El Prinsidente

 

Power corrupts; absolute power corrupts absolutely.

Lord Acton

Por el bien del pueblo han buscado el poder muchos personajes políticos a lo largo de la historia. En estos días podemos observar con frecuencia el surgimiento de líderes que seducen para obtener el apoyo popular.

En El Príncipe, de Maquiavelo, tan citado y poco leído, se hace alusión a los principados civiles, hoy nuestras repúblicas. A la cabeza de éstos se llega gracias a cualquiera de estos dos medios: con el favor de los grandes y poderosos, o con el del pueblo. De este último dice que es más fácil de preservar, pues sus únicos enemigos son los grandes y poderosos, a quienes puede modificar, perjudicar o aniquilar. Advierte que el que manda con el favor del pueblo debe mantenerse como su amigo, lo cual considera fácil ya que lo único que éste quiere es no ser oprimido.

245px-Francisco_de_Goya,_Saturno_devorando_a_su_hijo_(1819-1823)
Saturno devorando a su hijo, Goya

Si hablamos de un régimen presidencial, llamaría a la cabeza de éste un prinsidente. El presidencialismo existe cuando el ejecutivo es el privilegiado entre los tres poderes que dividen al sistema. Los Federalistas solían hablar de la importancia de la función de pesos y contrapesos entre ellos, para la salud de la colectividad o el bien común. Cuando  la seducción del prinsidente logra que su partido político reciba también los votos suficientes para tener mayorías en el poder legislativo y, por otro lado, sus facultades le permiten tener incidencia en la operación del poder judicial, hablamos de un control absoluto de los tres poderes.

En un sistema democrático de elecciones periódicas, si el prinsidente consigue que los votantes continúen apoyando a su partido, el absolutismo se acerca al establecimiento de una dictadura aparentemente democrática. ¿Cuáles son las posibles consecuencias de esto? Que desaparecen los pesos y contrapesos que permiten al pueblo defenderse en caso de que el prinsidente deje de actuar a su favor. Por esa razón, un prinsidente ambicioso y disfrazado de oveja puede tener como interés principal su permanencia en el poder y no el bienestar común. Así, el peligro de dejarse seducir ante el carisma de un populista puede devenir en la ruptura de la libertad y la corrupción absoluta de un régimen.

Nardo.

Anuncios

Yoga, psicoanálisis y meditación

Llevo días pensando en escribir sobre los procesos por los que puede pasar un individuo que tiene algún tipo de desajuste mental y espiritual dentro de sí. Me considero una persona reflexiva e introspectiva. Desde pequeño he tendido a analizar y pensar el mundo que me rodea de manera profunda. Nunca me he negado ningún pensamiento.

Sin darme cuenta llegué a un exceso de racionalidad. Quizá fue mi formación educativa, el contexto de mi cultura occidental o una mezcla de las dos. Esa racionalidad se componía de una rigidez y una crítica rigurosa hacia mis acciones y hacia las de los demás. He de reconocer que en muchas ocasiones he sido muy duro tanto conmigo como con los otros, careciendo de amabilidad en el trato.

Lo anterior paulatinamente generó una personalidad exigente. Los resultados fueron evidentes en mi edad adulta. Las contradicciones internas se convirtieron en motivos de lucha y los errores una razón para el castigo. Vivir fue tornándose una experiencia ardua y tormentosa, que se volvió evidente en malestares en el cuerpo, desequilibrios en la mente e inquietudes en el espíritu.

Fue la intuición lo que me permitió tomar decisiones. Sin estar muy seguro, asistí al psiquiatra, quien me diagnosticó un trastorno de ansiedad tipo pánico. El neurólogo me dijo que las cefaleas tensionales eran una derivación de la ansiedad, y el dermatólogo identificó que la dermatitis era nerviosa, derivada de todo lo anterior.

Mientras seguía las indicaciones de los médicos y tomaba los tratamientos respectivos, surgió en mí una nueva inquietud. No podía concebir que la solución a todo ello consistiera en una serie de tratamientos sin término, que en lo consecutivo mi vida estuviese condicionada a tomar medicamentos. Lo hablé con mi psicoanalista, le conté cada uno de mis avances, cambios, altos y bajos. Continué obedeciendo a mi intuición.

