Se trata de querer

La contraposición de dos cosas es muy educativa. Elegir entre dos extremos quizá no es lo más común pero al menos es muy ilustrativo: lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, la razón y el corazón, el deber y el querer. Pero al simplificar un siempre corre el peligro de caer en la falsedad.

Aun a riesgo de no decir suficiente, algo que me ha resultado bastante convincente en estos términos es que el bien no necesita explicación mientras que el mal tiende a justificarse. El bien es auto explicativo. Por ejemplo, una persona no tiene que dar una justificación si ayuda a alguien o si dice la verdad. Mientras que al que miente, siempre se le puede exigir un motivo.

El problema de que el bien no necesite de razones es que cada vez tenemos menos. Esto sin quererlo puede desembocar, y quizá lo ha hecho, en una indiferencia moral. La cuestión de lo bueno y lo malo, ni lo sabemos ni nos importa. Terminamos creyendo que por no hacer cosas “socialmente graves” somos suficientemente buenos. Nos conformamos con nada pero, en el mismo ejemplo, no mentir no nos hace buenos. Si acaso nos hace no mentirosos. Pero el bien es mucho más que eso, es activo, no es simplemente no hacer el mal. Además, un falso respeto nos lleva a tolerarlo todo, aunque no sea ni bueno ni verdadero ni bello, reforzando esta indiferencia. 

Escribir sobre el bien parece innecesario y anticuado. Pero esta idea condiciona en gran medida lo que somos, cómo actuamos y cómo nos relacionamos. Cuando hablo de hacer el bien no me refiero a hacer algo bueno, algún aislado acto de caridad, sino de una integridad y rectitud consistente en el ser. Ahora bien, ¿por qué alguien actuaría así si puede suponer renuncias y sacrificios? Antes pensaba que para hacer el bien bastaba con conocerlo, que era una cuestión de conocimiento e inteligencia. Que una persona sabiendo lo que está bien y utilizando sus facultades, sería capaz de hacerlo. Pero esto es solo una parte del camino. La razón te puede conducir al bien pero no es tan sencillo llevarlo a cabo.

Si la razón no basta, la respuesta tendría que estar en la voluntad. Si sabemos lo que está bien, solo hay que poner toda nuestra fuerza para hacerlo. ¿Somos suficientemente capaces para ir, si así lo requiere, en contra de nuestros deseos? Quizá sí pero los humanos no funcionamos así y la voluntad tiene un límite. Porque somos frágiles, porque nos cansamos. No podemos ir contra nosotros mismos todo el tiempo.

Entonces ni el saberlo basta ni una voluntad afanosa. No se trata de saber qué está bien. Y no es solo la capacidad de ejecutarlo. El secreto está, como siempre cuando se trata de los seres humanos, en los afectos. No podemos hacer el bien si no lo queremos.

Un ejemplo muy obvio -y poco polémico- de la necesidad de esta integración es el deporte. Hacer ejercicio es objetivamente bueno. Y muy poca gente diría que no lo sabe. Pero eso no va a hacer que automáticamente se levante todos los días a hacer un poco de ejercicio. Puede obligarse a hacerlo y con voluntad, lograrlo. Pero lo más probable es que se acabe agotado y se termine odiando ese deber. En cambio, si es algo que se aprende a apreciar en todas sus dimensiones, se puede encontrar motivación y aprender a disfrutar del esfuerzo. En este caso, tanto la razón como la voluntad ayudan pero porque se quiere. Y aunque a veces se deba poner un mayor esfuerzo o quizá se deban buscar razones para convencerse de algún modo, el querer superará estos obstáculos.

Pero hay que orientar nuestro corazón a aquello que es bueno, aprender a apreciar lo bello y a querer lo bueno, enseñar a desear lo deseable (Platón). Pero no por algún fin concreto sino en sí mismo. Para hacer el bien hay que quererlo de verdad, con nuestra razón, con nuestro corazón y nuestra voluntad, aunque a veces cueste un poco. La importancia de esta integración no es ser perfectos sino que cuando alguno de los tres flaquee, tengamos donde sujetarnos y la posibilidad de levantarnos.

No podemos creer que solo a base de razones o esfuerzos sobrehumanos vamos a lograrlo pero vale la pena intentarlo. A fin de cuentas, “nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión”.

Estructuras liberadoras

“Precisamente porque vivimos en una época en la que reina la idea de responsabilidad individual, la vocación de la sociología sigue siendo vital. Ahora es urgente afirmar no que los fracasos de nuestra vida privada sean el resultado de una psique débil, sino más bien que los caprichos y las miserias de nuestra vida emocional están moldeados por arreglos institucionales.”
Por qué duele el amor. Una explicación sociológica

Como socióloga, no me gusta entender nuestras decisiones como fruto de nuestra individualidad. Como persona, no soporto la idea de pensarme poco libre.  También es verdad que por aquello de mantener el equilibrio, a veces me inclino a una defensa férrea de nuestra libertad y otras muchas las condiciones y estructuras sociales son la explicación que doy a cualquier acto humano. Y escribiendo esto iba de un lado a otro, convenciéndome tanto de una cosa como de la contraria.

