How do you wish the world to be in fifty years?

For answering this question, I will begin by substituting “world” with “earth”. The term “world” seems too abstract, closer to “planet” and to the concomitant images of outer space. Of course earth sometimes comes coupled with planet. But when I hear “planet earth” I cannot help seeing either an alien or an astronaut as creators of the term. “Earth”, instead, evokes a feeling of proximity, closer to the soil.

So keeping my desires grounded, I wish no more than the earth to be walkable. The best horizon I can visualize is “the pedestrian era”: the time of the universal place to walk in.

Why is it not possible to do that today? Limitations change from place to place, but all can be classified as either physical barriers or insecure areas. Where violence reigns, also reigns impassibility.

Drawing by Nardo

But enough universality, this can lead to a perilous flight, I will bet back on my feet.

Walking encompasses every aspect of life, whether physical, spiritual or emotional. Every single day, while walking, I think about this activity’s vital role and how it gets much less room than it deserves. Roads are public spaces, just like parks, so why are we so docile when it comes to accepting the motorized vehicle dominance?

This kind of technological exclusion undermines the possibility of having a “common ground”, the arena where coexistence between inevitably different beings is at stake. This is why parks and plazas are bastions of hope for peace. The insuperable feature of walking is that it can be functional and leisurely at once.

Walking is an activity embedded to life which allows us to perceive our surroundings and that brings along the potential to cherish beauty in a free, spontaneous and accessible way. What else could bring us closer to one another?1 

The result of this pedestrian shift would be the capacity to take care of our selves, of each other and of our common house (using pope Francis’ words and getting yet more theological). Arendt remarks how Hegel, Marx and Satre rebel “against the factuality of human condition”2 by putting thought, labour and violence as means of man to become itself. I advert walking closer to human condition, and as way, on the way, to arrive to a better place.

María José Mancera


1 A limitation I find when I use “walking” in the literal sense of the word is the question about the individuals who can’t walk. Nonetheless, metaphorically the word should be inclusive, and I sustain that the pedestrian era would also materially benefit those with physical impairments.

2 A limitation I find when I use “walking” in the literal sense of the word is the question about the individuals who can’t walk. Nonetheless, metaphorically the word should be inclusive, and I sustain that the pedestrian era would also materially benefit those with physical impairments.

Honestamente

Hace poco me encontré estudiando a una autora que se identifica como todo lo que yo no diría ser. Es una socióloga admirable, y me la recomendó otra mujer brillante que en el espectro “ideológico” se situaría en el otro extremo. Uno diría que el pensamiento de ambas nada tiene que ver pero su obra no dista demasiado. De la primera, cualquiera podría decir que es una intelectual rigurosa y reflexiva. Algo destacable de su obra es que ella pasa casi desapercibida porque aunque tiene convicciones, no parece ansiosa por enseñar una lección. Se leen sus ideas, tampoco las niega. Pero encontramos su investigación, no su historia.

En varios de sus libros, aplica un principio de simetría, examinando fenómenos sociales sin presuponer saber si el resultado a estudiar es positivo o negativo. Así, por ejemplo se aproxima al estudio de la libertad no como algo bueno per se, y entonces intenta analiza los efectos tanto positivos como negativos de dicho valor en las relaciones humanas. Dice que ella:

“wishes to analyze culture without presuming to know in advance what social relations should look like.”

Pero esto es en parte una ilusión. Porque es falso que un científico social pueda abstraerse por completo de su objeto de estudio. Sin embargo, se reconoce su honestidad y su búsqueda genuina por entender la realidad.

Luego di con otra investigación, y al leerla buscando criticarla, me pareció completamente sensata y razonable. No conocía demasiado al autor pero disfruté mucho su reflexión. En ambos casos, me sentía interpelada, pues al encontrarse con unos juicios tan prudentes uno no puede dejar de intentar responder de algún modo.

Esto me hizo pensar que lo poco que tenemos de sentido común siempre se admira cuando percibe atisbos de objetividad. Se complace cuando nota que alguien no habla por hablar sino que ha considerado cuidadosamente sus palabras y al menos se ha cuestionado sus propios prejuicios.

Es verdad que tendemos a aceptar aquello que se corresponde con nuestra visión del mundo. Nuestras descripciones están cargadas de subjetividades. Somos más dados a evaluar que a describir. Pero eso no nos impide por completo analizar las cosas buscando en realidad comprender. No significa que seamos neutrales pero sí que estamos conscientes de nuestros puntos de partida y los hemos cuestionado. Si la objetividad y la neutralidad están fuera de nuestro alcance, al menos podemos destacar la importancia de la honestidad para entendernos y comunicarnos.

