¿Quién me mira desde dentro?

A veces pienso que no hay manera de evitar la condición de aislamiento por no poder ser vistos por dentro. Creo que nunca terminamos de sentirnos acompañados por otros humanos porque las palabras o los gestos no bastan para comunicar lo que sentimos, porque somos inevitablemente íntimos. Creo que somos por naturaleza seres separados, que ante la constante desilusión de ser incomprendidos, buscamos respuestas volteando a otros lados, arriba por ejemplo.

Recuerdo mi niñez y pubertad, cuando escribía a un dios y le contaba penas y sufrimientos. Lo hacía con tal confianza porque suponía que sabía todo de mí, que estaba siempre al tanto de cada pensamiento y acción. Daba por hecho que al no haber secretos entre ese dios y yo, el acto de escribir era uno de mera voluntad, confesión y deseo de cercanía absoluta.

Ahora que lo recuerdo y analizo, sé que vivía distante de los demás porque guardaba secretos y me avergonzaba de mí. No sentía que mi vida fuese digna de ser compartida con las personas más cercanas a mí en ese momento. Me recluía en mi pequeño cuaderno y al abrirlo entraba en un espacio que no era de este mundo, que no compartía con nadie.

Con el tiempo empecé a buscar la compañía de otros, abriéndome de manera parcial o aparentemente completa. En las relaciones afectivas que han trascendido la amistad me ha sido más fácil abrir los espacios más resguardados de mi ser, pero nunca he sentido que he logrado ser visto por dentro. Creo que cuando se ama o se es amado, hay un acercamiento asintótico al interior de otro, que aparenta ser un consuelo.

Hablo de consuelo porque significa unión que alivia, apacigua o calma. Creo que todos buscamos un encuentro sosegador con algo externo a nosotros. Cuando sucede, intentamos que ese otro se introduzca a nuestro mundo tanto física como espiritualmente, pero creo que esa unión nunca es completa.

Por lo anterior, pienso que llegamos a crear seres omniscientes y omnipresentes con el propósito de ser acompañados por dentro, con quienes exista una unión total y absoluta. Creo que no nos basta ser vistos desde fuera, sobre todo en los momentos de dolor. Hay dolores que son incomunicables, aunque seamos amados por otro y éste intente consolar el sufrimiento.

Ahora que me he desligado de las visiones teológicas del mundo no me siento ya mirado por dentro. Sé también que ningún ser mortal podrá escudriñarme de esa forma, porque tampoco creo en videntes ni en superpoderes. Consciente de esta inevitable condición humana, no me queda más que aceptar la intimidad y soledad de mi interior, y escribirla a pesar de que tampoco quien la lea entienda exactamente lo que quise decir. Veo en la expresión y en el arte una forma de sobrevivir, de buscar un consuelo mundano, uno muy humano que se puede compartir.

Nardo.

Oda a la delicadeza

Una vez que advertimos algo, lo empezamos a ver por todas partes. No sé qué condición psicológica explique este fenómeno pero es bonito. Es una forma de sentir el mundo muy nuestro, muy para nosotros. Esta vez me pasó con una palabra. Comencé a encontrarla repetidamente, la citaban, hablaban de ella. Delicadeza. La escuchaba y la leía. Delicadeza. Y fue a partir de ese momento en el cual la veía por todos lados, cuando empecé a notar su ausencia.

Al principio me parecía una palabra bonita que tampoco tiene muchas implicaciones prácticas. Luego me pareció una palabra interesante, que se definía a sí misma, autológica, delicada, suave. Después, por sus distintas acepciones, me pareció que explicaba muchas cosas. El poder de nombrar para entender. Me convencí entonces de que no solo era lo que le faltaba al mundo sino lo que le hacía tanta falta.  