Este representa un histórico debate por saber cuán determinados estamos por nuestro entorno. ¿En realidad somos libres? Yo creo que absolutamente sí. Pero somos libres en nuestro país, dentro de nuestro contexto y nuestros límites. Y unos tienen la posibilidad de ser más libres que otros. Ahora bien, dos personas que tengan la misma posibilidad de libertad, uno puede elegir no serlo, claro. Pero, volvemos al inicio. ¿Sería esta una decisión completamente libre? También se dice que no podemos controlar lo que nos pasa pero sí cómo reaccionamos ante ello. Estoy completamente de acuerdo, pero ¿estas reacciones son del todo libres?

El surgimiento de la psicología, entre otras cosas, ha influido en la consciencia colectiva ensalzando la responsabilidad individual. Pensamos que si sufrimos, o tenemos problemas o dificultades, quizá solo nos falta conocernos mejor, o ajustar alguna cosa interior. Esto puede tener algo de cierto pero no es del todo justo.

Cuando una persona comete un error podemos pensar en todas las cosas que lo llevaron a hacerlo como su contexto social, su educación, su familia. Y nos podríamos compadecer con razón: “pobre, no pudo actuar de otra manera”. Pero esto no sería suficiente para eximirlo de su responsabilidad. Lo que la acentuaría en cualquier caso sería quizá la conciencia de la acción. Es decir, el que haya sido una decisión informada, el conocimiento de otras opciones. Hay veces que no tenemos elección pero por otro lado, si algo fuera inevitable, todos haríamos lo mismo.

Por ejemplo, en el estudio sociológico del amor, se entiende a las relaciones personales dentro de un contexto social, no exenta de presiones e influencias culturales. Podemos decir que cuando hay un problema generalizado, patrones de comportamiento o un fracaso que nos atañe a todos, no podemos resolverlo (únicamente) con terapias psicológicas o comportamientos individuales.

Todo esto pensaba cuando escuché un término apasionante por su aparente contradicción: “estructuras liberadoras”. ¿Puede una estructura ser liberadora? Bueno, en tanto permite. Pero ¿no es esto ver el vaso medio lleno? ¿Qué hay de lo que restringe? Es verdad pero de los límites no nos podemos librar. Vivimos dentro de unos límites que habilitan y posibilitan tantas cosas (a costa de muchas otras). Y no podemos ser libres fuera de ellos.

Para entender una estructura como liberadora es necesario conocer y reconocer su existencia. Aceptarla y elegirla. Pero no como una resignación sino como un reconocimiento. En esta elección radica casi toda nuestra libertad.

Hace falta conocer y reconocer nuestros propios limites. Aunque es paradójico porque la capacidad de conocerlos sigue sin ser aleatoria. Lo que sí es que esta conciencia nos libera y nos responsabiliza de algún modo. Además que si la estructura fuera absolutamente determinante como dicen algunos, no habría ni diversidad ni espontaneidad ni libertad ni humanidad.

O sea que debe haber una interioridad que sea ajena a las circunstancias, estando dentro de ellas. Es ese margen de acción en el que nos movemos. Creo que somos menos libres de los que nos gustaría aceptar pero que ese espacio, tan nuestro, es el más apasionante.

«Libres» para amar: límites del consentimiento


Discusión a partir del capítulo “A Freedom with many limits” del libro The End of Love, Eva Illouz (2019)

Las transacciones no consentidas, como la violación o el robo, están mal porque no hay consentimiento. Pero esto no implica que sus contrapartes sean buenas o valiosas simplemente porque son consentidas. ¿Qué pasa cuando el consentimiento es la única norma que rige las relaciones románticas?


Cuando hablamos de relaciones románticas, parece que no es fácil hablar de moralidad. Mientras los involucrados sean adultos y consientan, ¿quién puede decir lo que está bien o lo que está mal? Es verdad que para que exista una relación de casi cualquier tipo debe haber previo consentimiento. Pero la idea de que el amor debe ser una elección completamente libre de las dos partes, un compromiso voluntario, y renovable siempre y cuando queramos lleva a la idea de un contractualismo romántico.

El problema es que los contratos legales se basan en la premisa implícita de que estos serán llevados a cabo. Mientras que la imposibilidad de estipular unos términos contractuales en el terreno emocional implica una gran incertidumbre y no hay garantías de su cumplimiento. Además, las voluntades en las relaciones románticas no necesariamente convergen ni en intención, intensidad o duración. ¿Cómo se puede entonces hablar de un acuerdo consentido, libre y consciente?

Muy pocos se atreven a criticar las implicaciones que tiene la libertad en el terreno íntimo por no querer cuestionar la importancia de este valor. Sin embargo, Eva Illouz (2019), aún siendo una gran defensora de esta libertad, plantea algunas objeciones al consentimiento como el único criterio que rige las relaciones. La socióloga asegura que la metáfora del contrato es inadecuada para comprender la forma que las relaciones toman en un escenario libre y abierto, sin regulaciones, limitaciones o sanciones.

¿Consentir a qué?

Para aceptar un contrato debemos de haber formulado nuestras condiciones previamente. Y en términos físicos puede ser más sencillo estipular los términos de nuestra aprobación o desaprobación. Si se desconecta del ámbito emocional o personal, puede pensarse que acceder o no a una interacción o relación física no tiene más implicaciones que las previamente acordadas. 

