Buró(crita hipó)crata

El burócrita hipócrata al mismo tiempo que se disfraza, aguanta todo lo que el tirano hace, porque en el fondo comparte la ambición y el hambre de poder que el otro tiene. Se escuda en las buenas causas del tirano para contribuir a su acumulación de poder y se siente necesario porque es útil; pero llega a un punto en que, por la naturaleza misma de la autocracia, deja de serlo para el tirano.

Cuando eso sucede, el burócrita vuelve a ser el que no era nadie, porque su vida política dependía de la transfusión de sangre del tirano. Dado que en nuestros tiempos ya no se prescinde del burócrita con la muerte física, se recurre a otros métodos propios de los regímenes benévolos. Ya no termina en panteones o criptas, sino en instituciones o cubículos académicos donde se refugia.

Desde ese lugar de pureza, se dedica a limpiar su expediente completo de acciones turbias. De manera astuta se cura en salud de los actos con que ayudó al tirano a llegar al poder. A través del olvido voluntario encuentra la manera lógica de justificar, en la intimidad de su conciencia y en las líneas de los artículos y columnas que escribe, su supuesta candidez. Sustituye el cobijo del tirano con las palabras de los pensadores, intelectuales y premios Nobel que cita, para quedar exento de la acusación de cómplice y para seguir buscando el bien común y mantener su buena reputación.

Su renuncia heroica pretende ser denuncia para salir indemne de la complicidad que nunca confesará. Sin embargo, por naturaleza, el burócrita es hipócrata, por lo que a través de la simulación y movido por su ambición, no dejará ir la oportunidad de servir a otro supuesto redentor social a quien ayudará cándidamente a convertirse en tirano, para superar la inanición política de su aburrido y humilde cubículo de académico.

Nardo.

 

 

Porque sí

A veces me encuentro perdiendo el tiempo sin quererlo. Haciendo algo que no debería estar haciendo o más bien, no haciendo algo que debería estar haciendo. Desaprovechando los minutos para hacer algo útil. En vez de enfrentarme a una difícil o indeseable tarea, me dedico a cualquier otra cosa que se me ponga enfrente. Pasa el tiempo y no pasa nada. Y uno tiene que pretender un poco que no se da cuenta.

Uno no se acostumbra (¡menos mal!) a la sensación de descontento que dejan estos momentos, al parecer tan ordinarios.  Y es que creo que hay una insatisfacción propia de no decidir, de sentirnos poco libres. De actuar no porque queremos sino por inercia. Y por otro lado, parece que existe una presión, individual y social, por estar haciendo algo todo el tiempo, un culto a la excesiva actividad. Y no cualquier actividad, sino una que tenga una utilidad.

Esto no pretende ser un llamado a la vagancia (ya me gustaría) pero sí una reconciliación con el ocio y la soledad. A aprender a perder el tiempo, sobre todo a saber hacerlo intencionalmente. Sin tanta tibieza, hacer lo que tengamos que hacer y cuando no lo estemos haciendo, no hacerlo. Tampoco se trata de abandonar todas nuestras ocupaciones cínicamente cuando se nos dé la gana. Está bien que nos pese y nos cueste un poco seguir y parar, significa que al menos tenemos nobles intenciones de proseguir más adelante.

Sin embargo la realidad es que sabemos muy poco cómo perder el tiempo, nunca nadie nos ha enseñado. Y creo que lo hacemos bastante mal. Nos enfocamos tanto en los resultados que nuestro actuar es siempre un medio para conseguir algo. Por esto parece que no tiene ningún sentido hacer algo que aparentemente no tiene ninguna consecuencia.  Pero podríamos intentar hacer las cosas sólo porque sí, buscar el valor de las actividades en sí y no por sus resultados o consecuencias. Oír una buena canción porque sí. Pintar, leer, cocinar, caminar, no para algo sino porque sí.

