Heridas compartidas

Todos estamos heridos. Nos caracteriza la vulnerabilidad y la facilidad de hacernos daño unos a otros. El mundo nos puede romper, y lo hace, de infinitas maneras posibles. No estamos hechos para permanecer. La vida nos ha lastimado e, intencional o inconscientemente, también nosotros hemos afectado a alguien. Al menos no siempre hemos podido evitarlo. Es altamente probable que cada persona que hoy veamos en la calle tenga el corazón un poco roto, que traiga consigo un par de malos recuerdos y cuatro o cinco miedos.

Esta vulnerabilidad nos iguala terriblemente. Nos acerca tanto a los otros que a veces preferimos protegernos y sin quererlo nos hacemos más daño. Y es que no podemos relacionarnos fuera de ella. Sólo podemos estar desde nuestros complejos, sólo sabemos querer desde nuestras heridas. Por eso es tan importante conocerlas, aceptarlas, aprender de ellas. Porque son, si se decide, una oportunidad de crecimiento, un camino para entender mejor al mundo, a uno mismo. De los errores, puede nacer el encuentro. De las caídas, la empatía, la compasión. Del dolor, el amor, el arte.

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Photo by Eneida Nieves on Pexels.com

Estas heridas que compartimos son también una responsabilidad. ¿Qué podemos hacer por los demás? ¿Qué nos corresponde? Podemos siempre buscar el bien del otro, a veces quizá sólo evitar algún daño. Somos limitados, no podemos salvar a nadie, ni siquiera a nosotros mismos, pero podemos no ser indiferentes. Si el mundo nos va a lastimar, si no nos es posible evitar las heridas, nuestras y de los demás, al menos podemos decidir qué bien queremos hacer con ellas.

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Interpretándonos

El ser humano es un “intérprete obsesivo”. No nos queda de otra, es todo lo que podemos hacer si esperamos tener siquiera un mínimo de éxito en nuestras interacciones sociales. Vivimos interpretando el mundo, a los otros. ¿Qué significará esto? ¿Qué me estará queriendo decir? ¿Qué estará pensando? Pasamos la vida con estas preguntas para las cuales nunca jamás tendremos respuestas certeras. Pero al menos tenemos elementos que facilitan esta comprensión mutua. Acuerdos compartidos sobre lo que significa una cosa. Por ejemplo, sabemos que si alguien llora, probablemente esté triste. Nos valemos de palabras, gestos, acciones que nos ofrecen un poco de claridad y posibilitan cualquier relación humana.

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Este ejercicio-obligatorio-de interpretación llena la vida de encanto pero también puede ser abrumador, si no tenemos suficiente cuidado. Para complicarlo un poco, vamos teniendo más y más medios de interacción social, y si ahora podemos comunicarnos sin siquiera mirarnos, ¿cómo sabremos leernos correctamente? Si no tenemos que actuar para acompañar nuestras palabras, les podemos quitar todo su significado. Cada vez es más fácil, y quizá preferimos, dejar más espacio a ser interpretados para asumir menos responsabilidad de lo que hacemos, o dejamos de hacer.

Por otro lado, hay una ruptura entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Encontramos tanta inconsistencia en el mundo que nos es imposible creer hasta en nosotros mismos. Todas estas vías de comunicación y espacios de interpretación nos van llenando de una angustiosa confusión. Nos preocupamos por aparentar y no por darnos a conocer. Nos jactamos de tolerarlo todo, pero a costa de no intentar comprender nada. Creemos que quitándole peso a nuestra palabra, iremos más ligeros por el mundo. Nos fragmentamos tan constantemente que hasta nuestros gestos quedan desprovistos de significado. Y después vamos lamentándonos porque nos interpretan erróneamente.

Ante este panorama donde los vínculos sociales se van debilitando, donde las relaciones nos causan ansiedad e inseguridad, debemos darnos y dar a los demás la claridad que todos necesitamos. Seamos honestos, con otros y con nosotros mismos. Si yo comienzo a actuar conforme a lo que pienso, a decir lo que siento, voy a empezar también a creer en los demás. Dejemos de buscar explicaciones y justificaciones. Quedémonos con lo que la gente dice o hace, no con lo que nosotros creemos que dice o hace. Confiemos en que la gente nos comunica lo que quiere que entendamos, no más ni menos. Preguntemos. No llenemos los silencios de alguien con nuestras palabras.

