Interpretándonos

El ser humano es un “intérprete obsesivo”. No nos queda de otra, es todo lo que podemos hacer si esperamos tener siquiera un mínimo de éxito en nuestras interacciones sociales. Vivimos interpretando el mundo, a los otros. ¿Qué significará esto? ¿Qué me estará queriendo decir? ¿Qué estará pensando? Pasamos la vida con estas preguntas para las cuales nunca jamás tendremos respuestas certeras. Pero al menos tenemos elementos que facilitan esta comprensión mutua. Acuerdos compartidos sobre lo que significa una cosa. Por ejemplo, sabemos que si alguien llora, probablemente esté triste. Nos valemos de palabras, gestos, acciones que nos ofrecen un poco de claridad y posibilitan cualquier relación humana.

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Este ejercicio-obligatorio-de interpretación llena la vida de encanto pero también puede ser abrumador, si no tenemos suficiente cuidado. Para complicarlo un poco, vamos teniendo más y más medios de interacción social, y si ahora podemos comunicarnos sin siquiera mirarnos, ¿cómo sabremos leernos correctamente? Si no tenemos que actuar para acompañar nuestras palabras, les podemos quitar todo su significado. Cada vez es más fácil, y quizá preferimos, dejar más espacio a ser interpretados para asumir menos responsabilidad de lo que hacemos, o dejamos de hacer.

Por otro lado, hay una ruptura entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Encontramos tanta inconsistencia en el mundo que nos es imposible creer hasta en nosotros mismos. Todas estas vías de comunicación y espacios de interpretación nos van llenando de una angustiosa confusión. Nos preocupamos por aparentar y no por darnos a conocer. Nos jactamos de tolerarlo todo, pero a costa de no intentar comprender nada. Creemos que quitándole peso a nuestra palabra, iremos más ligeros por el mundo. Nos fragmentamos tan constantemente que hasta nuestros gestos quedan desprovistos de significado. Y después vamos lamentándonos porque nos interpretan erróneamente.

Ante este panorama donde los vínculos sociales se van debilitando, donde las relaciones nos causan ansiedad e inseguridad, debemos darnos y dar a los demás la claridad que todos necesitamos. Seamos honestos, con otros y con nosotros mismos. Si yo comienzo a actuar conforme a lo que pienso, a decir lo que siento, voy a empezar también a creer en los demás. Dejemos de buscar explicaciones y justificaciones. Quedémonos con lo que la gente dice o hace, no con lo que nosotros creemos que dice o hace. Confiemos en que la gente nos comunica lo que quiere que entendamos, no más ni menos. Preguntemos. No llenemos los silencios de alguien con nuestras palabras.

Si vamos reemplazando los vacíos del desentendimiento con transparencia, quedará mucho menos espacio para la interpretación y mucho más espacio para el encuentro. Si creemos en algo, llevémoslo hasta sus últimas consecuencias.  Así, si somos consecuentes, de todos modos van a interpretar nuestras acciones, pero al menos no dudaremos de nosotros mismos. Seamos mejores, más libres de nuestros miedos, más congruentes, más honestos. Conozcámonos mejor, no busquemos interpretarnos sino encontrarnos.

 

 

Man in the mirror, Suzanne Marie Leclair

 

 

 

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Razonar con el corazón

Creo que por fin hemos llegado a un acuerdo. Mi corazón, mi cabeza y yo estamos en el mismo canal, hemos tomado una decisión, o al menos asumido una condición. Estamos bien, tranquilos, aceptando lo que toca aceptar y ya está. O al menos eso parece. De repente al corazón le da por inquietarse. Vamos, es posible que pasen situaciones que lo alteren un poco. Pero está fuera de sí. Yo, como una simple mediadora, le pido por favor a la cabeza que le exponga nuevamente las razones al corazón. Ella uno por uno repite, enumera, enlista todos y cada uno de los puntos por los cuales hemos decidido algo en primer lugar.