Sin embargo, en nuestras discusiones, en los medios de comunicación, en las distintas disciplinas es cada vez más raro encontrar este tipo de honestidad. Es por esto que si valoramos este ejercicio, valdría la pena:

Saber primero qué es lo que creemos y, si cabe, entender de donde vienen estas convicciones. ¿Por qué creemos algo en vez de cualquier otra cosa? Ahora bien, si defiendo una postura, ¿conozco sus deficiencias o creo que no las tiene? Es un error pensar que se tiene que coincidir con todo lo que se defina como yo.

En segundo lugar, hace falta una consciencia de nuestras propias limitaciones, de saber que podemos equivocarnos y que siempre podemos aprender algo. Que no tenemos la útlima palabra y estamos muy lejos de ello. Que mis convicciones no me hacen moralmente superior a quienes no están de acuerdo conmigo. Partamos siempre de la idea de que cualquier persona tiene exactamente la misma legitimad que yo tengo para creer lo que cree, dando de entrada el beneficio de la duda. Además probablemente mi interlocutor sepa cosas que yo no sé y tengamos muchos puntos en común.

Recomiendo también asegurarse de que se está hablando en un mismo plano. Esto es altamente complicado pues, por ejemplo, hay cuestiones morales que tienen implicaciones legales o aspectos filosóficos que tienen dificultades técnicas. Sin embargo, es siempre útil saber desde donde se está abordando una postura o una investigación.

Otro esfuerzo al analizar fenómenos del pasado, es tratar de contextualizarlos y analizarlos a la luz de su época y no tratar de forzar conceptos actuales a un hecho histórico. Esto ampliará nuestra visión del mundo y mejorará nuestra comprensión del pasado y del presente.

Y por último, si uno realmente busca luchar por esta honestidad,  nunca, nunca, nunca debe autoproclamarse neutral y sería mejor huir de cualquiera que lo haga.

Me quita el sueño

Hay algo que me parece ya aterrador en esta experiencia de confinamiento sanitario. No tiene que ver con el uso de cubrebocas obligatorio que me hace sentir en una película distópica a diario, que cubre las expresiones de la gente en la calle, que no me deja ver los rostros. Tampoco se debe precisamente a que haya tenido que mudarme a casa de mi madre ni que sea difícil encontrar un trabajo ahora mismo. Extraño a mis amigos y divertirme. Estoy seguro que la falta de contacto físico también es un elemento a considerar. Todos esos detalles son relevantes como parte del cúmulo de experiencias que ahora me rebasan. 

Pasan de las tres y media de la mañana. Me desperté con palpitaciones fuertes y una respiración entrecortada. Estos días me ha costado dormir y sufrí una contractura. He estado meditando y haciendo yoga casi diario desde hace ya meses, pero no ha bastado para resolver la tensión que padezco. Soñé que una persona que conozco se aventaba de un edificio para acabar con su vida. En el sueño podía ver sus últimos días, antes de tomar esa fatal decisión. Esta persona se pasaba el tiempo acostada y pegada a su teléfono, observando el mundo virtual. No se peinaba ni se arreglaba, parecía que todo el día estaba recién levantada o lista para dormir de nuevo. Se le veía como un fantasma en su propia casa, pero nadie lo identificaba como algo extraño. Sus seres cercanos se habituaron a ese estado de ausencia. Yo no vivía con ella, pero por alguna razón la experiencia onírica me daba la facultad de ser omnipresente. 

En mi sueño predominaba una atmósfera de inquietud y de tristeza. Antes de que sucediera la tragedia de mi sueño, recuerdo que estaba tomando algo en algún café con un profesor de la carrera con quien tenía una conversación emotiva y afectuosa, caminábamos y hablábamos de los tiempos que vivíamos y yo sentía calma de poder exponer mi pensamiento, después de tiempo de estar atorado y congestionado. Le agradecía casi desbordándome que estuviésemos platicando, en mi mente me sentía dichoso de tener un interlocutor que admiro tanto. Lo acompañé a su edificio y por alguna razón no pude subir al elevador con él, pero no recuerdo por qué. Tenía la esperanza de subir a su departamento y seguir la conversación tomando algo más. En ese momento recibí la llamada de un amigo, que me pedía un objeto que estaba en mi casa. Volví al edificio donde vivo y cuando me acercaba vi caer y rebotar en el suelo el cuerpo de esta persona que conocía pero que era ya casi un fantasma inexpresivo. Recuerdo el revuelo causado, la pena y los lamentos. Sobre todo recuerdo haber escuchado que era una persona sana y trabajadora. Desperté.

Nunca había vivido algo de esta magnitud, un estado de zozobra e inquietud constante que asocio a lo que percibo en mi día a día. Me parece lamentable caminar y ver negocios que cierran sus locales por la inactividad económica. Por otro lado, me produce un malestar terrible ver que a diario se anuncian cifras más altas de contagios y muertes, sumado al desacuerdo que existe respecto a la precisión y confiabilidad del conteo. Se genera una especie de desconfianza dentro de la calamidad misma. Tanto fuentes oficiales como opositores a quienes detentan el poder sobre los medios de comunicación se comportan de forma desproporcionada. Desde el principio me ha parecido siniestra y accidentada la manera de informar lo esencial en una crisis como ésta. 