Pero el terreno del consentimiento en las relaciones emocionales y románticas es un poco pantanoso. ¿Exactamente qué queremos y qué no? Formar una relación formal, no querer asumir ninguna etiqueta, que nos acompañen por un tiempo determinado, no buscar exclusividad o un compromiso a largo plazo. 

El no saber exactamente lo que uno mismo quiere o espera de una relación o si la otra parte busca lo mismo hace que sea muy difícil hablar de consentimiento. La gente esta constantemente negociando las reglas y condiciones para entrar una relación. Además, uno no tiene incentivos para poner su autonomía en riesgo explicitando sus anhelos. El no querer mostrar vulnerabilidad dificulta la claridad, transparencia y confianza que requiere un contrato.

Una voluntad capaz de formar un contrato presupone la capacidad de alinear las emociones y aspiraciones, el hoy con el mañana. Illouz afirma que en el terreno de las relaciones emocionales esto se vuelve casi imposible porque por un lado, las emociones no son contractuales pues no son resultado de formulaciones racionales ni están sujetas a consideraciones previas. Por otro lado, deben existir dos voluntades que estén dispuestas a formular abiertamente sus expectativas.

Quizá es por esta dificultad de contractualizar las emociones que surgen nuevos tipos de relaciones que acuerdan, implícita o explícitamente, ser no-relaciones. Y es común que ambas partes no tengan el mismo entendimiento de los términos del consentimiento o que difieran las expectativas a partir de lo acordado. ¿Qué somos? ¿Qué no somos? ¿Qué derechos y obligaciones tenemos el uno con el otro?

La ética del consentimiento demanda una gran atención a nuestra propia voluntad pero ignora las condiciones en que esa voluntad se vuelve confusa, volátil, se encuentra bajo presión o entra en conflicto. ¿Y qué pasa cuando se acaba el consentimiento?

Los efectos de la unilateralidad del contrato

Como la ética del consentimiento es casi el único discurso moral que enmarca las relaciones románticas, esto hace que sea legítimo dejar una relación en cualquier momento sin ninguna justificación u obligación de ningún tipo. Si existe una característica única de la libertad contractual emocional es que las relaciones existentes están desprovistas de cualquier régimen de justificación.

La libertad de formar relaciones ha implicado, a su vez, la libertad de dejarlas. No es raro el cortar una relación sin decir nada, sin contestar o llamar, sin dar explicaciones. El ghosting, desaparecer sin ningún aviso, es la expresión máxima de la libertad para abandonar los contratos romántico-sexuales.

Los contratos emocionales son únicos en el sentido de que prácticamente no hay ningún tipo de penalización por romperlos. La salida ocurre sin costo alguno ni estigma social. No es sólo que el no querer seguir sea razón suficiente para irse sino que la gente se siente cada vez mas menos obligada a dar una explicación. Parece que esta libertad no va acompañada de ningún sentimiento de responsabilidad con el otro porque esto supondría un límite a la autonomía individual.

La generalización de esta cultura de rompimientos marca fuertemente un debilitamiento de una obligación moral. El sentimiento de obligación se ha diluido, donde nadie le debe nada a nadie.

Contratos líquidos

Como miembros de una organización, o en este caso de una relación, cuando algo nos afecta o nos disgusta tenemos básicamente dos opciones: alzar la voz o salirnos. En una relación, alzar la voz puede ser más costoso porque representa una amenaza a nuestra autonomía. Para muchos, es preferible salir que mostrar dependencia y vulnerabilidad.

En este sentido, las relaciones siguen un modelo económico. En un mercado los clientes pueden irse cada vez que no ven satisfechas sus necesidades por un producto. Esta similitud puede llevar auna indiferencia moral pues sigue una lógica de eficiencia, un cálculo de costos y utilidad, sobre los cuales se basa el contrato en primer lugar. 

Que casi todas las personas hoy en día hayan experimentado un rompimiento y que el terminar una relación sea una norma general, no significa que esto no tenga ninguna implicación tanto individual como social. El ideal de la libertad sexual y romántica ha omitido los efectos negativos en una cultura dominada por la libertad para irse.

El problema de la normalización de los rompimientos es que no hay ningún marco de referencia respecto a lo que se puede o debe hacer, no existe ningún tipo de rendición de cuentas. Y sin embargo, estos generan un gran daño emocional.

Por un lado, el terminar una relación, con o sin ningún tipo de explicación, puede lastimar profundamente la capacidad de confiar en otros o en uno mismo, causar depresión e incluso aumentar la probabilidad de suicidarse. Por otro, también se va generando una resistencia que termina en una indiferencia al daño infringido al otro. El salir sin considerar al otro como alguien que merece respeto va inhibiendo el sentimiento de responsabilidad.

Si los rompimientos hacen un fuerte daño emocional y relacional, deberíamos cuestionar acerca de los limites del consentimiento como la filosofía implícita que guía las relaciones románticas.

Consentimiento, seguridad y confianza

La falta de claridad de los términos del consentimiento, el constate auto-monitoreo y la libertad para irse de una relación sin explicación alguna convierte el futuro en incierto. En este contexto de incertidumbre y desconfianza es mucho más difícil establecer vínculos duraderos. Parece que el marco dominante de la libertad ha dificultado la construcción de una dinámica social de confianza.