El corazón por momentos asiente, pretende entender y aceptar dichas razones. Pero de repente y sin motivo aparente, vuelve a inquietarse. Se vuelve loco, pierde la cabeza. Protesta, sin razones, pero con enjundia. La cabeza entonces busca razones para unírsele al corazón, y claro, como hace muy bien su trabajo, las encuentra. Yo entonces también comienzo a dudar. Pero cuestiono a la cabeza, le explico calmada que estos cambios son muy poco razonables. Ella entiende. Recapacitamos. Convencemos de nuevo al corazón, sabiendo que en cualquier momento éste se puede volver en nuestra contra. En fin, esta historia se repite una y otra vez. A veces parece que la cabeza y el corazón se ponen de acuerdo para querer cosas diametralmente opuestas.*

Cuando nos encontramos en esta situación, tenemos varias opciones. La primera, puramente racional, sería callar al corazón de un tirón imponiendo razones. La segunda, dejemos mejor que el corazón mande. Que no importe nada más que lo que sentimos, el corazón quiere lo que el corazón quiere. Bueno, ninguna de estas posturas me convence del todo. Por un lado, sería iluso pensar que el corazón no tiene nada razonable que decir. Hay que escucharlo, buscar entenderlo. Las emociones, los sentimientos, son un motor poderosísimo. Pero en su fuerza llevan también su fragilidad, su debilidad, su inestabilidad. Somos mucho más que solo sentimientos pero constituyen una gran parte de nosotros. Tampoco tendríamos que actuar basándonos únicamente en nuestros pensamientos, razones y cálculos ya que sería negar toda la experiencia humana emocional. ¡Qué vida tan vacía (y aburrida)!

¿Se puede, entonces, llegar a un acuerdo? Definitivamente pienso que debe buscarse, pues ni todas las razones le corresponden a la cabeza ni todo el amor es solo cosa del corazón. Ambos deben encontrarse para decidir mejor y para amar mejor.

Lo que es cierto es que muchas veces no se trata ni siquiera de que quieran cosas distintas pero pasa que el corazón exige satisfacciones, respuestas, más inmediatas. Le es complicado mirar a largo plazo. Solo sabemos sentir en tiempo presente. Es por eso que nos parecen tan fuertes las demandas del corazón, porque son ahora o (pensamos) nunca. En cambio, la cabeza puede mirar un poco más allá. Puede entender que algo que es bueno puede requerir espera, esfuerzo. Tiene un poco más de perspectiva temporal que, claro, al corazón le resulta ciertamente incomprensible.

Ahora bien, ambas dimensiones humanas, la emocional y la racional, aunque a veces parece que se contraponen, en la realidad se complementan, se necesitan. Pero es verdad que resulta a veces más fácil dejarse llevar por una u otra, actuar escuchando solo a una de las partes. A manera de esbozo, creo que parte de la conciliación resulta de tener claro dos cosas: quién soy y hacia dónde quiero ir. La cabeza y el corazón usualmente responden lo mismo a estas preguntas. Estas dos cuestiones nos orientan para saber bien a lo que aspiramos y de lo que somos capaces. Entenderemos qué es lo que el corazón  está anhelando y qué es lo que realmente busca satisfacer con estas fuertes demandas. Nos podremos dar cuenta que casi siempre la aspiración es compartida. Cabeza y corazón parten del mismo sitio y buscan llegar al mismo lugar, aunque a veces no coincidan en el camino.

Si sabemos quienes somos y tenemos muy presentes nuestras aspiraciones será más fácil poner los medios para alcanzarlas, a veces con el corazón, a veces con la cabeza. Porque ninguno por sí solo nos puede hacer completamente felices. Y, en cambio, cuando tomamos una decisión con la cabeza y con el corazón en sintonía, no nos queda ninguna duda de que es la decisión correcta. Esta disyuntiva puede ser dolorosa y difícil pero creo que, si lo permitimos, la cabeza sabe muy bien entender y dirigir los grandes anhelos del corazón.

 

 

 

*Disclaimer: Esta caricaturización es con afán meramente ilustrativo. La autora** no pretende afirmar en lo absoluto que seamos individuos dicotómicos o atomizados sino que, por el contrario, sostiene que somos una unidad, personas integradas en todas nuestras dimensiones.

**A la autora le pareció gracioso hablar de sí misma en tercera persona. Se dio cuenta muy tarde que no lo es tanto.

 

Diez (Posibles) Razones para la Tristeza del Pensamiento

 

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La existencia humana está siempre acompañada de una tristeza fundamental. “El pensamiento es estrictamente inseparable de una profunda e indestructible melancolía”. Este libro plantea un ejercicio que no logra escapar del problema autorreferencial de pensar el pensamiento.  Steiner, en un esfuerzo significativo, pero, aclara, insuficiente, intenta acomodar razones para entender por qué al pensamiento humano siempre lo rodea cierta pesadumbre.

