Una tarde de té con Ana

Ana y yo estamos unidos por la levadura.

Hace mucho no cocinamos pero nuestra manera de volver es anunciar un banquete.

Todo se resuelve conversando con la boca llena y

quizá tomando una copa a horas inapropiadas.

Siempre somos niños aunque nuestras vidas parezcan cada vez más serias.

Nos reímos después de darnos cuenta con cierto pesar que han pasado semanas sin vernos.

Prometemos con frecuencia corregir el camino y ser infantiles de nuevo.

Disfrazarnos es la medida de emergencia para las trampas de la adultez.

Estaré lejos de Ana más de lo usual,

pero tendré tiempo para escribir en la libreta que me regaló sobre nuevas ideas estrafalarias para ser estridentes.

Espero que en nuestro próximo encuentro tengamos un reto culinario que devorar

y sea mañana, tarde o noche, las horas se desdibujen en cada entremés.

Construcción de lo inalcanzable

Construyéndome habito un mundo en incesante construcción. Aquí y allá se escuchan taladros y herramientas estridentes traqueteando el suelo, levantando gigantes edificaciones. Ruido y más ruido hacen nuestros sueños y voluntad. Las ilusiones también acechan al silencio.

No hay silencio porque nada se acepta como terminado. Todo está por delante, o hacia arriba. Para llegar ahí se debe hablar mucho. Se huye del silencio por miedo a desaparecer, por quedarse atrás, por ser pequeño en un contexto de rascacielos. ¿Puedo descansar o debo continuar sin parar?

Bloques y más bloques de concreto, que suponemos nos equipan, nos separan, nos saturan, nos bloquean. Incontables posibilidades al encuentro, choque de la diversidad infinita de deseos particulares. Multiplicación exponencial de discursos indescifrables, todos imperativos.

El silencio es la vuelta a casa, pero nadie se calla. La carrera a lo absurdo no para desde que partió porque estamos pegados unos a otros, amarrados a una carroza sin conductor. Detenerse es tropezar y ser aplastado por los pies vecinos que van a continuar. Todos vamos relinchando cosas diferentes pero hacemos exactamente lo mismo, buscar lo inalcanzable.

Ni mérito ni justicia, libertad

Todos los amores tienen algo en común. Ya sea la amistad, el amor romántico, espiritual, filial, fraterno. Y es que solo pueden entenderse desde la libertad.

“Te mereces a alguien mejor”, “no se lo merece”, “no es justo”. Creo que detrás de estas afirmaciones hay un afán muy noble de ser digno del amigo o del ser amado. Pero no puede ser una cuestión de mérito. ¿Cuáles serían los criterios para determinar quién merece qué tipo de amor? ¿Quién lo decidiría? Tampoco puede ser una mera cuestión de  justicia. Que todos recibamos afecto de acuerdo a nuestras circunstancias particulares. ¿Qué nos tocaría a cada uno?

En una sociedad donde el ideal de la meritocracia se ha trasladado a las relaciones personales, no hay espacio para la compasión y la bondad.  Si todo es medido con base en nuestras competencias personales o en nuestra capacidad para destacar,  el fracasar en las amistades o relaciones se convierte en un indicador de nuestra valía. ¿Cómo relacionarse en un mundo de ganadores y perdedores, donde unos merecen ser escuchados y atendidos mientras otros ignorados o despreciados? Somos tan poca cosa que nadie merecería tener un gran amigo, nos equivocamos tanto que lo justo sería recibir un amor muy pobre. Pero el mundo necesita menos impartidores de justicia y más buenos amigos, más aceptación y comprensión.  

Porque volvemos a lo mismo. Los amores son activos y aunque es necesariamente una realidad relacional, ésta no recae tanto en el receptor como en el emisor. En este sentido, el amor es algo que damos libremente en la medida de nuestras posibilidades. No es que te elijan porque eres el más capaz o el más bueno, o el amigo más gracioso. No. Seguro que hay miles mejores y más simpáticos. No es que te lo merezcas o sea justo encontrar a alguien con quien compartir. Con mi libertad te elijo, no te evalúo.

