En nombre de la libertad

La búsqueda y adopción de ciertos valores o principios han ido marcando la historia de la humanidad. Paz, dignidad, igualdad, libertad, banderas que han tomado protagonismo acorde a las circunstancias pero siendo todas igualmente importantes para lograr una convivencia armónica y un desarrollo pleno como individuos y como sociedad.

Probablemente sea un poco soberbio (o ingenuo) intentar definir o entender la época en la que se vive pero no nos queda de otra. No se trata de idealizar el pasado ni de negar una realidad, se trata de reflexionar  sobre qué nos mueve, cuál es la lucha de nuestros tiempos.Es cierto que cada persona tiene sus causas y motivaciones, pero me atrevo a decir que las generaciones comparten una manera de entender el mundo y una opinión sobre cuáles son las causas por las que vale la pena luchar.

Sin más rodeos, creo que vivimos en un tiempo donde se ha tomado a la libertad como la reina de todas las luchas, a la libertad por encima de todos. El problema es que si se toma a la libertad como un fin en sí misma, pierde todo tipo de referencia y se empieza a luchar por una libertad absoluta, sin límites, sin fin. Se empieza a ver al mundo y a cualquier tipo de verdad como una restricción a la propia libertad. Comenzamos a entender cualquier tipo de norma como una barrera a nuestra identidad y a nuestras decisiones. Pensamos que la libertad es únicamente la reafirmación constante de nuestra individualidad. ¿De verdad que no estar sujetos a ningún tipo de sociedad nos hará verdaderamente libres?

No me parece que la lucha de la libertad no valga la pena o no sea necesaria. Sólo creo que puede ser peligroso el entenderla y el tomarla como el fin máximo y un absoluto que no debe tener límites porque no habría lugar donde parar.  Y, reduciéndolo al absurdo, podríamos llegar a ver a los otros y a nuestro entorno como restricciones a nuestra libertad.

Si la libertad se torna nuestra única referencia, le cerramos la puerta a la discusión, le cerramos la puerta a la posibilidad de verdad, le cerramos la puerta al mundo para convertirnos en dueños de todo.Creo que debemos ser libres pero no por el simple hecho de serlo, que debemos luchar por la libertad pero no únicamente por alcanzarla y que esta lucha no debe aislarse de los otros valores. Creo que la libertad debe ser el medio para un fin más grande.

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¿Por qué esperamos el anuncio de la muerte para empezar a vivir?

14Estos últimos días he estado pensando la libertad como un fenómeno que depende de circunstancias más complejas que tener el derecho a ser libre. Y la pregunta a todo el que me esté leyendo es ¿tú te sientes libre?

Antes de cuestionarte, déjame platicarte algo.

Pienso que la realidad que habitamos nos constriñe. La realidad tiene hilos fuertemente atados que no vemos y que hemos aprendido a cruzar sin verlos. Estamos regulados por instituciones, reglas, convenciones, deberes y expectativas ajenas a nosotros.

Pero ese no es mi punto. Hace unos días recordé a una persona que conocí en mi viaje en tren, el CH-P, de Chihuahua a El Fuerte, Sinaloa. Se trata de una chica cuyo nombre no recuerdo, sólo recuerdo que no tenía las axilas rasuradas y que era de Extremadura, España. El tren tenía prohibido que nos acercáramos al límite del tren, donde puedes ver todo lo que vas dejando atrás conforme avanzas, túneles, puentes, árboles, la vía misma. Incluso ver cómo dejas la vida y continúas con la tuya. Sin embargo, decidí desobedecer y dirigirme, vagón tras vagón, hasta la cola del tren. Pensé que sería un momento sólo para mí. Me equivoqué, ella, la española, estaba ahí parada donde yo quería mirar y eso me molestó. Me molestó su cara de tonta disfrutando lo que yo quería disfrutar. Pensé que su cara, más parecida a la de una drogadicta, era una exageración, que tal cara de placer no existe al mirar un simple paisaje arbolado.

