Suficiente información

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The Libyan Migrant Trap
Contemporary Issues, third prize singles
Daniel Etter

 

Hace unos días fui a la exposición temporal de World Press Photo 2017 en el Museo Franz Mayer. Como cada vez, y aunque me gustaría que hubiera sido de otra manera, sólo tomé la decisión de ir después de enterarme que le quedaban ya pocos días.

Esta exposición fotográfica presenta cada año a los ganadores de uno de los concursos de fotoperiodismo más reconocidos a nivel mundial. Sin dudarlo puedo decir que todos hemos visto en algún lado más de una de estas fotografías que le han dado la vuelta al mundo.

Las fotos que aquí se exponen son, de una u otra manera, ciertamente impactantes. Uno no puede mirarlas con un solo dejo de indiferencia. Provocan desde angustia, enojo, asco y, en lo personal, mucha, mucha, reflexión. Es imposible no notar un componente artístico, pero no se logra identificar fácilmente qué es lo que el fotógrafo o periodista quiere transmitir. Al mismo tiempo, tampoco es tan fácil de decir si uno se vuelve un receptor activo de otra realidad o si solo se es un espectador incómodo más. Se olvida sin quererlo que se está ante el retrato de personas reales con historias reales detrás.

 

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The Silent Victims of a Forgotten War
Daily Life, first prize singles
Paula Bronstein

 

Hubo una serie en particular que me provocaba voltear la mirada. Pero en un principio no supe identificar si era en un ánimo de ignorar esos atroces hechos o más bien como un sentimiento de respeto hacia las víctimas retratadas. Lo que sé es que no me fue fácil pararme frente a esas fotografías, ante esas personas y ese sufrimiento, tranquila.

Pero mi primera reacción fue más bien un enojo ante los “autores” de la obra. ¿Cuál era la intención de estas personas al retratar a gente en un momento tan dramático, o incluso muerta? ¿Buscaban simplemente informarnos que la maldad existe, que el sufrimiento está en todos lados? ¿Querían ganar un premio por un gran mérito fotográfico? ¿Tratarán de generar una reacción del mundo o simplemente de transmitir un hecho?

Es decir, sabemos que el mal y el sufrimiento existen y están presentes en el mundo pero ¿acaso es que viéndolo en una fotografía tomaremos acciones, individuales o sociales, para combatirlo? ¿Podemos? ¿Queremos?

En un mundo donde la información nos sobrepasa, no creo que una foto más de una víctima más haga la diferencia. Quizá nos sacuda por un momento, nos haga sentir incómodos, quizá incluso nos lleve a pararnos a reflexionar. Pero el cambio sólo vendrá cuando de verdad nos comencemos a mirar a los ojos. Cuando dejemos un minuto de consumir información y empecemos a procesarla. Cuando volteemos a ver nuestra realidad, y a la persona que tenemos frente a nosotros, y nos demos cuenta de que sí hay algo que podemos hacer.

 

 

 

 

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La mesura

“… que en todas las cosas es de alabar el hábito que consiste en medianía, aunque necesariamente alguna vez nos hemos de dejar caer en la parte del exceso, y otras a las del defecto, porque de esta manera muy fácilmente alcanzaremos el medio y lo que debemos hacer para ser buenos.”

– Aristóteles, Ética nicomaquea.

Empiezo con este pequeño extracto del libro de Aristóteles porque hoy quiero pensar en la mesura. La principal razón es porque la tenía olvidada y no la tomaba en cuenta. En este texto explicaré por qué me parece importante reconsiderarla.

Aristóteles escribe reiteradamente sobre la virtud. En una de esas tantas ocasiones afirma que el bien del humano consiste en ejercitar el alma en hechos de virtud. Para él, la virtud se encuentra en el punto medio de los extremos. Así, lo que es bueno para el humano se encuentra en la mesura.

Lejos de querer utilizar a Aristóteles para dar una lección de ética con presunción de superioridad moral, quisiera hablar sobre cómo el repensar mis hábitos y en específico mis vicios, me ha permitido reconocer que para estar bien hay que ser mesurado. Hablando un poco de mi experiencia, puedo admitir que he tocado los extremos en diversos aspectos de mi vida. Al entrar a mi etapa adulta tuve la posibilidad de acceder a muchas cosas, entre ellas sustancias y actividades. Pasé del extremo del defecto (ausencia de éstas) al abuso. Hablando en específico, fumar cigarrillos, consumir alcohol, tomar café, usar redes sociales, salir con amigos, incluso pensar o leer, han sido algunas de las tantas actividades en las cuáles he caído en el exceso. Hablo con honestidad, pues me interesa recalcar el punto sobre la necesidad de tocar los extremos para entender que lo son, y si se tiene un buen razonamiento, tender hacia el punto medio.