Que te quieran tiene que ver más con la capacidad del que te quiere, con su capacidad de admirarse, de ver y querer descubrir lo bueno en ti. Y por otro lado, si alguien te hace daño o no te quiere como quisieras tampoco es necesariamente tu culpa. Los afectos no pueden ser demandados ni obligados. Sí cultivados, propiciados y cuidados. (Aunque un poco de suerte tampoco viene mal).

Esto no nos convierte tampoco en receptores pasivos del cariño. Hay que aprender a dejarse querer, que la vulnerabilidad no resulta una tarea sencilla. Hay que darse a conocer, hay que dejarse elegir. Hay que saber agradecer y corresponder. Hay siempre que intentar ser dignos de ese amor que se nos da libre y gratuitamente. Hay que recibirlo y cuidarlo. En primer lugar, hay que saber darlo.

Si alguien decide quererte, lo más probable es que te lo merezcas poco. Quizá coincidieron en circunstancias, intereses. Llámale atracción o simpatía. La cuestión es que alguien te elige, entre millones de personas. Tampoco hace falta preguntar por qué. Cuando entendamos que esta elección que alguien más toma tiene muy poco que ver con nosotros, sabremos agradecer y valorar este regalo, aprenderemos a corresponder libremente.

Desde mi frágil insignificancia

Desde la fragilidad de mi insignificancia, siento que en todo lugar a lo largo del planeta hay una actividad que nos comprime y desgasta. Un movimiento incesante de voluntades y deseos carcome la corteza de nuestro templo.

Vivir a costa de la vida, interviniendo en todo lo que no opone resistencia. La edad trae consigo un falso temor, imponerse o perder. Qué pena padecer la inseguridad que invita a asegurar que el otro se someta.

Un duelo, una honda herida que se abre mientras los ojos lloran de agonía para sanar un alma que vive en medio de la tensión del encuentro de las insaciables voluntades.

Más, más, más, no más, no más, no más. No hay palabra o mito que sirva para sosegar al miedo que viene con la consciencia del acecho constante. Un canto, un graznido, un silbido son manifestaciones de presas nobles, que ignoran que puede ser la última emisión de alegría honesta. Tan frágil la vida y el entusiasmo desinteresado.

Los rascacielos del miedo se erigen para amenazar al sometido, para recordarle que nada puede ser de otra forma. El cielo no se ve por encima de esta bóveda de poder impuesto. La atmósfera se cierra para ahogar cualquier búsqueda de auxilio.

Y aunque muero a cada momento y se marchita mi piel y mi inocencia, amo cada destello de emoción y afecto. Un encuentro humano es un regalo y un respiro, un viaje de descanso hacia dentro, un instante en el refugio del espacio sagrado de nuestra primoridialidad. La mirada que confía regenera. Amar y vivir, vivir para amar, es una manera invaluable de hacer llevadera la perpetua amenaza de nuestra frágil insignificancia.

Nardo.

Somos hojarasca

Frágil hojarasca en busca del incendio.

Gritos de horror al crujir bajo los pies del monstruo de nuestros insaciables deseos.

La primavera se cansó de ser ignorada, se esfumó y nos dejó con la raíz rota.

Nos secó el desarraigo de la interminable conquista aislada.

Se muere el pájaro y no tenemos heraldo de vida, se acaba el último rezago de ternura.

Respiramos el humo de nuestra naturaleza muerta.

Nardo.

Virtud ecológica

La virtud puede entenderse como la disposición habitual para hacer el bien. El término ecología etimológicamente significa: los tratados de la casa. Es una rama de la biología que estudia las relaciones entre los seres vivos y su entorno. Hablo de virtud ecológica para poder definir aquel hábito deseable que nos permite encontrar una relación positiva entre los seres vivos y nuestro entorno.

Es cierto que elegimos gobernantes y alcaldes para que se encarguen de velar por el cumplimiento de las normas que regulan los asuntos ambientales, entre otros, y que es deber de las autoridades políticas promover una cultura ambiental responsable. Si bien  el legislador, como se entiende en la visión grecolatina antigua, es quien debe crear leyes para hacer virtuosos a los ciudadanos, podemos y debemos tomar acción voluntaria cuando éste no es efectivo ni virtuoso.