Me dirigí a ella y la saludé. Me presenté y le comenté que desde hacía un rato tenía la inquietud de acercarme al final del tren. Amablemente, me hizo un espacio junto a ella para mirar y fue cuando noté que tenía pelos en la axila. Y comencé a conversar con ella. Le pregunté qué hacía y a dónde iba. Ella me contestó que se dedicaba a viajar por México y que había dejado la universidad en España y que dejó la universidad a la que había ingresado en México también. A eso yo sólo pude cuestionarle porqué lo había hecho. Ella decía que lo único que había hecho la universidad era dogmatizarla, decirle qué pensar, abrumarla y ocuparla con deberes que no le traían ningún provecho a su vida y que la alejaban de lo que ella quería aprender realmente. Ella quería aprender no aprehender. Ella quería ser estimulada y sólo encontró imposición y control sobre el aprendizaje. Y es cuando decidió dejar la universidad y dedicarse a aprender de la vida y los viajes. Decidió leer libros que no venían en un programa de estudios y vivir experiencias fuera de aulas. En fin, aprender por su cuenta y no ser atrapada con la convención del hombre de trabajar después de acabar la universidad.

En ese momento sólo pude entender lo que me decía y, confieso, juzgarla un poco como la juzgaría todo ser que está casado con la idea de que todos tenemos una responsabilidad ante la sociedad, que tenemos que trabajar, pagar impuestos, “ser alguien en la vida”. Sin embargo, desde que la pregunta de la libertad surge en mí de manera latente y más punzante que nunca, puedo envidiar a la española un poco. Puedo ver que ella no vive para ganarse la vida, un término que detesto. “Ganarse la vida”, como si fuésemos muertos o sonámbulos que trabajamos para estar vivos después, para lograr tener vida.

Pienso que muchas veces caigo, caemos, se cae, como gusten llamarle, en el error de sólo ver a corto plazo, en el error de dejar que las ocupaciones nos absorban, que las preocupaciones nublen la razón por la cual vivimos.  Y les quiero platicar otra anécdota antes de terminar la reflexión y con la cual espero que le abran un signo de interrogación enorme en su vida a la pregunta que planteé al inicio. En los días pasados platicaba con unos amigos ya mayores. Y surgió una pregunta que seguro ya han escuchado muchas veces: si te quedaran pocos días de vida ¿qué harías en este momento si pudieras hacer lo que quieras?

Mi amigo contestó que dejaría todo en orden con sus documentos y sus hijos. Que dejaría la chamba y se iría a viajar por el mundo a estudiar la civilización humana, a leer libros respecto a eso y viajar y viajar para encontrar lo que quería encontrar.

No pude evitar recordar algo que nos contó un profesor sobre unos hombres que estaban a punto de morir en una tormenta en medio del mar. Cuando estos tripulantes vieron que no había salvación y que todo esfuerzo por sobrevivir era en vano, comenzaron a disfrutar la belleza de la tormenta. Se hicieron uno solo con el mundo y lograron vivir para ese momento. La muerte de sus intentos de sobrevivir, le dieron vida a la vida misma. Y mi pregunta es ¿por qué esperamos el anuncio de la muerte para empezar a vivir?

¿Qué estamos haciendo mal como civilización, que sólo cuando nuestra voluntad de ser humano ya no tiene efecto, comenzamos a pensar en lo que quisiéramos hacer? ¿Que no somos seres racionales que escogemos aquello que nos brinda “más felicidad” o “utilidad”?

¿Tú haces lo que te gusta? Y si no haces no lo que te gusta, ¿te sientes libre para dejar lo que te limita? ¿O necesitas el valor que trae la finitud de tu vida?

Creo que a veces olvidamos que vamos a morir, tratando de sobrevivir. Qué ironía.

B. Job Sandoval