¡Quiero vivir!

El acto de escribir tiene tiempo que me intimida. Lo deseo siempre y desde hace un tiempo lo postergo sin darme cuenta, surgen temas en mi cabeza, que en ocasiones comienzo a redactar, pero que casi siempre se esfuman por pereza, desidia o evasión. Creo que empecé a escribir cuando tenía 13 o 14 años, como un acto de desahogo y redención, como mi refugio interno e íntimo. Con el tiempo eso cambió y a veces extraño al adolescente valiente que se enfrentaba a la página porque era su mejor amiga, ese cuasi niño, cuasi adulto que sufría mucho y se embriagaba en las letras oculto de todos, con una pasión desbordada y sin juzgarse, sin buscar un texto ambicioso o loable. Ese ser joven e inseguro tiene mucho que enseñarme hoy, cuando veo la página con temor y desvío la mirada de ella. 

Hoy escribo porque lo necesito, porque hay algo que quiero expresar en letras para terminar de entender un proceso vital importante. Creo que desde chico he querido morir y al mismo tiempo he soñado con vivir, intensa y explosivamente. Pocas veces me lo permití, porque mis deseos se vieron reprimidos casi toda mi vida, sobre todo los más íntimos. Me habitué a ser recatado, reservado y prudente, a hacer lo correcto. A pesar de mi personalidad contenida, dentro de mí existe un espíritu rebelde y transgresor. Alguien que se cuestiona, pone en duda y busca sus propios significados. Sin embargo, las conclusiones que había hecho rara vez se tradujeron en conductas o acciones que se encaminasen a liberarme de mis restricciones. Inconscientemente, los límites impuestos por mí mismo se tornaron en frustraciones y alimentaron el deseo de morir, aunque tampoco me atreviese a provocarlo. Ese estado de contradicción de querer vivir y desear morir me acompañó por muchos años, en medio de un torbellino de emociones y pensamientos violentos. 

Hace unos meses escribí lo siguiente:

12 de octubre de 2019

Corriente de lava corriendo por todo mi cuerpo,

de manera intensa y desbocada.

Choques y chisporroteos de fuego,

que me estremecen.

Vivo, después de hace tiempo, pero…

tengo ese viejo y conocido temor:

Tropezarme, caer de nuevo, desbocarme.

no poder evitar el error, ese miedo racional.

¡No quiero escucharlo!

Sentir, quiero sentir. Vivo, así como me siento,

después de tanto tanto tiempo.

Ya no soy capullo, ya no soy semilla,

me sentía pegado a la tierra.

En un sarcófago, telarañas sobre mí,

¡insectos saliendo de mi nariz!

Raíces se enroscaban en mis extremidades,

pero no eran mías, me tragaba la tierra. 

Infértil, estéril, temía haber muerto,

pero estaba transformándome, capullo o semilla. 

Llevaba tiempo con el rostro insensible,

sin reír con todos mis gestos. 

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En retrospectiva, pienso que algo estaba gestándose aunque no me percaté de inmediato. A veces uno piensa y se comporta de manera distinta sin darse cuenta de ello, a veces los otros tampoco lo notan de inmediato. Paso mis días casi siempre solo, por lo que es difícil reflejarme en otros. 

En diciembre visité a mi madre y mi hermano en mi ciudad natal, y pasé varios días con ellos. Me noté enérgico, intenso y creativo. Quería compartir mi mundo, hacer, hablar, comunicar. La vida me parecía más emocionante al estar en contacto con esos otros, aunque fuesen los mismos de siempre. El que era distinto era yo, porque tenía vitalidad, una que aunque no reconocía del todo, me sabía bien.

Una noche de finales de diciembre del año pasado soñé que decidía morir voluntariamente, tomando una cantidad de pastillas para provocarlo. Recuerdo poco, porque así suelen ser los sueños, borrosos e intermitentes. Recuerdo estar en un baño, esperando el efecto. Y mientras llegaba y la muerte acudía a mí, un deseo de vivir surgía con fuerza y desesperación. Comencé a sentir un arrepentimiento profundo y angustioso, pensé en todo lo que me hacía falta hacer y experimentar, me di cuenta muy tarde que no quería morir de la manera más absurda, a punto de morir. 

Hace unos días concluí un libro de Milan Kundera, en que una adolescente decide quitarse la vida, de la misma forma que hice en mi sueño, por un desamor juvenil. Una vez tomadas las pastillas, ve su rostro en un espejo y se da cuenta de lo bella que es y en mi lectura interpreté que quizá surgió en ella un arrepentimiento tardío, como el mío. 