No había logrado poner en palabras esto que me tiene inquieto desde el comienzo de la pandemia. El 17 de marzo cambiaron mis hábitos. He tratado de hacer lo mejor con las nuevas restricciones. No todo ha sido malo si soy honesto. Pude terminar la tesis de licenciatura pendiente y tomé clases de dibujo. Con mi madre he pasado una temporada memorable y cálida, con sus altos y bajos. He aprendido quizá a ser más paciente y he podido reconocer que la velocidad de nuestros tiempos ha moldeado mi forma de vivir. He notado que detenerse siempre puede ser de provecho para observar el estado presente del ser y contemplar el recuento de la experiencia existencial. Hay cosas personales que agradezco sinceramente de este choque humanitario. Sin embargo, creo que el daño es mayor y que soy de los menos afectados por esta situación en mi país. No sé si el sueño del suicidio es una proyección de mí, que a veces me identifico con el fantasma que se viste igual y no se peina a diario, o si es una materialización de lo que percibo de forma abstracta en el ambiente y en los rostros inexpresivos de los transeúntes enmascarados. Sea cual fuere la respuesta, creo que me preocupa pensar que vivimos tiempos tan difíciles y angustiantes. Me aterra recordar en manos de quiénes estamos y encuentro violenta ya cualquier fuente de información que llega a mí por medio de personas, conversaciones virtuales, radio o televisión. Me parece que los medios oficiales abusan de algunas facultades y no aprovechan las que deben. Encuentro que la cantidad de discursos cotidianos son groseros, excesivos y peligrosos. Creo que estamos en peligro y eso me quita el sueño. 

Reseña de ¡Tierra, tierra!

A unas cuadras de mi departamento, en Pest, está la plaza pública Szabadság1 donde se erige un grande e imponente monumento soviético. Al principio me preguntaba por qué éste y la estatua de la libertad en la cumbre de la Ciudadela, en Buda, seguían en pie si ese régimen había oprimido tanto a Hungría. Después me di cuenta que tenía un sentido más profundo. En la plaza Kossuth Lajos hay una representación escultórica de Imre Nagy, un primer ministro durante el comunismo. Se encuentra en medio de un puente de metal dando la espalda al monumento soviético y mirando hacia el Parlamento. Un profesor me explicó que Nagy intentó independizar al país de la URSS en 1956, pero lamentablemente no lo logró. La representación simboliza el deseo de dejar atrás el pasado autoritario para transitar hacia la democracia liberal. 

Szabadság tér (Plaza de la Libertad), Budapest. Febrero, 2015.

La historia de este libro comienza en Budapest en el año de 1944 cuando los alemanes ocuparon la ciudad. Sándor Márai celebraba una reunión para cenar con sus amigos y familiares. Después de la cena entraron a temas políticos. Lamentaban lo que sucedía, habían perdido amigos en los campos de concentración. Se abordó la noticia de que venían los soviéticos también y uno de los presentes expuso su rechazo a los comunistas y su simpatía con los nazis. Decía que éstos eran la única esperanza de Hungría para librarse de los soviéticos. El ambiente se tornó bastante tenso y los presentes intentaron desviar la conversación a otros temas. 

El autor relata que tras la batalla por la ocupación de la ciudad triunfó el ejército soviético. Había quienes los consideraban héroes y otros lamentaban la partida de los nazis. Sí había división y cada uno creía tener sus razones. Intelectuales y artistas progresistas de occidente estaban poseídos por el opio de la utopía marxista y las promesas de redistribución y libertad de los comunistas del este. Márai asegura que eran sólo los más cínicos y de escaso talento los que se afiliaron al partido, mientras que los más cultos e informados pronto se dieron cuenta de la naturaleza del bolchevismo. No obstante, la mayoría de ellos pensó cándidamente que los actos inhumanos de los comunistas eran errores pasajeros y males necesarios para poder alcanzar eventualmente la justicia social.

El escritor húngaro cuenta que nadie tenía suficiente información para saber que se avecinaba otra forma de represión política y que los rusos podían ser tan despiadados como los alemanes nazis. Dice que decidió observar sin prejuicios e ideas preconcebidas. Se mudó a una casa en el campo con su esposa, pues la suya había sido destruida por la batalla. Ahí vio por primera vez a los soviéticos llevar a cabo abusos de poder. Llegaban a los poblados y primero sólo pedían comida, pero posteriormente saqueaban todo lo que había en las casas. Los húngaros empezaron a esconder a sus animales en el bosque y sus pertenencias debajo de la tierra, pero finalmente el ejército comunista se dio cuenta de ello y se apropió de todo. Del robo de harina se pasó gradualmente a la nacionalización de todas las empresas y la confiscación de todos los bienes.

