Cementerio de trenes húngaros

A Andrea Gašpar, un ser mágico y extraordinario

Hace cinco años me despedía de Budapest, donde estudié por un semestre sobre los regímenes post comunistas de Europa central y oriental. Escogí la capital húngara porque había escuchado cosas increíbles y porque me generaba gran misterio vivir en un lugar tan ajeno a mí y con un idioma así de peculiar. Quería estar lejos y sentirme perdido.

Sin planearlo demasiado, todo se acomodó a mi favor. Encontré un departamento grande y hermoso a una cuadra del parlamento, que compartía con un joven llamado Lajos, con quien hice gran amistad y que incluso puedo llamar hermano. Todo el lugar olía a té de propóleo y a mazapán. Era calentito y de color amarillo, con copias de las obras de Klimt y Schiele por todos lados. Estaba un poco cargado de objetos en las paredes y la madera del suelo rechinaba. Tenía una tina en la que me pasaba horas leyendo a Sandor Márai y otros autores con una copa de vino.

Llegué en enero a una ciudad nevada, que me parecía dorada y mágica por la noche. Había poca gente en las calles, cuyos edificios eran eclécticos y un poco destartalados. La ciudad tenía un ligero aire de abandono y melancolía. Yo sentía que entonaba muy bien con todo.

Entré a la Universidad Corvinus donde además de las clases sobre los problemas de la transición, tomé cursos de integración europea, historia del arte húngaro del siglo XIX, economía política e idioma húngaro. Aprenderlo me parecía un reto y me emocionaba inmensamente. Poco a poco ponía en práctica las lecciones y le pedía ayuda a Lajos cuando no comprendía algo.

En mis estudios vimos algunas películas. Recuerdo una que se llamaba El Testigo (1969), en la que se muestra cómo el partido comunista había instaurado un régimen duro y atemorizante. En una de las escenas le confiscan un cerdo a una familia que lo escondía en el sótano. Con el tiempo comprendí que esa parte de Europa había sufrido en gran medida por varias razones. Hungría vivió bajo el yugo austriaco, sufrió la segunda guerra mundial y posteriormente la dictadura de corte socialista. El presente tampoco era miel sobre hojuelas. Leía los diarios y las noticias sobre lo que pasaba actualmente en Hungría. Noté que el partido en el poder tenía ciertos tintes autoritarios de derecha. En uno de los artículos del diario El País me enteré que, en 2012, en el parlamento se había propuesto una iniciativa de hacer una lista de los judíos que vivían en la nación. Me aterroricé porque ya en mis cursos había leído que algunos países post comunistas se habían ido al otro lado del espectro político de forma radical y eran bastante retrógradas con diversos grupos sociales y étnicos, como con los gitanos.

Mi preocupación e interés en el asunto llegaron a tal punto que decidí hacer mis ensayos finales sobre el problema de los grupos neonazis en Hungría y cómo el gobierno autoritario no hacía nada para contrarrestar el problema, sino que lo alentaba con medidas populistas. Para entonces, la Unión Europea ya había enviado varias advertencias a Víktor Orban, primer ministro, de que se estaban violando ciertos principios liberales necesarios para formar parte de la comunidad. Por vivir cerca del parlamento me tocó presenciar movimientos, protestas e incluso visitas de Estado. Me di cuenta cuándo fue Merkel porque cerraron la plaza principal. Cuando fue Putin, no pude entrar a mi casa hasta la medianoche porque cerraron cuatro calles a la redonda.

Ahora todo lo puedo escribir con emoción, pero en ese momento sentía preocupación y tristeza. Yo me encariñé con Budapest y con su gente, a tal punto que sentía que podría no volver a México en mucho tiempo y asimilarme por completo a la ciudad. Tenía mis cafeterías favoritas, los lugares donde disfrutaba el goulash, los mercados donde conseguía todo tipo de vegetales, e incluso aguacates. Conocía gente que ya vivía ahí y que pensaba quedarse por largo tiempo. En mi grupo de amigos, estábamos todos enamorados de la ciudad y era un verdadero hogar. Por eso, lamentaba tanto ver que la realidad política era tan hostil e insensata.