Poder tener ilusiones positivas es crucial para formar y mantener una relación, pero la capacidad de tener ilusiones depende también de la seguridad que sentimos en una relación. La confianza, que no es solo el resultado de un proceso racional de deliberación, tiene la función de reducir la complejidad social. Pero ésta puede verse afectada por la primacía de la libertad para formar nuestras relaciones personales. Si el único referente normativo es el consentimiento, y si se sigue una lógica sobre todo económica y legal, podemos encontrar dificultades para relacionarnos unos con otros. Se trata de buscar un marco de libertad, seguridad y confianza donde podamos construir vínculos fuertes, recíprocos y solidarios.

How do you wish the world to be in fifty years?

For answering this question, I will begin by substituting “world” with “earth”. The term “world” seems too abstract, closer to “planet” and to the concomitant images of outer space. Of course earth sometimes comes coupled with planet. But when I hear “planet earth” I cannot help seeing either an alien or an astronaut as creators of the term. “Earth”, instead, evokes a feeling of proximity, closer to the soil.

So keeping my desires grounded, I wish no more than the earth to be walkable. The best horizon I can visualize is “the pedestrian era”: the time of the universal place to walk in.

Why is it not possible to do that today? Limitations change from place to place, but all can be classified as either physical barriers or insecure areas. Where violence reigns, also reigns impassibility.

Drawing by Nardo

But enough universality, this can lead to a perilous flight, I will bet back on my feet.

Walking encompasses every aspect of life, whether physical, spiritual or emotional. Every single day, while walking, I think about this activity’s vital role and how it gets much less room than it deserves. Roads are public spaces, just like parks, so why are we so docile when it comes to accepting the motorized vehicle dominance?

This kind of technological exclusion undermines the possibility of having a “common ground”, the arena where coexistence between inevitably different beings is at stake. This is why parks and plazas are bastions of hope for peace. The insuperable feature of walking is that it can be functional and leisurely at once.

Walking is an activity embedded to life which allows us to perceive our surroundings and that brings along the potential to cherish beauty in a free, spontaneous and accessible way. What else could bring us closer to one another?1 

The result of this pedestrian shift would be the capacity to take care of our selves, of each other and of our common house (using pope Francis’ words and getting yet more theological). Arendt remarks how Hegel, Marx and Satre rebel “against the factuality of human condition”2 by putting thought, labour and violence as means of man to become itself. I advert walking closer to human condition, and as way, on the way, to arrive to a better place.

María José Mancera


1 A limitation I find when I use “walking” in the literal sense of the word is the question about the individuals who can’t walk. Nonetheless, metaphorically the word should be inclusive, and I sustain that the pedestrian era would also materially benefit those with physical impairments.

2 A limitation I find when I use “walking” in the literal sense of the word is the question about the individuals who can’t walk. Nonetheless, metaphorically the word should be inclusive, and I sustain that the pedestrian era would also materially benefit those with physical impairments.

Honestamente

Hace poco me encontré estudiando a una autora que se identifica como todo lo que yo no diría ser. Es una socióloga admirable, y me la recomendó otra mujer brillante que en el espectro “ideológico” se situaría en el otro extremo. Uno diría que el pensamiento de ambas nada tiene que ver pero su obra no dista demasiado. De la primera, cualquiera podría decir que es una intelectual rigurosa y reflexiva. Algo destacable de su obra es que ella pasa casi desapercibida porque aunque tiene convicciones, no parece ansiosa por enseñar una lección. Se leen sus ideas, tampoco las niega. Pero encontramos su investigación, no su historia.

En varios de sus libros, aplica un principio de simetría, examinando fenómenos sociales sin presuponer saber si el resultado a estudiar es positivo o negativo. Así, por ejemplo se aproxima al estudio de la libertad no como algo bueno per se, y entonces intenta analiza los efectos tanto positivos como negativos de dicho valor en las relaciones humanas. Dice que ella:

“wishes to analyze culture without presuming to know in advance what social relations should look like.”

Pero esto es en parte una ilusión. Porque es falso que un científico social pueda abstraerse por completo de su objeto de estudio. Sin embargo, se reconoce su honestidad y su búsqueda genuina por entender la realidad.

Luego di con otra investigación, y al leerla buscando criticarla, me pareció completamente sensata y razonable. No conocía demasiado al autor pero disfruté mucho su reflexión. En ambos casos, me sentía interpelada, pues al encontrarse con unos juicios tan prudentes uno no puede dejar de intentar responder de algún modo.

Esto me hizo pensar que lo poco que tenemos de sentido común siempre se admira cuando percibe atisbos de objetividad. Se complace cuando nota que alguien no habla por hablar sino que ha considerado cuidadosamente sus palabras y al menos se ha cuestionado sus propios prejuicios.

Es verdad que tendemos a aceptar aquello que se corresponde con nuestra visión del mundo. Nuestras descripciones están cargadas de subjetividades. Somos más dados a evaluar que a describir. Pero eso no nos impide por completo analizar las cosas buscando en realidad comprender. No significa que seamos neutrales pero sí que estamos conscientes de nuestros puntos de partida y los hemos cuestionado. Si la objetividad y la neutralidad están fuera de nuestro alcance, al menos podemos destacar la importancia de la honestidad para entendernos y comunicarnos.