Márai describe las conversaciones que tuvo con los soldados para hacerles preguntas sobre la forma de vida en la URSS y comprender así por qué tenían tal empeño en apropiarse hasta de los objetos de escaso o nulo valor. Con ello dice haberse dado cuenta que éstos habían sufrido ya varias décadas de escasez en su país y todo lo que encontraban en los países de Occidente les era atractivo y novedoso:

“Siempre que me tenía que enfrentar a comunistas fervorosos y devotos o a sus aliados, me daba la impresión de que no permitían que los argumentos de sus contrincantes traspasaran el umbral de su propia conciencia: como si temieran que se derrumbara, en su interior y alrededor de ellos, todo lo que habían construido con sus manos cuidadosa y obstinadamente.”

Al mismo tiempo que defendían la ideología de su régimen repitiendo sus dogmas, deseaban la riqueza y los bienes. En cierto sentido, la frustración de la realidad del hombre soviético se sublimaba saqueando a los polacos, húngaros y checoslovacos. Se dio cuenta también que a pesar de que el hombre soviético exaltaba la cultura no conocía más que los textos que les daba el régimen como propaganda y adoctrinamiento. En una de las conversaciones con un ucraniano del ejército, éste le confesó que no deseaba volver a su país por lo siguiente:

“—Porque hay que trabajar muchísimo y uno no recibe el dinero que vale su trabajo. Además, no hay libertad. No nos enseñan idiomas porque no quieren que podamos leer libros extranjeros. Sólo debemos leer lo que nos ponen en las manos. Los libros son mi vida —dijo de repente—, y no puedo leer lo que yo quiero. Y eso no está bien —añadió, serio y severo. Se quedó callado, y luego pronunció una última frase—: Mi padre era socialdemócrata, pero lo mataron. Quiero que lo sepas —añadió, señalándome de nuevo.”

Esta obra de Márai tiene la cualidad de reunir todas las manifestaciones de crueldad y manipulación que llevó a cabo la URSS tanto en su territorio como en los que ocupó posteriormente. Dice que una vez que los húngaros dejaron de esperar ingenuamente a Godot comenzaron a odiar y ello se agudizó cuando la inflación se desató. Mientras los miembros del partido y sus cómplices, campesinos y contrabandistas, se hacían exponencialmente más ricos, el grueso de la población padecía cada vez más hambre. En la calle veía a los húngaros asustados, serios y pegados a los huesos. Tal pesadilla distraía de la desarticulación silenciosa de las libertades: “Un día desaparecía una persona, al día siguiente una antigua institución que funcionaba de maravilla… o bien un concepto.” Cuando nadie creía ya las mentiras y el engaño dejó ser efectivo, el régimen usó el terror y la violencia. Los suicidios aumentaron dramáticamente porque la gente estaba siempre en estado de alerta. Las leyes y el derecho dejaron de cumplir su función y se usaron en contra de la población:

“Ese «Estado» —que los comunistas habían fabricado con aplicación y rapidez obstinadas— no era en realidad un verdadero Estado porque no cumplía con la función de aglutinar y cohesionar a la sociedad: todo parecía viscoso y gelatinoso, y nada estaba vertebrado, ni la esfera de poder de la autoridad ni la autoridad misma. Carecían de auténtica validez las leyes y las disposiciones reglamentarias, puesto que la ley sólo puede ser válida cuando también significa protección y no sólo agresión… Así que todos empezaron a vivir en un constante estado de alerta: trataban de defenderse del Estado como podían, porque estaba claro que en la sociedad el bandidaje se había institucionalizado.”

El resentimiento social se liberaba con crueldad, pero nunca era suficiente para repararlo y Márai señala que: “quien busca justicia con demasiado empeño y dedicación, en realidad no busca justicia sino venganza.” Si alguien no odiaba como lo hacían todos también había que odiarlo. Se vivía un ambiente sofocante que recurría a la deshumanización para establecer el orden. El miedo llevó a muchos a colaborar con el régimen aún a pesar de sus convicciones y principios, y se sacrificó de forma absoluta la libertad de expresión y la cultura. La censura se imponía con devoción y obediencia porque no se quería admitir que aquel experimento, que pretendía sustituir a Dios, era un error magno que había destruído el espíritu de millones de personas. Y con todo, no era eso lo que más temía el escritor húngaro. Afirma que el enemigo más peligroso era la estupidez de los miembros del partido comunista y su ejército, que deliberadamente atacaban gente inocente sólo para simular que imperaba el orden en “beneficio del pueblo”. 