Un día, una amiga me invitó a una clase de prueba de Yoga. En la clase me enfrenté a verdaderos retos de estiramiento y dificultades para llevar a cabo ciertas posturas. Yo puse mi mente a trabajar para concentrarse y coordinar los brazos, los pies, la espalda, la cabeza; todo menos la respiración. Logré la postura del “guerrero” con éxito y la profesora pasó junto a mí y me dijo: “respira”. Me percaté que tenía el aliento contenido y que estaba tenso. De nuevo, la tensión y la búsqueda de la perfección estaban por encima de la vitalidad. En el siguiente ejercicio, hicimos un “perro boca abajo” y levantamos una pierna. Mientras intentaba levantar la pierna lo más posible, la profesora dijo: “a donde lleguen, está bien. Sean amables con su cuerpo”. Me di cuenta que la exigencia a veces no es amable, que en la determinación  de alcanzar nuestras metas podemos perder el buen trato a nosotros mismos, descuidamos nuestro bienestar.

Al final de la clase, nos acostamos y descansamos. Yo podía percibir a mis compañeros de clase junto a mí, rendidos, exhaustos y relajados. Algo dentro de mí pensó en la división del mundo entre Oriente y Occidente, en el divorcio entre la vida activa y la vida contemplativa y en la necesidad de que nuestra civilización aprenda también de lo que otras pueden enseñarnos. Reflexioné sobre la ruptura espiritual de los que hemos crecido de este lado del mundo y también pensé que me parecía maravilloso que exista esta práctica. Me inscribí a más clases y poco a poco noté los cambios, una mejor  respiración y trato hacia mí mismo.

En diciembre del año pasado, por recomendación de un profesor de mi universidad, leí un libro llamado La biografía del silencio de Pablo D’Ors, quien habla de su experiencia en la meditación. Él es un sacerdote católico y escritor, que encontró una manera de sanar en esta práctica. Habla de “las sentadas” como esa actividad que fue difícil de llevar a cabo cuando recién comenzó a hacerlo, pero que fue poco a poco volviéndose más placentera y dando frutos. A medida que lo leía, me dedicaba también a meditar. Su relato me iba acompañando y guiándome. Concluí que me encanta tener maestros pues me considero aún en formación. El dolor me enseñó a ser humilde y darme cuenta que no me basto. De Pablo D’Ors aprendí que el mundo interior puede estar lleno de vida, donde podemos refugiarnos y acudir a sanar.

Todo lo anterior lo platiqué en las sesiones con mi psicoanalista, lo asimilé y me apropié de todo ello, de mi dolor y de mi curación. Me propuse ser más amable conmigo mismo, valorar mis esfuerzos y aceptar mis errores. Fue una sorpresa darme cuenta que por muchos años no fui cordial conmigo y fue una alegría muy dulce empezar a ejercerlo.

Todo mi proceso también lo compartí con mis seres queridos, quienes siempre me escucharon y apoyaron. En una conversación con un amigo, le platiqué que leí que Mircea Eliade se había dedicado por algún tiempo a estudiar la práctica de la Yoga. Con mucha emoción, le conté que él decía que practicarla permitía generar una unión de las constantes contradicciones que se presentan en el pensamiento racional y que esa unión daba lugar a una mejor experiencia de vida.

Finalmente, decidí escribir esto como un pequeño relato y compartirlo. Tuve la primera reconciliación de los demonios que habitan dentro de mí y se siente muy bien.

Nardo.

 

 

 

Sonidos de una isla a otra

De cómo nuestros pasos y la música nos pueden regalar vida

Caminar siempre ha sido uno de mis refugios. Hay días en que es parte de mi rutina para llegar a clase; otros, es el medio para poder ir a comprar mi comida, es la forma en que he podido reír y hablar con otros, y conocer tantos rincones como retos. Sin embargo, hay días en que caminar se convierte en un diálogo con lugares que saben contar secretos.

