De acuerdo

“Nuestras sociedades no se caracterizan por el consenso, sino por la discusión permanente, y a ésta los medios contribuyen no en pequeña medida.”

 

Parece que vivimos en el momento ideal para el diálogo. ¿Por qué ideal? Porque las actuales formas de comunicación y redes sociales nos permiten tener un diálogo que existe sólo en nuestra mente. Porque somos capaces de decir nuestras ideas sin tener que esperar a que alguien reaccione ante ellas. Porque tenemos el poder de quedarnos sólo con las respuestas que nos gustan. Porque bienvenido el diálogo cuando coincidimos y de otra manera no nos interesa.

Lo más preocupante que ha ejemplificado esta nueva manera de “comunicación” (si es que así se le puede llamar), es que parece que únicamente existen dos posturas para todos los aspectos de la vida, todo puede resumirse en estar a favor o en contra de algo, sí o no, blanco o negro. Dos únicas maneras de ver el mundo, opuestas e irreconciliables entre sí.

Si esto fuera así, la convivencia sería imposible. Y la historia de la humanidad sería una eterna confrontación e imposición, así como la política sería únicamente la institucionalización de la postura más fuerte en determinado momento.

Es como si cada vez nos fuera más difícil encontrar puntos de acuerdo, escuchar sin tener la necesidad de responder, tratar de entender. Si partimos de que estamos bien y los que están en desacuerdo están mal, ¿realmente se puede buscar o siquiera hablar de un bien común?

Puede ser que la ilusión democrática nos haya llevado a pensar que las decisiones son sólo una cuestión de mayoría y que nuestro único deber es “tolerar” las ideas distintas. Puede ser que hayamos dejado a un lado otras virtudes democráticas como dialogar, conciliar, ceder, negociar.

Me atrevo a decir que para mejorar la convivencia social no es necesario que todos pensemos igual ni únicamente apelar a la “tolerancia” de otras ideas. No. Para ser realmente capaces de construir la sociedad que queremos, sí, la que todos queremos, es importante dejar de descalificar al otro, al que no entiendo. Pero lo más importante es empezar a buscar puntos de acuerdo. Dejemos ese afán de tratar de ganar cada discusión y aprendamos a conciliar, a saber tomar lo mejor de todas las posturas que escuchamos en vez de polarizar cada vez más el debate. Profundicemos también en el entendimiento de nuestra época y de nuestras opiniones.

¿Por qué nos hemos conformado con el interés de la mayoría en vez de buscar un bien común? El concebir al mundo como un constante “nosotros contra ellos” sólo puede traducirse en una sociedad dividida y enojada. Quizá sea hora de empezar a construir.

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De tenedores y diálogos

Estás en una selva y a lo lejos observas una tribu nativa. Te reciben con un poco de duda y te exploran a ti y a tus pertenencias, logran de alguna manera comunicarse. Una joven encuentra un tenedor y comienza a peinarse con él. Tú la observas con cierta gracia y tienes dos opciones: dejar que se siga peinando o de alguna manera intentar explicarle para qué fue diseñado ese utensilio. ¿Qué harías? ¿Le dirías que, según tus conocimientos, ese no es el propósito del objeto que tiene en las manos?

 

Esta aparentemente simple pregunta fue lanzada en un foro a un  público joven (por evitar la trillada pero acertada calificación de millenials) y, quizá de esperar, la mayoría de los jóvenes no alzamos la mano, es decir, no le diríamos a la joven del tenedor que realmente éste fue creado para comer.

Parece que un ejemplo tan trivial como este no tiene mayor implicación. Nuestra época quizá nos dice que qué más da. Que cualquiera puede usar el tenedor como se le de la gana. Al fin y al cabo no hace daño a nadie. Y a lo mejor en este caso esto sea verdad. Pero ¿por qué no lo diríamos? ¿Por miedo? ¿Indiferencia? ¿No sabemos cómo? Vale la pena sobre todo preguntarse qué implicaciones puede tener esta mentalidad.

Tratar de entender la forma de pensar de toda una generación, más aún de la propia, es una tarea bastante ambiciosa. Sin embargo, es aún más difícil no intentarlo. Lo que puede facilitar este objetivo es el mirar hacia atrás y entender algunos comportamientos como reacciones a los anteriores. Venimos de una época que fácilmente podría describirse como una de imposición de verdad. La modernidad, el siglo XX, la posesión e imposición de la verdad son momentos innegables de la historia del pensamiento, definiciones de una época que nos precedió.

Esto como una posible explicación a la pregunta del tenedor. Nuestra concepción del mundo actual no sólo rechaza la imposición de ciertas verdades sino que no admite la posibilidad de tenerlas. Cuántas veces no nos hemos quedado callados o terminado un intento de conversación con la pregunta: ¿quién soy yo para decirte que estás equivocado, que traigo el tenedor como una herramienta para comer?

Lo preocupante de esta mentalidad no es que el tenedor sea utilizado de otra manera. Es más, si fuera el caso no habría ningún tipo de progreso e innovación. No. Lo realmente alarmante sería que esta concepción del mundo y de nosotros mismos nos lleve eventualmente a la imposibilidad de dialogar. Si yo no soy nadie para tener certezas, si tú no eres capaz de escucharlas, si cada quien tiene su verdad y no hay un acuerdo universal sobre la finalidad de un tenedor porque qué más da, qué propósito podría tener entablar un diálogo.