Caí un día en la cuenta de esto cuando sentí que un comentario de alguien me sentaba fatal. Conozco mi sensibilidad y me jacto de reconocer cuando las emociones provienen más de ella que de la realidad.  Y esta vez era una sensación objetiva (sin ser esto un oxímoron). Sé que no era un comentario mal intencionado, no era ni siquiera directamente contra mí, no era un ataque premeditado, al menos no parecía. Y sin embargo era un comentario tan desatinado, tan molesto, tan inadecuado. Tan poco delicado.

Volví a encontrarme con esto cuando le comuniqué a alguien una noticia que no tenía, a mí parecer, mucha mayor complicación. Pero a mi receptor no le vino nada bien. En sí misma, la notica no era ni buena ni mala. Pero quizá en su situación era más negativa que positiva. Yo ni siquiera lo había considerado.

Es indiscutible que los seres humanos somos unas criaturas muy vulnerables, nos podemos romper con facilidad, hacernos daño unos a otros. No es que no crea que también tenemos una gran capacidad para soportar grandes dificultades, una gran fortaleza y resiliencia. Pero nos necesitamos tanto unos a otros. Somos tan delicados que la delicadeza se vuelve un valor necesario.

 No me refiero a una delicadeza superficial, a una simple corrección política para no herir susceptibilidades. A una cierta indiferencia disfrazada de respeto. No. Me refiero a una delicadeza intencional. A prestar atención al otro, saliendo de uno mismo. A fijarse en los detalles. A ser cuidadoso pero no ajeno. A mirar al otro para encontrar la mejor manera de acercarse. A comportarse, a hablar, con tacto, con ternura. Entrar despacio a la vida de los demás, como pidiendo permiso. Justamente porque somos delicados, el mundo necesita que seamos más delicados.

delicado, da. Del lat. delicātus.

1. adj. Fino, atento, suave, tierno.

2. adj. Débil, flaco, delgado, enfermizo.

3. adj. Quebradizo, fácil de deteriorarse. 

Reacomodando

Últimamente escribo más sólo para mí. Pero, ¿tiene caso escribir para uno mismo? ¿Qué cosa tan importante tenemos que decirnos que no podemos sólo decírnosla? 

En realidad es que no creo que escribirse sea equivalente a hablar solo. Cuando uno dice algo sin que nadie lo escuche, las palabras desaparecen hasta para uno mismo. 

El papel, en cambio, es también interlocutor. A veces el más severo pero siempre el más agradecido. El más callado. El más demandante. El más fiel. 

El papel no olvida como lo hace el aire. O como lo hacemos nosotros. 

Nos recuerda pero sólo aquello que buscamos recordar. 

Escribo no tanto por decir sino por acomodar. 

Como sacar el armario entero para reordenarlo, para encontrar lo que estamos buscando, para poner todo en su sitio dejando fuera lo que ya no va. 

Y para eso no hace falta lector.  Aunque, a veces, un poco de ayuda tampoco viene mal. 

Permane-ser

Me preguntaron qué diría mi yo del pasado.

Bueno, probablemente lo mismo que digo ahora, o lo que dijo en su momento. Ya que o no existe, o si existe soy yo misma. No somos dos personas separadas. No somos una realidad discontinua. Me gusta pensar que no es alguien que no soy yo. Que lo que dijo, lo diría. Y lo que digo hoy, también.

Es verdad que hay muchos espacios para ser. Ser en el trabajo, en la familia, con los amigos, en el presente, en el pasado. En mi país o en otro, con esta u otra persona. En el mundo físico o el mundo digital. La vida es adaptarse a cada uno de estos espacios pero lo importante es encontrar la consistencia que los une.

La pregunta es:

Y si cambian todas las circunstancias, ¿qué queda de mí?

El problema es que es más difícil ser que hacer. Por eso nos resulta más fácil definirnos con base en lo que hacemos. Y claro, el hacer delimita al ser pero no es que seamos únicamente nuestro trabajo. El hacer nos da sentido, cierto, pero el no definirse más allá de eso nos crea una identidad frágil. No respondas un quién eres con un qué haces.  Pues terminamos por vivir una realidad fragmentada siendo solo la parte que somos en donde estamos, solo lo que hacemos.

