Diez (Posibles) Razones para la Tristeza del Pensamiento

 

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La existencia humana está siempre acompañada de una tristeza fundamental. “El pensamiento es estrictamente inseparable de una profunda e indestructible melancolía”. Este libro plantea un ejercicio que no logra escapar del problema autorreferencial de pensar el pensamiento.  Steiner, en un esfuerzo significativo, pero, aclara, insuficiente, intenta acomodar razones para entender por qué al pensamiento humano siempre lo rodea cierta pesadumbre.

Una de estas razones es la ambigüedad inherente a todos los actos del pensamiento. La frustración como consecuencia de que no hay respuestas para las preguntas de la humanidad. Por más impecable que sea el proceso de pensamiento, filosófico, individual, científico, no puede haber conclusión satisfactoria. ¿Cómo encontrar plenitud en lo incompleto? A esto parece que vuelve en la décima razón, al afirmar que no estamos ni una pulgada más cerca que Platón de comprender la finalidad de nuestra existencia, si la muerte es o no el final, o si Dios está presente o ausente. Siendo una especie tan actualmente obsesionada con el progreso, ¿nos angustia el seguir donde empezamos? No me parecería extraño suponer que quizá por eso preferimos matar a Dios contundentemente.

Una paradoja que igual no puede más que llenarnos de tristeza es que hasta el pensamiento más nuestro, más íntimo, es en una medida abrumadora, un universal humano, una propiedad común. Nada pensamos que no esté siendo pensando millones de veces. No nos queda siquiera nuestra autenticidad para consolarnos. Pero a la vez, no contamos con ninguna certeza para comprender los pensamientos ajenos. Vamos por la vida traduciéndonos los unos a los otros, es por eso que cualquier relación entre dos personas parece milagrosa. Aún en los momentos de mayor intimidad, el amante es incapaz de abrazar los pensamientos de la persona amada. Hasta los más cercanos, siempre serán más o menos desconocidos. El pensamiento nos hace unos extraños. Nuestros pensamientos, a la vez tan de todos, nos reafirman nuestra inevitable soledad.

¿Cuántos reconocimientos se desperdician en la indiferente avalancha del pensamiento desatendido?, se cuestiona el autor. No es sólo la inmensidad de nuestros pensamientos lo que nos angustia, sino su dispersión. La mayoría de nuestros pensamientos son difusos, inútiles. Es quizá la actividad humana que más nos consume y tan poca atención recibe. Muy rara vez nuestro pensamiento es el objeto de nuestro pensamiento. Y cuántas ideas valiosas habremos perdido por no prestar atención.  Por otro lado, la capacidad de tener pensamientos que merezcan la pena de ser pensados, más aún, de ser expresados y conservados, es relativamente rara.

El pensamiento lleva consigo una esperanza que cada vez que se encuentra con la realidad representa irremediablemente una desilusión incapacitante. Tanta es la distancia entre pensamiento y realización que “no podemos ni vivir sin esperanza ni superar el dolor y la burla que conllevan las esperanzas fallidas.” Steiner nos ofrece estas posibilidades que quizá nos ofrezcan un regocijo momentáneo en el entendimiento, pero ni siquiera esto nos salva un poco de nuestra inevitable condición.

 

Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. George Steiner; trad. de María Condor. – México: FCE, 2007.

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Escribir es conocer las propias inclinaciones

Estos días he estado pensando que quizá el conocimiento del humano nunca será exacto y que por eso mismo, saber quién es uno mismo se complica aún más. A esto sumemos la imposibilidad de ver y experimentar el yo. Los humanos no estamos sujetos a una solución por medio de una fórmula matemática y no somos predecibles; realmente avanzamos sin saber a ciencia cierta cuál es la dirección del camino que estamos tomando ni cuál es nuestra pendiente. No somos tan exactos ni precisos como las matemáticas. El humano es indemostrable.

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Hoy en la mañana caminaba muy temprano hacia mi servicio social y pensaba que quizá escribir es una buena forma de aproximarnos a nuestra esencia. Me explico:

Realmente pienso que muchas veces no nos animamos a escribir algo porque no encontramos inspiración, porque pensamos que no somos buenos en ello o que de nada sirve hacerlo, entre otras razones. Y el día de hoy yo invito a todos los que lleguen a leer este post a escribir.

¿Por qué los invito a escribir? Porque en muchas ocasiones, llegamos a abrir notas, fragmentos o escritos que hicimos en el pasado y nos encontramos con que hemos cambiado, crecido o madurado. Cuando uno lee a su “otro yo”, que no es otro sino el mismo pero diferente, se puede notar que vamos avanzando y que la forma de percibir, sentir y experimentar el mundo también cambia. ¿Y para qué nos sirve saber esto?

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Relacionando esto burdamente con las rectas en un plano cartesiano, podría decir que leer notas del pasado en el momento presente es como voltear a ver nuestra existencia pasada desde un punto distinto. Me refiero a cuando queremos conocer la pendiente de una recta y nos dan dos puntos; con esto podemos saber cuál es la inclinación y si derivamos una función sabemos cuál es el cambio. Así es como intento explicar que leernos es una buena forma de saber quiénes somos, hacia dónde hemos avanzado y cuáles son nuestras tendencias.