Decidí sublimar todo en mis investigaciones y en los ensayos académicos que entregaba. Uno de mis profesores pensaba que yo exageraba un poco al llamar neonazis a los miembros del partido Jobbik, e incluso en mi trabajo final me hizo una serie de observaciones refutando mi argumento. Me pareció un buen ejercicio y agradezco sus comentarios. Hace unos días releí mi artículo y sigo pensando lo mismo, que Hungría es autoritaria y que una parte de su población aún no aprende las lecciones del pasado. Una compañera de la universidad un día me pidió que no hablara mal del primer ministro porque su familia simpatizaba con él. Yo decidí no volver a hablar del tema con húngaros, porque me di cuenta que era delicado y que yo sólo era un extranjero metiendo las narices en su vida política doméstica.

En mi búsqueda encontré un artículo sobre la estación de trenes Istvántelek abandonada en la ciudad. No sabía si era correcto ir, pues sabía que algunos de los trenes habían transportado gente a campos de concentración. Un día me armé de valor y le dije a mi amiga Andrea que si me acompañaba. Ella es de las personas más aventureras y optimistas que conozco. Los dos éramos hiperactivos, íbamos a todas las reuniones y fiestas que nos invitaban y también al coro, donde cantábamos cada semana “Joshua, Joshua fit the Battle of Jericho…” y después tomábamos una cerveza o hacíamos guacamole en mi casa. En una ocasión me ayudó a picar los chiles y después se tocó sus labios. La pobre estuvo con la boca dentro de un tazón de leche por largo tiempo para aliviar su irritación. Seguimos siendo grandes amigos y con frecuencia nos mandamos notas de voz virtuales cantando canciones.

Volviendo al tema, Andrea y yo emprendimos nuestro camino. Era un viaje largo porque la terminal de trenes estaba a las afueras de la ciudad. Tomamos un camión, luego un tranvía y finalmente caminamos alrededor de media hora. Al llegar vimos una puerta abierta que daba a unas oficinas. Salió un señor cuando vio que nos acercamos y nos preguntó en húngaro qué queríamos. Yo, que ya había aprendido unas cuantas palabras y había preparado mi discurso, le dije que era estudiante en Corvinus y que estaba trabajando en una investigación que tenía que ver con la estación. Me dijo que no era posible entrar.

Andrea, un ser dispuesto a todo y con mucha valentía, me sugirió que nos saltáramos. Vimos que al fondo había una pared que era muy baja y fácil de brincar. Yo le dije que no quería que me detuvieran y menos que me negaran la entrada a Hungría para siempre. Ella pensaba que yo exageraba y yo que ella no lo había pensado lo suficiente. Al final me convenció y me dejé llevar por un impulso propio de la juventud. Ahora no sé si me animaría a hacer lo que hicimos.

Nos saltamos y encontramos un lugar sorprendente. Caminamos un rato entre trenes deshechos y en ruinas, entre naturaleza y pedazos de metal. Algunos trenes tenían la estrella roja comunista en la parte frontal. Yo temblaba, no sé si por el hecho de haber violado las reglas y estar en peligro, o por el sentimiento que me provocó estar en ese lugar. Por un momento sentí pánico y deseos de huir, pero Andrea me sonrió y me tomó de la mano. Caminamos juntos por un rato y entramos a un gran almacén, con el techo abierto y más trenes adentro. Nos subimos a los trenes, que tenían un aspecto triste y de abandono. Andrea tomó algunas fotos y tras unos minutos en que ambos guardamos silencio y observamos, decidimos partir de regreso a la ciudad. Fuimos al barrio judío y tomamos un café frente a una sinagoga. Después fuimos a cenar a mi casa y dormimos juntos tomados de la mano.

Unas semanas después continué con mi búsqueda y visité todos los memoriales, museos y cementerios judíos de Berlín, Varsovia y Cracovia.

Nardo.

¿Abajo el capitalismo, arriba el gasto?