Estos días los habitantes de Ciudad de México estamos padeciendo una situación de contaminación atmosférica amenazante y seria. Se han reportado incendios desde la semana pasada no sólo en la ciudad, sino en todo el país. Se han incumplido las normas en muchos aspectos y las autoridades no han sabido controlar la situación a través de un monitoreo y vigilancia efectivos de los lugares en los que se suele quemar terrenos y basura o en los que suceden accidentes.

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Fotografía de CDMX desde mi ventana

A esto se suma la usual contaminación, no por ello menos importante, de las emisiones de los móviles motorizados. Seguimos utilizando plástico y desechables de manera insensible e inconsciente. Nuestros hábitos de consumo no son virtuosos ecológicamente, no hay entendimiento claro de cuáles pueden ser las consecuencias y la relación con el medio ambiente, nuestra casa, está muy deteriorada y no es racional. No habrá nunca acción gubernamental que baste si no dejamos de comportarnos tan caprichosa y frenéticamente, si seguimos siendo la fuente del problema.

Sí es tanto un derecho como una obligación de los ciudadanos exigir y velar por el cumplimiento de las normas y por la intervención pronta y adecuada de las autoridades responsables, quienes tendrían que tener una estrategia ambiental pertinente. Dado que no es así en nuestro caso, no sobra y sí falta que tengamos la capacidad de reconocernos como agentes de cambio y como responsables de lo que sucede. No es culpa del gobierno que tengamos un hábito de consumo vicioso (contrario a lo virtuoso), que estemos acostumbrados a comprar cosas que no necesitamos, que no sabemos establecernos límites sanos de gasto de plástico y materiales nocivos para el planeta y por ende para nosotros. No es justo ni correcto exigir al otro lo que no nos exigimos a nosotros. Para tener gobiernos virtuosos, hay que ser ciudadanos virtuosos.

Nardo.

Las palabras correctas

Cualquier relación humana está construida sobre palabras. Letras, sonidos, silencios, uno tras otro, con el poder de provocarnos, vincularnos, separarnos, lastimarnos, alegrarnos. Estamos tan invariablemente con nosotros mismos, solos con nuestros sentimientos hasta que los nombramos. Las palabras no son el único modo de salir de uno mismo pero son un claro punto de encuentro. Y el silencio muchas veces una distancia que nos protege. Las palabras son el punto medio entre dos mundos. Comunicamos mucho más de lo que decimos pero el decir es siempre una manera de comenzar.

¿Cómo algo tan frágil puede ser tan poderoso? Y cómo algo que puede significar el mundo para alguien puede estar completamente vacío para alguien más. Del otro tenemos solo lo que él elija compartirnos, qué inconsistente certeza. Si ni siquiera una persona pueda estar completamente seguro de la verdad de sus palabras, nosotros tenemos que confiar en la permanencia de lo que por naturaleza es efímero. Y apostamos por creer.

El dolor de una promesa rota es la confirmación del abismo entre las palabras y la realidad. Pero también resulta una tragedia nunca ser herido por alguien. Porque significaría que no dejamos que sus palabras entraran en nosotros, nos quedamos solo con nosotros mismos. No creímos en ellas y para vivir necesariamente hace falta creer. Vamos entonces dominando el arte de la interpretación pero tampoco quedamos satisfechos. No se trata de creer por creer sino de ir buscando razones para hacerlo.

Es un riesgo el tener que construir sobre algo tan poco sólido, y al final nuestra vida borrará cada palabra que hayamos dicho y la sustituirá con verdad. Pero mientras tanto hay que buscar continuamente ese común acuerdo entre lo que somos, decimos y lo que el otro es. Construir sobre lo compartido y lo dicho, sobre quiénes somos hoy.

La vida es buscar constantemente las palabras correctas. Que expresen lo que de verdad sentimos, que nos hagan sentido, que sean comprensibles para alguien. Que nos acerquen a quienes queremos cerca o nos alejen de quien no. Las palabras definen y la definición da claridad, da paz. Qué alivio hay en el acierto. Las palabras correctas nos ayudan a conocernos mejor, rompen nuestra soledad. Nos ayudan a sentir y a afrontar. No podemos escondernos tras ellas. Son camino de unidad, con el otro y con uno mismo.