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¿Qué es lo que he encontrado en el punto medio de algunos hábitos? He encontrado dicha, sorpresa, reencuentros dulces, alegría y bienestar de alma. Un pan de mi lugar preferido, Rosetta, después de un tiempo en su ausencia, fue como probarlo por primera vez. Tomar el café por gusto y no por necesidad, le devolvió su carácter religioso al mundo de los sentidos. Tomar una copa con amigos y saber en qué punto parar, convirtió a la ligera embriaguez en catalizadora de conversaciones exquisitas. Salir de casa sólo cuando verdaderamente mis pies deseaban dejarse llevar por la música, se convirtió en una fiesta. Así, las cosas adquirieron sentido y encanto. Lo cierto es que conforme abusamos de las cosas, éstas dejan de brindarnos la satisfacción inicial. Y no es que las cosas se reivindiquen voluntariamente respecto de nosotros, sino que la falta de moderación lleva al hartazgo, e incluso a la pérdida de los pequeños placeres, de las pequeñas alegrías.

Creo que es fácil que nos volvamos hedonistas en extremo, y pienso que esto sólo lleva a una búsqueda interminable de placeres cada vez mas complejos y, probablemente, autodestructivos. Me parece que es un gran ejercicio aquel que consiste en hacerse uno mismo la pregunta de por qué queremos o hacemos algo, cuando detectamos la posibilidad de un vicio. Pienso que a veces tendemos a dejarnos llevar por la inercia de los actos repetidos. La inercia puede llevarnos a los extremos, pero al considerar la mesura podemos volver a tomar las riendas de nuestros actos y cabalgar de vuelta hacia la vida virtuosa para sonreír en el lugar de las pequeñas alegrías.

Bernardo Job

El Mundo de Ayer

“Jamás me he dado tanta importancia como para sentir la tentación de contar a otros la historia de mi vida.”

El Mundo de Ayer, Stephan Zweig. 1942

 

Me encanta que me recomienden cosas[1]. Siempre se siente bien cuando gente que te conoce o, cree hacerlo, ve, lee o escucha algo y piensa irremediablemente en ti y en lo mucho que lo disfrutarías u odiarías. A pesar de esto, a mí me resulta difícil, por lo general, hacer una recomendación que no me es expresamente solicitada.

Pero en ocasiones sentimos que no tenemos otra opción, que es estrictamente necesario hacerlo, que, por azar o por destino, se tiene un deber y que, si no se cumple, al mundo se le dificultará encontrar un equilibrio. Y ésta es una de esas ocasiones.

Tardé un poco en decidirme por escribir esta “reseña” por dos cosas, las mismas que me motivaron a hacerlo. Cuando algo te hace sentir tantas cosas, por un lado, es más complicado ponerlo en palabras y, por otro, se vuelve parte de ti. Tan tuyo que no necesariamente quisieras compartirlo con el resto de la gente.

Pero eso es lo que hace precisamente Zweig en su “autobiografía”. Comparte algo tan suyo que a la vez es tan de todos. El retrato de una época, de toda una generación a través de una mirada clara y una pluma a la que no le sobra nada, que acomoda cada palabra en el sitio que le corresponde.

Escrita un poco antes de quitarse la vida, Zweig narra sus recuerdos y vivencias, pero no como el protagonista sino, si acaso, como un espectador de tres mundos completamente distintos e irreconciliables entre sí: el del antes, entre y durante las Guerras Mundiales.

Cuenta, en primer lugar, su vida antes de que la Gran Guerra viniera a sacudir la seguridad en la que yacía Europa. Sus años de estudiante, su amor por la cultura y la confianza excesiva que se tenía en la humanidad. Relata sus viajes como un verdadero ciudadano del mundo cuando el pasaporte resultaba inconcebible, su encuentro con todo tipo de personalidades y el primer golpe que recibió el viejo continente.

Habla de las reacciones colectivas y posturas personales. De los cambios culturales y sus expresiones. Es realmente la historia del duro proceso de fragmentación de Europa, y del mundo, unido a uno muy personal.

Su historia es la historia de quien perdió hasta su patria. De quien probó la fama y le fue arrancada de sus manos hasta convertir sus libros en ceniza. No queda tan claro hasta qué punto agradece o detesta sus circunstancias. Pero sí nos dice que:

“Sólo aquella persona que ha experimentado la luz y la oscuridad, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo esa persona ha experimentado realmente la vida.”

