A radicalizarse

radical

Del lat. tardío radicālis, y este der. del lat. radix, -īcis ‘raíz’.

  1. adj.Perteneciente o relativo a la raíz.
  2. adj.Fundamental o esencial.
  3. adj.Total o completo. Cambio radical.

 

Me pasa de vez en cuando que al escuchar a una persona defendiendo una postura de una manera tan tajante mi primera reacción es tomar la postura contraria. No necesariamente porque lo crea o porque estoy en contra de lo que dice sino simplemente como por un afán de balancear el universo (pues a veces siento que me toca).

No digo que no tenga que ver con mi gusto por una buena discusión, pero la historia del mundo tampoco se aleja mucho de esta realidad. Es más, hasta Newton lo dijo: “con toda acción siempre ocurre una reacción igual y contraria.” Así ante todo gran movimiento histórico, se ha visto surgir un contra-movimiento. En otras palabras, parece que de un extremo siempre se pasa al otro extremo.

Ahora bien, ante el surgimiento de un Trump, de un Brexit, de una Le Pen, sobran opiniones, posturas y análisis. Pero lo que me parece muy acertado es entender este momento como un contra-movimiento, tratar de entender de dónde venimos, a qué responden estos fenómenos. No podemos decir que hayan surgido de la nada, que es gente que no entiende de “progreso”, y quedarnos parados muy cómodamente defendiendo “ideas” que, de una u otra manera, propiciaron estas reacciones.

Independientemente de los individuos que representan estas ideas y lo criticables que sean, parece que hay dos grandes maneras de entender este momento. Por un lado, la gente que, conscientemente o no, apoya la revolución cultural que se ha dado en las últimas décadas y por lo tanto ve en estas situaciones un retroceso o, al menos, un freno. Y, por otro lado, gente harta de todos estos cambios culturales que sólo pueden ver en esto al fin un respiro.

Es indiscutible, por ejemplo, que Donald Trump ha creado un movimiento que se puede considerar por más de uno como una contrarrevolución cultural. Pero creo que el problema es que vean en esto una auténtica solución y el pensar que sólo así se pueden retomar muchos ideales que se creen perdidos. Mientras que la gente que está en contra piensa que la solución está en “radicalizarse” aún más. Irse más hacia el extremo cuando, en primer lugar, parte de estas ideas nos han traído hasta aquí.

Pienso que ahora sí es un buen momento para radicalizarse, pero en el sentido más estricto de la palabra. Volvamos a la raíz, a lo esencial. Tenemos la oportunidad de replantearnos todo lo que dábamos por hecho desde hace ya varios años. Entendamos lo que nos ha traído a este momento y seamos capaces de aceptar en donde nos hemos equivocado. Radicalicémonos, volvamos a lo fundamental, al ser humano. Sabemos que irse al extremo sólo traerá una reacción contraria y el mundo ya no necesita más confrontaciones sino encuentro. Busquémonos y reencontrémonos. Es hora de radicalizarse.

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De acuerdo

“Nuestras sociedades no se caracterizan por el consenso, sino por la discusión permanente, y a ésta los medios contribuyen no en pequeña medida.”

 

Parece que vivimos en el momento ideal para el diálogo. ¿Por qué ideal? Porque las actuales formas de comunicación y redes sociales nos permiten tener un diálogo que existe sólo en nuestra mente. Porque somos capaces de decir nuestras ideas sin tener que esperar a que alguien reaccione ante ellas. Porque tenemos el poder de quedarnos sólo con las respuestas que nos gustan. Porque bienvenido el diálogo cuando coincidimos y de otra manera no nos interesa.

Lo más preocupante que ha ejemplificado esta nueva manera de “comunicación” (si es que así se le puede llamar), es que parece que únicamente existen dos posturas para todos los aspectos de la vida, todo puede resumirse en estar a favor o en contra de algo, sí o no, blanco o negro. Dos únicas maneras de ver el mundo, opuestas e irreconciliables entre sí.

Si esto fuera así, la convivencia sería imposible. Y la historia de la humanidad sería una eterna confrontación e imposición, así como la política sería únicamente la institucionalización de la postura más fuerte en determinado momento.

Es como si cada vez nos fuera más difícil encontrar puntos de acuerdo, escuchar sin tener la necesidad de responder, tratar de entender. Si partimos de que estamos bien y los que están en desacuerdo están mal, ¿realmente se puede buscar o siquiera hablar de un bien común?

Puede ser que la ilusión democrática nos haya llevado a pensar que las decisiones son sólo una cuestión de mayoría y que nuestro único deber es “tolerar” las ideas distintas. Puede ser que hayamos dejado a un lado otras virtudes democráticas como dialogar, conciliar, ceder, negociar.