Márai estuvo tres años en esa Hungría aterrorizada, deteriorada y oprimida por los invasores comunistas. Partió porque no quería ser un esclavo de la tiranía soviética ni estar amenazado por los esclavos con los que convivía y le odiaban. Se le señalaba por callar y no favorecer al régimen. Relata que eventualmente entendió que era un amenaza porque buscaba la medida de lo humano, el justo medio, pero eso era un obstáculo para la revolución social de los soviéticos. Escribió desde lejos porque apreciaba su país y sentía que le debía algo al haberse ido antes de que “la mentira institucionalizada asfixiara a todo y a todos”. Gracias a este texto comprendí la cultura húngara contemporánea. Un país ocupado consecutivamente por turcos, austríacos, teutones nazis y eslavos, dominado históricamente por voluntades ajenas y crueles. Por su fortaleza los admiré profundamente, por haber renacido de los escombros que dejaron a su paso todos los grandes imperios.

Notas:

  1.  Significa libertad en húngaro.

Bibliografía:

Márai, Sándor. ¡Tierra, tierra!, editorial Salamandra, 2012.

Reseña de Animal Farm

Encontré a Rusia congelada en el tiempo. Salgo de San Petersburgo en camino a Tallín, tengo un chocolate, un café y un libro nuevo. Lo escogí antes de partir porque he escuchado que se trata de un texto genial. George Orwell, Eric Arthur Blair, nació en India cuando estaba dominada por el imperio británico porque su padre trabajaba administrando el opio. Creció observando las injusticias que la economía extractiva inglesa realizaba tanto ahí como en el país de origen de su madre, Birmania. 

San Petersburgo, julio de 2016.

Orwell fue un demócrata inglés comprometido con el socialismo, pero consideraba problemático que un sinfín de personas en Occidente, incluidas las mentes más brillantes de su tiempo, hubieran caído en el encanto del comunismo soviético. Pensaba que éste era un obstáculo para alcanzar la verdadera justicia y había que demostrarlo. Su obra intenta advertir y señalar aquello que encontraba no sólo autoritario sino precursor de un totalitarismo. Este libro se publica en 1945, año en que termina la Segunda Guerra Mundial, cae Hitler y la URSS adquiere más poder y popularidad en el mundo. Tanto en ésta como en los círculos socialistas de otros países sólo eran aceptados los elogios de periodistas y escritores, mientras que las críticas no eran bien recibidas e incluso censuradas. Para más de alguno Animal Farm fue una obra incómoda que puso en evidencia que no hay proyecto político perfecto y que la persecución ingenua de utopías tiende a provocar lo contrario a su propósito. Orwell, un hombre excepcional y honesto, muere muy joven, pero hasta el fin de sus días se esforzó por luchar a través de lo que publicó contra los actos humanos que, bajo una supuesta benevolencia, buscaban controlar la vida y socavar la libertad. 

Animal Farm es una gran fábula que comienza mostrando el trato injusto que reciben los animales de una granja en Inglaterra, los cuales trabajan arduamente y el usufructo de su labor se queda en manos de los humanos que la dirigen. El más sabio entre los animales los convoca a una reunión y les hace reconocer que es necesario evitar que esa situación se prolongue. Les invita a construir una mejor sociedad, aquella en que ellos sean dueños del producto de su trabajo y la riqueza sea repartida equitativamente entre todos los que conforman la granja. Una acción detona la rebelión y los animales logran quitarles el poder y expulsar a los humanos para instaurar lo que el autor llama the animalism. Orwell logra describir alegóricamente lo que había motivado los levantamientos contra la desigualdad en el este de Europa y propiciaron un cambio de régimen que se sostuvo por varias décadas. 

Parece extraño imaginar un mundo en que los animales se comuniquen verbalmente, pero eso poco a poco cobra sentido a partir de que se manifiesta el objetivo del autor. Se trata de un recurso literario estupendo que permite al lector distanciarse de la carga ideológica o política de los nombres de los personajes a los que se refería Orwell implícitamente (Stalin o Trotsky por ejemplo). En cierta medida logró reunir los componentes y actitudes más relevantes de la dictadura política que deseaba develar y las plasmó, por medio de un lenguaje sencillo, en un relato ficticio que puede ser comprendido no sólo por especialistas o intelectuales, sino por cualquier individuo que las lea.

Una obra de este tipo sólo podía haber sido escrita por alguien que no estuviese inmerso en la atmósfera ideológica y represiva que limitaba tanto el pensamiento como la denuncia de los abusos de poder que perpetró el proyecto soviético. Orwell no se mantuvo ajeno a lo que padecían los europeos de oriente ni se entusiasmó ciegamente ante las noticias optimistas que se reportaban, así como tampoco se dejó seducir por el imperialismo de su propio país. Se dedicó a investigar y se aseguró de que todo aquello que escribiera tuviese un sustento real. Conocía bien lo que pasaba del otro lado de su continente y se solidarizó con los europeos del este, tanto como lo había hecho con los españoles que padecieron el fascismo. 