Me convenzo un poco más, al terminar esta lectura, que no somos quienes somos por las cosas que nos pasan, sino que primero somos y luego las cosas pasan.

 

[1] Gracias a mi papá por recomendarme este libro.

Aprender a ver

Pienso que, así como el lenguaje nos permite nombrar cosas y poner en palabras emociones y sentimientos, podemos poner esos nombres y palabras en algo material.

Las cosas siempre han estado presentes a lo largo del tiempo, antes de que nosotros llegáramos al mundo a existir. Una vez aquí, existiendo, es posible que tales cosas pasen desapercibidas ante nosotros.

Asimismo, existen cosas y emociones que no forman parte de nuestra entelequia, al no existir lingüísticamente para nosotros aún.

A medida que aprendemos palabras o nombramos nuevas cosas o emociones, éstas van existiendo de manera racional para nosotros; sin embargo, creo que no existen aún de manera física o material.

Lo siguiente en este proceso de apropiación consciente de las cosas sería asociarlas a colores, formas, escenas, fotografías, pinturas o cualquier representación estética.

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De esta forma, es posible reconocer qué es lo que nos provoca ciertas emociones o sentimientos. Considero a esta actividad una de autoconocimiento profundo y un hábito que nos permite hacer de un día rutinario, la búsqueda de la forma material o estética de una emoción.

Hay ocasiones, incluso, en la que no existe cómo nombrar algo que sentimos o pensamos dentro de nuestro lenguaje, y sólo una representación estética o material puede hacerla entendible para nosotros.

  •      “Me siento como un lugar en el que hay un claro de bosque, en medio se encuentran personas vestidas con ropa de flores y bailan al atardecer.”

Tal sensibilidad, como la expresión anterior, puede ser aquello que nos permite experimentar lo más profundo de la trayectoria de nuestra existencia. Puede ser lo que nos ayude a vivir de manera extraordinaria. Aprender a ver es una forma de conocernos y reconocer el lenguaje material y estético de las cosas.

Bernardo Job

 

 

 

 

Lucha contra el individualismo

Pasan los días sin darnos cuenta que se nos acaba el alma. Estamos completamente perdidos y absortos en un mundo de individualismo. Pasamos los días preocupados por banalidades y superficialidades.

¿Cuándo fue la última vez que te detuviste un segundo y contemplaste tu alrededor? Observaste el día a día, a la gente. Pensaste que quizá te gustaría saber la historia de las personas que te rodean. De dónde vienen, dónde viven, qué les apasiona.

Existen lugares donde el gozo persiste. Las carencias están presentes; sin embargo, las personas están en completa plenitud.  Se trata de una realidad disfrutable.

La gente comparte y se comunica. No empiezan el día sin una conversación y la vida se basa en el establecimiento de relaciones interpersonales. No sólo se habla de temas populares. Las personas realmente dejan que te adentres a su alma. Quizá por eso somos tan individualistas, no nos gusta ser vulnerables.

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Silueta de un niño, foto de Karla V. Ramos

Soy vulnerable y me gusta serlo. Si la gente lo desea, sé que puedo compartirles un pedazo de mi alma. En estos lugares, las palabras y sentimientos son auténticos. Las personas no tienen miedo de decir lo que sienten. No sienten desconfianza y muestran curiosidad.

Las personas sonríen más veces de las que nosotros lo hacemos en un mes. La música los envuelve y no tienen miedo de bailar ya sea en público, descalzos o bajo la lluvia. El sentido de comunidad envuelve toda la zona. Todos son uno y uno son todos, ya que el cariño que demuestran entre ellos es íntegro y puro.

¡Y qué placer dejar los estereotipos de lado! Qué gozo, qué vida. No se necesita nada para pertenecer, más que abrir el alma y compartir. Es el único requerimiento. Bajo un cielo donde todos somos uno y todos buscamos el bien común.

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Sonrisa de un señor, foto de Karla V. Ramos

La inocencia en la mirada de la gente de estos lugares me hace creer que un mundo lleno de paz es posible. Un mundo donde la gente conversa entre sí y aprendemos el uno del otro. Crecemos juntos y la negatividad es algo lejano. Destruir al otro jamás está en nuestros fines.
El individualismo destruye. Ya ha destruido antes y lo continuará haciendo. Cada vez es más difícil compartir emociones, compartir experiencias. Por eso comparto esto, para que conozcan un pedazo de mi alma y sepan que estaré luchando contra el individualismo. Espero que luchen conmigo.

