Palabras insuficientes, soledad de lo incomunicable.

La intimidad forzada de una existencia sin puentes. 

Llagas que separan del otro,

isla de dolor náufrago.

 

Ruido seco como susurro nocturno,

siluetas sin rostro.

Ojos que solo ven de reojo

en senderos bulliciosos. 

 

Pájaro cautivo en cuarto oscuro,

lamentos sin eco.

En tierras de cerdos,

las huellas se marcan en el estiércol.

Nardo

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Sobre volver a nacer (y otras reflexiones del embarazo)

Tengo depresión posparto. Es un parto muy peculiar. Se trata de uno en el que yo engendro y yo nazco. Nací de mis propias entrañas. Renacer desde los escombros, desde la nada. Me di vida a mi misma, me fecundé y me alimenté lo suficiente para luego aventarme al abismo del mundo. El segundo nacimiento duele más, mamá no está para calmar mi llanto de recién nacida, papá no está para protegerme del ruido del mundo. Estoy yo y mi nueva vida. Estoy yo, la que era antes y la que soy después de nacer. Me bautizo a mí misma, un ritual de bienvenida, olor a incienso y una tina -lo ideal sería el mar-. No como del seno de mi madre, sino del seno de la tierra, del aire que levanta mis pies del piso. Aquí termino con toda necesidad y paso al nivel de la libertad ¡Soy libre, Dios! ¡Soy libre y acabo de nacer!

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Cultivar mi aralia

El año pasado tomé un curso sobre La Montaña Mágica de Thomas Mann que duró diez sesiones. El profesor Marco Perilli lo estructuró de tal forma que repasábamos una décima parte del libro en cada sesión. Revisábamos algunos fragmentos de cada capítulo e íbamos entendiendo la genialidad del autor con los detalles y datos curiosos con los que el profesor complementaba el análisis literario de la obra.

Fuimos entendiendo el pensamiento hermético que inquietaba a Thomas Mann y que lo llevó a relacionar el texto con el grabado de Durero llamado Melancolía I. El protagonista de la historia representa la iniciación de un joven en una búsqueda espiritual. Hans Castorp, el protagonista, se encuentra con una serie de personajes que van influyendo en su manera de pensar y que le hacen cuestionarse el sentido de sus acciones. En la séptima sesión (el siete, número importante dentro de la visión de Thomas Mann), el profesor nos platicó que el autor situó el mensaje más importante de la obra en la proporción áurea de la versión alemana, es decir, al multiplicar el número de páginas totales por 0.618… se encuentra aquélla donde se lee la siguiente frase:

En nombre de la bondad y del amor el hombre no debe dejar que la muerte reine sobre sus pensamientos.

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Esto me hizo pensar en muchas cosas. Tomándome la libertad de expresarlas tan figurativamente como surgieron en mi cabeza, pensé en:

tierra, suicidio, cigarro, cinismo, mundo en llamas, nihilismo, planta, abandono, descuido, contaminación, rendirnos, claudicar, no resistir, morir.

Si le doy una interpretación a la explosión de ideas que hubo en mi cabeza, podría decir lo siguiente. Considero que, así como lo pensó Hans Castorp, vivir es descomponerse desde el primer momento de nuestra existencia, tanto orgánicamente como espiritualmente. Vivimos pero vamos muriendo a cada instante. Hay hábitos que reflejan ese deseo inconsciente de morir, a veces la muerte se apodera de nosotros sin saberlo. Nuestras acciones pueden reflejar que nos rendimos y que poco nos importa el alimento que le damos a nuestro cuerpo o a nuestra alma. A veces nos olvidamos que todo es un cultivo, que la cultura es vida y la vida es cultura.

Pensé en mis plantas, en mi pequeño jardín interior. A veces me angustio al ver morir ramas completas de mis aralias. Y enseguida siento la urgencia de ir a comprar abono, vitaminas o algo que acabe con las plagas naturales que normalmente atacan a las plantas. Y comienzo el cuidado, intento no olvidar nunca el día que las riego y poco a poco me doy cuenta que comienzan a crecer pequeños brotes de nuevas ramas. Inevitablemente me emociono, porque quiero a mis plantas, porque coexistimos, porque me alegran siempre que tomo consciencia de lo que enriquecen mi vida.