Esta fábula muestra el problema del poder absoluto concentrado en un grupo reducido de animales. El discurso es un elemento recurrente que sirve a los cerdos para mantener el orden en la granja. No hay animal que no cumpla una función necesaria en la trama y cada uno simboliza una figura clave de la realidad política en la URSS. Tanto para los personajes como para el lector existe un sentimiento constante de sorpresa y quizá de indignación conforme se llevan a cabo los actos deliberados de los nuevos dirigentes de la granja. Hay algo de ironía y también de pena en los acontecimientos. La confusión que experimentan los animales ante el uso de la retórica también afecta al lector, que probablemente tenga que volver unas cuantas páginas para estar seguro de no haber leído incorrectamente. Ello se debe simplemente a que el engaño es el recurso más repetido dentro de la historia. 

Asimismo escribió extraordinariamente los manifiestos, las reglas, las frases y los lemas, los poemas y las canciones con las que se adoctrinaba a los animales en aquella utopía, precisamente como se hacía también en la Unión Soviética. Animal Farm es una lección de moral social que busca advertir al mundo entero sobre lo que pocos sabían en el momento en que se publicó la obra, que lo que en ese momento se informaba era manipulado e incluso falso. Orwell escribe para contrarrestar los efectos de la propaganda dentro y fuera de la granja. 

Cierro el libro en Estonia tras cruzar la frontera entre Rusia y la Unión Europea y pienso que el comunismo soviético gradualmente relajó sus convicciones y principios, degradando sus ideales y convirtiéndose en un régimen tan mezquino como el que derrumbó. Esta fábula acierta en que la perversión sería tal que no podría distinguirse entre los cerdos y los hombres, como sucedió en los últimos días de la URSS. 

Orwell, George. Animal Farm, Plume Editions, Penguin Group, United States, 1996.

Cementerio de trenes húngaros

A Andrea Gašpar, un ser mágico y extraordinario

Hace cinco años me despedía de Budapest, donde estudié por un semestre sobre los regímenes post comunistas de Europa central y oriental. Escogí la capital húngara porque había escuchado cosas increíbles y porque me generaba gran misterio vivir en un lugar tan ajeno a mí y con un idioma así de peculiar. Quería estar lejos y sentirme perdido.

Sin planearlo demasiado, todo se acomodó a mi favor. Encontré un departamento grande y hermoso a una cuadra del parlamento, que compartía con un joven llamado Lajos, con quien hice gran amistad y que incluso puedo llamar hermano. Todo el lugar olía a té de propóleo y a mazapán. Era calentito y de color amarillo, con copias de las obras de Klimt y Schiele por todos lados. Estaba un poco cargado de objetos en las paredes y la madera del suelo rechinaba. Tenía una tina en la que me pasaba horas leyendo a Sandor Márai y otros autores con una copa de vino.

Llegué en enero a una ciudad nevada, que me parecía dorada y mágica por la noche. Había poca gente en las calles, cuyos edificios eran eclécticos y un poco destartalados. La ciudad tenía un ligero aire de abandono y melancolía. Yo sentía que entonaba muy bien con todo.

Entré a la Universidad Corvinus donde además de las clases sobre los problemas de la transición, tomé cursos de integración europea, historia del arte húngaro del siglo XIX, economía política e idioma húngaro. Aprenderlo me parecía un reto y me emocionaba inmensamente. Poco a poco ponía en práctica las lecciones y le pedía ayuda a Lajos cuando no comprendía algo.

En mis estudios vimos algunas películas. Recuerdo una que se llamaba El Testigo (1969), en la que se muestra cómo el partido comunista había instaurado un régimen duro y atemorizante. En una de las escenas le confiscan un cerdo a una familia que lo escondía en el sótano. Con el tiempo comprendí que esa parte de Europa había sufrido en gran medida por varias razones. Hungría vivió bajo el yugo austriaco, sufrió la segunda guerra mundial y posteriormente la dictadura de corte socialista. El presente tampoco era miel sobre hojuelas. Leía los diarios y las noticias sobre lo que pasaba actualmente en Hungría. Noté que el partido en el poder tenía ciertos tintes autoritarios de derecha. En uno de los artículos del diario El País me enteré que, en 2012, en el parlamento se había propuesto una iniciativa de hacer una lista de los judíos que vivían en la nación. Me aterroricé porque ya en mis cursos había leído que algunos países post comunistas se habían ido al otro lado del espectro político de forma radical y eran bastante retrógradas con diversos grupos sociales y étnicos, como con los gitanos.

Mi preocupación e interés en el asunto llegaron a tal punto que decidí hacer mis ensayos finales sobre el problema de los grupos neonazis en Hungría y cómo el gobierno autoritario no hacía nada para contrarrestar el problema, sino que lo alentaba con medidas populistas. Para entonces, la Unión Europea ya había enviado varias advertencias a Víktor Orban, primer ministro, de que se estaban violando ciertos principios liberales necesarios para formar parte de la comunidad. Por vivir cerca del parlamento me tocó presenciar movimientos, protestas e incluso visitas de Estado. Me di cuenta cuándo fue Merkel porque cerraron la plaza principal. Cuando fue Putin, no pude entrar a mi casa hasta la medianoche porque cerraron cuatro calles a la redonda.