Si vamos reemplazando los vacíos del desentendimiento con transparencia, quedará mucho menos espacio para la interpretación y mucho más espacio para el encuentro. Si creemos en algo, llevémoslo hasta sus últimas consecuencias.  Así, si somos consecuentes, de todos modos van a interpretar nuestras acciones, pero al menos no dudaremos de nosotros mismos. Seamos mejores, más libres de nuestros miedos, más congruentes, más honestos. Conozcámonos mejor, no busquemos interpretarnos sino encontrarnos.

 

 

Man in the mirror, Suzanne Marie Leclair

 

 

 

Listas y manías

Me encantan las listas. Hago o procuro hacer listas para prácticamente todo. Algunos podrían decir que es una clase de obsesión y no lo discutiría, pero para mí es un intento pequeñito de darle estructura a un mundo tan caótico. Claro que me dirían entonces que la obsesión es la de darle estructura a lo que no tiene porque tenerla, y nuevamente no estaría en posición de rebatirlo. Pero al final todos buscamos alguna certeza, un poco de seguridad en la que podamos descansar nuestros pensamientos. Algún indicio, algo que nos diga que no estamos del todo perdidos, que nos reconforte asegurándonos que vamos hacia algún lugar. Bueno, así me siento cada vez que tacho algo de mis listas. En una lista todo tiene un orden y una razón de ser. Qué ficción tan más consoladora.

Aquí va una lista de algunas de las cosas de las que hago listas (no pretende ser para nada exhaustiva):

  • Compras del supermercado
  • Ropa/zapatos/accesorios que me hacen falta quiero
  • Sentimientos (sí, más de uno, al mismo tiempo)
  • Pendientes del día
  • Pendientes de la semana
  • Compromisos del mes
  • Fechas importantes
  • Amigos que quiero visitar/llamar
  • Cartas por escribir
  • Lugares a los que quiero ir
  • Lugares a los que he ido
  • Cosas por hacer
  • Libros por leer
  • Mis virtudes
  • Y defectos (un poco larga en comparación de la anterior)
  • Temas de conversación
  • Temas para escribir algún artículo algún día
  • Preguntas que hacer a gente que me parece interesante
  • Gente que me parece interesante
  • Libros favoritos
  • Películas favoritas
  • Todas mis cosas favoritas
  • Cuentas/deudas (ésta no es mi favorita)
  • Ideas
  • De spotify
  • Sueños por cumplir
  • Y un gran, gran etcétera.

Diez (Posibles) Razones para la Tristeza del Pensamiento

 

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La existencia humana está siempre acompañada de una tristeza fundamental. “El pensamiento es estrictamente inseparable de una profunda e indestructible melancolía”. Este libro plantea un ejercicio que no logra escapar del problema autorreferencial de pensar el pensamiento.  Steiner, en un esfuerzo significativo, pero, aclara, insuficiente, intenta acomodar razones para entender por qué al pensamiento humano siempre lo rodea cierta pesadumbre.

Una de estas razones es la ambigüedad inherente a todos los actos del pensamiento. La frustración como consecuencia de que no hay respuestas para las preguntas de la humanidad. Por más impecable que sea el proceso de pensamiento, filosófico, individual, científico, no puede haber conclusión satisfactoria. ¿Cómo encontrar plenitud en lo incompleto? A esto parece que vuelve en la décima razón, al afirmar que no estamos ni una pulgada más cerca que Platón de comprender la finalidad de nuestra existencia, si la muerte es o no el final, o si Dios está presente o ausente. Siendo una especie tan actualmente obsesionada con el progreso, ¿nos angustia el seguir donde empezamos? No me parecería extraño suponer que quizá por eso preferimos matar a Dios contundentemente.

Una paradoja que igual no puede más que llenarnos de tristeza es que hasta el pensamiento más nuestro, más íntimo, es en una medida abrumadora, un universal humano, una propiedad común. Nada pensamos que no esté siendo pensando millones de veces. No nos queda siquiera nuestra autenticidad para consolarnos. Pero a la vez, no contamos con ninguna certeza para comprender los pensamientos ajenos. Vamos por la vida traduciéndonos los unos a los otros, es por eso que cualquier relación entre dos personas parece milagrosa. Aún en los momentos de mayor intimidad, el amante es incapaz de abrazar los pensamientos de la persona amada. Hasta los más cercanos, siempre serán más o menos desconocidos. El pensamiento nos hace unos extraños. Nuestros pensamientos, a la vez tan de todos, nos reafirman nuestra inevitable soledad.