El viernes pasado fue un día que consistió en caminar para poder llegar a comprar algo de comida. En el último tramo del parque que debo cruzar, recibí una notificación en mi celular. Giré la pantalla y leí que el álbum «All» de Yan Tiersen estaba ya disponible para escucharse. No dudé, ya me habían contado algo sobre él y curiosamente había escuchado «EUSA» su último álbum unos días antes.

Así que, conecté mis audífonos y puse «play»«Tempelhof» es de quien pretendo hablarles en estas líneas. Es la primera pieza de un álbum que hizo viajar sonidos del aeropuerto de Tempelhof en Berlín hasta mi trayecto por aquel parque.

Una pieza de 6:08 minutos que desde el primer segundo borró la línea entre realidad y sueño; entre lo que sabía que mis oídos escuchaban y lo que estaba segura que mis ojos veían a mi alrededor. El verde de los árboles dejaba entrar a manera de baile la luz del sol, al tiempo que veía cómo un niño extendía su pequeño brazo alrededor de su madre, quien pacientemente le leía algo en sus manos. 

No pude cruzar la calle. Con el semáforo peatonal en verde, decidí seguir en este espacio donde la vida se detuvo para que yo viera más. Ahora pienso que fue como en aquellas escenas de algunas películas en que todo parece ir en cámara lenta y el protagonista adquiere el poder de ver lo que otros no. No podría decir si aquel común viernes fui la única que pudo ver aquel vaivén de belleza en cada centímetro de realidad que ese parque tuvo para mí, en aquellos seis minutos con ocho segundos.

«All», el nuevo álbum de Yann Tiesen, es el primero que se graba en el nuevo estudio y centro comunitario del músico, «The Eskal», construido en la isla de Ushant, una pequeña isla situada en el punto más occidental en Bretaña y, por lo tanto, en Francia continental. Hay varios que aseguran que Ouessant es verdaderamente el «fin de la tierra», lugar donde se dice que Tiersen ha vivido por los últimos años. 

Así que, de la isla de Ushant a otra como la Ciudad de México, las notas de esta primera pieza viajaron en segundos hacia donde mis pies caminaban aquella mañana. En el minuto 3 con 50 segundos: un respiro, las voces de los niños continúan, giro hacia la calle y el semáforo vuelve a estar en verde. En el minuto 4 con 30 segundos todo vibra de nuevo. Decido seguir ahí. Quisiera extender mis brazos, pero me concentro en aquel momento, sé que pronto todo será distinto. Una campanada tras otra, todo parece volver a su lugar. Y son el sonido del piano y una voz lo que me hace notar que el semáforo vuelve a estar en verde y que puedo continuar.

Tania Cano

Gobiernos de amor e ilusión

Hannah Arendt escribe lo siguiente en La condición humana:

Debido a su inherente mundanidad, el amor únicamente se hace falso y pervertido cuando se emplea para finalidades políticas, tales como el cambio o salvación del mundo.

Esta oración quedó grabada en mi cabeza desde que la leí. Me hizo pensar dos cosas. La primera consiste en que el ejercicio de la política no es un acto de amor; la segunda, que hay algo repugnante en un ejercicio del poder que se llama a sí mismo amoroso.

Lo anterior me llevó a pensar en las ilusiones que siembran los líderes amorosos. Una ilusión es, entre muchas definiciones, eso que carece de realidad pero que es deseable que se cumpla. Los seres humanos tendemos a ilusionarnos, parece que es lo que a veces brinda sentido o “chiste” al realismo de nuestras experiencias cotidianas. Las ilusiones son parte de lo que imaginamos, pero pueden ser la motivación de nuestras acciones y es posible que nos acerquen a lugares increíbles. Sin embargo, las ilusiones también pueden nublarnos y quitarnos la capacidad de ver los hechos, ver gigantes donde hay molinos y quizá llevarnos a resultados desastrosos.