Sin embargo, en nuestras discusiones, en los medios de comunicación, en las distintas disciplinas es cada vez más raro encontrar este tipo de honestidad. Es por esto que si valoramos este ejercicio, valdría la pena:

Saber primero qué es lo que creemos y, si cabe, entender de donde vienen estas convicciones. ¿Por qué creemos algo en vez de cualquier otra cosa? Ahora bien, si defiendo una postura, ¿conozco sus deficiencias o creo que no las tiene? Es un error pensar que se tiene que coincidir con todo lo que se defina como yo.

En segundo lugar, hace falta una consciencia de nuestras propias limitaciones, de saber que podemos equivocarnos y que siempre podemos aprender algo. Que no tenemos la útlima palabra y estamos muy lejos de ello. Que mis convicciones no me hacen moralmente superior a quienes no están de acuerdo conmigo. Partamos siempre de la idea de que cualquier persona tiene exactamente la misma legitimad que yo tengo para creer lo que cree, dando de entrada el beneficio de la duda. Además probablemente mi interlocutor sepa cosas que yo no sé y tengamos muchos puntos en común.

Recomiendo también asegurarse de que se está hablando en un mismo plano. Esto es altamente complicado pues, por ejemplo, hay cuestiones morales que tienen implicaciones legales o aspectos filosóficos que tienen dificultades técnicas. Sin embargo, es siempre útil saber desde donde se está abordando una postura o una investigación.

Otro esfuerzo al analizar fenómenos del pasado, es tratar de contextualizarlos y analizarlos a la luz de su época y no tratar de forzar conceptos actuales a un hecho histórico. Esto ampliará nuestra visión del mundo y mejorará nuestra comprensión del pasado y del presente.

Y por último, si uno realmente busca luchar por esta honestidad,  nunca, nunca, nunca debe autoproclamarse neutral y sería mejor huir de cualquiera que lo haga.

Me quita el sueño

Hay algo que me parece ya aterrador en esta experiencia de confinamiento sanitario. No tiene que ver con el uso de cubrebocas obligatorio que me hace sentir en una película distópica a diario, que cubre las expresiones de la gente en la calle, que no me deja ver los rostros. Tampoco se debe precisamente a que haya tenido que mudarme a casa de mi madre ni que sea difícil encontrar un trabajo ahora mismo. Extraño a mis amigos y divertirme. Estoy seguro que la falta de contacto físico también es un elemento a considerar. Todos esos detalles son relevantes como parte del cúmulo de experiencias que ahora me rebasan. 

Pasan de las tres y media de la mañana. Me desperté con palpitaciones fuertes y una respiración entrecortada. Estos días me ha costado dormir y sufrí una contractura. He estado meditando y haciendo yoga casi diario desde hace ya meses, pero no ha bastado para resolver la tensión que padezco. Soñé que una persona que conozco se aventaba de un edificio para acabar con su vida. En el sueño podía ver sus últimos días, antes de tomar esa fatal decisión. Esta persona se pasaba el tiempo acostada y pegada a su teléfono, observando el mundo virtual. No se peinaba ni se arreglaba, parecía que todo el día estaba recién levantada o lista para dormir de nuevo. Se le veía como un fantasma en su propia casa, pero nadie lo identificaba como algo extraño. Sus seres cercanos se habituaron a ese estado de ausencia. Yo no vivía con ella, pero por alguna razón la experiencia onírica me daba la facultad de ser omnipresente. 

En mi sueño predominaba una atmósfera de inquietud y de tristeza. Antes de que sucediera la tragedia de mi sueño, recuerdo que estaba tomando algo en algún café con un profesor de la carrera con quien tenía una conversación emotiva y afectuosa, caminábamos y hablábamos de los tiempos que vivíamos y yo sentía calma de poder exponer mi pensamiento, después de tiempo de estar atorado y congestionado. Le agradecía casi desbordándome que estuviésemos platicando, en mi mente me sentía dichoso de tener un interlocutor que admiro tanto. Lo acompañé a su edificio y por alguna razón no pude subir al elevador con él, pero no recuerdo por qué. Tenía la esperanza de subir a su departamento y seguir la conversación tomando algo más. En ese momento recibí la llamada de un amigo, que me pedía un objeto que estaba en mi casa. Volví al edificio donde vivo y cuando me acercaba vi caer y rebotar en el suelo el cuerpo de esta persona que conocía pero que era ya casi un fantasma inexpresivo. Recuerdo el revuelo causado, la pena y los lamentos. Sobre todo recuerdo haber escuchado que era una persona sana y trabajadora. Desperté.

Nunca había vivido algo de esta magnitud, un estado de zozobra e inquietud constante que asocio a lo que percibo en mi día a día. Me parece lamentable caminar y ver negocios que cierran sus locales por la inactividad económica. Por otro lado, me produce un malestar terrible ver que a diario se anuncian cifras más altas de contagios y muertes, sumado al desacuerdo que existe respecto a la precisión y confiabilidad del conteo. Se genera una especie de desconfianza dentro de la calamidad misma. Tanto fuentes oficiales como opositores a quienes detentan el poder sobre los medios de comunicación se comportan de forma desproporcionada. Desde el principio me ha parecido siniestra y accidentada la manera de informar lo esencial en una crisis como ésta. 