A partir de ahí, nos vamos buscando por todos lados, viajamos creyendo que nos encontraremos en algún sitio. Cambiamos dependiendo del lugar en el que estamos y nos sorprendemos desconocidos. Nos debatimos entre la definición contundente o la apertura de quedarse en medio. Cómo mantenerse abierto sin perderse en el intento.

Porque en última instancia, solo podemos relacionarnos desde nuestro ahora. Uno cambia, crece, la gente y el mundo es nuevo cada día. Sería imposible encontrarse con el otro sin ser uno. Algo debe permanecer, con el único afán de ser y conocer. ¿Qué te define invariablemente? ¿Quién eres en donde sea que estés?  

Espera

“Nuestra razón, nuestra inteligencia, constantemente nos están probando que este mundo es atroz, motivo por el cual la razón es aniquiladora y conduce al escepticismo, al cinismo y finalmente a la aniquilación. Pero, por suerte, el hombre no es casi nunca un ser razonable, y por eso la esperanza renace una y otra vez en medio de las calamidades.” 

Ernesto Sábato

La decepción de la historia dificulta mucho el mantener la esperanza. Cada vez parecemos tener menos razones para creer que el hombre es capaz de grandes cosas. No exigimos nada a nadie, cada vez nos pedimos menos los unos a otros. No tenemos nada que nos conecte con nuestras esperanzas. La desesperanza rige la cotidianidad.

Ante las grandes exigencias del mundo, reducimos nuestros anhelos y aspiraciones. Preferimos cortar las alas de nuestros sueños antes que arriesgarnos a no poder volar. No nos atrevemos a pedir la vida porque no creemos que nadie sea capaz de darla. Nos repetimos unos a otros que no somos capaces de asumir grandes compromisos. Nos engañamos con una supuesta incapacidad para asumir consecuencias.

Si nadie puede darnos garantías, mejor no prometernos nada. Si no podemos salvarnos unos a otros, mejor usémonos. A nadie se le considera digno de tomarle la palabra.

Tratamos de vivir en la seguridad de la indiferencia.

Ante la dificultad de encontrar respuestas, renunciamos a las grandes preguntas. La duda nos embarga pero es una duda que no espera encontrar respuestas.

El no saber cómo recomenzar nos paraliza, nos sume en una gran desesperanza. Confiamos poco en nuestra capacidad de enfrentar y sobrepasar las dificultades. Elegimos quizá no elegir, y nos vamos haciendo cada vez menos capaces de hacerlo. Nos vamos conformando con menos. Pero esto aumenta nuestra debilidad, caemos en la profecía auto cumplida de la fragilidad humana. Al no creernos capaces, no nos exigimos, y cuando llega algún momento decisivo, realmente no somos capaces de afrontarlo. Confirmamos nuestra pequeñez.  Cada vez será más difícil empezar de nuevo.

Admiramos la ejemplaridad, aspiramos a la grandeza, a pesar de nuestras limitaciones. Pero como resulta imposible alcanzar el perfeccionamiento, despreciamos a cualquiera que se atreva a exigir su búsqueda.  Si nadie es perfectamente congruente, nadie tiene derecho a abogar por la congruencia. Si no somos permanentemente nobles, no habremos de predicar nobleza. Creemos que los errores imposibilitan la referencia.  

Quizá sea hora de romper el círculo de la desesperanza. El acto más revolucionario que podemos hacer hoy en día es esperar.

Notas en (sol)sticio con la flauta de carrizo

Era una mañana gris y calurosa en Ciudad de México. Yo cruzaba la colonia San Miguel Chapultepec en camino a los jardines de la Casa Ortega, obras del arquitecto Luis Barragán. Vestido con una camisa color rojo vino cargaba una rejilla con teteras, té de cedrón y unos folletos impresos con el programa del concierto que escucharíamos esa tarde: Notas en (Sol)sticio para recibir el verano.