Lo cierto es que noté lo mismo con mi cuerpo. Todo el año pasado estuve muy enfermo de diversos padecimientos. Fui con seis especialistas, tomé incontables pastillas, cambié por completo mi dieta, comencé a restringirme en los placeres de ciertos hábitos deliciosamente mortíferos y poco a poco fui entendiendo. Yo era un hedonista más preocupado por el placer momentáneo (que no deja de ser atractivo para mí), que de mi vida misma. Por supuesto que vivía, y vaya que disfrutaba ser Baco junto a racimos de uvas y quesos curados, pero estaba acelerando lo que me mata. El malestar terminó por hacer evidente, junto con muchos estudios de laboratorio, que debía detenerme. Debía hacer lo mismo que con mis plantas, cuidarme, alimentarme bien y que la muerte no venciera a la vida.

Por otro lado, a veces pienso que eso nos pasa también como civilización. Creo que siempre es buena idea recordar que la muerte no debe reinar sobre nuestros pensamientos, en nombre de la bondad y del amor. Creo que a veces no nos damos cuenta que muchos de nuestros actos humanos, tanto individuales como en el agregado, son sinónimos de muerte. No quiero nombrar ninguno porque creo que no es necesario. Lo que sí creo es que el espíritu debe alimentarse, que la cultura al ser vida, no debe olvidarse. Que la cultura puede ser el cultivo de mejores hábitos, para preservarnos a nosotros y al ecosistema que nos rodea.

Nardo.

 

Comenzar de nuevo

No sé usted, querido amigo, pero a mí a veces la vida me parece demasiado abrumadora. Bueno, pero no crea que estoy culpando a la vida. La vida solo es. La que se abruma soy yo. Constantemente. Quizá sea por mis infinitas limitaciones, o mi incapacidad para vivirla. A lo mejor algo tiene que ver con los incontrolables pensamientos o los innumerables recuerdos. Pero es que es inevitable que me sobrepase, así, tan de repente. Sobre todo cuando mis planes y los suyos no coinciden del todo.

Sí, bueno, ¿y qué? Se estará preguntando usted por qué le cuento todo esto, y justo ahora, por estas fechas. Probablemente piense que proviene de un sentimentalismo vacío muy característico de esta época particular, el fin de año. Y algo puede tener de cierto. Pero solo quería aprovechar la ocasión para parar un poco y contarle alguna cosa. El tiempo, casi siempre, puede ser utilizado como la excusa perfecta. (Como decir “no tengo tiempo”, “hace mal tiempo”, etcétera)

También entiendo que todo esto es consecuencia de mi fuerte convicción de que los ritos y símbolos importan, o que al menos los necesitamos más de lo que muchas veces estamos dispuestos a aceptar. Y en el ajetreo de estos últimos días del año siento que, al menos yo, me comporto de forma extraña. ¿A usted no le pasa? Como si estuviera muy cerca de la meta de una carrera a la cual nunca me inscribí.  Corriendo, tratando de llegar, pero ya agotada sin poder ver el camino detrás. Y ni pensar en lo que falta. Todo es demasiado.

Por eso, amigo, veo con un profundo interés nuestra costumbre de hacer un gran evento alrededor del fin de año, y una gran fiesta para recibir el Año Nuevo, y me lo tomo muy en serio. Porque claro, en términos estrictamente humanos no pasa absolutamente nada de las 23:59 a las 00:00 más que un minuto. Y sin embargo ese minuto lo llenamos de recuerdos, de esperanzas, de ilusiones, de abrazos, y a veces de uvas o de besos. Me parece un símbolo espectacular.

Este rito, como todos, proviene de una necesidad humana muy particular que, en lo personal, me llena de ternura. Y es que nuestra pequeñez nos exige olvidar, perdonar, cerrar ciclos, recomenzar. Necesitamos la posibilidad de empezar de nuevo.  Sin ella seríamos solo nuestro pasado, y no podríamos imaginar todo lo que puede ser porque nuestra cabeza estaría demasiado ocupada contemplando lo que fue. No habría espacio para la novedad con todo lo que llevamos encima.

¿Lo ve? Entonces aunque para muchos la fiesta de fin de año no signifique mucho y les parezca una tradición un poco inútil o un sinsentido, para mí, por ejemplo, tirar una agenda vieja y empezar una nueva es tener la oportunidad de parar  el mundo por un momento. Es detenerse y poder mirar hacia atrás. Es el momento de discriminar recuerdos y acomodar viejos sentimientos. Agradecer todo lo vivido y aprendido. Y después voltear hacia delante. Imaginar las infinitas posibilidades e ilusionarse. Soltar para poder soñar. Y luego, sin que nada haya cambiado realmente, continuar. Un poco más ligero y un poquito más feliz.

Y es por esto, amigo mío, que quiero desearle de todo corazón que se tome el tiempo que necesite, que cierre lo que tenga que cerrar, que abrace a quien tenga que abrazar y que comience de nuevo, con mucha ilusión, el año que viene (o todas las veces que tenga que hacerlo).

