Listas y manías

Me encantan las listas. Hago o procuro hacer listas para prácticamente todo. Algunos podrían decir que es una clase de obsesión y no lo discutiría, pero para mí es un intento pequeñito de darle estructura a un mundo tan caótico. Claro que me dirían entonces que la obsesión es la de darle estructura a lo que no tiene porque tenerla, y nuevamente no estaría en posición de rebatirlo. Pero al final todos buscamos alguna certeza, un poco de seguridad en la que podamos descansar nuestros pensamientos. Algún indicio, algo que nos diga que no estamos del todo perdidos, que nos reconforte asegurándonos que vamos hacia algún lugar. Bueno, así me siento cada vez que tacho algo de mis listas. En una lista todo tiene un orden y una razón de ser. Qué ficción tan más consoladora.

Aquí va una lista de algunas de las cosas de las que hago listas (no pretende ser para nada exhaustiva):

  • Compras del supermercado
  • Ropa/zapatos/accesorios que me hacen falta quiero
  • Sentimientos (sí, más de uno, al mismo tiempo)
  • Pendientes del día
  • Pendientes de la semana
  • Compromisos del mes
  • Fechas importantes
  • Amigos que quiero visitar/llamar
  • Cartas por escribir
  • Lugares a los que quiero ir
  • Lugares a los que he ido
  • Cosas por hacer
  • Libros por leer
  • Mis virtudes
  • Y defectos (un poco larga en comparación de la anterior)
  • Temas de conversación
  • Temas para escribir algún artículo algún día
  • Preguntas que hacer a gente que me parece interesante
  • Gente que me parece interesante
  • Libros favoritos
  • Películas favoritas
  • Todas mis cosas favoritas
  • Cuentas/deudas (ésta no es mi favorita)
  • Ideas
  • De spotify
  • Sueños por cumplir
  • Y un gran, gran etcétera.
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Solo el tiempo, locura

Hace unos días me corté accidentalmente con un florero de cristal. Nunca me imaginé que un dedo sangrara tanto. Tuve que arreglármelas sin mi pulgar derecho por algunos días y realmente una no valora lo que tiene hasta que se ve privada de ello. Qué difícil es la vida, comer, lavarse los dientes, ir al baño, escribir, sin él. Valorémoslo más, los dedos merecen más reconocimiento. Inauguremos el día internacional del dedo gordo (propongo el 18 de agosto pero se puede abrir el debate).

Después de unas horas dejó de doler, seguía sangrando, pero no molestaba mucho. Al día siguiente ya había parado por completo. Luego empezó poco a poco a cicatrizar. Me quité mi vendaje pues me hacía fuera de peligro. Pero un par de días más tarde, sin razón aparente, empezó a sangrar de nuevo. No me dolía, ni siquiera lo sentí. Pero la sangre estaba ahí, la herida seguía abierta. Me reprendí por haber intentado apresurar el proceso de sanación, por haberme quitado tan rápido la curación, la piel no tenía prisa. Solo necesitaba mi paciencia, pero claro, y esto es lo que hasta entonces entendí, que también necesitaba un poco de mi ayuda.

Cuántas veces no nos han dicho, después de una pérdida o de una desilusión, que solo el tiempo nos curará, que con el paso de los días se irá yendo el dolor, que ya vendrá el olvido. Y claro, como cualquier herida, ésta necesita vivir paso a paso todo el proceso para sanar. Pero creo que es más importante poner el énfasis en vivir bien cada etapa del duelo que en el tiempo en sí mismo. El adjudicarle al tiempo toda la responsabilidad nos quita muchísimo margen de acción. Es decir, si fuera solo cosa del tiempo, podríamos definir exactamente cuántos meses lleva recuperarse de un rompimiento o de una muerte. Sin embargo, vemos que hay personas que a las pocas semanas ya parecen estar tranquilas mientras que para otras pasan los años y el dolor no cede.

Entonces si el tiempo no tiene toda la culpa, algo definitivamente está en nuestras manos. Pero claro, nadie nos dirá al vernos llorar que lo que tenemos que hacer solo es sanar. Sería una obviedad que seguramente no agradeceríamos. Pero sí deberíamos decir más, y entender, que para sanar hay que decidir hacerlo, o al menos decidir que lo queremos. Con el discurso trillado de que es cosa del tiempo, que tiene algo de cierto, es como si fuéramos solo unos observadores pasivos de nuestras heridas, en vez de los actores principales de nuestro dolor.  Si nosotros no nos armamos de valor y decidimos contundentemente que queremos cerrar ese capítulo de nuestras vidas, podrán pasar cien años y no habremos avanzado mucho. Incluso, si no lo decidimos fuerte y a tiempo, podemos volver mil veces a hacer cosas que nos lastimen.