No había logrado poner en palabras esto que me tiene inquieto desde el comienzo de la pandemia. El 17 de marzo cambiaron mis hábitos. He tratado de hacer lo mejor con las nuevas restricciones. No todo ha sido malo si soy honesto. Pude terminar la tesis de licenciatura pendiente y tomé clases de dibujo. Con mi madre he pasado una temporada memorable y cálida, con sus altos y bajos. He aprendido quizá a ser más paciente y he podido reconocer que la velocidad de nuestros tiempos ha moldeado mi forma de vivir. He notado que detenerse siempre puede ser de provecho para observar el estado presente del ser y contemplar el recuento de la experiencia existencial. Hay cosas personales que agradezco sinceramente de este choque humanitario. Sin embargo, creo que el daño es mayor y que soy de los menos afectados por esta situación en mi país. No sé si el sueño del suicidio es una proyección de mí, que a veces me identifico con el fantasma que se viste igual y no se peina a diario, o si es una materialización de lo que percibo de forma abstracta en el ambiente y en los rostros inexpresivos de los transeúntes enmascarados. Sea cual fuere la respuesta, creo que me preocupa pensar que vivimos tiempos tan difíciles y angustiantes. Me aterra recordar en manos de quiénes estamos y encuentro violenta ya cualquier fuente de información que llega a mí por medio de personas, conversaciones virtuales, radio o televisión. Me parece que los medios oficiales abusan de algunas facultades y no aprovechan las que deben. Encuentro que la cantidad de discursos cotidianos son groseros, excesivos y peligrosos. Creo que estamos en peligro y eso me quita el sueño. 

Reseña de ¡Tierra, tierra!

A unas cuadras de mi departamento, en Pest, está la plaza pública Szabadság1 donde se erige un grande e imponente monumento soviético. Al principio me preguntaba por qué éste y la estatua de la libertad en la cumbre de la Ciudadela, en Buda, seguían en pie si ese régimen había oprimido tanto a Hungría. Después me di cuenta que tenía un sentido más profundo. En la plaza Kossuth Lajos hay una representación escultórica de Imre Nagy, un primer ministro durante el comunismo. Se encuentra en medio de un puente de metal dando la espalda al monumento soviético y mirando hacia el Parlamento. Un profesor me explicó que Nagy intentó independizar al país de la URSS en 1956, pero lamentablemente no lo logró. La representación simboliza el deseo de dejar atrás el pasado autoritario para transitar hacia la democracia liberal. 

Szabadság tér (Plaza de la Libertad), Budapest. Febrero, 2015.

La historia de este libro comienza en Budapest en el año de 1944 cuando los alemanes ocuparon la ciudad. Sándor Márai celebraba una reunión para cenar con sus amigos y familiares. Después de la cena entraron a temas políticos. Lamentaban lo que sucedía, habían perdido amigos en los campos de concentración. Se abordó la noticia de que venían los soviéticos también y uno de los presentes expuso su rechazo a los comunistas y su simpatía con los nazis. Decía que éstos eran la única esperanza de Hungría para librarse de los soviéticos. El ambiente se tornó bastante tenso y los presentes intentaron desviar la conversación a otros temas. 

El autor relata que tras la batalla por la ocupación de la ciudad triunfó el ejército soviético. Había quienes los consideraban héroes y otros lamentaban la partida de los nazis. Sí había división y cada uno creía tener sus razones. Intelectuales y artistas progresistas de occidente estaban poseídos por el opio de la utopía marxista y las promesas de redistribución y libertad de los comunistas del este. Márai asegura que eran sólo los más cínicos y de escaso talento los que se afiliaron al partido, mientras que los más cultos e informados pronto se dieron cuenta de la naturaleza del bolchevismo. No obstante, la mayoría de ellos pensó cándidamente que los actos inhumanos de los comunistas eran errores pasajeros y males necesarios para poder alcanzar eventualmente la justicia social.

El escritor húngaro cuenta que nadie tenía suficiente información para saber que se avecinaba otra forma de represión política y que los rusos podían ser tan despiadados como los alemanes nazis. Dice que decidió observar sin prejuicios e ideas preconcebidas. Se mudó a una casa en el campo con su esposa, pues la suya había sido destruida por la batalla. Ahí vio por primera vez a los soviéticos llevar a cabo abusos de poder. Llegaban a los poblados y primero sólo pedían comida, pero posteriormente saqueaban todo lo que había en las casas. Los húngaros empezaron a esconder a sus animales en el bosque y sus pertenencias debajo de la tierra, pero finalmente el ejército comunista se dio cuenta de ello y se apropió de todo. Del robo de harina se pasó gradualmente a la nacionalización de todas las empresas y la confiscación de todos los bienes.

Márai describe las conversaciones que tuvo con los soldados para hacerles preguntas sobre la forma de vida en la URSS y comprender así por qué tenían tal empeño en apropiarse hasta de los objetos de escaso o nulo valor. Con ello dice haberse dado cuenta que éstos habían sufrido ya varias décadas de escasez en su país y todo lo que encontraban en los países de Occidente les era atractivo y novedoso:

“Siempre que me tenía que enfrentar a comunistas fervorosos y devotos o a sus aliados, me daba la impresión de que no permitían que los argumentos de sus contrincantes traspasaran el umbral de su propia conciencia: como si temieran que se derrumbara, en su interior y alrededor de ellos, todo lo que habían construido con sus manos cuidadosa y obstinadamente.”