¿Cuántos reconocimientos se desperdician en la indiferente avalancha del pensamiento desatendido?, se cuestiona el autor. No es sólo la inmensidad de nuestros pensamientos lo que nos angustia, sino su dispersión. La mayoría de nuestros pensamientos son difusos, inútiles. Es quizá la actividad humana que más nos consume y tan poca atención recibe. Muy rara vez nuestro pensamiento es el objeto de nuestro pensamiento. Y cuántas ideas valiosas habremos perdido por no prestar atención.  Por otro lado, la capacidad de tener pensamientos que merezcan la pena de ser pensados, más aún, de ser expresados y conservados, es relativamente rara.

El pensamiento lleva consigo una esperanza que cada vez que se encuentra con la realidad representa irremediablemente una desilusión incapacitante. Tanta es la distancia entre pensamiento y realización que “no podemos ni vivir sin esperanza ni superar el dolor y la burla que conllevan las esperanzas fallidas.” Steiner nos ofrece estas posibilidades que quizá nos ofrezcan un regocijo momentáneo en el entendimiento, pero ni siquiera esto nos salva un poco de nuestra inevitable condición.

 

Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. George Steiner; trad. de María Condor. – México: FCE, 2007.

A radicalizarse

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Del lat. tardío radicālis, y este der. del lat. radix, -īcis ‘raíz’.

  1. adj.Perteneciente o relativo a la raíz.
  2. adj.Fundamental o esencial.
  3. adj.Total o completo. Cambio radical.

 

Me pasa de vez en cuando que al escuchar a una persona defendiendo una postura de una manera tan tajante mi primera reacción es tomar la postura contraria. No necesariamente porque lo crea o porque estoy en contra de lo que dice sino simplemente como por un afán de balancear el universo (pues a veces siento que me toca).

No digo que no tenga que ver con mi gusto por una buena discusión, pero la historia del mundo tampoco se aleja mucho de esta realidad. Es más, hasta Newton lo dijo: “con toda acción siempre ocurre una reacción igual y contraria.” Así ante todo gran movimiento histórico, se ha visto surgir un contra-movimiento. En otras palabras, parece que de un extremo siempre se pasa al otro extremo.

Ahora bien, ante el surgimiento de un Trump, de un Brexit, de una Le Pen, sobran opiniones, posturas y análisis. Pero lo que me parece muy acertado es entender este momento como un contra-movimiento, tratar de entender de dónde venimos, a qué responden estos fenómenos. No podemos decir que hayan surgido de la nada, que es gente que no entiende de “progreso”, y quedarnos parados muy cómodamente defendiendo “ideas” que, de una u otra manera, propiciaron estas reacciones.

Independientemente de los individuos que representan estas ideas y lo criticables que sean, parece que hay dos grandes maneras de entender este momento. Por un lado, la gente que, conscientemente o no, apoya la revolución cultural que se ha dado en las últimas décadas y por lo tanto ve en estas situaciones un retroceso o, al menos, un freno. Y, por otro lado, gente harta de todos estos cambios culturales que sólo pueden ver en esto al fin un respiro.

Es indiscutible, por ejemplo, que Donald Trump ha creado un movimiento que se puede considerar por más de uno como una contrarrevolución cultural. Pero creo que el problema es que vean en esto una auténtica solución y el pensar que sólo así se pueden retomar muchos ideales que se creen perdidos. Mientras que la gente que está en contra piensa que la solución está en “radicalizarse” aún más. Irse más hacia el extremo cuando, en primer lugar, parte de estas ideas nos han traído hasta aquí.

Pienso que ahora sí es un buen momento para radicalizarse, pero en el sentido más estricto de la palabra. Volvamos a la raíz, a lo esencial. Tenemos la oportunidad de replantearnos todo lo que dábamos por hecho desde hace ya varios años. Entendamos lo que nos ha traído a este momento y seamos capaces de aceptar en donde nos hemos equivocado. Radicalicémonos, volvamos a lo fundamental, al ser humano. Sabemos que irse al extremo sólo traerá una reacción contraria y el mundo ya no necesita más confrontaciones sino encuentro. Busquémonos y reencontrémonos. Es hora de radicalizarse.

De acuerdo

“Nuestras sociedades no se caracterizan por el consenso, sino por la discusión permanente, y a ésta los medios contribuyen no en pequeña medida.”

 

Parece que vivimos en el momento ideal para el diálogo. ¿Por qué ideal? Porque las actuales formas de comunicación y redes sociales nos permiten tener un diálogo que existe sólo en nuestra mente. Porque somos capaces de decir nuestras ideas sin tener que esperar a que alguien reaccione ante ellas. Porque tenemos el poder de quedarnos sólo con las respuestas que nos gustan. Porque bienvenido el diálogo cuando coincidimos y de otra manera no nos interesa.