Ahora todo lo puedo escribir con emoción, pero en ese momento sentía preocupación y tristeza. Yo me encariñé con Budapest y con su gente, a tal punto que sentía que podría no volver a México en mucho tiempo y asimilarme por completo a la ciudad. Tenía mis cafeterías favoritas, los lugares donde disfrutaba el goulash, los mercados donde conseguía todo tipo de vegetales, e incluso aguacates. Conocía gente que ya vivía ahí y que pensaba quedarse por largo tiempo. En mi grupo de amigos, estábamos todos enamorados de la ciudad y era un verdadero hogar. Por eso, lamentaba tanto ver que la realidad política era tan hostil e insensata.

Decidí sublimar todo en mis investigaciones y en los ensayos académicos que entregaba. Uno de mis profesores pensaba que yo exageraba un poco al llamar neonazis a los miembros del partido Jobbik, e incluso en mi trabajo final me hizo una serie de observaciones refutando mi argumento. Me pareció un buen ejercicio y agradezco sus comentarios. Hace unos días releí mi artículo y sigo pensando lo mismo, que Hungría es autoritaria y que una parte de su población aún no aprende las lecciones del pasado. Una compañera de la universidad un día me pidió que no hablara mal del primer ministro porque su familia simpatizaba con él. Yo decidí no volver a hablar del tema con húngaros, porque me di cuenta que era delicado y que yo sólo era un extranjero metiendo las narices en su vida política doméstica.

En mi búsqueda encontré un artículo sobre la estación de trenes Istvántelek abandonada en la ciudad. No sabía si era correcto ir, pues sabía que algunos de los trenes habían transportado gente a campos de concentración. Un día me armé de valor y le dije a mi amiga Andrea que si me acompañaba. Ella es de las personas más aventureras y optimistas que conozco. Los dos éramos hiperactivos, íbamos a todas las reuniones y fiestas que nos invitaban y también al coro, donde cantábamos cada semana “Joshua, Joshua fit the Battle of Jericho…” y después tomábamos una cerveza o hacíamos guacamole en mi casa. En una ocasión me ayudó a picar los chiles y después se tocó sus labios. La pobre estuvo con la boca dentro de un tazón de leche por largo tiempo para aliviar su irritación. Seguimos siendo grandes amigos y con frecuencia nos mandamos notas de voz virtuales cantando canciones.

Volviendo al tema, Andrea y yo emprendimos nuestro camino. Era un viaje largo porque la terminal de trenes estaba a las afueras de la ciudad. Tomamos un camión, luego un tranvía y finalmente caminamos alrededor de media hora. Al llegar vimos una puerta abierta que daba a unas oficinas. Salió un señor cuando vio que nos acercamos y nos preguntó en húngaro qué queríamos. Yo, que ya había aprendido unas cuantas palabras y había preparado mi discurso, le dije que era estudiante en Corvinus y que estaba trabajando en una investigación que tenía que ver con la estación. Me dijo que no era posible entrar.

Andrea, un ser dispuesto a todo y con mucha valentía, me sugirió que nos saltáramos. Vimos que al fondo había una pared que era muy baja y fácil de brincar. Yo le dije que no quería que me detuvieran y menos que me negaran la entrada a Hungría para siempre. Ella pensaba que yo exageraba y yo que ella no lo había pensado lo suficiente. Al final me convenció y me dejé llevar por un impulso propio de la juventud. Ahora no sé si me animaría a hacer lo que hicimos.

Nos saltamos y encontramos un lugar sorprendente. Caminamos un rato entre trenes deshechos y en ruinas, entre naturaleza y pedazos de metal. Algunos trenes tenían la estrella roja comunista en la parte frontal. Yo temblaba, no sé si por el hecho de haber violado las reglas y estar en peligro, o por el sentimiento que me provocó estar en ese lugar. Por un momento sentí pánico y deseos de huir, pero Andrea me sonrió y me tomó de la mano. Caminamos juntos por un rato y entramos a un gran almacén, con el techo abierto y más trenes adentro. Nos subimos a los trenes, que tenían un aspecto triste y de abandono. Andrea tomó algunas fotos y tras unos minutos en que ambos guardamos silencio y observamos, decidimos partir de regreso a la ciudad. Fuimos al barrio judío y tomamos un café frente a una sinagoga. Después fuimos a cenar a mi casa y dormimos juntos tomados de la mano.

Unas semanas después continué con mi búsqueda y visité todos los memoriales, museos y cementerios judíos de Berlín, Varsovia y Cracovia.

Nardo.

Mis reflejos

Una vez salí de casa y no fue hasta que me vi en el reflejo de una tienda que me percaté que esa mañana no me había visto en el espejo. Me pareció bastante peculiar (por no decir romántico) salir al mundo sin saber cómo me veía para él.