Llegué con temor a tener unas grandes marcas de sudor en la ropa y con un poco de prisa. Los dueños de la casa, un amigo y yo acomodamos las bancas de madera en forma de medio círculo sobre el pasto y bajo la sombra de un inmenso árbol, con vista a la enorme buganvilia y a la estatua de un ángel de piedra.

Los invitados comenzaron a llegar alrededor de las doce del día, el cupo estuvo limitado a veinte personas. Una vez que estuvieron todos juntos, el dueño del espacio dio un recorrido por los jardines explicando la historia de estos y el propósito de Luis Barragán al crearlos. Contó detalles sobre cada rincón y el porqué de algunas plantas y esculturas.

Mientras tanto, yo preparaba las teteras y calentaba el agua. Escogí el cedrón porque en principio me gusta mucho su sabor y además es una hierba con propiedades medicinales. Yo la tomo porque es relajante muscular y alivia mis tensiones en el cuello y espalda.

Al terminar el recorrido, invité a todos a tomarse diez minutos más para ir al rincón que más les gustó de los jardines y quedarse ahí un momento, explorarlo, sentirlo y descubrirlo con atención profunda. Los músicos llegaron y fui a recibirlos. Se instalaron con sus atriles y partituras y yo abrí el documento con las traducciones de unos poemas de Rumi que preparé para inaugurar el concierto. Se las comparto:

Canción de la flauta de carrizo

Escucha la historia contada por el carrizo,

sobre la condición de estar separado.

“Desde que fui despojado de la cama de carrizo,

no he parado de exhalar lamentos.

Nadie que no ame

entenderá lo que digo.

Cualquiera expulsado de su fuente

buscará regresar.

En toda reunión,

me encuentro entre risas y dolor. 

Entre amigos, pocos escucharán 

los secretos escondidos 

dentro de las notas. Sin oídos para ello.

El cuerpo fluyendo fuera del espíritu,

el espíritu por encima del cuerpo: imposible conciliarlos,

pero no nos fue permitido

ver el alma. La flauta de carrizo 

es fuego, no viento. Sé ese vacío.

Escucha el amor del fuego enredado

en las notas del carrizo, como desconcierto

al mezclarse con el vino. El carrizo es un amigo

para aquellos que deseen rasgar sus telas 

y dejarlas atrás. El carrizo es herida 

y es también bálsamo. Intimidad

y deseo de intimidad, una

canción. Es rendirse desastrosamente

a un amor bueno. Aquel que

en secreto escucha esto es insensato.

La lengua tiene un solo cliente, el oído. 

Una flauta de caña de azúcar tiene tal efecto

porque fue capaz de hacer azúcar

en la cama de carrizo. El sonido que hace 

es para todos. A los días llenos de carencias,

déjalos ir sin preocuparte

que lo hagan. Quédate donde estás

dentro de tan pura y hueca nota.

Toda sed se sacia excepto

la de estos peces, los místicos. 

Que nadan un océano inmenso de gracia

y siguen aún deseándolo.

Nadie puede vivir en ello

sin ser alimentado a diario. 

Pero si alguien no quiere escuchar

la canción de la flauta de carrizo,

es mejor que dejemos de hablar 

de inmediato, digamos adiós y nos vayamos.»

The reed flute’s song, The Essential Rumi, translation by Coleman Barks, HarperOne, 2004, p. 17.

Los invitados decidieron quedarse a escuchar la flauta y el concierto comenzó con dos canciones de guitarra sola, después dos de flauta sola y finalmente cinco con ambos instrumentos. Mientras la música llenaba el espacio, era posible escuchar aviones y pájaros. Por momentos sentía pena y molestia por la invasión del ruido del avión, pero después los pájaros nos regalaban su gorjeo y sentía una alegría inmensa de compartir con la naturaleza las notas de estos instrumentos, creando juntos una pieza única e irrepetible. Nunca llovió a pesar de los pronósticos climáticos para ese día. El té de cedrón acompañó con armonía la actividad y los invitados contemplaban con atención y serenidad a los músicos.