Al final el diálogo es la base de la humanidad, la sociedad se construye en torno a él. Necesitamos atrevernos a dialogar, no verdad contra verdad pero tampoco opinión contra opinión. Más bien sabiendo que podemos tener distintas partes de una misma verdad y ver algo que el otro no y que nos necesitamos los unos a los otros si pretendemos alcanzarla. Necesitamos ser capaces de decir lo que sabemos y escuchar. El mundo necesita gente que escuche, que sepa dialogar.

 

Tú y yo y ellas

No es nada nuevo hablar de la circunstancialidad del ser humano. Las personas invariablemente se desarrollan dentro y conforme a sus circunstancias pues es inconcebible ser ajeno a un contexto particular.  Somos con ellas, gracias a ellas y ¿a pesar de ellas?

Vamos tomando (o no) consciencia de esta circunstancialidad inherente a nuestra naturaleza y parece que no queda otra opción más que asumirla. Y es así como nos vamos acostumbrando, a veces sin ningún cuestionamiento,  a cada cambio -circunstancial- que vamos viviendo.

Las circunstancias cambian, constantemente, y nosotros con ellas pero lo que no deja de asombrarme, he de aceptar que con un poco de melancolía, es la circunstancialidad de las relaciones humanas. Cuántos amigos que considerábamos verdaderos no hemos vuelto a ver, cuántas interacciones al día por mera necesidad, cuánta gente interesantísima con la cual la vida sólo nos dejo tener un par de conversaciones.

Cada etapa que terminamos, cada despedida, aún con la intención de un reencuentro,  parece ser un recordatorio de la fragilidad de nuestro mundo y los que forman parte de él, parece ser una nota de la facilidad del olvido.

Quizá sea cierto que vamos siendo cada una de las personas que conocemos o que la riqueza de las relaciones verse sobre su incertidumbre pero es un poco desilusionador que no todo dependa de nosotros, que nuestras promesas sean tan nuestras como de “ellas”.

No es una excusa del todo convincente, no significa que somos víctimas  y que nada podemos hacer,  mas es ingenuo pensar que siempre estaremos por encima.

Me gusta pensar que el ser humano no se ha resignado a su circunstancialidad y por eso pasamos buscando personas y relaciones que la sobrepasen, amistades y amores que duren para siempre, que nos quiten la sensación de accidentalidad que, a muchos, nos pesa.

Aunque al final siempre tendremos la justificación de que no fuimos más que lo que las circunstancias nos permitieron ser.

El poder y la resistencia: Palabras de Belén Quejigo

La semana pasada se llevó a cabo una platica sobre Biopolítica en el ITAM y yo elaboré unas cuantas notas sobre lo que se reflexionó.

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Hubo en la mesa argumentos que me hicieron pensar y quiero compartir. Belén Quejigo, Maestra en Pensamiento Contemporáneo y Estética, inicia su exposición tomando las reflexiones de Foucault y nos platica un poco sobre su visión del poder: “las personas incrustamos el poder en nuestro ser, lo cual evita que los hambrientos no estén siempre robando y los explotados no estén siempre en huelga”. Dice que el poder es un ambiente atmosférico que condiciona la posibilidad de lo real y que es inútil sublevarse porque al final siempre te encuentras ante otras formas de poder

En segundos, Belén da un giro a su ponencia y nos habla del pensamiento, definiéndolo como no universal sino topográfico. Nos planeta además una reflexión que a mí me parece incitante al decir que hay una cierta imposibilidad en el pensamiento para pensar nuevas formas de concebir el mundo. En mi opinión, creo que es algo muy cierto, pues no logramos salir de la atmósfera de los paradigmas que controlan la manera de pensar y los modelos vigentes de comportamiento y práctica social.

Por otro lado, Belén Quejigo hace una descripción de los distintos tipos de sociedad y poder a lo largo de la historia. Dice que estamos en la sociedad del control, es decir,  cámaras y dispositivos que logran crear este poder inmediato, pues si algo se quiere saber o conocer de alguien puede hacerse fácilmente. La sociedad pasada era la disciplinaria, donde el sometimiento se enseñaba desde las familias, la Iglesia y las escuelas.

Retoma a Foucault, hablando de que no se trata de una dialéctica poder-libertad, porque donde hay poder, hay resistencia, y donde todo es poder, nada es poder.

Finalmente concluye hablando de cambios trascendentales en la sociedad y nos platica de lo que ella piensa de las revoluciones. Dice que son movimientos de corta duración que requieren de intensas movilizaciones sociales, pero que dichas movilizaciones duran muy poco. Dice que los verdaderos cambios espirituales se darán en muchos años. Que las etapas son largas y que estos cambios trascendentales no se darán por control autoritario o fascista, sino que será una conciencia distinta en la cual se trabajará y que será gradual. Me agrada cuando dice: “Vamos despacio porque vamos lejos”, pues quizá es el pequeño trabajo individual lo que dará lugar a esta re-formación masiva de la sociedad, no en un microcosmos, sino un cambio paradigmático abarcante que nos dejé salir de esta atmósfera de poder que sólo cambia sus métodos de control (el poder que incrustamos) y respirar el aire de una visión distinta del mundo. Una fuga de pensamiento que se convierta en trascendencia espiritual y que pueda traer nuevos modelos de vida.

Por: B. Job Sandoval