Karla V. Ramos

Conversemos para habitar en el jardín de las posibilidades

Para Karla V.  y  Lines MC

“La Creación continúa a través del hombre y de su radical aportación creadora que es la lectura” – Gabriel Zaid.

Me encontraba caminando y pensando sobre la actividad de la conversación y sobre el libro de Marcel Proust que tengo unos días leyendo. Pensaba que Proust es un tesoro que había escuchado que existía pero que no había tenido la fortuna de descubrir. Un amigo me regaló el libro, un amigo muy valioso que también es un tesoro. Leyendo a este autor me encontré con lo que describiría como un jardín de delicias, un jardín húmedo de llanto y musicalizado con tiernas risas. En este jardín existe un perpetuo atardecer, que refleja el inevitable sentimiento de fatalidad que precede a la noche, sentimiento que soporto al probar los frescos frutos jugosos cubiertos de rocío cuando los corto. En este jardín hay musgo y hay enredaderas que caen de los árboles. Con Proust me siento en una constante fiesta de emociones íntimas que sólo con él puedo compartir, que él me da licencia de sentir. Quisiera compartir con mis amigos este jardín, quisiera que habitaran el mundo que vivo con Proust, con quien he llorado y a quien he acariciado para consolarle también.  Quisiera bailar descalzo con mis seres queridos en ese jardín y que nuestros pies se llenen de rocío y nos recostemos sobre el musgo. Quiero que subamos a los árboles y sintamos esa dicha que se experimenta cuando uno está por encima del suelo.

 

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Uvas y queso, Bernardo Job

 

Con todo lo anterior me refiero al ejercicio de un día poder conversar sobre Proust, pero para ello es necesario que mis amigos lo lean, que mis amigos se enamoren de él como yo lo estoy. Humberto Beck habla de Gabriel Zaid, quien dice que la auténtica lectura es concelebración: “la palabra comunicante como zona propensa a los encuentros felices”. Beck dice también que para Zaid la lectura humaniza la naturaleza y las cosas al leerlas. Quiero un encuentro feliz en el que demos vida a Proust y que habitemos su casa en Combray.

Cuando me levanto por las mañanas suelo sentir que antes de iniciar mi día debo tener algún tipo de estímulo, alguna idea que me haga volar la imaginación y me permita colorear la realidad. Cuando leo a Proust siento que en mi camino al trabajo comienzo a distinguir otros aspectos de la vida, que observo los gestos de las personas, que el mosaico de la cocina de mi oficina me ofrece un mundo de posibilidades. Proust me salva de la fatalidad de que todos los días pasen desapercibidos en mi existencia. Quiero lo mismo para mis amigos, porque quiero bailar con ellos en el jardín de la eterna melancolía, comiendo frutos frescos y sonriendo con la locura de los que supieron sumergirse, a través de la conversación y la lectura, en el mundo de las infinitas posibilidades.

Bernardo Job

¿Por qué la ola populista puede hacernos bien también?

Privilegio: Exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia (definición de la RAE).

Dudo ser el único que tiene miedo ante este giro político de escala mundial. Llevo meses intentando escribir algo respecto al tema, buscando la mejor manera de expresarlo en palabras y animarme a decir lo que pienso con prudencia.

Considero que este giro mundial que ha tomado la forma de una fuerte ola populista dice tener el propósito de volver a los “valores tradicionales” pero que debajo de ese disfraz de bondad se trata de xenofobia, racismo y discriminación en todas sus formas. Decía Camus: “He visto a personas que obraban mal con mucha moral…”. La pregunta que he intentado contestar dentro de mi cabeza y que he debatido conmigo mismo en silencio desde hace meses es, ¿por qué está sucediendo esto y qué hemos hecho mal para estar en una situación así?

Bien, partiré de donde creo que es el inicio de este pensamiento y cabalgaré hacia mi esperanzada conclusión. Pienso que desde que se decidió que la democracia sería el régimen ejemplar de los últimos tiempos, poco a poco ésta logró penetrar en diferentes esferas de la vida: la familia, el mundo laboral, el arte, la educación, entre otros. La democracia dio lugar a nuevos paradigmas que permearon mayormente a las sociedades occidentales. Tomaré un paradigma que yo considero de los más importantes: todos podemos, podemos lograr lo que nos propongamos, podemos ser creadores; podemos tener, emprender, participar y decidir.