Me parece muy sorprendente darme cuenta que en mi generación existe esta perspectiva ingenua que supone que es posible gastar más sin crecer económicamente. Todavía más ingenuo, y además contradictorio, es pensar que hay presupuesto suficiente para atender las necesidades de todas las personas.

Cuando vi que tantos apoyaron al gobierno de “izquierda” en México, creí que habían leído su plan de gobierno e incluso sabían que los partidos, a pesar de gobernar para todos una vez en el poder, benefician más a unos que a otros. Tras año y medio de gobierno ha sido posible ver que poco a poco se han desarticulado algunas instituciones y las prioridades del gasto han cambiado. Para muchos ha sido frustrante ver cómo eso ha afectado sus oportunidades e ingreso. La pretensión de eliminar lo que demasiados llaman “privilegios” indiscriminadamente ha golpeado no sólo a los privilegiados, sino a toda una multitud de personas que dependían de diversos organismos, fideicomisos, fondos, etc. Todo ello bajo el pretexto de enfocarse en los pobres, que indudablemente han sido ignorados y maltratados por quienes han gobernado antes.

Académicos, periodistas y figuras públicas han justificado lo anterior y lo han defendido, pues suena bastante razonable que la pobreza debe erradicarse. Sin embargo, muchas de esas personalidades del mundo tuitero creyeron que era posible sostener todos los proyectos que se han financiado con dinero público desde hace décadas, y a su vez enfocarse en resolver la pobreza por medio de transferencias. Lo cierto es que cayeron en la trampa de una ilusión, bien vendida por el líder populista.

Poco se cuestionaron sobre el propósito del benefactor, a quien le basta con el apoyo de los pobres para ser aprobado. La emoción por ver el mundo transformarse en una montaña de caramelo y algodón de azúcar ha hecho difícil que las personas se den cuenta de su error y del peligro inherente a esta situación. Lamentablemente, el descontento sólo ha surgido cuando las decisiones afectan el patrimonio o las fuentes de ingreso de determinadas personas. Parece como si no tuvieran la capacidad de ser críticas, más que cuando les tocan la cartera.

Probablemente también yo he sido ingenuo porque supuse que más personas se darían cuenta de lo que yo observo, pero creo que no es así. Me apena ver que los que atacan tanto al capitalismo son también adictos al gasto. En realidad siguen funcionando con la lógica de la transacción, intercambiando su fidelidad por dinero público. Utilizan una caricatura de pensamiento crítico para quejarse y protestar sólo cuando la austeridad toca su puerta. Por eso hay que tener cuidado con lo que se desea y más con lo que se elige. En realidad, para poder tirar al capitalismo hay que gastar menos.

Mis reflejos

Una vez salí de casa y no fue hasta que me vi en el reflejo de una tienda que me percaté que esa mañana no me había visto en el espejo. Me pareció bastante peculiar (por no decir romántico) salir al mundo sin saber cómo me veía para él.

Ahora vivo en una casa con pocos espejos pero muchas ventanas. Y en esos cristales me encuentro de repente. Como cuando estoy preparando una coliflor y mi reflejo se detiene unos instantes en la puerta del horno.

Prefiero verme ahí. En esos reflejos pasajeros y cotidianos. El espejo me exige mucho. Me espera cada mañana para enseñarme un barro nuevo, para recordarme que mi nariz está chueca, que no me puse aretes, que me tengo que depilar las cejas.

Pero hay reflejos más honestos. Pues ahí donde no me veo por completo, ahí donde mi cuerpo se confunde con el fondo, ahí realmente me veo.

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Aprender a renunciar

Me habría encantado ser bailarina. O escritora (bueno, a eso no renuncio todavía).

Periodista, filósofa. También física. Vivir en tantos países pero nunca irme del mío. Dibujar, leer, bailar, escribir, cocinar. Ahora me dedico más bien a la investigación. Y me encanta, no me estoy quejando. Pero tengo otra vez el mismo problema. Siempre hay algún libro o artículo más que no puedes leer, siempre surgen nuevas preguntas que nunca podrás contestar. Nuevos métodos para explorar, una infinidad de  cosas que jamás podrás pensar o aprender.