Me pareció una coincidencia poco usual soñar y leer algo tan similar en un lapso de tiempo muy corto. Me estremeció el relato y me puso a pensar. Ayer fui a mi sesión de psicoanálisis y hablé de todo lo vivido en los días que se suspendió la actividad por las fechas vacacionales. Después de toda la letanía de 60 minutos y relatar tanto el sueño como el pasaje del libro, protesté de manera abrupta a mi interlocutor que quería vivir, que deseaba vivir. Él me contestó que era la primera vez que me escuchaba decir esas palabras. Yo me quedé mudo. No sé si alguna vez en toda mi vida he dicho con tal convencimiento y emoción ese deseo, pero lo más probable es que no. Sé que desde pequeño expresé, como un día lo hice a mi madre siendo un niño, que me quería morir. Y así, incontables veces. Nunca lo provoqué. Y hoy celebro haber expresado lo contrario, sin miedo y sin contenerme. Celebro haber vivido en un sueño lo que me hubiese privado de mi mayor deseo. 

Concluida la sesión tomé la bicicleta y me dirigí a casa, probablemente sonreí todo el camino. Y aunque por la noche tuve un momento de angustia por una reflexión escabrosa, hoy puedo escribir con gozo y soltura que quiero vivir. 

Nardo.

Melancolía y miedo

Burdeos, Francia

28 de julio de 2019

 

Estoy solo y enfermo en un departamento en Burdeos, que al menos me da una sensación de tranquilidad porque es pequeño y acogedor, me hace sentir protegido, como si estuviera en un tipo de huevo o útero. La vista desde la ventana, a pesar de un edificio moderno muy feo, es linda. Todo está bien, lo único que me hace falta es un abrazo. Llevo días pensando sobre mis emociones, más bien llevo pensando sobre mis emociones toda la vida y tengo ganas de hablar sobre ello, expresarme y desahogarme. 

Hace casi un par de años empecé a tomar medicamentos para la ansiedad. Fue un cambio de vida que ha tenido tanto ventajas como desventajas. Es una manera diferente de vivir. La verdad nunca entendí bien por qué surgieron los ataques de pánico. Nunca estuve seguro qué fue lo que los detonó o por qué de repente el miedo a perder la cordura y el control, y esa sensación de tener ganas de gritar, llegaron a mi vida. Sólo sé que un día los sentí en el metro, debajo de la tierra; también en la calle, en el elevador y en mi habitación, a punto de dormir. 

Con el deseo de acabar con ello y por curiosidad, decidí probar la psiquiatría. Ahora que lo pienso sé que no me arrepiento y que fue una decisión que por miedo tomé en su momento. Ahora que han pasado aproximadamente 18 meses, pienso que me ha ayudado a sobrevivir y funcionar definitivamente porque he podido seguir viajando en metro, a pesar de que a veces vuelve el sentimiento de angustia. He podido estar tranquilo por las noches, aunque en ocasiones hay gente que tiene que ir a dormir conmigo porque no logro conciliar el sueño y siento que me asfixio antes de dormir. 

El psicoanálisis me ha ayudado a poder racionalizar, o quizá sólo entender, hablar, expresar, asimilar y ver claramente qué es lo que provoca todo este malestar. Simplemente no puedo comprender que un medicamento sea lo único que puede contrarrestarlo. Por eso empecé a hacer yoga y meditar. He dejado la meditación últimamente por falta de disciplina para sentarme, porque le tengo un poco de miedo a enfrentar mis pensamientos. Por eso he preferido la yoga, porque enfocarme en los movimientos calma mi mente, me vuelvo consciente de mi cuerpo y de las sensaciones que vienen después de cada posición, me relajo tras el esfuerzo, el estiramiento e incluso el dolor físico. 

He intentado refugiarme en emociones más duraderas, he buscado en la poesía un poco de ayuda, soporte, entendimiento y referencia. En la literatura en general, pero en la poesía particularmente. Gracias a un amigo descubrí a Rumi. Me gustan sus versos sobre el silencio, la nada, la calma, la quietud, el sosiego, la embriaguez religiosa. Y aunque no estoy dispuesto a abrazar una religión, la idea del silencio y la contemplación me atraen especialmente. Lo cierto es que no los llevo a cabo del todo y a veces se me olvida practicarlos, porque tengo un hábito fuerte de vida activa, de inquietud, desasosiego, exceso, entretenimiento y consumo. Siento una lucha interna fuerte y dolorosa. Siento adentro de mí como si un ginecólogo utilizara este aparato para abrir el vientre cuando va a sacar un bebé, como si pusieran dos placas de metal en mi pecho y las estiraran, como dos fuerzas que me provocan un dolor agonizante, que me enloquece. En ese abrir de pecho, yo cada día me siento más débil y cansado.

Me doy cuenta que estamos solos en la intimidad de nuestros dolores, temores y frustraciones. Creo que el sentimiento de estar perdido nos aborda constantemente. Yo a veces siento que me vuelvo loco, que ya no puedo más. Es difícil desahogarse porque uno suele estar inmerso en la rutina, en el quehacer cotidiano. Sin darse cuenta, uno se está matando, perdiendo la luz en los ojos, desvaneciéndose, dejando de existir, convirtiéndose en fantasma, hasta que un día despierta y el alma se escapó. Siempre le he tenido mucho miedo a eso porque lo he vivido en ciertas etapas de mi vida, de grandes presiones y preocupaciones por buscar sobrevivir, por estar en esta lucha que es la vida, que no sólo es material, física o económica, sino una espiritual, vertientes que hay que trabajar y cultivar constantemente. Pienso que la parte espiritual está muy perdida, porque se acabó la paciencia y la espera. Quizá no se acabó, sino que sólo está ahí, ensombrecida, debajo de tanta información y tanto ruido, a la espera de que alguien decida detenerse. 

