio es la vuelta a casa, pero nadie se calla. La carrera a lo absurdo no para desde que partió porque estamos pegados unos a otros, amarrados a una carroza sin conductor. Detenerse es tropezar y ser aplastado por los pies vecinos que van a continuar. Todos vamos relinchando cosas diferentes pero hacemos exactamente lo mismo, buscar lo inalcanzable.

Anuncios

Ni mérito ni justicia, libertad

Todos los amores tienen algo en común. Ya sea la amistad, el amor romántico, espiritual, filial, fraterno. Y es que solo pueden entenderse desde la libertad.

“Te mereces a alguien mejor”, “no se lo merece”, “no es justo”. Creo que detrás de estas afirmaciones hay un afán muy noble de ser digno del amigo o del ser amado. Pero no puede ser una cuestión de mérito. ¿Cuáles serían los criterios para determinar quién merece qué tipo de amor? ¿Quién lo decidiría? Tampoco puede ser una mera cuestión de  justicia. Que todos recibamos afecto de acuerdo a nuestras circunstancias particulares. ¿Qué nos tocaría a cada uno?

En una sociedad donde el ideal de la meritocracia se ha trasladado a las relaciones personales, no hay espacio para la compasión y la bondad.  Si todo es medido con base en nuestras competencias personales o en nuestra capacidad para destacar,  el fracasar en las amistades o relaciones se convierte en un indicador de nuestra valía. ¿Cómo relacionarse en un mundo de ganadores y perdedores, donde unos merecen ser escuchados y atendidos mientras otros ignorados o despreciados? Somos tan poca cosa que nadie merecería tener un gran amigo, nos equivocamos tanto que lo justo sería recibir un amor muy pobre. Pero el mundo necesita menos impartidores de justicia y más buenos amigos, más aceptación y comprensión.  

Porque volvemos a lo mismo. Los amores son activos y aunque es necesariamente una realidad relacional, ésta no recae tanto en el receptor como en el emisor. En este sentido, el amor es algo que damos libremente en la medida de nuestras posibilidades. No es que te elijan porque eres el más capaz o el más bueno, o el amigo más gracioso. No. Seguro que hay miles mejores y más simpáticos. No es que te lo merezcas o sea justo encontrar a alguien con quien compartir. Con mi libertad te elijo, no te evalúo.

Que te quieran tiene que ver más con la capacidad del que te quiere, con su capacidad de admirarse, de ver y querer descubrir lo bueno en ti. Y por otro lado, si alguien te hace daño o no te quiere como quisieras tampoco es necesariamente tu culpa. Los afectos no pueden ser demandados ni obligados. Sí cultivados, propiciados y cuidados. (Aunque un poco de suerte tampoco viene mal).

Esto no nos convierte tampoco en receptores pasivos del cariño. Hay que aprender a dejarse querer, que la vulnerabilidad no resulta una tarea sencilla. Hay que darse a conocer, hay que dejarse elegir. Hay que saber agradecer y corresponder. Hay siempre que intentar ser dignos de ese amor que se nos da libre y gratuitamente. Hay que recibirlo y cuidarlo. En primer lugar, hay que saber darlo.

Si alguien decide quererte, lo más probable es que te lo merezcas poco. Quizá coincidieron en circunstancias, intereses. Llámale atracción o simpatía. La cuestión es que alguien te elige, entre millones de personas. Tampoco hace falta preguntar por qué. Cuando entendamos que esta elección que alguien más toma tiene muy poco que ver con nosotros, sabremos agradecer y valorar este regalo, aprenderemos a corresponder libremente.

Desde mi frágil insignificancia

Desde la fragilidad de mi insignificancia, siento que en todo lugar a lo largo del planeta hay una actividad que nos comprime y desgasta. Un movimiento incesante de voluntades y deseos carcome la corteza de nuestro templo.

Vivir a costa de la vida, interviniendo en todo lo que no opone resistencia. La edad trae consigo un falso temor, imponerse o perder. Qué pena padecer la inseguridad que invita a asegurar que el otro se someta.