Ahora vivo en una casa con pocos espejos pero muchas ventanas. Y en esos cristales me encuentro de repente. Como cuando estoy preparando una coliflor y mi reflejo se detiene unos instantes en la puerta del horno.

Prefiero verme ahí. En esos reflejos pasajeros y cotidianos. El espejo me exige mucho. Me espera cada mañana para enseñarme un barro nuevo, para recordarme que mi nariz está chueca, que no me puse aretes, que me tengo que depilar las cejas.

Pero hay reflejos más honestos. Pues ahí donde no me veo por completo, ahí donde mi cuerpo se confunde con el fondo, ahí realmente me veo.

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Aprender a renunciar

Me habría encantado ser bailarina. O escritora (bueno, a eso no renuncio todavía).

Periodista, filósofa. También física. Vivir en tantos países pero nunca irme del mío. Dibujar, leer, bailar, escribir, cocinar. Ahora me dedico más bien a la investigación. Y me encanta, no me estoy quejando. Pero tengo otra vez el mismo problema. Siempre hay algún libro o artículo más que no puedes leer, siempre surgen nuevas preguntas que nunca podrás contestar. Nuevos métodos para explorar, una infinidad de  cosas que jamás podrás pensar o aprender.

Y en estos días, que parece que nos sobra tiempo, hay siempre una inquietud de todo lo que podríamos estar haciendo y no hacemos. De todos los idiomas que podríamos estar aprendiendo, los libros que podríamos estar leyendo, el ejercicio que podríamos estar haciendo y todo lo que podríamos estar escribiendo. Además de sacar ocho horas de trabajo y llamarle a todos tus amigos y familiares.

Tantas posibilidades y tan poco yo.

Y es verdad que el mercado laboral nos exige especializarnos pero ahora no me voy a enfocar en culpar solo al sistema capitalista. Porque aún cuando los grandes pensadores podían ser filósofos, científicos, astrónomos y artistas, muchas partes de ellos también permanecieron inexploradas. Tampoco quiero decir que todos somos unos genios y que solo nos falta tiempo. Aunque quién sabe, a lo mejor sí.  

El problema no es solo que el mundo nos obliga a elegir sino que nuestras posibilidades siempre serán infinitamente más grandes que nuestra realidad, sea la que sea. Un aspecto fundamental de la condición humana es que tenemos mucho más talentos de los que tendremos la oportunidad de explorar, tantas partes de nuestra personalidad nunca saldrán a la luz. Y somos mucho más de lo que se nos permite ser.

Estamos obligados a tomar una decisión y mantenerla hasta sus ultimas consecuencias. A veces nos rebelamos contra esto, queremos explorar, experimentar en la construcción de nuestra identidad. “Soy esto pero podría ser esto otro”, probamos nuevas formas de vestir, nuevos peinados, escuchando nueva música. Cambiamos, perdemos algo pero ganamos otra cosa. Que, después de un tiempo, tampoco es suficiente.

No hay un solo camino, eso es verdad. En muchos trabajos podríamos ser perfectamente competentes y en muchos lugares, felices. Pero el vivir sujetos a las muchas versiones de nosotros mismos que no somos nos genera una constante insatisfacción. Porque sí, seguramente podríamos estar mejor en algún otro lado y lo que tenemos, nos parece siempre poco.

De pequeños jugamos a ser tantas cosas, en un mismo día hacemos tantas actividades. En el colegio aprendemos miles de temas diferentes. Y de mayores no se nos permite explorar,  ser multifacético. ¿Para qué tomar un curso de literatura si eres ingeniero? Esta opción abandonada puede generarnos tristeza. Porque la renuncia nos sabe a pérdida. Crecer es renunciar, sí, pero la felicidad está en saber hacerlo más que en buscar cumplir todos nuestros deseos.

Porque dos caminos pueden ser perfectamente buenos para ti. Y es que la mayoría de las  veces las opciones no son tan obvias, no es malo y bueno, no es solo contrastar ventajas y desventajas. Es solo decidir uno en vez de otro. Y a veces nos equivocaremos y otras muchas veces estaríamos igual de satisfechos con una u otra decisión. Pero eso nunca lo sabremos.

Parece un poco pesimista decir que la felicidad está en el conformarse. Pero puede estar más bien en la profundidad y compromiso con nuestras decisiones, no en probar más opciones. No en ampliar sino en profundizar nuestra vida. No en hacer más sino en hacer lo que hagamos.

Ya que siempre dejaremos algo sin resolver, en nuestro trabajo, en nuestras amistades, relaciones, pasatiempos y aficiones,  más nos valdría aprender a renunciar a ello. Con tanto podríamos ser felices, pero es feliz quien sabe serlo con lo que elige. Renunciar no es perder. Es saber qué ganar.