Claro que para tomar una decisión así se necesita valentía, se necesita fuerza, se necesita confianza. Es mucho más fácil quedarse esperando locamente que el tiempo resuelva todo lo que nosotros no queremos o no sabemos cómo.

Nada de esto significa que al día siguiente de que perdemos algo o a alguien “decidamos” que estamos perfectamente bien ni que no lloremos una pérdida. Eso sería solo una vil mentira, no ayudaría en nada. Sería dejar al dedo sangrar fingiendo que no pasa nada.  Pero como cualquier herida, podemos tener los cuidados necesarios, vivir cada etapa muy conscientemente. Y después de un periodo razonable, tomar una decisión, optar por dejar de lastimarnos con nuestros pensamientos, por no estar abriendo constantemente la herida, haciendo cosas que nos lastiman. Podemos elegir ver para adelante. Mi dedo ya está mucho mejor. Eso sí, si lo toco sin cuidado duele un poco y aún se siente frágil. Por mi parte, he decidido no lastimarlo, ayudarlo a cicatrizar.

dali La persistencia de la memoria, Salvador Dalí, 1931.

(Otra) reflexión sobre el amor

Creo que nos hemos equivocado gravemente. El objetivo del amor, de las relaciones no es la felicidad, no puede ser la felicidad. Si lo fuera, estaríamos poniendo una responsabilidad monumental y un estándar imposible sobre otra persona. Le estaríamos diciendo que tenemos todo el derecho de culparla si en algún momento nos sentimos infelices, que en cualquier momento en el que no me sienta satisfecho puedo ir a buscar a alguien más, que estoy aquí mientras dure, sólo mientras lo sienta. Me parecería absurdo que ese fuera el propósito de buscar un compromiso más allá que solo circunstancial.

Porque sí, compartir la vida con una persona puede ser una parte muy importante de nuestra plenitud, pero también es un reto, y seguramente no todo será felicidad. Tiene entonces que haber otra razón. La gente que termina una relación “porque no es feliz”, probablemente se llevará consigo su infelicidad, porque nadie puede hacernos algo que no somos. No me refiero aquí a las personas y relaciones que nos hacen daño, sino a esas excusas de “ya no era lo mismo”, “es muy complicado”. Porque bueno, en realidad todos somos muy complicados y decepcionantes. Y no, nadie puede ni debe satisfacer todas nuestros deseos y necesidades. Lo único que podemos hacer es acompañarnos, y aceptarnos, mientras vamos enfrentando la realidad.

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Pienso que la verdadera meta debe ser una aspiración de unidad, de compartir genuinamente tu vida con alguien. Una persona no puede ni debe darle sentido a tu vida, ese sólo se lo puedes dar tú. Y puedes, si quieres, encontrar a alguien con quien compartirlo, que aspire a lo mismo. Una relación es un camino de encuentro, no uno de felicidad. Pero el encuentro, el mirarse el uno al otro, es una fuente de conocimiento, de crecimiento. No deberíamos esperar ni desear una vida sin conflictos pues estos son una oportunidad para conectarnos con el otro y con nosotros mismos, con nuestra condición de estar vivos.

Al final, no importa mucho para tu felicidad con quién estés porque nadie jamás va a poder darte lo que te falte. La cosa es que el amor es algo mucho más personal de lo que se cree. Como amamos, lo que nosotros estamos dispuestos a entregar, a sacrificar, a hacer por otra persona, muy poco tiene que ver con esa otra persona. Como amamos es quienes en realidad somos. Lo que damos es únicamente lo que tenemos, ni más ni menos. El amor es una decisión, una actitud muy personal para salir de uno mismo. Es un error pensar que el amor que alguien te da tiene que algo que ver contigo. Sólo te dan lo que pueden dar y tú sólo das lo que puedes dar. Por eso es tan importante estar completos, estar bien con uno mismo y conocerse en todas nuestras limitaciones. Porque si no, por más que busques y pruebes, jamás vas a encontrar en alguien lo que no tienes en ti. Nadie te va a poder dar certeza y felicidad, el amor que alguien te da tampoco te hará completo. Amar y ser feliz, esa es tu responsabilidad.

 

Imagen: In Bed: The Kiss, by Toulouse-Lautrec, 1892.

¿Por qué esperamos el anuncio de la muerte para empezar a vivir?

14Estos últimos días he estado pensando la libertad como un fenómeno que depende de circunstancias más complejas que tener el derecho a ser libre. Y la pregunta a todo el que me esté leyendo es ¿tú te sientes libre?

Antes de cuestionarte, déjame platicarte algo.

Pienso que la realidad que habitamos nos constriñe. La realidad tiene hilos fuertemente atados que no vemos y que hemos aprendido a cruzar sin verlos. Estamos regulados por instituciones, reglas, convenciones, deberes y expectativas ajenas a nosotros.