Al mismo tiempo que defendían la ideología de su régimen repitiendo sus dogmas, deseaban la riqueza y los bienes. En cierto sentido, la frustración de la realidad del hombre soviético se sublimaba saqueando a los polacos, húngaros y checoslovacos. Se dio cuenta también que a pesar de que el hombre soviético exaltaba la cultura no conocía más que los textos que les daba el régimen como propaganda y adoctrinamiento. En una de las conversaciones con un ucraniano del ejército, éste le confesó que no deseaba volver a su país por lo siguiente:

“—Porque hay que trabajar muchísimo y uno no recibe el dinero que vale su trabajo. Además, no hay libertad. No nos enseñan idiomas porque no quieren que podamos leer libros extranjeros. Sólo debemos leer lo que nos ponen en las manos. Los libros son mi vida —dijo de repente—, y no puedo leer lo que yo quiero. Y eso no está bien —añadió, serio y severo. Se quedó callado, y luego pronunció una última frase—: Mi padre era socialdemócrata, pero lo mataron. Quiero que lo sepas —añadió, señalándome de nuevo.”

Esta obra de Márai tiene la cualidad de reunir todas las manifestaciones de crueldad y manipulación que llevó a cabo la URSS tanto en su territorio como en los que ocupó posteriormente. Dice que una vez que los húngaros dejaron de esperar ingenuamente a Godot comenzaron a odiar y ello se agudizó cuando la inflación se desató. Mientras los miembros del partido y sus cómplices, campesinos y contrabandistas, se hacían exponencialmente más ricos, el grueso de la población padecía cada vez más hambre. En la calle veía a los húngaros asustados, serios y pegados a los huesos. Tal pesadilla distraía de la desarticulación silenciosa de las libertades: “Un día desaparecía una persona, al día siguiente una antigua institución que funcionaba de maravilla… o bien un concepto.” Cuando nadie creía ya las mentiras y el engaño dejó ser efectivo, el régimen usó el terror y la violencia. Los suicidios aumentaron dramáticamente porque la gente estaba siempre en estado de alerta. Las leyes y el derecho dejaron de cumplir su función y se usaron en contra de la población:

“Ese «Estado» —que los comunistas habían fabricado con aplicación y rapidez obstinadas— no era en realidad un verdadero Estado porque no cumplía con la función de aglutinar y cohesionar a la sociedad: todo parecía viscoso y gelatinoso, y nada estaba vertebrado, ni la esfera de poder de la autoridad ni la autoridad misma. Carecían de auténtica validez las leyes y las disposiciones reglamentarias, puesto que la ley sólo puede ser válida cuando también significa protección y no sólo agresión… Así que todos empezaron a vivir en un constante estado de alerta: trataban de defenderse del Estado como podían, porque estaba claro que en la sociedad el bandidaje se había institucionalizado.”

El resentimiento social se liberaba con crueldad, pero nunca era suficiente para repararlo y Márai señala que: “quien busca justicia con demasiado empeño y dedicación, en realidad no busca justicia sino venganza.” Si alguien no odiaba como lo hacían todos también había que odiarlo. Se vivía un ambiente sofocante que recurría a la deshumanización para establecer el orden. El miedo llevó a muchos a colaborar con el régimen aún a pesar de sus convicciones y principios, y se sacrificó de forma absoluta la libertad de expresión y la cultura. La censura se imponía con devoción y obediencia porque no se quería admitir que aquel experimento, que pretendía sustituir a Dios, era un error magno que había destruído el espíritu de millones de personas. Y con todo, no era eso lo que más temía el escritor húngaro. Afirma que el enemigo más peligroso era la estupidez de los miembros del partido comunista y su ejército, que deliberadamente atacaban gente inocente sólo para simular que imperaba el orden en “beneficio del pueblo”. 

Márai estuvo tres años en esa Hungría aterrorizada, deteriorada y oprimida por los invasores comunistas. Partió porque no quería ser un esclavo de la tiranía soviética ni estar amenazado por los esclavos con los que convivía y le odiaban. Se le señalaba por callar y no favorecer al régimen. Relata que eventualmente entendió que era un amenaza porque buscaba la medida de lo humano, el justo medio, pero eso era un obstáculo para la revolución social de los soviéticos. Escribió desde lejos porque apreciaba su país y sentía que le debía algo al haberse ido antes de que “la mentira institucionalizada asfixiara a todo y a todos”. Gracias a este texto comprendí la cultura húngara contemporánea. Un país ocupado consecutivamente por turcos, austríacos, teutones nazis y eslavos, dominado históricamente por voluntades ajenas y crueles. Por su fortaleza los admiré profundamente, por haber renacido de los escombros que dejaron a su paso todos los grandes imperios.

Notas:

  1.  Significa libertad en húngaro.

Bibliografía:

Márai, Sándor. ¡Tierra, tierra!, editorial Salamandra, 2012.

Reseña de Animal Farm

Encontré a Rusia congelada en el tiempo. Salgo de San Petersburgo en camino a Tallín, tengo un chocolate, un café y un libro nuevo. Lo escogí antes de partir porque he escuchado que se trata de un texto genial. George Orwell, Eric Arthur Blair, nació en India cuando estaba dominada por el imperio británico porque su padre trabajaba administrando el opio. Creció observando las injusticias que la economía extractiva inglesa realizaba tanto ahí como en el país de origen de su madre, Birmania. 