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La vida después de Facebook

Autora invitada: Olivia Serrano

Como cualquier persona viviendo en el siglo XXI, yo era una adicta a las redes sociales. Las redes sociales hoy en día no distinguen edad, género o condición social. La gran mayoría de la población tiene cuenta en, por lo menos, una. Yo era de las que tenía Facebook, Instagram y Twitter. Y no solo las tenía, sino que era verdaderamente adicta a ellas. Era muy activa, subía fotos, comentarios, historias, compartía artículos, videos y desde luego, stalkeaba a la gente y me pasaba muchas horas al día solo navegando en los news feed. Así estuve desde el 2008 que me di de alta en Facebook, 2011 en Twitter y 2012 en Instagram. Y un buen día del 2018, por una crisis existencial que tuve decidí borrar permanentemente mi cuenta de Facebook y dos días después, la de Instagram. Conviene mencionar que este artículo no es sobre las razones que me llevaron a borrarlas sino sobre los aprendizajes y descubrimientos que he ido teniendo después de ello.

Mi primera sensación fue de miedo. Mientras ingresaba a las pestañas de “eliminar cuenta” en repetidas ocasiones salía un pop-up preguntando si estaba segura de eliminar permanentemente la cuenta resaltando el hecho de que toda la información se perdería para siempre y que sería borrada del mapa absolutamente. La radicalidad asusta. Tan así, que en ambas plataformas después de esa pregunta venía la opción de “desactivar la cuenta” para poderla activar en cualquier momento. Pero mi orgullo hablaba por dentro diciendo “o todo o nada”. Consecuentemente, opté por la nada muerta de miedo. Todas mis fotos, todos mis followers, toda mi historia, desaparecería inevitablemente.  ¿Y si necesito alguna foto antigua? ¿Y si el amor de mi vida me busca por redes sociales para contactarme y ser felices para siempre? ¿Y si necesito pedir recomendaciones o poner un anuncio? Todo esto pensaba mientras seleccionaba la opción “sí, estoy segura de eliminar la cuenta permanentemente”. Y pues nada, ya está hecho. Ya no hay vuelta atrás. De un minuto a otro mi presencia en la socialité del ciberespacio se esfumó y con ella, el miedo que me dominaba.

Inmediatamente después sentí una liberación extraña. Extraña porque no era precisamente la sensación de haber sido libre después de haber estado esclavizada. Sino que no pasó absolutamente nada, no cambió nada, no explotó ninguna bomba ni colapsó mi celular. Fue como haber bajado del mundo virtual al mundo real y darme cuenta de que son, de hecho, mundos completamente distintos pues lo que era importante allá, no lo era aquí y no dejé de “ser” por dejar de “ser” allá.

Luego tuve la imperiosa necesidad de avisarle a todos mis amigos y familia que no me fueran a buscar por esos medios, por el miedo, nuevamente, a quedarme sin ser parte de las noticias. Pero resulta que con ninguno de ellos hablaba realmente por ahí así que tampoco les afectaba mi decisión. Sin embargo, algunos comentarios me hicieron reflexionar como, por ejemplo, los de mis papás pues lo único que pidieron es que a ellos les siguiera mandando fotos de mi vida ya que irónicamente quienes más me importa que sepan de ella solo estaban teniendo noticias por una plataforma y no directamente por mí. En este sentido me pregunté, ¿y entonces para quién eran todas las fotos e historias que subí si no para los más importantes para mí? A lo que puede haber dos opciones: para todos mis followers o para mí misma. Lo primero, en realidad solo tiene sentido si se recibe algún tipo de retroalimentación –likes– de esos followers porque sin ella, ni siquiera se sabe si lo vieron ni que reacción tuvieron. Y al final, esa retroalimentación, ¡solo era para mí misma! ¡Qué poderoso puede ser el ego que me esforzaba tanto para que mis publicaciones mostraran una perfección que me diera la aceptación y el reconocimiento de la comunidad cibernauta! Desde luego que, con este sistema en lo último que se es capaz de pensar es en quienes verdaderamente te importan porque solo importa uno mismo.