El problema es que no solo hay que encontrarlas. Hay que saber decirlas.

Ven y mira

“(…) Si lo que la situación permite es la crueldad, tanto mejor. Sin escrúpulos y con toda intensidad aprovechan este permiso, y hacen un uso tan amplio de él, que no puede dudarse que la mayoría de los hombres sólo esperan que una vez dejen paso libre las circunstancias a su crueldad y grosería y les permitan ser brutales de todo corazón.”

Diálogo de Adela Schopenhauer en el libro Carlota en Weimar de Thomas Mann.

Ayer fui a la Cineteca a ver una película de la 66º Muestra Internacional de Cine. Desde que empieza rompe con cualquier pensamiento interno que te distraiga de la pantalla a través de la actuación de los primeros personajes que aparecen, pues no es evidente la razón de su estridencia.

La historia se sitúa en el medio rural de Bielorrusia en el año 1943. Los Nazis han ocupado el territorio y los habitantes de la región están aterrorizados. El ejército bielorruso está reclutando a todo hombre en edad de ir a luchar. Floria, el protagonista es apenas un adolescente y su ingenuidad le hace percibir con emoción la idea de sumarse a las fuerzas armadas. Conoce a la joven Glasha en el refugio donde se preparan para salir a la batalla y juntos viven la primera parte de las experiencias traumáticas y ensordecedoras. A través de recursos de sonido, efectos especiales y movimientos de cámara, el director logra introducir al espectador a la angustia, el desasosiego, la despersonalización y la desorientación que viven los protagonistas. Floria y Glasha viven en un vaivén de experiencias traumáticas y una alegría sutil y noble de estar juntos en medio del bosque.

La amenaza es constante y el miedo aumenta. Floria vive de manera abrupta un golpe de realidad que le pulveriza los nervios y le aniquila el espíritu. El dolor percibido en su mirada me empezó a provocar dolor abdominal y en la espalda. La angustia y la tristeza se trasladaron a mi cuerpo, a cada parte de él, mientras intentaba encontrar una posición adecuada para contrarrestar los dolores físicos que la película me estaba provocando.

Una vez sobrepuesto de los primeros traumas bajo el cuidado de Glasha, Floria sale a buscar comida para los sobrevivientes de los ataques. En su camino le suceden otra serie de calamidades, pero se ve más fuerte, más determinado a resistir y no permitir que sus compatriotas mueran de hambre.

Por razones que sólo el guionista conoce, Floria es rescatado por un anciano para refugiarlo de las tropas Nazis en una aldea lejana a la suya, donde había intentado robar alimento. Los Nazis introducen a los habitantes, adultos y niños, a una iglesia de madera y Floria logra escapar. El dirigente de la tropa ordena que sean quemados. A través de las ventanas, los soldados arrojan granadas y gasolina, mientras reproducen música a todo volumen en un auto con megáfono para no escuchar los gritos de los que están siendo abrasados por las llamas. No sólo no ven a las víctimas porque están atrapados, sino que no desean escucharlos. Algunos toman vodka mientras ven el edificio arder, otros ríen y al final aplauden. Como ésta, se quemaron alrededor de 600 aldeas en todo Bielorrusia.

Es sin duda, la película más cruel y dura que he visto sobre los crímenes del régimen Nazi a lo largo de todo el continente europeo. Mis lágrimas se desbordaron durante el final, el dolor en mi cuerpo era general y mi espíritu se encontraba amargo y muy lastimado. Decidí escribir este artículo para no dejar que el tiempo borre estos hechos de la memoria de la humanidad, para que nunca olvidemos los alcances del odio y del poder en manos equivocadas. Invito a quien me lea a no normalizar la violencia, a no acostumbrarnos al maltrato, a no probar nuestros límites, a ser autocríticos y a no fanatizarnos alrededor de ninguna idea, a ver el rostro humano en cada individuo. Finalmente les dejo uno de mis lemas de vida, que me permite restaurarme y reincorporarme a mi propósito:

“To love. To be loved. To never forget your own insignificance. To never get used to the unspeakable violence and the vulgar disparity of life around you. To seek joy in the saddest places. To pursue beauty to its lair. To never simplify what is complicated or complicate what is simple. To respect strength, never power. Above all, to watch. To try and understand. To never look away. And never, never, to forget.”