Que sepamos disfrutar esos ratos, aunque nadie se entere (y aunque se enteren, que no, no somos siempre productivos). Que aprendamos a sentirnos cómodos con nosotros mismos sin el constante ruido y movimiento de la vida. Una especie de rebelión contra el inmediatismo.

Suena fácil. Pero en realidad requiere mucha valentía enfrentarnos a nosotros mismos y cuestionar nuestro actuar y nuestras motivaciones. Para hacer las cosas porque sí también es necesario ser muy honesto con uno mismo, no poner excusas ni pretextos.

En un mundo donde hay siempre tanto que hacer, también tiene su mérito aprender a contentarse.

Pedir un deseo…

19 de octubre de 2019

“El deseo de luz produce luz.

Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención.

Es realmente la luz lo que se desea 

cuando cualquier otro móvil está ausente.

Aunque los esfuerzos de atención 

fuesen durante años aparentemente estériles,

un día, una luz exactamente proporcional a esos esfuerzos

inundará el alma.

Cada esfuerzo añade un poco más de oro

a un tesoro que nada en el mundo puede sustraer”.

Simone Weil

Soplar una vela y pedirle a la vida que nos conceda uno o varios deseos, es algo que a la mayoría nos enseñan a hacerlo desde que cumplimos un año. Pero ¿de dónde nos viene esta idea? Crecemos, y con ello, muchos deseos siguen permaneciendo. 

No importa si el deseo es conocer el mar por primera vez, o tomar un vuelo y sentir la fuerza de un despegue, cada deseo genera una emoción que puede permanecer con nosotros por mucho tiempo. 

Entonces, ¿de qué está hecho un deseo? Hoy sólo sé que un deseo viaja a su destino con cada partícula de lo que somos. Encuentra siempre su tiempo, su medida y su sabor. 

Sin embargo, algunas veces se nos advierte de tener cuidado con lo que deseamos, porque el universo nos puede conceder aquello que pedimos. El deseo entonces parecería ser meditado, reflexionado, pausado o quizás paciente, pero ¿realmente nos damos tiempo para desear? O ¿es sólo ocasión de cada uno de nuestros cumpleaños?

¿Desear es lo mismo que “anhelar”? ¿Es algo distinto de “querer”? ¿Es similar a “tener una ilusión”?

Mi ya amigo, N. Abbagnano menciona en aquel diccionario de Filosofía que desear tiene dos significados; uno como “apetito o como principio que impulsa a un ser vivo a la acción”. Y un segundo, según Aristóteles como “la apetencia de lo placentero”. Menciona también que Descartes lo definiría como “la agitación del alma causada por los espíritus que la disponen a querer para el porvenir, las cosas que ella se representa como convenientes”. 

Entonces, ¿“la disposición a querer algo para el porvenir…”? es inevitable no pensar aquí en todo lo que cada uno puede haber deseado en nuestros años ya coleccionados. 

-Va aquí un suspiro-

¿“Apetito o principio que impulsa a la acción”? Bajo esta noción, me pregunto si entonces ¿la idea de pedir un deseo sería, más que esperar a que algo suceda, algo que en tanto se tiene apetito se siembra, se pide, se trabaja, se acciona?

De ser así ¿Cuál pudiera ser ese “principio” que ponga en marcha aquel anhelado deseo?  

Me atrevo aquí a pensar en mis pocas o muchas velas de cumpleaños que he podido apagar, treinta y un deseos que han viajado, de los cuales; algunos quedaron olvidados, otros han caminado conmigo, un par han evolucionado, alguno que otro ha tomado otro rumbo, otros tantos se han colado en el último segundo, y claro, puedo decir que muchos de esos deseos fueron bien cobrados. 

En cada una de esas treinta y un ocasiones recuerdo haber sentido un impulso, una certeza sin pizca de duda en el segundo de pronunciar en mi mente aquello que era deseado. Un impulso que hace que muchos cerremos nuestros ojos, o que incluso, abramos ambas manos en ese segundo de pedir nuestro deseo. Un segundo, que rodeado de magia y certeza, parecería enviar al universo nuestra audaz propuesta. 