Una de estas razones es la ambigüedad inherente a todos los actos del pensamiento. La frustración como consecuencia de que no hay respuestas para las preguntas de la humanidad. Por más impecable que sea el proceso de pensamiento, filosófico, individual, científico, no puede haber conclusión satisfactoria. ¿Cómo encontrar plenitud en lo incompleto? A esto parece que vuelve en la décima razón, al afirmar que no estamos ni una pulgada más cerca que Platón de comprender la finalidad de nuestra existencia, si la muerte es o no el final, o si Dios está presente o ausente. Siendo una especie tan actualmente obsesionada con el progreso, ¿nos angustia el seguir donde empezamos? No me parecería extraño suponer que quizá por eso preferimos matar a Dios contundentemente.

Una paradoja que igual no puede más que llenarnos de tristeza es que hasta el pensamiento más nuestro, más íntimo, es en una medida abrumadora, un universal humano, una propiedad común. Nada pensamos que no esté siendo pensando millones de veces. No nos queda siquiera nuestra autenticidad para consolarnos. Pero a la vez, no contamos con ninguna certeza para comprender los pensamientos ajenos. Vamos por la vida traduciéndonos los unos a los otros, es por eso que cualquier relación entre dos personas parece milagrosa. Aún en los momentos de mayor intimidad, el amante es incapaz de abrazar los pensamientos de la persona amada. Hasta los más cercanos, siempre serán más o menos desconocidos. El pensamiento nos hace unos extraños. Nuestros pensamientos, a la vez tan de todos, nos reafirman nuestra inevitable soledad.

¿Cuántos reconocimientos se desperdician en la indiferente avalancha del pensamiento desatendido?, se cuestiona el autor. No es sólo la inmensidad de nuestros pensamientos lo que nos angustia, sino su dispersión. La mayoría de nuestros pensamientos son difusos, inútiles. Es quizá la actividad humana que más nos consume y tan poca atención recibe. Muy rara vez nuestro pensamiento es el objeto de nuestro pensamiento. Y cuántas ideas valiosas habremos perdido por no prestar atención.  Por otro lado, la capacidad de tener pensamientos que merezcan la pena de ser pensados, más aún, de ser expresados y conservados, es relativamente rara.

El pensamiento lleva consigo una esperanza que cada vez que se encuentra con la realidad representa irremediablemente una desilusión incapacitante. Tanta es la distancia entre pensamiento y realización que “no podemos ni vivir sin esperanza ni superar el dolor y la burla que conllevan las esperanzas fallidas.” Steiner nos ofrece estas posibilidades que quizá nos ofrezcan un regocijo momentáneo en el entendimiento, pero ni siquiera esto nos salva un poco de nuestra inevitable condición.

 

Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. George Steiner; trad. de María Condor. – México: FCE, 2007.

“Redúcelo al absurdo”

Cuando era pequeña y le preguntaba a mi papá si algo estaba bien o mal su respuesta era siempre la misma: redúcelo al absurdo. Yo no entendía porque no me contestaba que sí o que no y nos dejábamos de problemas. Tampoco sabía lo kantiano de su respuesta pero ahora entiendo su intención y la importancia de reflexionar por uno mismo y la verdad es que ahora me ayuda reducirlo todo al absurdo. Me explico.

Cada persona va formando sus valores y sus preceptos morales y, consciente o inconscientemente, escoge ciertos principios a los cuales acudir cada vez que se encuentra ante un dilema ético o moral. Estos principios pueden ser de naturaleza filosófica, religiosa, cultural o cualquier otra y, sin intención de caer en algún tipo de relativismo, es difícil justificar que unos sean más válidos que otros.

Como principio, a mí me gusta la universalización de los actos, reduciéndolos al absurdo. Entendemos a lo absurdo como lo irracional, algo que no tiene sentido y que la lógica nos impide considerarlo como real. Pero justamente el llevar algo al extremo y el oponerlo a la razón nos puede ayudar a ver las cosas con mayor claridad.