Me atrevo a decir que para mejorar la convivencia social no es necesario que todos pensemos igual ni únicamente apelar a la “tolerancia” de otras ideas. No. Para ser realmente capaces de construir la sociedad que queremos, sí, la que todos queremos, es importante dejar de descalificar al otro, al que no entiendo. Pero lo más importante es empezar a buscar puntos de acuerdo. Dejemos ese afán de tratar de ganar cada discusión y aprendamos a conciliar, a saber tomar lo mejor de todas las posturas que escuchamos en vez de polarizar cada vez más el debate. Profundicemos también en el entendimiento de nuestra época y de nuestras opiniones.

¿Por qué nos hemos conformado con el interés de la mayoría en vez de buscar un bien común? El concebir al mundo como un constante “nosotros contra ellos” sólo puede traducirse en una sociedad dividida y enojada. Quizá sea hora de empezar a construir.

De tenedores y diálogos

Estás en una selva y a lo lejos observas una tribu nativa. Te reciben con un poco de duda y te exploran a ti y a tus pertenencias, logran de alguna manera comunicarse. Una joven encuentra un tenedor y comienza a peinarse con él. Tú la observas con cierta gracia y tienes dos opciones: dejar que se siga peinando o de alguna manera intentar explicarle para qué fue diseñado ese utensilio. ¿Qué harías? ¿Le dirías que, según tus conocimientos, ese no es el propósito del objeto que tiene en las manos?

 

Esta aparentemente simple pregunta fue lanzada en un foro a un  público joven (por evitar la trillada pero acertada calificación de millenials) y, quizá de esperar, la mayoría de los jóvenes no alzamos la mano, es decir, no le diríamos a la joven del tenedor que realmente éste fue creado para comer.

Parece que un ejemplo tan trivial como este no tiene mayor implicación. Nuestra época quizá nos dice que qué más da. Que cualquiera puede usar el tenedor como se le de la gana. Al fin y al cabo no hace daño a nadie. Y a lo mejor en este caso esto sea verdad. Pero ¿por qué no lo diríamos? ¿Por miedo? ¿Indiferencia? ¿No sabemos cómo? Vale la pena sobre todo preguntarse qué implicaciones puede tener esta mentalidad.

Tratar de entender la forma de pensar de toda una generación, más aún de la propia, es una tarea bastante ambiciosa. Sin embargo, es aún más difícil no intentarlo. Lo que puede facilitar este objetivo es el mirar hacia atrás y entender algunos comportamientos como reacciones a los anteriores. Venimos de una época que fácilmente podría describirse como una de imposición de verdad. La modernidad, el siglo XX, la posesión e imposición de la verdad son momentos innegables de la historia del pensamiento, definiciones de una época que nos precedió.

Esto como una posible explicación a la pregunta del tenedor. Nuestra concepción del mundo actual no sólo rechaza la imposición de ciertas verdades sino que no admite la posibilidad de tenerlas. Cuántas veces no nos hemos quedado callados o terminado un intento de conversación con la pregunta: ¿quién soy yo para decirte que estás equivocado, que traigo el tenedor como una herramienta para comer?

Lo preocupante de esta mentalidad no es que el tenedor sea utilizado de otra manera. Es más, si fuera el caso no habría ningún tipo de progreso e innovación. No. Lo realmente alarmante sería que esta concepción del mundo y de nosotros mismos nos lleve eventualmente a la imposibilidad de dialogar. Si yo no soy nadie para tener certezas, si tú no eres capaz de escucharlas, si cada quien tiene su verdad y no hay un acuerdo universal sobre la finalidad de un tenedor porque qué más da, qué propósito podría tener entablar un diálogo.

Al final el diálogo es la base de la humanidad, la sociedad se construye en torno a él. Necesitamos atrevernos a dialogar, no verdad contra verdad pero tampoco opinión contra opinión. Más bien sabiendo que podemos tener distintas partes de una misma verdad y ver algo que el otro no y que nos necesitamos los unos a los otros si pretendemos alcanzarla. Necesitamos ser capaces de decir lo que sabemos y escuchar. El mundo necesita gente que escuche, que sepa dialogar.

 

Tú y yo y ellas

No es nada nuevo hablar de la circunstancialidad del ser humano. Las personas invariablemente se desarrollan dentro y conforme a sus circunstancias pues es inconcebible ser ajeno a un contexto particular.  Somos con ellas, gracias a ellas y ¿a pesar de ellas?

Vamos tomando (o no) consciencia de esta circunstancialidad inherente a nuestra naturaleza y parece que no queda otra opción más que asumirla. Y es así como nos vamos acostumbrando, a veces sin ningún cuestionamiento,  a cada cambio -circunstancial- que vamos viviendo.