Lo más preocupante que ha ejemplificado esta nueva manera de “comunicación” (si es que así se le puede llamar), es que parece que únicamente existen dos posturas para todos los aspectos de la vida, todo puede resumirse en estar a favor o en contra de algo, sí o no, blanco o negro. Dos únicas maneras de ver el mundo, opuestas e irreconciliables entre sí.

Si esto fuera así, la convivencia sería imposible. Y la historia de la humanidad sería una eterna confrontación e imposición, así como la política sería únicamente la institucionalización de la postura más fuerte en determinado momento.

Es como si cada vez nos fuera más difícil encontrar puntos de acuerdo, escuchar sin tener la necesidad de responder, tratar de entender. Si partimos de que estamos bien y los que están en desacuerdo están mal, ¿realmente se puede buscar o siquiera hablar de un bien común?

Puede ser que la ilusión democrática nos haya llevado a pensar que las decisiones son sólo una cuestión de mayoría y que nuestro único deber es “tolerar” las ideas distintas. Puede ser que hayamos dejado a un lado otras virtudes democráticas como dialogar, conciliar, ceder, negociar.

Me atrevo a decir que para mejorar la convivencia social no es necesario que todos pensemos igual ni únicamente apelar a la “tolerancia” de otras ideas. No. Para ser realmente capaces de construir la sociedad que queremos, sí, la que todos queremos, es importante dejar de descalificar al otro, al que no entiendo. Pero lo más importante es empezar a buscar puntos de acuerdo. Dejemos ese afán de tratar de ganar cada discusión y aprendamos a conciliar, a saber tomar lo mejor de todas las posturas que escuchamos en vez de polarizar cada vez más el debate. Profundicemos también en el entendimiento de nuestra época y de nuestras opiniones.

¿Por qué nos hemos conformado con el interés de la mayoría en vez de buscar un bien común? El concebir al mundo como un constante “nosotros contra ellos” sólo puede traducirse en una sociedad dividida y enojada. Quizá sea hora de empezar a construir.

Jóvenes con México #CSW60

Autora invitada: Olivia Serrano

Nueva York, Estados Unidos

“More than ever before in human history, we share a common destiny. We can master it only if we face it together. And that is why we have the United Nations.”
Kofi Annan

El día 16 de marzo del 2016 a las 13 horas de Nueva York, el Embajador Juan José Gómez Camacho, recibió en las oficinas de la Misión Permanente de México, a un grupo de 20 jóvenes mexicanos que participaban en la Comisión del Estatus Jurídico y Social de la Mujer (CSW por sus siglas en inglés).

La CSW es un evento anual de la Organización de Naciones Unidas que se lleva a cabo durante dos semanas de Marzo en el que convoca a los países miembros y Organizaciones de la Sociedad Civil a dialogar sobre los diferentes temas que conciernen a las mujeres del mundo para poner pautas internacionales a seguir y alcanzar el desarrollo de las mismas.

De unos años hacia acá, los jóvenes mexicanos han mostrado interés por participar en este diálogo tanto para escuchar la problemática mundial como para expresar su perspectiva local. Por esta razón es que no sólo buscan estar dentro de los paneles de los diferentes países sino que intentan tener acercamientos con nuestros representantes mexicanos.

Como un excelente ejercicio de democracia, Gómez Camacho hizo un espacio en su ocupada agenda para recibir a los estudiantes en sus oficinas y propiciar una dinámica de preguntas y respuestas para atender sus preocupaciones, entre las cuales estaban las prioridades de México para esta Comisión y la agenda para la juventud mexicana.

Los funcionarios dejaron claro que los temas en los que México avocará sus esfuerzos en la presente CSW son fomentar la investigación y crear datos estadísticos que aporten conocimiento empírico, aumentar la participación de la sociedad civil y el cumplimiento de la agenda 2030 con los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Posteriormente se habló sobre el papel de los jóvenes dentro de su sociedad, a lo que el Embajador recalcó la importancia de involucrarse tanto en la dinámica local como internacional. “Cambien ustedes para que cambie el mundo”, dijo motivándolos a romper el estereotipo de una juventud dormida e indiferente.

La reunión fue fructífera y esperanzadora pues oír de la misma voz que toma las decisiones, un mensaje de disposición y apertura que contrasta con la trillada agenda de Naciones Unidas, fue para los asistentes un aliento para no abandonar esta urgente labor de pugnar por la protección de la vida, la familia, el matrimonio y la dignidad de todas las personas.