Solo el tiempo, locura

Hace unos días me corté accidentalmente con un florero de cristal. Nunca me imaginé que un dedo sangrara tanto. Tuve que arreglármelas sin mi pulgar derecho por algunos días y realmente una no valora lo que tiene hasta que se ve privada de ello. Qué difícil es la vida, comer, lavarse los dientes, ir al baño, escribir, sin él. Valorémoslo más, los dedos merecen más reconocimiento. Inauguremos el día internacional del dedo gordo (propongo el 18 de agosto pero se puede abrir el debate).

Después de unas horas dejó de doler, seguía sangrando, pero no molestaba mucho. Al día siguiente ya había parado por completo. Luego empezó poco a poco a cicatrizar. Me quité mi vendaje pues me hacía fuera de peligro. Pero un par de días más tarde, sin razón aparente, empezó a sangrar de nuevo. No me dolía, ni siquiera lo sentí. Pero la sangre estaba ahí, la herida seguía abierta. Me reprendí por haber intentado apresurar el proceso de sanación, por haberme quitado tan rápido la curación, la piel no tenía prisa. Solo necesitaba mi paciencia, pero claro, y esto es lo que hasta entonces entendí, que también necesitaba un poco de mi ayuda.

Cuántas veces no nos han dicho, después de una pérdida o de una desilusión, que solo el tiempo nos curará, que con el paso de los días se irá yendo el dolor, que ya vendrá el olvido. Y claro, como cualquier herida, ésta necesita vivir paso a paso todo el proceso para sanar. Pero creo que es más importante poner el énfasis en vivir bien cada etapa del duelo que en el tiempo en sí mismo. El adjudicarle al tiempo toda la responsabilidad nos quita muchísimo margen de acción. Es decir, si fuera solo cosa del tiempo, podríamos definir exactamente cuántos meses lleva recuperarse de un rompimiento o de una muerte. Sin embargo, vemos que hay personas que a las pocas semanas ya parecen estar tranquilas mientras que para otras pasan los años y el dolor no cede.

Entonces si el tiempo no tiene toda la culpa, algo definitivamente está en nuestras manos. Pero claro, nadie nos dirá al vernos llorar que lo que tenemos que hacer solo es sanar. Sería una obviedad que seguramente no agradeceríamos. Pero sí deberíamos decir más, y entender, que para sanar hay que decidir hacerlo, o al menos decidir que lo queremos. Con el discurso trillado de que es cosa del tiempo, que tiene algo de cierto, es como si fuéramos solo unos observadores pasivos de nuestras heridas, en vez de los actores principales de nuestro dolor.  Si nosotros no nos armamos de valor y decidimos contundentemente que queremos cerrar ese capítulo de nuestras vidas, podrán pasar cien años y no habremos avanzado mucho. Incluso, si no lo decidimos fuerte y a tiempo, podemos volver mil veces a hacer cosas que nos lastimen.

Claro que para tomar una decisión así se necesita valentía, se necesita fuerza, se necesita confianza. Es mucho más fácil quedarse esperando locamente que el tiempo resuelva todo lo que nosotros no queremos o no sabemos cómo.

Nada de esto significa que al día siguiente de que perdemos algo o a alguien “decidamos” que estamos perfectamente bien ni que no lloremos una pérdida. Eso sería solo una vil mentira, no ayudaría en nada. Sería dejar al dedo sangrar fingiendo que no pasa nada.  Pero como cualquier herida, podemos tener los cuidados necesarios, vivir cada etapa muy conscientemente. Y después de un periodo razonable, tomar una decisión, optar por dejar de lastimarnos con nuestros pensamientos, por no estar abriendo constantemente la herida, haciendo cosas que nos lastiman. Podemos elegir ver para adelante. Mi dedo ya está mucho mejor. Eso sí, si lo toco sin cuidado duele un poco y aún se siente frágil. Por mi parte, he decidido no lastimarlo, ayudarlo a cicatrizar.

dali La persistencia de la memoria, Salvador Dalí, 1931.

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