En esta lucha, intento hacer compatible la posibilidad de subsistir y la posibilidad de ser, no perderme en esta carrera interminable de títulos, trabajos, diplomas… Intento equilibrarme, no olvidarme de mi alma, si es que existe. Trato escuchar esta voz que no logro definir ni nombrar, no perder lo poco que me queda de intuición, porque siento que se muere. No sé por qué siento que se muere. No quiero perder el deseo de darle significado a las cosas, ni perder la capacidad de emocionarme.

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Hace rato mientras comía, pensaba al ver el horizonte que me siento desanimado, cansado y aburrido. A veces pienso que no hay mucho más que descubrir, pero se trata de esa voz dentro de mí que quiere el constante estímulo y entonces vuelve esa discusión interna. Creo que de ahí viene la ansiedad, de este querer hacer y al mismo tiempo querer detenerme, del deseo de euforia que sucede paralelo al deseo de volver al capullo, de volver al hogar, a la cama de carrizo, a la melodía original. 

Tengo que encontrar la manera de hacer las paces, porque llevo ya mucho tiempo en medio de este conflicto, y la verdad es que, aunque supongo que es posible vivir así,  en este constante ir y venir me pierdo de cosas importantes de la vida y sufro. Y hablando de sufrimiento, hace unos días me dije que quería volver a sentir el mundo como la hacía antes. Es posible que sea una nostalgia por un pasado inexistente, porque los humanos solemos pensar que lo vivido fue mejor que lo que se vive o las memorias más gratas de lo que realmente fueron. 

Algo perdí a lo largo de estos meses de entumecimiento, porque siento que el medicamento me hizo un poco insensible y me adormeció, incapaz de disfrutar como lo hacía antes. Me siento lento, anestesiado, indiferente, pero apático sería la mejor palabra para describir el estado en que me he encontrado en los últimos meses. Y no sé si se debe a que pienso demasiado o si se trata de la educación científica que recibí, que todo lo analizo en términos de variables. Hay factores extraños que no podemos controlar, no podemos asegurar que una cosa lleva necesariamente a la otra, sino que la vida depende de elementos infinitos que se mueven al mismo tiempo que no dejan de suceder. Sin embargo, intuyo que desde que tomo el medicamento no siento igual, no sólo al disfrutar sino al sufrir. 

Antes disfrutaba más la melancolía, y no me refiero a que quiera volver a gozar de ello porque sé que también pudo ser destructivo, que me llevó a lugares de vicio, a habituarme a estar en ese estado y volverme adicto a ello. Pero ahora me molesta no poder sentir melancolía, no poder estar triste sin ninguna razón, porque el medicamento amortigua mis emociones y cambios de humor naturales, me limita y contiene. No me permite desbordarme. Cuando estoy en la tina, como ahora, recuerdo cuando me metía a la que tenía en Budapest, donde podía estar horas con un libro y vino, llorar y entregarme al sentimiento y a la pena, inexistente o no, a la tragedia. Sea vanidoso, superfluo o burgués, lo cual no me importa, extraño poder dedicarle tiempo a la tristeza, a la inexplicable. Por eso y por las ganas de vivir, empecé a dejar el medicamento hace alrededor de dos semanas, siguiendo las indicaciones del psiquiatra para hacerlo poco a poco. En un par de semanas termino el proceso de separación. Me ha costado dormir, aunque ayer caí rendido porque viajé, vi una película y cené. Tuve sueños raros, como siempre, un poco inquietantes y surreales. Soñé que mis compañeros en Boisbuchet solían encerrar a gente de vez en cuando en habitaciones, jugando. Alguien los regañaba y les decía que no era tan divertido aunque lo parezca. Después hay imágenes que no logro describir ni dibujar en mi mente. Deduje dos cosas. La primera es que probablemente sea un miedo inconsciente a que me encierren, porque hoy que me subí al elevador del Museo de Arte Contemporáneo que parecía un búnker, me dio mucho miedo quedarme atrapado. Y recordé que cuando estaba en el seminario católico mis compañeros me asustaron en las criptas subterráneas, vestidos de negro mientras las limpiaba. Pienso que le tengo miedo a la gente. Recuerdo también cuando en el jardín de niños nos llevaron a una casa con albercas fuera de Guadalajara y una niña me encerró en un baño viejo mientras me cambiaba la ropa. Yo golpeaba la puerta de metal con ventana de cristal esmerilado y gritaba que me abrieran, hasta que alguien me abrió. Le tengo miedo al encierro. A veces pienso también que la gente se ha metido mucho conmigo a lo largo de mi vida y estoy harto. Como lo que pasó ahora en Boisbuchet, con el tutor de uno de los talleres que estuvo encima de mí, molestándome, acosándome en repetidas ocasiones, y como lo han hecho otras personas y figuras con autoridad en mi vida. Quisiera deshacerme de ese patrón, pensar que no es un patrón. En fin, no quiero perderme en este punto. Sólo quise hablar de los sueños y de lo que asocio con el último que tuve anoche. 