Es cierto que en lo privado, podemos someternos a una revolución de nuestros significados, transformar nuestros símbolos, pensar que una luna creciente es el ojo cerrado del cielo o que el cambio climático es un mito. El problema es cuando las ilusiones se imponen en el espacio público, donde habitamos todos bajo reglas comunes, donde hay un mínimo de acuerdo sobre lo que se considera real y existente.

tiranos

Leszek Kolakowski escribe, entre muchas cosas, de la presencia del mito. Él entiende el mito como aquella narrativa que nos permite tener valoraciones con las que podamos calificar nuestras acciones, es decir, nos enseñan aquello que los valores representan a través de figuras o símbolos que no están condicionados como nosotros por el tiempo o el espacio, que no dependen de la comprobación empírica. El paradigma de nuestro tiempo ha excluido el mito del espacio público, volviendo un tema de la vida privada el ejercicio de la verdad. Entonces el espacio público se convirtió en este lugar carente de significados míticos, pero al mismo tiempo, dependiente de la construcción humana de valores, de tradiciones seculares, probablemente de la necesidad de conservar.

Kolakowski dice que cuando tratamos de emanciparnos de manera radical de ciertas herencias o tradiciones, podemos caer en la tiranía de otra ilusión. Me pareció muy fuerte pensar que una ilusión pudiese ser tiránica. Eso me llevó a pensar en la posibilidad de que un gobierno pudiese convertirse en la tiranía de la esperanza. 

Es muy entendible que, ante realidades muy opresivas e injustas, exista el deseo de buscar un cambio, de erradicar los problemas que provocan el malestar social y de probar las alternativas nunca antes probadas. Creo que el error que se puede cometer en escenarios como éste, es probar la opción del mesiánico, del vendedor de ilusiones, de la promesa transformadora. Creo que las reformas tienen la capacidad de permitirnos usar criterios comunes para evaluar nuevas formas, nuevos comportamientos. Pienso que hay un verdadero problema cuando se busca transformar todo lo conocido, porque caemos en el terreno de la atomización, de la ausencia de significados comunes.

Nardo.

 

8 de marzo en Madrid

No era sólo una tarde en la que miles de mujeres salían a la calle a exigir al Estado, no era sólo un día para pararse en aquel concreto en el que solo se paran coches, no era sólo un jueves para sentirnos rebeldes y seguir avanzando, aunque el semáforo sobre nuestras cabezas sea de un brillante rojo. Algo había cambiado, algo estaba por cambiar.

Processed with VSCO with c1 preset

2AA51B2F-D120-4339-8E8B-1CC3A184A358

El 8 de marzo se vivía en España una huelga general. Ya no se trataba de mujeres que estaban dispuestas a dejarlo todo por luchar en las calles por la igualdad, la no discriminación, la no brecha salarial y la no violencia de género: esta vez era todo un país en paro. Miles de empresas dando la tarde libre, miles de escuelas con clases canceladas, miles de cafeterías cerradas. Era un jueves en marzo que se esperaba desde enero, era una tarde que desde la mañana ya olía a euforia, a emoción y a urgencia de un futuro mejor.

Salí de casa para ir a Atocha a las 17:00, parecía que iba con tiempo, pues estaba a tan solo cuatro paradas del metro y la marcha comenzaba a las 18:00. Apenas bajé unos escalones vi los andenes repletos, veía a lo lejos el tren que entraba a la estación intimidantemente lleno. Caminé hasta Atocha, con muchísimos más que habían decidido caminar también. Era como si la movilización hubiera iniciado mucho antes, desde cualquier barrio de Madrid hasta el sur de la Ciudad.

Comenzó la movilización, caminaba con miles de mujeres y hombres a mi lado. Nunca había visto a tanta gente junta, tanta gente pidiendo lo mismo, me subía a las bancas de la calle y mi mirada —como cuando veo el mar— no alcanzaba a ver el final. Me imaginaba a la masividad de gente que recorría conmigo todo el Paseo del Prado para llegar a la Gran Vía y terminar en Plaza España en una toma cenital, como una masa que se mueve a un mismo ritmo; sin embargo, yo no veía una masa, yo, desde adentro, veía a cada persona por separado, en su individualidad, en su originalidad, en su autenticidad, veía la diferencia en la igualdad: aquella señora de 1.50 de pelo blanco corto, aquella joven con la mitad de la cabeza rapada, a las de pelo lacio, a las que no tenían pelo, a las que tenían demasiado y a las que lo tenían pintado de azul. Veía a mis compañeras de clase agarradas de los brazos de sus madres, los ojos de estas mujeres brillando mientras se reflejaba aquel infinito de personas en sus pupilas. Veía a las partes mientras sentía el todo. Mi piel, cómo límite de mi cuerpo, es lo que más se acerca a los demás, sentía las otras pieles, las otras texturas, los otros cuerpos… y me reconocía en ellos.