Las circunstancias cambian, constantemente, y nosotros con ellas pero lo que no deja de asombrarme, he de aceptar que con un poco de melancolía, es la circunstancialidad de las relaciones humanas. Cuántos amigos que considerábamos verdaderos no hemos vuelto a ver, cuántas interacciones al día por mera necesidad, cuánta gente interesantísima con la cual la vida sólo nos dejo tener un par de conversaciones.

Cada etapa que terminamos, cada despedida, aún con la intención de un reencuentro,  parece ser un recordatorio de la fragilidad de nuestro mundo y los que forman parte de él, parece ser una nota de la facilidad del olvido.

Quizá sea cierto que vamos siendo cada una de las personas que conocemos o que la riqueza de las relaciones verse sobre su incertidumbre pero es un poco desilusionador que no todo dependa de nosotros, que nuestras promesas sean tan nuestras como de “ellas”.

No es una excusa del todo convincente, no significa que somos víctimas  y que nada podemos hacer,  mas es ingenuo pensar que siempre estaremos por encima.

Me gusta pensar que el ser humano no se ha resignado a su circunstancialidad y por eso pasamos buscando personas y relaciones que la sobrepasen, amistades y amores que duren para siempre, que nos quiten la sensación de accidentalidad que, a muchos, nos pesa.

Aunque al final siempre tendremos la justificación de que no fuimos más que lo que las circunstancias nos permitieron ser.

En nombre de la libertad

La búsqueda y adopción de ciertos valores o principios han ido marcando la historia de la humanidad. Paz, dignidad, igualdad, libertad, banderas que han tomado protagonismo acorde a las circunstancias pero siendo todas igualmente importantes para lograr una convivencia armónica y un desarrollo pleno como individuos y como sociedad.

Probablemente sea un poco soberbio (o ingenuo) intentar definir o entender la época en la que se vive pero no nos queda de otra. No se trata de idealizar el pasado ni de negar una realidad, se trata de reflexionar  sobre qué nos mueve, cuál es la lucha de nuestros tiempos.Es cierto que cada persona tiene sus causas y motivaciones, pero me atrevo a decir que las generaciones comparten una manera de entender el mundo y una opinión sobre cuáles son las causas por las que vale la pena luchar.

Sin más rodeos, creo que vivimos en un tiempo donde se ha tomado a la libertad como la reina de todas las luchas, a la libertad por encima de todos. El problema es que si se toma a la libertad como un fin en sí misma, pierde todo tipo de referencia y se empieza a luchar por una libertad absoluta, sin límites, sin fin. Se empieza a ver al mundo y a cualquier tipo de verdad como una restricción a la propia libertad. Comenzamos a entender cualquier tipo de norma como una barrera a nuestra identidad y a nuestras decisiones. Pensamos que la libertad es únicamente la reafirmación constante de nuestra individualidad. ¿De verdad que no estar sujetos a ningún tipo de sociedad nos hará verdaderamente libres?

No me parece que la lucha de la libertad no valga la pena o no sea necesaria. Sólo creo que puede ser peligroso el entenderla y el tomarla como el fin máximo y un absoluto que no debe tener límites porque no habría lugar donde parar.  Y, reduciéndolo al absurdo, podríamos llegar a ver a los otros y a nuestro entorno como restricciones a nuestra libertad.

Si la libertad se torna nuestra única referencia, le cerramos la puerta a la discusión, le cerramos la puerta a la posibilidad de verdad, le cerramos la puerta al mundo para convertirnos en dueños de todo.Creo que debemos ser libres pero no por el simple hecho de serlo, que debemos luchar por la libertad pero no únicamente por alcanzarla y que esta lucha no debe aislarse de los otros valores. Creo que la libertad debe ser el medio para un fin más grande.

“Redúcelo al absurdo”

Cuando era pequeña y le preguntaba a mi papá si algo estaba bien o mal su respuesta era siempre la misma: redúcelo al absurdo. Yo no entendía porque no me contestaba que sí o que no y nos dejábamos de problemas. Tampoco sabía lo kantiano de su respuesta pero ahora entiendo su intención y la importancia de reflexionar por uno mismo y la verdad es que ahora me ayuda reducirlo todo al absurdo. Me explico.

Cada persona va formando sus valores y sus preceptos morales y, consciente o inconscientemente, escoge ciertos principios a los cuales acudir cada vez que se encuentra ante un dilema ético o moral. Estos principios pueden ser de naturaleza filosófica, religiosa, cultural o cualquier otra y, sin intención de caer en algún tipo de relativismo, es difícil justificar que unos sean más válidos que otros.