Pero ese no es mi punto. Hace unos días recordé a una persona que conocí en mi viaje en tren, el CH-P, de Chihuahua a El Fuerte, Sinaloa. Se trata de una chica cuyo nombre no recuerdo, sólo recuerdo que no tenía las axilas rasuradas y que era de Extremadura, España. El tren tenía prohibido que nos acercáramos al límite del tren, donde puedes ver todo lo que vas dejando atrás conforme avanzas, túneles, puentes, árboles, la vía misma. Incluso ver cómo dejas la vida y continúas con la tuya. Sin embargo, decidí desobedecer y dirigirme, vagón tras vagón, hasta la cola del tren. Pensé que sería un momento sólo para mí. Me equivoqué, ella, la española, estaba ahí parada donde yo quería mirar y eso me molestó. Me molestó su cara de tonta disfrutando lo que yo quería disfrutar. Pensé que su cara, más parecida a la de una drogadicta, era una exageración, que tal cara de placer no existe al mirar un simple paisaje arbolado.

Me dirigí a ella y la saludé. Me presenté y le comenté que desde hacía un rato tenía la inquietud de acercarme al final del tren. Amablemente, me hizo un espacio junto a ella para mirar y fue cuando noté que tenía pelos en la axila. Y comencé a conversar con ella. Le pregunté qué hacía y a dónde iba. Ella me contestó que se dedicaba a viajar por México y que había dejado la universidad en España y que dejó la universidad a la que había ingresado en México también. A eso yo sólo pude cuestionarle porqué lo había hecho. Ella decía que lo único que había hecho la universidad era dogmatizarla, decirle qué pensar, abrumarla y ocuparla con deberes que no le traían ningún provecho a su vida y que la alejaban de lo que ella quería aprender realmente. Ella quería aprender no aprehender. Ella quería ser estimulada y sólo encontró imposición y control sobre el aprendizaje. Y es cuando decidió dejar la universidad y dedicarse a aprender de la vida y los viajes. Decidió leer libros que no venían en un programa de estudios y vivir experiencias fuera de aulas. En fin, aprender por su cuenta y no ser atrapada con la convención del hombre de trabajar después de acabar la universidad.

En ese momento sólo pude entender lo que me decía y, confieso, juzgarla un poco como la juzgaría todo ser que está casado con la idea de que todos tenemos una responsabilidad ante la sociedad, que tenemos que trabajar, pagar impuestos, “ser alguien en la vida”. Sin embargo, desde que la pregunta de la libertad surge en mí de manera latente y más punzante que nunca, puedo envidiar a la española un poco. Puedo ver que ella no vive para ganarse la vida, un término que detesto. “Ganarse la vida”, como si fuésemos muertos o sonámbulos que trabajamos para estar vivos después, para lograr tener vida.

Pienso que muchas veces caigo, caemos, se cae, como gusten llamarle, en el error de sólo ver a corto plazo, en el error de dejar que las ocupaciones nos absorban, que las preocupaciones nublen la razón por la cual vivimos.  Y les quiero platicar otra anécdota antes de terminar la reflexión y con la cual espero que le abran un signo de interrogación enorme en su vida a la pregunta que planteé al inicio. En los días pasados platicaba con unos amigos ya mayores. Y surgió una pregunta que seguro ya han escuchado muchas veces: si te quedaran pocos días de vida ¿qué harías en este momento si pudieras hacer lo que quieras?

Mi amigo contestó que dejaría todo en orden con sus documentos y sus hijos. Que dejaría la chamba y se iría a viajar por el mundo a estudiar la civilización humana, a leer libros respecto a eso y viajar y viajar para encontrar lo que quería encontrar.

No pude evitar recordar algo que nos contó un profesor sobre unos hombres que estaban a punto de morir en una tormenta en medio del mar. Cuando estos tripulantes vieron que no había salvación y que todo esfuerzo por sobrevivir era en vano, comenzaron a disfrutar la belleza de la tormenta. Se hicieron uno solo con el mundo y lograron vivir para ese momento. La muerte de sus intentos de sobrevivir, le dieron vida a la vida misma. Y mi pregunta es ¿por qué esperamos el anuncio de la muerte para empezar a vivir?

¿Qué estamos haciendo mal como civilización, que sólo cuando nuestra voluntad de ser humano ya no tiene efecto, comenzamos a pensar en lo que quisiéramos hacer? ¿Que no somos seres racionales que escogemos aquello que nos brinda “más felicidad” o “utilidad”?

¿Tú haces lo que te gusta? Y si no haces no lo que te gusta, ¿te sientes libre para dejar lo que te limita? ¿O necesitas el valor que trae la finitud de tu vida?

Creo que a veces olvidamos que vamos a morir, tratando de sobrevivir. Qué ironía.

B. Job Sandoval