No sé si dejaré los medicamentos de manera definitiva, pero quiero probar qué sucede y cómo me siento. Voy a ser fuerte porque supongo que estos días me he sentido inestable por los cambios y los nuevos hábitos. En los próximos días tendrá efecto, y aunque no tengo a quien pedirle ayuda metafísica, tengo la ayuda humana que necesito. Y me tengo, tengo que empezar a sentir que estoy para mí y que puedo serme fuerte. Que no estoy del todo perdido si logro serlo. Y que no estoy solo, porque tengo a otros. Y aunque he perdido algunas amistades últimamente, con las que ya no logro congeniar, hay otras con las que tengo contacto constante. Tengo mi familia y eso es lindo. 

El sufrimiento nunca se ha ido y supongo que ya no quiero tener amortiguadores ni elementos que me inhiban, quiero sentirlo y lidiar con el pánico de una manera más orgánica y no tan artificial. Encontrar una manera de funcionar y vivir con él, de acercarme a él con cautela, como si fuera un animal salvaje. Creo que puedo entender mi salvajismo con serenidad y calma, con paciencia y con amor. No sé si me amo, si lo hago un poco más que antes, pero quiero intentarlo. Quiero gozar de la tina y la melancolía, con la luz tenue, embriagarme sin miedo, leer con pasión y escribir con soltura. Disfrutar la vida, despertarme con interés, curiosidad, ganas y energía; sin dificultad, listo para aprender y descubrir la vida sin miedo. 

Nardo

En Boisbuchet

Han pasado meses desde que me despedí del Domaine de Boisbuchet, situado a orillas del río Vienne en el oeste de Francia. Partí muy acongojado pero satisfecho y feliz. En el tren de camino a París intenté escribir pero mientras lo hacía temblaba, las emociones eran tantas que no podía hacer otra cosa que no fuera sentir. Decidí cerrar mi cuaderno y ver el cielo, de un azul al que no estoy acostumbrado viviendo en Ciudad de México. Esto es lo poco que escribí:

31/ago/2019

Hoy dejé Boisbuchet con un sabor de boca delicioso y con un cansancio inmenso. No dormí nada, pasé la noche con N. Fue una noche muy linda conversando y escuchándolo cantar a Mozart.

Me cuesta seguir escribiendo, me pesa todo el cuerpo y el alma. Quisiera dormir largo tiempo en un cuarto blanco escuchando el mar, con una luz tenue y débil, entre pequeños momentos conscientes de duermevela, de placer y alegría delicada, gozo y dicha suaves, y arraigo dulce al mundo.

Quiero soledad y despertar silencioso. Quiero comerme un durazno con los ojos llenos de lagañas y los pies descalzos. Quiero que huela a sal y que sople el viento del atardecer…

Estaba listo para irme pero no para lo que iba a sentir al despedirme, tanto del lugar como de ciertas personas. Ahí se desenvolvió mi vida durante dos meses enteros, de una manera que no había experimentado antes. No había espacio que no fuese compartido, pues tanto los alimentos como el descanso se llevaban a cabo en espacios comunes. Cada semana había al menos un par de talleres sobre diseño, así como ponencias por las noches por parte de quienes los impartían. Es un lugar muy atractivo no sólo por el conocimiento y aprendizaje cotidiano, sino por su belleza; se puede nadar en un lago, correr entre árboles, andar en bicicleta o refrescarte en el río. En resumen, el lugar es idílico y bucólicamente estimulante.

Hay un ritmo de trabajo todos los días y también momentos libres que se pueden aprovechar para un ocio productivo o para descanso. La vida transcurre de manera distinta, el tiempo tiene su propio ritmo y la percepción del mundo es otra. El aire es limpio y los problemas personales parecen inexistentes, de tal forma que la mente está libre para dedicarse a conocer a los otros y a hacer introspección.

Las fiestas de cada miércoles tenían una chispa tanto cachonda como infantil. Había que disfrazarse de acuerdo a un tema elegido por todos. Era un momento para descubrir a los otros, de desinhibirse y soltar el cuerpo y la mente, dentro del molino que estaba junto al río. Baile, contacto físico, acercamiento amistoso y erótico, ruptura de límites. Todo podía ser, lo incorrecto era la mesura.

Es curioso, me enteré conversando con otros que no fui la única persona que decidió dejar de tomar medicamento psiquiátrico en ese lugar. Yo hablé con mi psiquiatra a distancia sobre el deseo de liberarme del letargo provocado por las pastillas, pues quería disfrutar más y me sentía listo para ello. Fui reduciendo la dosis hasta que por fin lo dejé por completo. Sin embargo, supe de casos en que lo dejaron de manera brusca y no terminaron bien las cosas.