Un duelo, una honda herida que se abre mientras los ojos lloran de agonía para sanar un alma que vive en medio de la tensión del encuentro de las insaciables voluntades.

Más, más, más, no más, no más, no más. No hay palabra o mito que sirva para sosegar al miedo que viene con la consciencia del acecho constante. Un canto, un graznido, un silbido son manifestaciones de presas nobles, que ignoran que puede ser la última emisión de alegría honesta. Tan frágil la vida y el entusiasmo desinteresado.

Los rascacielos del miedo se erigen para amenazar al sometido, para recordarle que nada puede ser de otra forma. El cielo no se ve por encima de esta bóveda de poder impuesto. La atmósfera se cierra para ahogar cualquier búsqueda de auxilio.

Y aunque muero a cada momento y se marchita mi piel y mi inocencia, amo cada destello de emoción y afecto. Un encuentro humano es un regalo y un respiro, un viaje de descanso hacia dentro, un instante en el refugio del espacio sagrado de nuestra primoridialidad. La mirada que confía regenera. Amar y vivir, vivir para amar, es una manera invaluable de hacer llevadera la perpetua amenaza de nuestra frágil insignificancia.

Nardo.

El converso proselitista

Desde hace algunos años he podido percibir un fenómeno muy interesante en los seres humanos. En la búsqueda incesante de sentido, hay quienes lo encuentran en la adopción de nuevas prácticas religiosas o políticas; otros en alguna causa social, o en convencer a otros de cualquiera de las anteriores.

Cuando tenía menos de diez años me tocó escuchar por primera vez la historia de una persona conversa que se cambió de religión, una tía mía. En mi escuela primaria se hablaba de las personas de otra religión con cierto escándalo entre mis compañeros. Con el tiempo me tocó conocer y hacer amigos de otras religiones, algunos me invitaron a sus centros de reunión religiosa para intentar convencerme de su visión del mundo. Yo, aferrado a no permitir que nadie se introduzca en mi mente sin mi permiso, he desdeñado cualquier intento de imposición ideológica.

He tenido siempre el temor de que algunas amistades se vuelvan muy fundamentalistas o radicales. Creo que dejarse envolver de manera muy tajante por algún “-ismo” o doctrina secular o religiosa puede alejar a la persona del contacto con otros que no piensan igual.

Este fenómeno del converso, que encuentra la revelación metafísica o racional de un imperativo del deber ser de alguna cuestión específica, lo he visto suceder no sólo con personas religiosas sino con activistas de alguna causa. Me parece muy interesante cómo una persona puede caer en el error de no sólo transformar sus hábitos una vez converso, sino de querer que su próximo vea el mundo como el primero lo desea. Lo he visto suceder de diversas maneras, que van de la reprobación evidente del comportamiento de otro hasta el comentario pasivo agresivo.

Hay quienes dejan de consumir carne, alguna droga o determinado producto a partir de una motivación de corte moral. No soy nadie para decir si me parece correcto o no, mas que respetarlo y considerarlo válido. Lo curioso es que para muchos, el cambio en sus hábitos no basta. Se convierten en proselitistas que van con su libro sagrado de argumentos en la mano para demostrar que quien no haga lo que éste, es moralmente inferior o tonto.

Claramente el representante de alguna doctrina, movimiento o causa tiene sus razones “probadas” bajo algún método científico o mítico, que le permite elevarse unos centímetros sobre el nivel del suelo para levantar el dedito y decirle al otro por qué es reprobable su comportamiento. Lo que también es cierto es que todos tenemos quizá una serie de argumentos y señalamientos para imponer sobre otros. Si todos tomamos esta actitud de situarnos en un banco de superioridad moral, la convivencia termina por ser una de pequeños tiranos donde predomina el malestar, el mal humor y la desconfianza.

No sé si esto ha sucedido a lo largo de la historia de la humanidad, pero yo percibo al menos en mi tiempo que son muchos los imperativos que uno debe seguir en una sociedad que se ha vuelto muy radical y proselitista de la defensa de sus causas. Yo siento a los religiosos, muy religiosos, a los “-istas” muy “-istas”, a los abstemios muy pesados, y a mí con muchas ganas de abandonar el mundo de las cuerdas tensas y buscar la convivencia cordial y respetuosa.