Y en estos días, que parece que nos sobra tiempo, hay siempre una inquietud de todo lo que podríamos estar haciendo y no hacemos. De todos los idiomas que podríamos estar aprendiendo, los libros que podríamos estar leyendo, el ejercicio que podríamos estar haciendo y todo lo que podríamos estar escribiendo. Además de sacar ocho horas de trabajo y llamarle a todos tus amigos y familiares.

Tantas posibilidades y tan poco yo.

Y es verdad que el mercado laboral nos exige especializarnos pero ahora no me voy a enfocar en culpar solo al sistema capitalista. Porque aún cuando los grandes pensadores podían ser filósofos, científicos, astrónomos y artistas, muchas partes de ellos también permanecieron inexploradas. Tampoco quiero decir que todos somos unos genios y que solo nos falta tiempo. Aunque quién sabe, a lo mejor sí.  

El problema no es solo que el mundo nos obliga a elegir sino que nuestras posibilidades siempre serán infinitamente más grandes que nuestra realidad, sea la que sea. Un aspecto fundamental de la condición humana es que tenemos mucho más talentos de los que tendremos la oportunidad de explorar, tantas partes de nuestra personalidad nunca saldrán a la luz. Y somos mucho más de lo que se nos permite ser.

Estamos obligados a tomar una decisión y mantenerla hasta sus ultimas consecuencias. A veces nos rebelamos contra esto, queremos explorar, experimentar en la construcción de nuestra identidad. “Soy esto pero podría ser esto otro”, probamos nuevas formas de vestir, nuevos peinados, escuchando nueva música. Cambiamos, perdemos algo pero ganamos otra cosa. Que, después de un tiempo, tampoco es suficiente.

No hay un solo camino, eso es verdad. En muchos trabajos podríamos ser perfectamente competentes y en muchos lugares, felices. Pero el vivir sujetos a las muchas versiones de nosotros mismos que no somos nos genera una constante insatisfacción. Porque sí, seguramente podríamos estar mejor en algún otro lado y lo que tenemos, nos parece siempre poco.

De pequeños jugamos a ser tantas cosas, en un mismo día hacemos tantas actividades. En el colegio aprendemos miles de temas diferentes. Y de mayores no se nos permite explorar,  ser multifacético. ¿Para qué tomar un curso de literatura si eres ingeniero? Esta opción abandonada puede generarnos tristeza. Porque la renuncia nos sabe a pérdida. Crecer es renunciar, sí, pero la felicidad está en saber hacerlo más que en buscar cumplir todos nuestros deseos.

Porque dos caminos pueden ser perfectamente buenos para ti. Y es que la mayoría de las  veces las opciones no son tan obvias, no es malo y bueno, no es solo contrastar ventajas y desventajas. Es solo decidir uno en vez de otro. Y a veces nos equivocaremos y otras muchas veces estaríamos igual de satisfechos con una u otra decisión. Pero eso nunca lo sabremos.

Parece un poco pesimista decir que la felicidad está en el conformarse. Pero puede estar más bien en la profundidad y compromiso con nuestras decisiones, no en probar más opciones. No en ampliar sino en profundizar nuestra vida. No en hacer más sino en hacer lo que hagamos.

Ya que siempre dejaremos algo sin resolver, en nuestro trabajo, en nuestras amistades, relaciones, pasatiempos y aficiones,  más nos valdría aprender a renunciar a ello. Con tanto podríamos ser felices, pero es feliz quien sabe serlo con lo que elige. Renunciar no es perder. Es saber qué ganar.

Hogar

Cuando uno está en constante movimiento, empieza a surgir un deseo de quietud. A veces muy fuerte y otras veces, apenas lo percibimos. Ese anhelo por llegar, aunque no sepamos muy bien a donde. Vislumbrar un destino que le de sentido a tanto movimiento. Porque caminar cansa, y más si no está claro el punto de llegada. En un periodo en el que es tan fácil cambiar repetidamente de sitio, el significado de la palabra hogar cobra especial importancia. No creo que esta palabra nos evoque solo una edificación o construcción. Quizá nos venga a la cabeza alguna imagen ridiculizada de una familia de otro tiempo.  