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En fin, no sólo tomé decisiones importantes en ese lugar sino que logré metas que no había podido alcanzar. Corrí con un compañero medio maratón hasta el poblado más cercano, Confolens. Presenté un performance gracias a la propuesta de una compañera de exponer nuestro trabajo, el cual salió mejor de lo que esperaba y asistió más gente de lo que pensé. Posteriormente tomé un par de talleres. En el primero elaboré un vestuario para una coreografía Bauhaus, discutí acaloradamente con el tutor por sobrepasarse conmigo y no terminaron muy bien las cosas, pero los resultados del taller fueron positivos. En el segundo diseñé un candil de comida colgante hecho de bambú para exponer un escenario distópico de alimentación.

Finalmente, lo que fue más significativo y retador fue rodar mi primer cortometraje. Lo más especial y gratificante de esto fue la colaboración con mis compañeros, con quienes logré trabajar en un proyecto de manera voluntaria y libre. Siendo todos principiantes e inexpertos, logramos materializar algo que seguramente tendrá un eco en los siguientes retos de nuestras vidas.

No faltaron los momentos difíciles y no todo fue miel sobre hojuelas, también tuve días amargos y situaciones de estrés, pero no me interesa enfocarme en esto. Ahora estoy sentado en mi alfombra con una emoción maravillosa de dicha y agradecimiento que quise aprovechar para escribir esto. Se acaba este año en pocos días y yo quiero poner en palabras las impresiones de mi corazón antes de que el tiempo sople y las borre.

Pablo y Guillermo, Yunni, Holo, Martynas, Aureliha, Gabriel, Claudia, Linda, Yiwen, Revati, Filippo, Yu, Marissa, Kester, Martin, Niege, Aglaë Carlos y Julián. Qué dulce es escribir sus nombres para no olvidarlos, para que no desaparezcan, aunque pocos los conozcan. Fueron para mí descubrimientos y mundos de experiencias enriquecedoras y divertidas.

Con alegría intensa en el alma,

Nardo.

Porque sí

A veces me encuentro perdiendo el tiempo sin quererlo. Haciendo algo que no debería estar haciendo o más bien, no haciendo algo que debería estar haciendo. Desaprovechando los minutos para hacer algo útil. En vez de enfrentarme a una difícil o indeseable tarea, me dedico a cualquier otra cosa que se me ponga enfrente. Pasa el tiempo y no pasa nada. Y uno tiene que pretender un poco que no se da cuenta.

Uno no se acostumbra (¡menos mal!) a la sensación de descontento que dejan estos momentos, al parecer tan ordinarios.  Y es que creo que hay una insatisfacción propia de no decidir, de sentirnos poco libres. De actuar no porque queremos sino por inercia. Y por otro lado, parece que existe una presión, individual y social, por estar haciendo algo todo el tiempo, un culto a la excesiva actividad. Y no cualquier actividad, sino una que tenga una utilidad.

Esto no pretende ser un llamado a la vagancia (ya me gustaría) pero sí una reconciliación con el ocio y la soledad. A aprender a perder el tiempo, sobre todo a saber hacerlo intencionalmente. Sin tanta tibieza, hacer lo que tengamos que hacer y cuando no lo estemos haciendo, no hacerlo. Tampoco se trata de abandonar todas nuestras ocupaciones cínicamente cuando se nos dé la gana. Está bien que nos pese y nos cueste un poco seguir y parar, significa que al menos tenemos nobles intenciones de proseguir más adelante.

Sin embargo la realidad es que sabemos muy poco cómo perder el tiempo, nunca nadie nos ha enseñado. Y creo que lo hacemos bastante mal. Nos enfocamos tanto en los resultados que nuestro actuar es siempre un medio para conseguir algo. Por esto parece que no tiene ningún sentido hacer algo que aparentemente no tiene ninguna consecuencia.  Pero podríamos intentar hacer las cosas sólo porque sí, buscar el valor de las actividades en sí y no por sus resultados o consecuencias. Oír una buena canción porque sí. Pintar, leer, cocinar, caminar, no para algo sino porque sí.

Que sepamos disfrutar esos ratos, aunque nadie se entere (y aunque se enteren, que no, no somos siempre productivos). Que aprendamos a sentirnos cómodos con nosotros mismos sin el constante ruido y movimiento de la vida. Una especie de rebelión contra el inmediatismo.

Suena fácil. Pero en realidad requiere mucha valentía enfrentarnos a nosotros mismos y cuestionar nuestro actuar y nuestras motivaciones. Para hacer las cosas porque sí también es necesario ser muy honesto con uno mismo, no poner excusas ni pretextos.

En un mundo donde hay siempre tanto que hacer, también tiene su mérito aprender a contentarse.

Pedir un deseo…

19 de octubre de 2019

“El deseo de luz produce luz.

Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención.

Es realmente la luz lo que se desea 

cuando cualquier otro móvil está ausente.

Aunque los esfuerzos de atención 

fuesen durante años aparentemente estériles,

un día, una luz exactamente proporcional a esos esfuerzos

inundará el alma.

Cada esfuerzo añade un poco más de oro

a un tesoro que nada en el mundo puede sustraer”.

