Ni mérito ni justicia, libertad

Todos los amores tienen algo en común. Ya sea la amistad, el amor romántico, espiritual, filial, fraterno. Y es que solo pueden entenderse desde la libertad.

“Te mereces a alguien mejor”, “no se lo merece”, “no es justo”. Creo que detrás de estas afirmaciones hay un afán muy noble de ser digno del amigo o del ser amado. Pero no puede ser una cuestión de mérito. ¿Cuáles serían los criterios para determinar quién merece qué tipo de amor? ¿Quién lo decidiría? Tampoco puede ser una mera cuestión de  justicia. Que todos recibamos afecto de acuerdo a nuestras circunstancias particulares. ¿Qué nos tocaría a cada uno?

En una sociedad donde el ideal de la meritocracia se ha trasladado a las relaciones personales, no hay espacio para la compasión y la bondad.  Si todo es medido con base en nuestras competencias personales o en nuestra capacidad para destacar,  el fracasar en las amistades o relaciones se convierte en un indicador de nuestra valía. ¿Cómo relacionarse en un mundo de ganadores y perdedores, donde unos merecen ser escuchados y atendidos mientras otros ignorados o despreciados? Somos tan poca cosa que nadie merecería tener un gran amigo, nos equivocamos tanto que lo justo sería recibir un amor muy pobre. Pero el mundo necesita menos impartidores de justicia y más buenos amigos, más aceptación y comprensión.  

Porque volvemos a lo mismo. Los amores son activos y aunque es necesariamente una realidad relacional, ésta no recae tanto en el receptor como en el emisor. En este sentido, el amor es algo que damos libremente en la medida de nuestras posibilidades. No es que te elijan porque eres el más capaz o el más bueno, o el amigo más gracioso. No. Seguro que hay miles mejores y más simpáticos. No es que te lo merezcas o sea justo encontrar a alguien con quien compartir. Con mi libertad te elijo, no te evalúo.

Que te quieran tiene que ver más con la capacidad del que te quiere, con su capacidad de admirarse, de ver y querer descubrir lo bueno en ti. Y por otro lado, si alguien te hace daño o no te quiere como quisieras tampoco es necesariamente tu culpa. Los afectos no pueden ser demandados ni obligados. Sí cultivados, propiciados y cuidados. (Aunque un poco de suerte tampoco viene mal).

Esto no nos convierte tampoco en receptores pasivos del cariño. Hay que aprender a dejarse querer, que la vulnerabilidad no resulta una tarea sencilla. Hay que darse a conocer, hay que dejarse elegir. Hay que saber agradecer y corresponder. Hay siempre que intentar ser dignos de ese amor que se nos da libre y gratuitamente. Hay que recibirlo y cuidarlo. En primer lugar, hay que saber darlo.

Si alguien decide quererte, lo más probable es que te lo merezcas poco. Quizá coincidieron en circunstancias, intereses. Llámale atracción o simpatía. La cuestión es que alguien te elige, entre millones de personas. Tampoco hace falta preguntar por qué. Cuando entendamos que esta elección que alguien más toma tiene muy poco que ver con nosotros, sabremos agradecer y valorar este regalo, aprenderemos a corresponder libremente.

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En nombre de la libertad

La búsqueda y adopción de ciertos valores o principios han ido marcando la historia de la humanidad. Paz, dignidad, igualdad, libertad, banderas que han tomado protagonismo acorde a las circunstancias pero siendo todas igualmente importantes para lograr una convivencia armónica y un desarrollo pleno como individuos y como sociedad.

Probablemente sea un poco soberbio (o ingenuo) intentar definir o entender la época en la que se vive pero no nos queda de otra. No se trata de idealizar el pasado ni de negar una realidad, se trata de reflexionar  sobre qué nos mueve, cuál es la lucha de nuestros tiempos.Es cierto que cada persona tiene sus causas y motivaciones, pero me atrevo a decir que las generaciones comparten una manera de entender el mundo y una opinión sobre cuáles son las causas por las que vale la pena luchar.

Sin más rodeos, creo que vivimos en un tiempo donde se ha tomado a la libertad como la reina de todas las luchas, a la libertad por encima de todos. El problema es que si se toma a la libertad como un fin en sí misma, pierde todo tipo de referencia y se empieza a luchar por una libertad absoluta, sin límites, sin fin. Se empieza a ver al mundo y a cualquier tipo de verdad como una restricción a la propia libertad. Comenzamos a entender cualquier tipo de norma como una barrera a nuestra identidad y a nuestras decisiones. Pensamos que la libertad es únicamente la reafirmación constante de nuestra individualidad. ¿De verdad que no estar sujetos a ningún tipo de sociedad nos hará verdaderamente libres?

No me parece que la lucha de la libertad no valga la pena o no sea necesaria. Sólo creo que puede ser peligroso el entenderla y el tomarla como el fin máximo y un absoluto que no debe tener límites porque no habría lugar donde parar.  Y, reduciéndolo al absurdo, podríamos llegar a ver a los otros y a nuestro entorno como restricciones a nuestra libertad.

Si la libertad se torna nuestra única referencia, le cerramos la puerta a la discusión, le cerramos la puerta a la posibilidad de verdad, le cerramos la puerta al mundo para convertirnos en dueños de todo.Creo que debemos ser libres pero no por el simple hecho de serlo, que debemos luchar por la libertad pero no únicamente por alcanzarla y que esta lucha no debe aislarse de los otros valores. Creo que la libertad debe ser el medio para un fin más grande.