En el pasado esto no era una realidad para las minorías, pero conforme fueron dándose condiciones para que individuos en desventaja pudiesen tener más oportunidades, poco a poco las minorías se fueron empoderando. La estructura anterior a ésta sólo permitía que el hombre blanco, heterosexual y de clase media pudiese acceder a las condiciones que permitían el desarrollo personal y el crecimiento. Por muchos muchos años el individuo privilegiado (como le llamo a este hombre blanco, heterosexual y de clase media) gozó de esta estructura desigual. Al cambiar la estructura gradualmente, se dieron casos de profesionistas mujeres, gays exitosos y afroamericanos e indígenas que ya podían estar en los mismos espacios públicos que los blancos. La línea que dividía la presencia del privilegio fue desdibujándose mientras el individuo privilegiado dormía en sus laureles, en su zona de confort.

Un día el individuo privilegiado despertó y vio que las minorías que consideraba inferiores estaban en el mismo terreno o por encima de él. ¿Cómo era esto posible si las mujeres son inferiores, los homosexuales, desviados sociales, y las etnias, infrahumanos? ¿Quién les otorgó el derecho a tener las mismas condiciones que el individuo privilegiado?

No quisiera dar un salto lógico brusco ni caer en la mención de falacias, pero lo que creo es que surgió frustración general en los individuos privilegiados. Una persona como Trump, individuo privilegiado, capitalizó la frustración de aquellos que perdieron el privilegio argumentando que estos habían sido olvidados por sus representantes políticos y que su voz no contaba. Se hizo uso de la democracia para hablar de la “voz del pueblo”. Trump buscó ganar las elecciones para reivindicar el privilegio y volver a poner a las minorías en el lugar que les corresponde por “naturaleza”.

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Como este evento desafortunado, el año 2016 tuvo otros cuantos más como el Brexit que llevaron a los liberales a desencantarse de la democracia como régimen ideal. Rápidamente se culpó a la democracia de no estar blindada ante individuos que atentaban contra los valores liberales y normativos de ésta. Sin embargo, considero que ésta ha sido una mala respuesta a lo que está sucediendo. Entiendo la tristeza y la desesperación. Lo que descalifico es la postura de desencanto total con el régimen democrático. Pienso que si a la primer falla o error que muestra algo o alguien queremos desecharlo o perdemos la fe total, es porque nunca creímos verdaderamente en ese algo o alguien.

Lo cierto es que algo ya andaba mal desde hace un tiempo, decayeron los niveles de participación política y electoral en las democracias occidentales. Creció la idea de que el voto individual se volvió insignificante y que tenía cada vez menos peso en las decisiones, lo cual es de alguna manera cierto. A pesar de ello, fue precisamente la falta de participación lo que abrió la puerta de oro a los populistas para determinar los resultados que se han obtenido. Esto no fue un error de la democracia, sino un error cívico de los ciudadanos liberales. Por otro lado, los votantes del ala populista ejercieron con entusiasmo el derecho al voto.

Creo que ahora que tenemos populistas de derecha por todo el mundo es momento de cuestionar las certezas y convicciones que teníamos, de ejercitar el pensamiento y de conocernos a través de ese “otro populista” hermético y cínico. Es momento de evaluar la dirección que estábamos tomando, qué tan rápido íbamos y repensar si es la mejor ruta. Los liberales no podemos imponer ni pretender que tenemos la verdad en las manos. Los liberales tenemos que poner a prueba constantemente lo que creemos y pensamos.

Ahora la democracia está a prueba, y con ella los que queremos mantenerla. Animemos los mecanismos democráticos de participación y hagamos el deber cívico, ocupemos el régimen de nuevo y asegurémonos de que quepamos todos. Por esto mismo creo que la ola populista es positiva como una antítesis a la vanidad liberal que habíamos instaurado. Si lo tomamos como una llamada para el crecimiento, podemos mejorar y dejar de ser débiles. No podemos desmoronarnos ante el primer ataque, aunque el ataque de la ola nos haya revolcado. Podemos aprender a surfear esta ola política con diálogo y determinación.

Mi mayor miedo no son los líderes populistas, mi mayor miedo es que los que podemos ser una oposición a otro posible desastre humanitario no hagamos contención. Me da miedo pensar que demostremos ser insoportablemente leves y banales, me niego a pensar que los liberales somos unos narcisos egoístas. Es importante darnos cuenta que la democracia fue algo que costó trabajo lograr y que a lo largo de los años los grupos de presión demandaron el derecho al voto que sólo los privilegiados tenían. Debemos cuidar, ejercitar y alimentar la democracia para poder salvarle de caer en la demagogia o la dictadura de las mayorías.

Bernardo Job