Simone Weil

Soplar una vela y pedirle a la vida que nos conceda uno o varios deseos, es algo que a la mayoría nos enseñan a hacerlo desde que cumplimos un año. Pero ¿de dónde nos viene esta idea? Crecemos, y con ello, muchos deseos siguen permaneciendo. 

No importa si el deseo es conocer el mar por primera vez, o tomar un vuelo y sentir la fuerza de un despegue, cada deseo genera una emoción que puede permanecer con nosotros por mucho tiempo. 

Entonces, ¿de qué está hecho un deseo? Hoy sólo sé que un deseo viaja a su destino con cada partícula de lo que somos. Encuentra siempre su tiempo, su medida y su sabor. 

Sin embargo, algunas veces se nos advierte de tener cuidado con lo que deseamos, porque el universo nos puede conceder aquello que pedimos. El deseo entonces parecería ser meditado, reflexionado, pausado o quizás paciente, pero ¿realmente nos damos tiempo para desear? O ¿es sólo ocasión de cada uno de nuestros cumpleaños?

¿Desear es lo mismo que “anhelar”? ¿Es algo distinto de “querer”? ¿Es similar a “tener una ilusión”?

Mi ya amigo, N. Abbagnano menciona en aquel diccionario de Filosofía que desear tiene dos significados; uno como “apetito o como principio que impulsa a un ser vivo a la acción”. Y un segundo, según Aristóteles como “la apetencia de lo placentero”. Menciona también que Descartes lo definiría como “la agitación del alma causada por los espíritus que la disponen a querer para el porvenir, las cosas que ella se representa como convenientes”. 

Entonces, ¿“la disposición a querer algo para el porvenir…”? es inevitable no pensar aquí en todo lo que cada uno puede haber deseado en nuestros años ya coleccionados. 

-Va aquí un suspiro-

¿“Apetito o principio que impulsa a la acción”? Bajo esta noción, me pregunto si entonces ¿la idea de pedir un deseo sería, más que esperar a que algo suceda, algo que en tanto se tiene apetito se siembra, se pide, se trabaja, se acciona?

De ser así ¿Cuál pudiera ser ese “principio” que ponga en marcha aquel anhelado deseo?  

Me atrevo aquí a pensar en mis pocas o muchas velas de cumpleaños que he podido apagar, treinta y un deseos que han viajado, de los cuales; algunos quedaron olvidados, otros han caminado conmigo, un par han evolucionado, alguno que otro ha tomado otro rumbo, otros tantos se han colado en el último segundo, y claro, puedo decir que muchos de esos deseos fueron bien cobrados. 

En cada una de esas treinta y un ocasiones recuerdo haber sentido un impulso, una certeza sin pizca de duda en el segundo de pronunciar en mi mente aquello que era deseado. Un impulso que hace que muchos cerremos nuestros ojos, o que incluso, abramos ambas manos en ese segundo de pedir nuestro deseo. Un segundo, que rodeado de magia y certeza, parecería enviar al universo nuestra audaz propuesta. 

Pero ¿Qué pasaría entonces, si pedir un deseo pudiera ser algo que se nos permitiera hacer más de una vez al año? 

Por ejemplo, al mirar nuestra ventana en la calma de una luna llena, o quizás en el momento en que una fecha nos revela cierta sincronía…, en el momento de leer un párrafo inolvidable…, en el momento de un primer beso…, en el momento de dar los primeros pasos en una nueva ciudad…, en el momento de cruzarnos con una mirada inolvidable…, en el momento de ver un amanecer…, en el momento de sabernos en el día uno de cualquier aventura. 

Así como quien tira una moneda al aire, confiando en la magia y el azar de esta vida, quizás por ahora, yo seguiré así, pidiendo o sembrando deseos.  

Tania Cano

¿Quién me mira desde dentro?

A veces pienso que no hay manera de evitar la condición de aislamiento por no poder ser vistos por dentro. Creo que nunca terminamos de sentirnos acompañados por otros humanos porque las palabras o los gestos no bastan para comunicar lo que sentimos, porque somos inevitablemente íntimos. Creo que somos por naturaleza seres separados, que ante la constante desilusión de ser incomprendidos, buscamos respuestas volteando a otros lados, arriba por ejemplo.

Recuerdo mi niñez y pubertad, cuando escribía a un dios y le contaba penas y sufrimientos. Lo hacía con tal confianza porque suponía que sabía todo de mí, que estaba siempre al tanto de cada pensamiento y acción. Daba por hecho que al no haber secretos entre ese dios y yo, el acto de escribir era uno de mera voluntad, confesión y deseo de cercanía absoluta.

Ahora que lo recuerdo y analizo, sé que vivía distante de los demás porque guardaba secretos y me avergonzaba de mí. No sentía que mi vida fuese digna de ser compartida con las personas más cercanas a mí en ese momento. Me recluía en mi pequeño cuaderno y al abrirlo entraba en un espacio que no era de este mundo, que no compartía con nadie.