Pero probablemente esa palabra significa algo más para nosotros. Sabemos de donde somos, donde vivimos pero muchas veces no estamos seguros de cuál es nuestro hogar. Aunque si lo queremos, seguramente sea fácil pensar en algo, o en alguien. Podemos ir a muchos lugares, conocer a muchas personas, pero solo algunos los sentimos muy nuestros, muy para nosotros. A veces podemos estar mucho tiempo en un sitio y no terminar de sentirnos cómodos, mientras que si tenemos suerte, en algún lado podemos pasar tan solo unos días y ya sentirnos como en casa.

En realidad es que el hogar, más que un lugar, es una disposición del corazón. Es un querer quedarse, es un anhelo y una promesa. Claro que muchas veces es lo conocido pero también es una esperanza. Nuestro hogar son personas pero también es silencio. Es cuidado y compañía pero sobre todo libertad. Es un punto de referencia, donde es fácil comprender y ser comprendido. Aunque muchas veces también sea donde hay más dolor, donde se es más vulnerable. Es una historia compartida. Es pasado, sí, pero, sobre todo, futuro. Son muchos recuerdos y muchas ilusiones por vivir.

Siempre he creído que la vida tiene que de alguna manera sobrepasarnos. Ser algo más que solo nosotros, que solo nuestro hoy. Por eso creo que formamos hogares. Porque tenemos la capacidad de tomar decisiones que sean más grandes que nosotros y nuestro presente, de hacer elecciones que condicionen nuestro futuro. Porque el ser humano no es solo un día ni un sentimiento. Porque tampoco es verdad que nos bastemos a nosotros mismos. Aunque sepamos muy bien volar, estamos hechos para construir.  

Tenemos que dejar al corazón ir eligiendo sus sitios, y nosotros ir construyendo. Pero no siempre es claro, ni soltar es fácil. Debemos elegir algo y renunciar a muchas otras cosas. Un hogar no es solo algo que se tiene o que se encuentra, es algo que se decide, que vale la pena. Es donde podemos llegar a ser todo lo que somos. Lo que permanece pero a su vez va cambiando con nosotros. Es el elegir y ser elegido. Es la ilusión de compartir y construir.

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¡Quiero vivir!

El acto de escribir tiene tiempo que me intimida. Lo deseo siempre y desde hace un tiempo lo postergo sin darme cuenta, surgen temas en mi cabeza, que en ocasiones comienzo a redactar, pero que casi siempre se esfuman por pereza, desidia o evasión. Creo que empecé a escribir cuando tenía 13 o 14 años, como un acto de desahogo y redención, como mi refugio interno e íntimo. Con el tiempo eso cambió y a veces extraño al adolescente valiente que se enfrentaba a la página porque era su mejor amiga, ese cuasi niño, cuasi adulto que sufría mucho y se embriagaba en las letras oculto de todos, con una pasión desbordada y sin juzgarse, sin buscar un texto ambicioso o loable. Ese ser joven e inseguro tiene mucho que enseñarme hoy, cuando veo la página con temor y desvío la mirada de ella. 

Hoy escribo porque lo necesito, porque hay algo que quiero expresar en letras para terminar de entender un proceso vital importante. Creo que desde chico he querido morir y al mismo tiempo he soñado con vivir, intensa y explosivamente. Pocas veces me lo permití, porque mis deseos se vieron reprimidos casi toda mi vida, sobre todo los más íntimos. Me habitué a ser recatado, reservado y prudente, a hacer lo correcto. A pesar de mi personalidad contenida, dentro de mí existe un espíritu rebelde y transgresor. Alguien que se cuestiona, pone en duda y busca sus propios significados. Sin embargo, las conclusiones que había hecho rara vez se tradujeron en conductas o acciones que se encaminasen a liberarme de mis restricciones. Inconscientemente, los límites impuestos por mí mismo se tornaron en frustraciones y alimentaron el deseo de morir, aunque tampoco me atreviese a provocarlo. Ese estado de contradicción de querer vivir y desear morir me acompañó por muchos años, en medio de un torbellino de emociones y pensamientos violentos. 