San Petersburgo, julio de 2016.

Orwell fue un demócrata inglés comprometido con el socialismo, pero consideraba problemático que un sinfín de personas en Occidente, incluidas las mentes más brillantes de su tiempo, hubieran caído en el encanto del comunismo soviético. Pensaba que éste era un obstáculo para alcanzar la verdadera justicia y había que demostrarlo. Su obra intenta advertir y señalar aquello que encontraba no sólo autoritario sino precursor de un totalitarismo. Este libro se publica en 1945, año en que termina la Segunda Guerra Mundial, cae Hitler y la URSS adquiere más poder y popularidad en el mundo. Tanto en ésta como en los círculos socialistas de otros países sólo eran aceptados los elogios de periodistas y escritores, mientras que las críticas no eran bien recibidas e incluso censuradas. Para más de alguno Animal Farm fue una obra incómoda que puso en evidencia que no hay proyecto político perfecto y que la persecución ingenua de utopías tiende a provocar lo contrario a su propósito. Orwell, un hombre excepcional y honesto, muere muy joven, pero hasta el fin de sus días se esforzó por luchar a través de lo que publicó contra los actos humanos que, bajo una supuesta benevolencia, buscaban controlar la vida y socavar la libertad. 

Animal Farm es una gran fábula que comienza mostrando el trato injusto que reciben los animales de una granja en Inglaterra, los cuales trabajan arduamente y el usufructo de su labor se queda en manos de los humanos que la dirigen. El más sabio entre los animales los convoca a una reunión y les hace reconocer que es necesario evitar que esa situación se prolongue. Les invita a construir una mejor sociedad, aquella en que ellos sean dueños del producto de su trabajo y la riqueza sea repartida equitativamente entre todos los que conforman la granja. Una acción detona la rebelión y los animales logran quitarles el poder y expulsar a los humanos para instaurar lo que el autor llama the animalism. Orwell logra describir alegóricamente lo que había motivado los levantamientos contra la desigualdad en el este de Europa y propiciaron un cambio de régimen que se sostuvo por varias décadas. 

Parece extraño imaginar un mundo en que los animales se comuniquen verbalmente, pero eso poco a poco cobra sentido a partir de que se manifiesta el objetivo del autor. Se trata de un recurso literario estupendo que permite al lector distanciarse de la carga ideológica o política de los nombres de los personajes a los que se refería Orwell implícitamente (Stalin o Trotsky por ejemplo). En cierta medida logró reunir los componentes y actitudes más relevantes de la dictadura política que deseaba develar y las plasmó, por medio de un lenguaje sencillo, en un relato ficticio que puede ser comprendido no sólo por especialistas o intelectuales, sino por cualquier individuo que las lea.

Una obra de este tipo sólo podía haber sido escrita por alguien que no estuviese inmerso en la atmósfera ideológica y represiva que limitaba tanto el pensamiento como la denuncia de los abusos de poder que perpetró el proyecto soviético. Orwell no se mantuvo ajeno a lo que padecían los europeos de oriente ni se entusiasmó ciegamente ante las noticias optimistas que se reportaban, así como tampoco se dejó seducir por el imperialismo de su propio país. Se dedicó a investigar y se aseguró de que todo aquello que escribiera tuviese un sustento real. Conocía bien lo que pasaba del otro lado de su continente y se solidarizó con los europeos del este, tanto como lo había hecho con los españoles que padecieron el fascismo. 

Esta fábula muestra el problema del poder absoluto concentrado en un grupo reducido de animales. El discurso es un elemento recurrente que sirve a los cerdos para mantener el orden en la granja. No hay animal que no cumpla una función necesaria en la trama y cada uno simboliza una figura clave de la realidad política en la URSS. Tanto para los personajes como para el lector existe un sentimiento constante de sorpresa y quizá de indignación conforme se llevan a cabo los actos deliberados de los nuevos dirigentes de la granja. Hay algo de ironía y también de pena en los acontecimientos. La confusión que experimentan los animales ante el uso de la retórica también afecta al lector, que probablemente tenga que volver unas cuantas páginas para estar seguro de no haber leído incorrectamente. Ello se debe simplemente a que el engaño es el recurso más repetido dentro de la historia. 

Asimismo escribió extraordinariamente los manifiestos, las reglas, las frases y los lemas, los poemas y las canciones con las que se adoctrinaba a los animales en aquella utopía, precisamente como se hacía también en la Unión Soviética. Animal Farm es una lección de moral social que busca advertir al mundo entero sobre lo que pocos sabían en el momento en que se publicó la obra, que lo que en ese momento se informaba era manipulado e incluso falso. Orwell escribe para contrarrestar los efectos de la propaganda dentro y fuera de la granja. 

Cierro el libro en Estonia tras cruzar la frontera entre Rusia y la Unión Europea y pienso que el comunismo soviético gradualmente relajó sus convicciones y principios, degradando sus ideales y convirtiéndose en un régimen tan mezquino como el que derrumbó. Esta fábula acierta en que la perversión sería tal que no podría distinguirse entre los cerdos y los hombres, como sucedió en los últimos días de la URSS. 

Orwell, George. Animal Farm, Plume Editions, Penguin Group, United States, 1996.