Con el tiempo empecé a buscar la compañía de otros, abriéndome de manera parcial o aparentemente completa. En las relaciones afectivas que han trascendido la amistad me ha sido más fácil abrir los espacios más resguardados de mi ser, pero nunca he sentido que he logrado ser visto por dentro. Creo que cuando se ama o se es amado, hay un acercamiento asintótico al interior de otro, que aparenta ser un consuelo.

Hablo de consuelo porque significa unión que alivia, apacigua o calma. Creo que todos buscamos un encuentro sosegador con algo externo a nosotros. Cuando sucede, intentamos que ese otro se introduzca a nuestro mundo tanto física como espiritualmente, pero creo que esa unión nunca es completa.

Por lo anterior, pienso que llegamos a crear seres omniscientes y omnipresentes con el propósito de ser acompañados por dentro, con quienes exista una unión total y absoluta. Creo que no nos basta ser vistos desde fuera, sobre todo en los momentos de dolor. Hay dolores que son incomunicables, aunque seamos amados por otro y éste intente consolar el sufrimiento.

Ahora que me he desligado de las visiones teológicas del mundo no me siento ya mirado por dentro. Sé también que ningún ser mortal podrá escudriñarme de esa forma, porque tampoco creo en videntes ni en superpoderes. Consciente de esta inevitable condición humana, no me queda más que aceptar la intimidad y soledad de mi interior, y escribirla a pesar de que tampoco quien la lea entienda exactamente lo que quise decir. Veo en la expresión y en el arte una forma de sobrevivir, de buscar un consuelo mundano, uno muy humano que se puede compartir.

Nardo.

Oda a la delicadeza

Una vez que advertimos algo, lo empezamos a ver por todas partes. No sé qué condición psicológica explique este fenómeno pero es bonito. Es una forma de sentir el mundo muy nuestro, muy para nosotros. Esta vez me pasó con una palabra. Comencé a encontrarla repetidamente, la citaban, hablaban de ella. Delicadeza. La escuchaba y la leía. Delicadeza. Y fue a partir de ese momento en el cual la veía por todos lados, cuando empecé a notar su ausencia.

Al principio me parecía una palabra bonita que tampoco tiene muchas implicaciones prácticas. Luego me pareció una palabra interesante, que se definía a sí misma, autológica, delicada, suave. Después, por sus distintas acepciones, me pareció que explicaba muchas cosas. El poder de nombrar para entender. Me convencí entonces de que no solo era lo que le faltaba al mundo sino lo que le hacía tanta falta.  

Caí un día en la cuenta de esto cuando sentí que un comentario de alguien me sentaba fatal. Conozco mi sensibilidad y me jacto de reconocer cuando las emociones provienen más de ella que de la realidad.  Y esta vez era una sensación objetiva (sin ser esto un oxímoron). Sé que no era un comentario mal intencionado, no era ni siquiera directamente contra mí, no era un ataque premeditado, al menos no parecía. Y sin embargo era un comentario tan desatinado, tan molesto, tan inadecuado. Tan poco delicado.

Volví a encontrarme con esto cuando le comuniqué a alguien una noticia que no tenía, a mí parecer, mucha mayor complicación. Pero a mi receptor no le vino nada bien. En sí misma, la notica no era ni buena ni mala. Pero quizá en su situación era más negativa que positiva. Yo ni siquiera lo había considerado.

Es indiscutible que los seres humanos somos unas criaturas muy vulnerables, nos podemos romper con facilidad, hacernos daño unos a otros. No es que no crea que también tenemos una gran capacidad para soportar grandes dificultades, una gran fortaleza y resiliencia. Pero nos necesitamos tanto unos a otros. Somos tan delicados que la delicadeza se vuelve un valor necesario.

 No me refiero a una delicadeza superficial, a una simple corrección política para no herir susceptibilidades. A una cierta indiferencia disfrazada de respeto. No. Me refiero a una delicadeza intencional. A prestar atención al otro, saliendo de uno mismo. A fijarse en los detalles. A ser cuidadoso pero no ajeno. A mirar al otro para encontrar la mejor manera de acercarse. A comportarse, a hablar, con tacto, con ternura. Entrar despacio a la vida de los demás, como pidiendo permiso. Justamente porque somos delicados, el mundo necesita que seamos más delicados.

delicado, da. Del lat. delicātus.

1. adj. Fino, atento, suave, tierno.

2. adj. Débil, flaco, delgado, enfermizo.

3. adj. Quebradizo, fácil de deteriorarse. 

Reacomodando

Últimamente escribo más sólo para mí. Pero, ¿tiene caso escribir para uno mismo? ¿Qué cosa tan importante tenemos que decirnos que no podemos sólo decírnosla? 

En realidad es que no creo que escribirse sea equivalente a hablar solo. Cuando uno dice algo sin que nadie lo escuche, las palabras desaparecen hasta para uno mismo. 

El papel, en cambio, es también interlocutor. A veces el más severo pero siempre el más agradecido. El más callado. El más demandante. El más fiel. 

El papel no olvida como lo hace el aire. O como lo hacemos nosotros. 