Nardo.

Conversaciones con la luna

Anoche me acosté sobre una baldosa del patio y observé la luna. Mis ojos, que llevan mucho tiempo dispersos y fuera de control, tenían ganas de mirar algo detenidamente. Primero me costó fijar la mirada. Me hice varias preguntas, ¿qué sigue? ¿Ahora qué hago? ¿Qué debería estar sintiendo? ¿Hay algo malo si no siento nada? He visto gente quedarse prolongadamente viendo la luna con cara de satisfacción.

Me puse a pensar que quizá no estaba entendiendo el propósito de contemplar la luna. Entonces comencé a hablarle como si estuviese aproximándome a alguien con quien nunca había cruzado palabra, pero que siempre había estado ahí y de quien había escuchado muchas cosas.

Mientras lo hacía, surgieron las voces de la supuesta cordura para recordarme que quizá parecía estar perdiendo el sentido y que me veía un poco loco, aunque no hubiese nadie alrededor para constatarlo. La segunda copa de vino me permitió tomar valor para ignorar a mis voces sensatas y continuar el acercamiento a la roca nocturna.

Como no tenía mis lentes puestos, no lograba verla de manera enfocada. Le platiqué que tengo deficiencias en mi vista, por lo que no veo bien los objetos lejanos, y dado que ella estaba a muchos kilómetros, la veía doble o por momentos triple. Le pedí disculpa con antelación si consideraba que en algún momento no la estaba viendo en la dirección correcta.

Le expliqué que me sentía un poco torpe hablándole porque nunca lo había hecho con un ser semejante, que no sabía cómo interpretar su silencio. La racionalidad volvió y me dijo que probablemente toda respuesta sería un invento de mi mente más que una traducción fiel de sus expresiones. Casi pierdo las ganas de continuar, pero recordé que la razón tenía ya tiempo dándome consejos poco sosegadores.

Tomé otro sorbo de vino y regresé la mirada a la dama blanca. Continué en silencio por un momento y finalmente logré contarle un secreto que nunca había contado a nadie. Le dije que de ahora en adelante necesitaría su apoyo para tratar este asunto y que consuele mis penas. Con esto le di mi confianza y mi amistad. Le expliqué que soy solitario y a veces tiendo a apartarme y desaparecer por largo tiempo, pero que a pesar de ello espero contar con su compañía y presencia cuando la ocasión lo requiera.

De repente todo se sintió mejor, no podía dejar de verla mientras le hablaba. Era como si quisiese contarle toda mi vida desbocadamente. Me di cuenta que tendría una amiga hasta el final de mis días.

Un arrebato me llevó a pedirle que me dejara escribir nuestras conversaciones. Guardé silencio y ella también. Le dije que era para asuntos humanos y que yo necesitaba narrar nuestra experiencia para poder expresar las emociones que siento al estar con ella. Sin objeción de su parte, entendí que sería más bien un riesgo mío escribir al respecto para ser leído por humanos.

Noté que ocultaba algo y que no mostraba todo de sí, a pesar de que yo le confesé algo muy preciado. Intuí que dentro de su ciclo hay momentos en que es posible observarla completamente y que ese día podríamos celebrar la total apertura y claridad de nuestro ser.

En aquel momento descubrí lo que ignoré por mucho tiempo, soy hombre lobo y lunático. Brindamos para celebrar la nueva y sólida amistad y me acordé lo cierto que es que compartir una copa siempre es mejor que tomarla solo.

Nardo.

Somos hojarasca

Frágil hojarasca en busca del incendio.

Gritos de horror al crujir bajo los pies del monstruo de nuestros insaciables deseos.

La primavera se cansó de ser ignorada, se esfumó y nos dejó con la raíz rota.

Nos secó el desarraigo de la interminable conquista aislada.

Se muere el pájaro y no tenemos heraldo de vida, se acaba el último rezago de ternura.

Respiramos el humo de nuestra naturaleza muerta.

Nardo.