Como principio, a mí me gusta la universalización de los actos, reduciéndolos al absurdo. Entendemos a lo absurdo como lo irracional, algo que no tiene sentido y que la lógica nos impide considerarlo como real. Pero justamente el llevar algo al extremo y el oponerlo a la razón nos puede ayudar a ver las cosas con mayor claridad.

Por ejemplo, si cada vez que actuamos nos preguntamos qué pasaría si todo el mundo actuara de esta manera y ese escenario (aún en lo absurdo) nos parece inconcebible para la humanidad, quizá no esté bien después de todo. Por el contrario, si el escenario absurdo nos parece irrelevante o quizá un poco más feliz, a lo mejor vale la pena actuar.

-¿Matar está mal?

-Redúcelo al absurdo.*

*Lo que me quería decir mi papá era: ¿qué pasaría si todo el mundo matara? ¿La raza humana se acabaría? ¿El mundo sería mejor? ¿Te parece el escenario ideal?

Se puede argumentar que aún esos escenarios son subjetivos y no habría consenso en su relevancia y puede ser. Pero es cierto que cuando analizamos un acto particular es mucho más difícil entender sus implicaciones morales que cuando lo llevamos “al absurdo”.

En fin, creo que es importante estar conscientes de nuestros actos y los principios o falta de principios detrás de estos y me parece que reducir las cosas al absurdo puede sacarnos de nuestras circunstancias y hacernos ver nuestras acciones no sólo como decisiones individuales sino como decisiones con implicaciones sociales.

¿Qué pasaría si todo el mundo lo redujera todo al absurdo? Es decir, ¿qué pasaría si todo el mundo pensara en todo el mundo?

Cecilia Serrano

Las ilusiones como cura al hastío de la vida

Estos días de descanso he tratado de sintetizar algo que he podido observar a lo largo de un tiempo en el comportamiento humano, algo que no puedo afirmar precisamente pero puedo expresarlo así: al hombre no le gusta tocar la vida con sus propias manos, ni pisarla con el pie descalzo. No le gusta pensarla como la observa a priori, ni vivirla con su ser aterrizado totalmente sobre el duro y frío asfalto sobre el que peregrinamos.

Invito a reflexionar esto porque es curioso cómo la mente humana siente la necesidad de estar constantemente creando “motivos”, ilusiones, entes, seres supraterrenales. En fin, existe la necesidad de estar dando un sentido a la vida fuera de la simpleza de la vida misma. Reitero, es ésta una mera reflexión personal, quizá sesgada por las propias vivencias.

Y me permito continuar con mi argumento preguntando, ¿es estar en pleno contacto con la vida y su agresiva naturaleza algo imposible? ¿Es posible ver a futuro y explicar la realidad sin disfrazarla o sacralizarla?

En la película “Conocerás al hombre de tus sueños” de Woody Allen, pude ver materializada en cierta medida mi visión de esto. La psique tiene un tope y eso es la incertidumbre. Es un verdadero obstáculo para ella. La nada es su mayor miedo. A la incertidumbre trata de evadirla, primero engañándose a sí misma con falsos atajos, con los cuales se conforma, dándole a su propia conciencia la explicación que más le convenga a su forma de vida. A la nada no la puede soportar por lo que la llena de aquello que mayor satisfacción le brinda. Y así vamos por la vida “resolviendo” un fenómeno que no es del todo posible resolver como es la misma incertidumbre y llenando una nada que se vacía constantemente ante una condición humana que no se sacia. Una nada que es el perpetuo jaque mate de la vida.

Y no sé si se trata en sí de buscar la esencia de la existencia al estilo existencialista de Heiddeger, pero creo, ya alejado del pensamiento heiddegeriano, que sí es verdaderamente difícil pensar que las cosas que nos suceden pueden no tener razón alguna, llevándonos a la idea de que somos seres abandonados a nuestra suerte y que no hay nada especial en la existencia humana. Que nos vemos amenazados ante los mismos fenómenos que todo lo que nos rodea y que estamos forzados a construir grandes estructuras, instituciones, dioses, energías y fuerzas sobrenaturales que nos defiendan de algo que no vemos. Queremos taparnos inútilmente de la rudeza de la vida, pues esta rudeza se filtra como la humedad ante nuestras falsas esperanzas de protección.

Finalmente, si tratáramos de vivir de manera simple sin preocuparnos excesivamente por lo que nos depara y dejar de pensar en la nada, algo que no es verdaderamente cognoscible por no ser algo existente, ¿podríamos tocar la frialdad de la vida sin quemarnos? ¿Podríamos soportarla sin agonizar? ¿Sería posible una existencia sin búsqueda de consuelos?

B. Job Sandoval