Por ejemplo, si cada vez que actuamos nos preguntamos qué pasaría si todo el mundo actuara de esta manera y ese escenario (aún en lo absurdo) nos parece inconcebible para la humanidad, quizá no esté bien después de todo. Por el contrario, si el escenario absurdo nos parece irrelevante o quizá un poco más feliz, a lo mejor vale la pena actuar.

-¿Matar está mal?

-Redúcelo al absurdo.*

*Lo que me quería decir mi papá era: ¿qué pasaría si todo el mundo matara? ¿La raza humana se acabaría? ¿El mundo sería mejor? ¿Te parece el escenario ideal?

Se puede argumentar que aún esos escenarios son subjetivos y no habría consenso en su relevancia y puede ser. Pero es cierto que cuando analizamos un acto particular es mucho más difícil entender sus implicaciones morales que cuando lo llevamos “al absurdo”.

En fin, creo que es importante estar conscientes de nuestros actos y los principios o falta de principios detrás de estos y me parece que reducir las cosas al absurdo puede sacarnos de nuestras circunstancias y hacernos ver nuestras acciones no sólo como decisiones individuales sino como decisiones con implicaciones sociales.

¿Qué pasaría si todo el mundo lo redujera todo al absurdo? Es decir, ¿qué pasaría si todo el mundo pensara en todo el mundo?

Cecilia Serrano

El poder y la resistencia: Palabras de Belén Quejigo

La semana pasada se llevó a cabo una platica sobre Biopolítica en el ITAM y yo elaboré unas cuantas notas sobre lo que se reflexionó.

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Hubo en la mesa argumentos que me hicieron pensar y quiero compartir. Belén Quejigo, Maestra en Pensamiento Contemporáneo y Estética, inicia su exposición tomando las reflexiones de Foucault y nos platica un poco sobre su visión del poder: “las personas incrustamos el poder en nuestro ser, lo cual evita que los hambrientos no estén siempre robando y los explotados no estén siempre en huelga”. Dice que el poder es un ambiente atmosférico que condiciona la posibilidad de lo real y que es inútil sublevarse porque al final siempre te encuentras ante otras formas de poder

En segundos, Belén da un giro a su ponencia y nos habla del pensamiento, definiéndolo como no universal sino topográfico. Nos planeta además una reflexión que a mí me parece incitante al decir que hay una cierta imposibilidad en el pensamiento para pensar nuevas formas de concebir el mundo. En mi opinión, creo que es algo muy cierto, pues no logramos salir de la atmósfera de los paradigmas que controlan la manera de pensar y los modelos vigentes de comportamiento y práctica social.

Por otro lado, Belén Quejigo hace una descripción de los distintos tipos de sociedad y poder a lo largo de la historia. Dice que estamos en la sociedad del control, es decir,  cámaras y dispositivos que logran crear este poder inmediato, pues si algo se quiere saber o conocer de alguien puede hacerse fácilmente. La sociedad pasada era la disciplinaria, donde el sometimiento se enseñaba desde las familias, la Iglesia y las escuelas.

Retoma a Foucault, hablando de que no se trata de una dialéctica poder-libertad, porque donde hay poder, hay resistencia, y donde todo es poder, nada es poder.

Finalmente concluye hablando de cambios trascendentales en la sociedad y nos platica de lo que ella piensa de las revoluciones. Dice que son movimientos de corta duración que requieren de intensas movilizaciones sociales, pero que dichas movilizaciones duran muy poco. Dice que los verdaderos cambios espirituales se darán en muchos años. Que las etapas son largas y que estos cambios trascendentales no se darán por control autoritario o fascista, sino que será una conciencia distinta en la cual se trabajará y que será gradual. Me agrada cuando dice: “Vamos despacio porque vamos lejos”, pues quizá es el pequeño trabajo individual lo que dará lugar a esta re-formación masiva de la sociedad, no en un microcosmos, sino un cambio paradigmático abarcante que nos dejé salir de esta atmósfera de poder que sólo cambia sus métodos de control (el poder que incrustamos) y respirar el aire de una visión distinta del mundo. Una fuga de pensamiento que se convierta en trascendencia espiritual y que pueda traer nuevos modelos de vida.

Por: B. Job Sandoval