– Arundhati Roy, The Cost of Living

Nardo.

Ven y Mira es una película dirigida por Elem Klímov del año 1985 producida en la Unión Soviética, restaurada en 2017. Música de Mozart. Para ver los horarios:

https://www.cinetecanacional.net/micrositios/muestra66/detalle_pelicula.php?clave_pelicula=16402

Mis deseos son órdenes

“Comprendí que los mayores males en este mundo no son causados por lo perverso y lo brutal, sino casi siempre por la debilidad.”

La impaciencia del corazón, Stefan Zweig

Cada vez me resulta más complicado argumentar un deber, sostener que a veces hay que hacer algo que no se desea. La idea de sobreponerse a uno mismo resulta un tanto absurda cuando no hay nada por encima de uno mismo. ¿Por qué hacer algo que no quiero hacer? O bien, ¿por qué no hacer algo que quiero? ¿Por qué no hacer todo lo que quiero? La satisfacción de todos nuestros deseos se vuelve el fin lógico de nuestra vida. Un fin que jamás podrá ser alcanzado pues nuestra capacidad para satisfacer nuestros deseos es altamente limitada mientras que nuestra capacidad para generarlos no. El cumplimiento de un deseo es, al final, una felicidad pasajera y ficticia.

Naturalmente parece que existe una tendencia a elegir el placer sobre el dolor, buscamos lo que es bueno para nosotros y evitamos lo malo.  Pero esta idea también puede llevarnos equivocadamente a no saber enfrentarnos al sufrimiento, ni por un fin mayor. Esta incapacidad de afrontar el dolor empequeñece nuestra vida, nos deja solo con los placeres próximos, fáciles de alcanzar. Nada entonces realmente vale la pena, nada tiene más valor que mi propio yo, nada merece mi esfuerzo. Esperar, privarse de algo, renunciar a algo, se ha vuelto un sinsentido.

Una vez le dije a un amigo que había veces que no me apetecía hacer algo pero que de todos modos lo hacía porque sentía que debía hacerlo. Y me dijo que realmente no lo hacía por deber pues claramente no lo era. Sino que quería hacerlo, pero que era un querer más grande que las simples ganas de hacerlo. Un querer cimentado en un anhelo más profundo, no como un deseo sino como una determinación tan fuerte que es capaz de dirigir la voluntad.

Si esto es así, actuar siempre conforme a nuestros deseos puede resultar contraproducente. El siempre hacer lo que queremos debilita nuestra voluntad, nos quita libertad. Porque cuando queramos algo que implique un esfuerzo o un sufrimiento, no seremos capaces de afrontarlo. Cuando tengamos que privarnos de algo no sabremos decir que no. Al final, el hacer siempre lo que queremos nos esclaviza a no poder hacer nada más allá de nosotros mismos. Terminamos por convertirnos en solo una búsqueda de deseos superficiales porque no podemos hacer ya de otra manera.

Con la inconstancia de nuestros sentimientos, la fragilidad de nuestros corazones y deseos, me parece peligroso el no poder ser dueños de nosotros mismos. No se trata de convertir la vida en una obligación pero sí de saber dominarse a uno mismo, ordenando nuestros deseos antes de que ellos nos ordenen a nosotros. Sostenernos en anhelos más sólidos y profundos que simples deseos pasajeros, razonando con el corazón. Teniendo una voluntad fuerte, actuando por un querer que esté por encima de nuestras inconsistencias y debilidades, seremos más libres y, quizá, un poquito más felices.

querer

Del lat. quaerĕre ‘buscar’, ‘pedir’.

  1. tr. Desear o apetecer.
  2. tr. Amar, tener cariño, voluntad o inclinación a alguien o algo.
  3. tr. Tener voluntad o determinación de ejecutar algo.