La lucha feminista pasaba de infinitivo a gerundio: algo está cambiando. Ser mujer ya no es una condena, sino una posibilidad. Estaba viviendo cómo, después de más de un siglo, la verdadera emancipación feminista se estaba consumando. Tenemos derecho a crearnos, a inventarnos y a reinventarnos sin restricciones, a caminar en la noche sin miedo, a escoger nuestra propia ropa, a tener un trabajo con un salario justo y elegir de quién nos enamoramos.

No sabía si éramos 100 mil, o 500 mil o un millón o mil millones, pero sentí que estábamos en todo el mundo, que lo abarcábamos todo. El éxito de la marcha se estaba viviendo en la misma marcha: mujeres que pelean por las que ya no pueden hacerlo, mujeres que peregrinan en nombre de todas las mujeres del mundo y mujeres que se asumen a sí mismas y se aman por eso.

Y caminé horas como quisiera hacerlo todos los días: sin miedo, sin frio… libre.

Alas y raíces

Los seres humanos realmente somos unas criaturas bastante particulares. Si uno se fija con atención podrá encontrar más de una cosa curiosa. A mí me resulta interesante esa semi curva que forman nuestros labios que tiene, al menos, catorce significados distintos. Esa que hacemos cuando algo nos resulta gracioso, pero no del todo. O que le dirigimos a alguien que nos parece especialmente simpático o atractivo. O hasta a alguien que nos provoca un poco de pena. El proceso no es el mismo pero el resultado es similar.

Otra de sus características que, a mi parecer, destaca en comparación con cualquier otra especie es que no termina por definirse en su dinámica vital. A algunas especies la naturaleza les dicta muy claramente cuando ha llegado la hora de migrar. Otras tienen también perfectamente identificado que han de establecerse, que pase lo que pase no han de separarse de su comunidad o no sobrevivirán. Unos vuelan, otros nadan, unos viven en solitario, otros tienen una pareja de por vida, otros andan siempre en grupo.

Pero el ser humano no parece tener muy claro lo que le corresponde hacer, o el momento de hacerlo. Esto, porque a diferencia de la mayoría de las especies, es un ser ambivalente. Por un lado, tiene una tendencia muy fuerte a establecerse, a echar raíces. Y por otro, su capacidad para moverse y volar de un sitio a otro es también muy definitoria. Aunque parezca en principio contradictorio, ambas características se entienden desde un proceso de adaptación. Podemos ir de un sitio a otro porque nos adaptamos, por eso mismo nos quedamos.

En esta ambivalencia se nos va la vida. En el no saber si irse o quedarse, sabiendo que si te vas, renunciarás a quedarte y si te quedas, tanto te perderás. Cuando nos vamos, queremos a veces volver. Pero muchas veces tampoco sabemos cómo permanecer. Volar parece fácil pero soltar siempre cuesta. Decidimos, entonces, no elegir y quedarnos solo con las posibilidades. Al final ese tampoco es un gran lugar para vivir, simplemente porque  no es real.

El arte de vivir parece entonces consistir en saber cuándo es tiempo de volar y dónde, en qué lugar o persona, echar raíces. Podemos andar constantemente pero estamos hechos para volver o para, de alguna manera, hacer nuestro lo ajeno. Somos para pertenecer. Hay que aprender a irse pero, aún más, a saber quedarse, a estar donde se está. Decidir y apostar. Que los sueños sean altos y las raíces sólidas.

red yellow and blue kite on the sky
Photo by Tookapic on Pexels.com