Por otro lado, y después de estas primeras reflexiones, empecé a crearme algunas expectativas de los beneficios que tendría el haber desaparecido del mapa. Concretamente, estaba ansiosa por descubrir a mis verdaderos amigos pues solo quienes me buscaran personalmente y a quienes yo quisiera, a su vez, buscar, serían considerados los únicos y verdaderos amigos. Esto puede tener una parte de verdad, pero también hay que situarse en la época en la que vivimos. Es innegable que las relaciones humanas ya están mayoritariamente mediadas por las redes sociales y que el contacto sea por esos medios tampoco es indicio de que todo es falso. Pero sí es verdad que, si algo me requiere un poco más de esfuerzo, seguramente es porque para mí vale la pena y esto se nota aun teniendo redes sociales. A muchos kilómetros de distancia no voy a dejar de llamarle a mi mejor amiga para saber cómo está, es verdad que tendré el último dato de dónde estuvo, pero me faltará saber si se la pasó bien o no en ese viaje y eso solo puede resolverse con el contacto directo, lo que me confiere una gran responsabilidad. Comprobar la veracidad de la amistad será tarea de todos los implicados. De cualquier modo, hay mucha gente en el universo de los que “no hablamos pero me da gusto saber de ti” y ahí sí que se perderá el contacto. Ni modo, habrá que aceptar las consecuencias del acto. Y muchos otros tantos que ni hablamos ni me importan y que, en ese caso, ¿por qué nos manteníamos conectados? Interrogantes que algún día espero resolver.

Conforme han ido pasando los días, he descubierto otro cambio en mi comportamiento: tomo muchas menos fotos y videos que antes. El paisaje otoñal por el que paso todos los días, la reunión con mis amigos, el encendido del árbol de Navidad, el vino de la cena… Siguen estando ahí y sigo disfrutando de ello, nada ha cambiado. Así pues, reflexiono dos cosas. La primera es que he podido discriminar con libertad a lo que vale la pena tomarle fotos porque ahora solo es para mí o mis más cercanos, entonces ¿realmente la vista de mi camino a casa es algo que quiero recordar, guardar o compartir con alguien? Si no es así, no es necesario detenerme a tomar la foto pero sí que podría detenerme a contemplar el paisaje, podría detenerme a vivir la realidad. Y esta es la segunda reflexión. ¿Cuántas cosas me habré perdido de poder contemplar a fondo por haber estado eligiendo el filtro perfecto para la foto, cuántas conversaciones interrumpidas para hacer un boomerang de las copas de vino, cuánto habré disfrutado realmente la tarde de café y libros? Bueno, tampoco pasa nada por hacerlo pero sin duda alguna he descubierto la autenticidad de mis sentimientos cuando no hay más fin que el vivir.

Queda todavía un camino largo, será un proceso de duelo en toda regla y también vendrán momentos de arrepentimiento y altas expectativas del impacto positivo que tenga esto en, por ejemplo, mi productividad. No obstante, sí quisiera poner de manifiesto que de ningún modo hace falta ser tan radical y salirse de todas las redes sociales, pero si esta experiencia sirve para replantearnos el uso que hacemos de ellas, ya es ganancia. Y así, ojalá que no perdamos más de lo que creemos ganar, ojalá que no olvidemos a quienes más nos importan, ojalá que las fotos que tomemos muestren realmente lo que somos y no lo que quisiéramos ser, ojalá que descubramos la vida que hay después de Facebook.

 

NOTA: Conservé Twitter por considerarla de otra naturaleza así que dejo a su disposición mi cuenta para no estar completamente ilocalizable: @OliviaSerraNu

Heridas compartidas

Todos estamos heridos. Nos caracteriza la vulnerabilidad y la facilidad de hacernos daño unos a otros. El mundo nos puede romper, y lo hace, de infinitas maneras posibles. No estamos hechos para permanecer. La vida nos ha lastimado e, intencional o inconscientemente, también nosotros hemos afectado a alguien. Al menos no siempre hemos podido evitarlo. Es altamente probable que cada persona que hoy veamos en la calle tenga el corazón un poco roto, que traiga consigo un par de malos recuerdos y cuatro o cinco miedos.

Esta vulnerabilidad nos iguala terriblemente. Nos acerca tanto a los otros que a veces preferimos protegernos y sin quererlo nos hacemos más daño. Y es que no podemos relacionarnos fuera de ella. Sólo podemos estar desde nuestros complejos, sólo sabemos querer desde nuestras heridas. Por eso es tan importante conocerlas, aceptarlas, aprender de ellas. Porque son, si se decide, una oportunidad de crecimiento, un camino para entender mejor al mundo, a uno mismo. De los errores, puede nacer el encuentro. De las caídas, la empatía, la compasión. Del dolor, el amor, el arte.

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Estas heridas que compartimos son también una responsabilidad. ¿Qué podemos hacer por los demás? ¿Qué nos corresponde? Podemos siempre buscar el bien del otro, a veces quizá sólo evitar algún daño. Somos limitados, no podemos salvar a nadie, ni siquiera a nosotros mismos, pero podemos no ser indiferentes. Si el mundo nos va a lastimar, si no nos es posible evitar las heridas, nuestras y de los demás, al menos podemos decidir qué bien queremos hacer con ellas.