Escribir y leernos en el futuro es una excelente forma de retomar el camino de nuestra existencia si es que sentimos que nos hemos desviado un poco de nuestros ideales o de nuestra meta en la vida. Considero que si bien no podemos saber ex-ante nuestras inclinaciones de manera muy precisa, sí podemos saberlo ex-post. Leyéndonos podemos hacer una trayectoria de nuestra existencia y conocer cuál es nuestra función, incluso hacer que sea coherente nuestra ecuación si es que estamos cometiendo errores en la operación.

No sé si he logrado expresar este sentimiento correctamente al relacionarlo con el álgebra lineal, pero mi objetivo es expresar mis pensamientos matutinos y compartir mi visión de la escritura, un acto que amo y que busco desarrollar. Un acto que me permite construirme y saber quién soy. Cuando me leo puedo ver una tendencia, que cambia o que se mantiene. Sé que día a día avanzo hacia algún lugar y leer me permite encontrar a la persona que he construido y que a pesar de mis constantes elevaciones y descensos, mi función es la misma aunque cambie mi ordenada.

B. Job Sandoval

Encontrar la persona que se quiere leer

Pienso que el ser humano puede ser equiparable a un libro. Cada uno se va escribiendo conforme va viviendo y decidimos hacernos tan simples o tan complejos como queramos. Hay personas fáciles de leer porque no han penetrado grandes profundidades de su existencia y otras que simplemente son difíciles de descifrar.

Hermann Hesse

Hermann Hesse

Día a día nos enfrentamos a personas distintas a nosotros que contienen una inmensidad de vivencias y significados, pero no todos se interesaran en nuestro libro, así como no leemos a todos los que nos rodean. Por lo tanto, encontrar a la persona que disfrute de leerte o, por otro lado, encontrar al libro (persona) que disfrutemos leer es una cuestión, desde mi punto de vista, de coincidencia. Los libros llegan a nosotros inesperadamente, o por recomendación. Hay libros que por sus portadas parecen muy interesantes, pero en ocasiones, al abrirlos y leer unas cuantas páginas pensamos que ya vimos todo lo que teníamos que ver o simplemente no nos interesó su introducción.

Es inexplicable el momento en el que leer a una persona nos cautiva y queremos introducirnos en su mundo. Vamos leyendo entre líneas su existencia y se gozan los puntos, las comas y los cambios de capítulo. Cuando terminamos de leerlos y cerramos el libro queremos repetir la experiencia y sin esperarlo, vamos descubriendo nuevos significados en la trama, vamos leyendo un nuevo libro porque también nuestra forma de leer cambia.

Por ello, me parece necesario aprender a leer mejor. Para ello es necesario también leer mucho, es decir, leer distintas personas, tener un capital de referencias, citar, aprender y finalmente adquirir un buen gusto en las relaciones, en las lecturas de personas. Convirtámonos en el buen lector, el lector de gustos exquisitos,tener la capacidad de leer a esa persona que contiene en sí un interminable mundo de significados, una persona que amplía su libro y lo enriquece día a día.  Encontrar la persona que queremos leer.

B. Job Sandoval

El hijo eterno: reseña del libro de Cristovao Tezza

HijoLa llegada de alguien inesperado puede cambiar hasta los planes de una vida no planeada. El hijo eterno relata la historia de un hombre casado que se dedica a escribir. Un hombre que se dedica a las letras sin mucho éxito y que por razones que él mismo no puede definir, recibe el nacimiento de un niño con síndrome de Down, un niño que se niega rotundamente a aceptar. Este libro de excelente prosa hace un viaje por la mente del padre y sus pensamientos más crudos respecto a la experiencia de tener un hijo que le priva de su idealizada libertad, una libertad que nunca ha tenido del todo. Una historia que logra transmitir las dificultades que se presentan en la crianza de un hijo “distinto” en una sociedad de los años ochenta que no se ha habituado aún a la existencia de individuos con mirada perdida en un infinito presente. Un presente que trae a los padres a vivir eternamente en el perpetuo estado de ausencia de un niño que no ve pasar el tiempo, un niño que no envejece y que no da señales de cambio. Un matrimonio que ve amenazado su futuro por su enajenación en el cuidado del hijo, un padre que es rechazado constantemente por las editoriales y que vive constantemente negando la realidad que vive. Cristovao Tezza nos presenta una trama que nos acerca a las profundidades de la conciencia atribulada del padre, una conciencia que si bien es tortuosa y desalmada, es sincera. Es este libro un acercamiento a los pensamientos más oscuros que pueden surgir en la mente de todo humano cuando la vida presenta situaciones o personas que pueden amenazar una forma de vida establecida, pensamientos que son verdaderas expresiones de un ser que se siente atrapado en una realidad que no acepta. Es esta la historia de una vivencia de desesperación latente, una amargura constante y un ferviente deseo de librarse de un yugo. Sin embargo, no todo lo que se piensa se lleva a cabo y el hijo que en un inicio parecía ser una amenaza termina por enseñarle mucho. Un niño que no habla pero que expresa esencia. Un padre que encuentra esencia en algo externo, en un ente que no entiende el cambio pero que mira fijamente el presente, que existe y que es.

B. Job Sandoval