Yo me sentí feliz de lograr un sueño que tuve desde que una amiga me llevó a este espacio, hacer una integración de las artes en el lugar, darle vida a los jardines con música. No sé qué pensaría Barragán si supiera que intervine en su obra por un momento, no sé si le hubiese gustado la selección de canciones o la poesía que escogí. Intenté curar los elementos de tal manera que hubiese algo de coherencia y diálogo entre ellos. Espero no haber traicionado a Rumi tampoco con mi traducción. Pienso que Barragán, al igual que Rumi, buscaban religarse al mundo, encontrar el hogar perdido. La música tuvo sus momentos eclécticos, otros melancólicos y al final muy alegres. La última pieza, Suite Havana de Eduardo Martin, fue de una dulzura sutil y delicada que dejó al parecer un buen sabor de boca en los presentes. Al concluir, leí un poema más para cerrar la actividad:

Donde todo es música

¡No te preocupes por conservar estas canciones!

Y tampoco si uno de nuestros instrumentos se rompe,

no importa eso. 

Hemos caído en el lugar

donde todo es música.

El rasgueo y las notas de flauta 

se alzaron en la atmósfera,

Y aunque todas las arpas del mundo

se quemaran, quedarían aún 

instrumentos escondidos tocando.

Así como las velas parpadean y se apagan,

tenemos piedra y chispa.

Este arte de cantar es espuma de mar.

Este movimiento grácil viene de una perla

en alguna parte del fondo del océano. 

Los poemas llegan como rocío de mar.

Surgen de una raíz letal y poderosa

que no podemos ver. 

Detengan las palabras ahora,

abran las ventanas del centro de su pecho,

y dejen a los espíritus volar dentro y fuera.»

Where everything is music, The Essential Rumi, translation by Coleman Barks, HarperOne, 2004, p. 34.

Yo tenía una congoja alegre a punto de explotar desde mi pecho. Yo era pájaro, golondrina conmovida, con ganas de volar y desaparecer. Mi último graznido se quebró, pero no llegó el llanto. Al terminar de leer, levanté el rostro y sonreí a los presentes. Mi corazón estaba sosegado y mi estómago anunciaba un apetito voraz, que fue saciado con un mole de pipián en Casa Merlos con un grupo de 12 personas que compartimos esta linda experiencia y los alimentos.

Nardo.

Una tarde de té con Ana

Ana y yo estamos unidos por la levadura.

Hace mucho no cocinamos pero nuestra manera de volver es anunciar un banquete.

Todo se resuelve conversando con la boca llena y

quizá tomando una copa a horas inapropiadas.

Siempre somos niños aunque nuestras vidas parezcan cada vez más serias.

Nos reímos después de darnos cuenta con cierto pesar que han pasado semanas sin vernos.

Prometemos con frecuencia corregir el camino y ser infantiles de nuevo.

Disfrazarnos es la medida de emergencia para las trampas de la adultez.

Estaré lejos de Ana más de lo usual,

pero tendré tiempo para escribir en la libreta que me regaló sobre nuevas ideas estrafalarias para ser estridentes.

Espero que en nuestro próximo encuentro tengamos un reto culinario que devorar

y sea mañana, tarde o noche, las horas se desdibujen en cada entremés.

Construcción de lo inalcanzable

Construyéndome habito un mundo en incesante construcción. Aquí y allá se escuchan taladros y herramientas estridentes traqueteando el suelo, levantando gigantes edificaciones. Ruido y más ruido hacen nuestros sueños y voluntad. Las ilusiones también acechan al silencio.

No hay silencio porque nada se acepta como terminado. Todo está por delante, o hacia arriba. Para llegar ahí se debe hablar mucho. Se huye del silencio por miedo a desaparecer, por quedarse atrás, por ser pequeño en un contexto de rascacielos. ¿Puedo descansar o debo continuar sin parar?