Nos recuerda pero sólo aquello que buscamos recordar. 

Escribo no tanto por decir sino por acomodar. 

Como sacar el armario entero para reordenarlo, para encontrar lo que estamos buscando, para poner todo en su sitio dejando fuera lo que ya no va. 

Y para eso no hace falta lector.  Aunque, a veces, un poco de ayuda tampoco viene mal. 

Permane-ser

Me preguntaron qué diría mi yo del pasado.

Bueno, probablemente lo mismo que digo ahora, o lo que dijo en su momento. Ya que o no existe, o si existe soy yo misma. No somos dos personas separadas. No somos una realidad discontinua. Me gusta pensar que no es alguien que no soy yo. Que lo que dijo, lo diría. Y lo que digo hoy, también.

Es verdad que hay muchos espacios para ser. Ser en el trabajo, en la familia, con los amigos, en el presente, en el pasado. En mi país o en otro, con esta u otra persona. En el mundo físico o el mundo digital. La vida es adaptarse a cada uno de estos espacios pero lo importante es encontrar la consistencia que los une.

La pregunta es:

Y si cambian todas las circunstancias, ¿qué queda de mí?

El problema es que es más difícil ser que hacer. Por eso nos resulta más fácil definirnos con base en lo que hacemos. Y claro, el hacer delimita al ser pero no es que seamos únicamente nuestro trabajo. El hacer nos da sentido, cierto, pero el no definirse más allá de eso nos crea una identidad frágil. No respondas un quién eres con un qué haces.  Pues terminamos por vivir una realidad fragmentada siendo solo la parte que somos en donde estamos, solo lo que hacemos.

A partir de ahí, nos vamos buscando por todos lados, viajamos creyendo que nos encontraremos en algún sitio. Cambiamos dependiendo del lugar en el que estamos y nos sorprendemos desconocidos. Nos debatimos entre la definición contundente o la apertura de quedarse en medio. Cómo mantenerse abierto sin perderse en el intento.

Porque en última instancia, solo podemos relacionarnos desde nuestro ahora. Uno cambia, crece, la gente y el mundo es nuevo cada día. Sería imposible encontrarse con el otro sin ser uno. Algo debe permanecer, con el único afán de ser y conocer. ¿Qué te define invariablemente? ¿Quién eres en donde sea que estés?  

Espera

“Nuestra razón, nuestra inteligencia, constantemente nos están probando que este mundo es atroz, motivo por el cual la razón es aniquiladora y conduce al escepticismo, al cinismo y finalmente a la aniquilación. Pero, por suerte, el hombre no es casi nunca un ser razonable, y por eso la esperanza renace una y otra vez en medio de las calamidades.” 

Ernesto Sábato

La decepción de la historia dificulta mucho el mantener la esperanza. Cada vez parecemos tener menos razones para creer que el hombre es capaz de grandes cosas. No exigimos nada a nadie, cada vez nos pedimos menos los unos a otros. No tenemos nada que nos conecte con nuestras esperanzas. La desesperanza rige la cotidianidad.

Ante las grandes exigencias del mundo, reducimos nuestros anhelos y aspiraciones. Preferimos cortar las alas de nuestros sueños antes que arriesgarnos a no poder volar. No nos atrevemos a pedir la vida porque no creemos que nadie sea capaz de darla. Nos repetimos unos a otros que no somos capaces de asumir grandes compromisos. Nos engañamos con una supuesta incapacidad para asumir consecuencias.

Si nadie puede darnos garantías, mejor no prometernos nada. Si no podemos salvarnos unos a otros, mejor usémonos. A nadie se le considera digno de tomarle la palabra.

Tratamos de vivir en la seguridad de la indiferencia.

Ante la dificultad de encontrar respuestas, renunciamos a las grandes preguntas. La duda nos embarga pero es una duda que no espera encontrar respuestas.

El no saber cómo recomenzar nos paraliza, nos sume en una gran desesperanza. Confiamos poco en nuestra capacidad de enfrentar y sobrepasar las dificultades. Elegimos quizá no elegir, y nos vamos haciendo cada vez menos capaces de hacerlo. Nos vamos conformando con menos. Pero esto aumenta nuestra debilidad, caemos en la profecía auto cumplida de la fragilidad humana. Al no creernos capaces, no nos exigimos, y cuando llega algún momento decisivo, realmente no somos capaces de afrontarlo. Confirmamos nuestra pequeñez.  Cada vez será más difícil empezar de nuevo.

Admiramos la ejemplaridad, aspiramos a la grandeza, a pesar de nuestras limitaciones. Pero como resulta imposible alcanzar el perfeccionamiento, despreciamos a cualquiera que se atreva a exigir su búsqueda.  Si nadie es perfectamente congruente, nadie tiene derecho a abogar por la congruencia. Si no somos permanentemente nobles, no habremos de predicar nobleza. Creemos que los errores imposibilitan la referencia.  

Quizá sea hora de romper el círculo de la desesperanza. El acto más revolucionario que podemos hacer hoy en día es esperar.