Hace unos meses escribí lo siguiente:

12 de octubre de 2019

Corriente de lava corriendo por todo mi cuerpo,

de manera intensa y desbocada.

Choques y chisporroteos de fuego,

que me estremecen.

Vivo, después de hace tiempo, pero…

tengo ese viejo y conocido temor:

Tropezarme, caer de nuevo, desbocarme.

no poder evitar el error, ese miedo racional.

¡No quiero escucharlo!

Sentir, quiero sentir. Vivo, así como me siento,

después de tanto tanto tiempo.

Ya no soy capullo, ya no soy semilla,

me sentía pegado a la tierra.

En un sarcófago, telarañas sobre mí,

¡insectos saliendo de mi nariz!

Raíces se enroscaban en mis extremidades,

pero no eran mías, me tragaba la tierra. 

Infértil, estéril, temía haber muerto,

pero estaba transformándome, capullo o semilla. 

Llevaba tiempo con el rostro insensible,

sin reír con todos mis gestos. 

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En retrospectiva, pienso que algo estaba gestándose aunque no me percaté de inmediato. A veces uno piensa y se comporta de manera distinta sin darse cuenta de ello, a veces los otros tampoco lo notan de inmediato. Paso mis días casi siempre solo, por lo que es difícil reflejarme en otros. 

En diciembre visité a mi madre y mi hermano en mi ciudad natal, y pasé varios días con ellos. Me noté enérgico, intenso y creativo. Quería compartir mi mundo, hacer, hablar, comunicar. La vida me parecía más emocionante al estar en contacto con esos otros, aunque fuesen los mismos de siempre. El que era distinto era yo, porque tenía vitalidad, una que aunque no reconocía del todo, me sabía bien.

Una noche de finales de diciembre del año pasado soñé que decidía morir voluntariamente, tomando una cantidad de pastillas para provocarlo. Recuerdo poco, porque así suelen ser los sueños, borrosos e intermitentes. Recuerdo estar en un baño, esperando el efecto. Y mientras llegaba y la muerte acudía a mí, un deseo de vivir surgía con fuerza y desesperación. Comencé a sentir un arrepentimiento profundo y angustioso, pensé en todo lo que me hacía falta hacer y experimentar, me di cuenta muy tarde que no quería morir de la manera más absurda, a punto de morir. 

Hace unos días concluí un libro de Milan Kundera, en que una adolescente decide quitarse la vida, de la misma forma que hice en mi sueño, por un desamor juvenil. Una vez tomadas las pastillas, ve su rostro en un espejo y se da cuenta de lo bella que es y en mi lectura interpreté que quizá surgió en ella un arrepentimiento tardío, como el mío. 

Me pareció una coincidencia poco usual soñar y leer algo tan similar en un lapso de tiempo muy corto. Me estremeció el relato y me puso a pensar. Ayer fui a mi sesión de psicoanálisis y hablé de todo lo vivido en los días que se suspendió la actividad por las fechas vacacionales. Después de toda la letanía de 60 minutos y relatar tanto el sueño como el pasaje del libro, protesté de manera abrupta a mi interlocutor que quería vivir, que deseaba vivir. Él me contestó que era la primera vez que me escuchaba decir esas palabras. Yo me quedé mudo. No sé si alguna vez en toda mi vida he dicho con tal convencimiento y emoción ese deseo, pero lo más probable es que no. Sé que desde pequeño expresé, como un día lo hice a mi madre siendo un niño, que me quería morir. Y así, incontables veces. Nunca lo provoqué. Y hoy celebro haber expresado lo contrario, sin miedo y sin contenerme. Celebro haber vivido en un sueño lo que me hubiese privado de mi mayor deseo. 

Concluida la sesión tomé la bicicleta y me dirigí a casa, probablemente sonreí todo el camino. Y aunque por la noche tuve un momento de angustia por una reflexión escabrosa, hoy puedo escribir con gozo y soltura que quiero vivir. 

Nardo.