Bloques y más bloques de concreto, que suponemos nos equipan, nos separan, nos saturan, nos bloquean. Incontables posibilidades al encuentro, choque de la diversidad infinita de deseos particulares. Multiplicación exponencial de discursos indescifrables, todos imperativos.

El silencio es la vuelta a casa, pero nadie se calla. La carrera a lo absurdo no para desde que partió porque estamos pegados unos a otros, amarrados a una carroza sin conductor. Detenerse es tropezar y ser aplastado por los pies vecinos que van a continuar. Todos vamos relinchando cosas diferentes pero hacemos exactamente lo mismo, buscar lo inalcanzable.

Ni mérito ni justicia, libertad

Todos los amores tienen algo en común. Ya sea la amistad, el amor romántico, espiritual, filial, fraterno. Y es que solo pueden entenderse desde la libertad.

“Te mereces a alguien mejor”, “no se lo merece”, “no es justo”. Creo que detrás de estas afirmaciones hay un afán muy noble de ser digno del amigo o del ser amado. Pero no puede ser una cuestión de mérito. ¿Cuáles serían los criterios para determinar quién merece qué tipo de amor? ¿Quién lo decidiría? Tampoco puede ser una mera cuestión de  justicia. Que todos recibamos afecto de acuerdo a nuestras circunstancias particulares. ¿Qué nos tocaría a cada uno?

En una sociedad donde el ideal de la meritocracia se ha trasladado a las relaciones personales, no hay espacio para la compasión y la bondad.  Si todo es medido con base en nuestras competencias personales o en nuestra capacidad para destacar,  el fracasar en las amistades o relaciones se convierte en un indicador de nuestra valía. ¿Cómo relacionarse en un mundo de ganadores y perdedores, donde unos merecen ser escuchados y atendidos mientras otros ignorados o despreciados? Somos tan poca cosa que nadie merecería tener un gran amigo, nos equivocamos tanto que lo justo sería recibir un amor muy pobre. Pero el mundo necesita menos impartidores de justicia y más buenos amigos, más aceptación y comprensión.  

Porque volvemos a lo mismo. Los amores son activos y aunque es necesariamente una realidad relacional, ésta no recae tanto en el receptor como en el emisor. En este sentido, el amor es algo que damos libremente en la medida de nuestras posibilidades. No es que te elijan porque eres el más capaz o el más bueno, o el amigo más gracioso. No. Seguro que hay miles mejores y más simpáticos. No es que te lo merezcas o sea justo encontrar a alguien con quien compartir. Con mi libertad te elijo, no te evalúo.

Que te quieran tiene que ver más con la capacidad del que te quiere, con su capacidad de admirarse, de ver y querer descubrir lo bueno en ti. Y por otro lado, si alguien te hace daño o no te quiere como quisieras tampoco es necesariamente tu culpa. Los afectos no pueden ser demandados ni obligados. Sí cultivados, propiciados y cuidados. (Aunque un poco de suerte tampoco viene mal).

Esto no nos convierte tampoco en receptores pasivos del cariño. Hay que aprender a dejarse querer, que la vulnerabilidad no resulta una tarea sencilla. Hay que darse a conocer, hay que dejarse elegir. Hay que saber agradecer y corresponder. Hay siempre que intentar ser dignos de ese amor que se nos da libre y gratuitamente. Hay que recibirlo y cuidarlo. En primer lugar, hay que saber darlo.

Si alguien decide quererte, lo más probable es que te lo merezcas poco. Quizá coincidieron en circunstancias, intereses. Llámale atracción o simpatía. La cuestión es que alguien te elige, entre millones de personas. Tampoco hace falta preguntar por qué. Cuando entendamos que esta elección que alguien más toma tiene muy poco que ver con nosotros, sabremos agradecer y valorar este regalo, aprenderemos a corresponder libremente.