Pero ¿Qué pasaría entonces, si pedir un deseo pudiera ser algo que se nos permitiera hacer más de una vez al año? 

Por ejemplo, al mirar nuestra ventana en la calma de una luna llena, o quizás en el momento en que una fecha nos revela cierta sincronía…, en el momento de leer un párrafo inolvidable…, en el momento de un primer beso…, en el momento de dar los primeros pasos en una nueva ciudad…, en el momento de cruzarnos con una mirada inolvidable…, en el momento de ver un amanecer…, en el momento de sabernos en el día uno de cualquier aventura. 

Así como quien tira una moneda al aire, confiando en la magia y el azar de esta vida, quizás por ahora, yo seguiré así, pidiendo o sembrando deseos.  

Tania Cano

¿Quién me mira desde dentro?

A veces pienso que no hay manera de evitar la condición de aislamiento por no poder ser vistos por dentro. Creo que nunca terminamos de sentirnos acompañados por otros humanos porque las palabras o los gestos no bastan para comunicar lo que sentimos, porque somos inevitablemente íntimos. Creo que somos por naturaleza seres separados, que ante la constante desilusión de ser incomprendidos, buscamos respuestas volteando a otros lados, arriba por ejemplo.

Recuerdo mi niñez y pubertad, cuando escribía a un dios y le contaba penas y sufrimientos. Lo hacía con tal confianza porque suponía que sabía todo de mí, que estaba siempre al tanto de cada pensamiento y acción. Daba por hecho que al no haber secretos entre ese dios y yo, el acto de escribir era uno de mera voluntad, confesión y deseo de cercanía absoluta.

Ahora que lo recuerdo y analizo, sé que vivía distante de los demás porque guardaba secretos y me avergonzaba de mí. No sentía que mi vida fuese digna de ser compartida con las personas más cercanas a mí en ese momento. Me recluía en mi pequeño cuaderno y al abrirlo entraba en un espacio que no era de este mundo, que no compartía con nadie.

Con el tiempo empecé a buscar la compañía de otros, abriéndome de manera parcial o aparentemente completa. En las relaciones afectivas que han trascendido la amistad me ha sido más fácil abrir los espacios más resguardados de mi ser, pero nunca he sentido que he logrado ser visto por dentro. Creo que cuando se ama o se es amado, hay un acercamiento asintótico al interior de otro, que aparenta ser un consuelo.

Hablo de consuelo porque significa unión que alivia, apacigua o calma. Creo que todos buscamos un encuentro sosegador con algo externo a nosotros. Cuando sucede, intentamos que ese otro se introduzca a nuestro mundo tanto física como espiritualmente, pero creo que esa unión nunca es completa.

Por lo anterior, pienso que llegamos a crear seres omniscientes y omnipresentes con el propósito de ser acompañados por dentro, con quienes exista una unión total y absoluta. Creo que no nos basta ser vistos desde fuera, sobre todo en los momentos de dolor. Hay dolores que son incomunicables, aunque seamos amados por otro y éste intente consolar el sufrimiento.

Ahora que me he desligado de las visiones teológicas del mundo no me siento ya mirado por dentro. Sé también que ningún ser mortal podrá escudriñarme de esa forma, porque tampoco creo en videntes ni en superpoderes. Consciente de esta inevitable condición humana, no me queda más que aceptar la intimidad y soledad de mi interior, y escribirla a pesar de que tampoco quien la lea entienda exactamente lo que quise decir. Veo en la expresión y en el arte una forma de sobrevivir, de buscar un consuelo mundano, uno muy humano que se puede compartir.

Nardo.

Oda a la delicadeza

Una vez que advertimos algo, lo empezamos a ver por todas partes. No sé qué condición psicológica explique este fenómeno pero es bonito. Es una forma de sentir el mundo muy nuestro, muy para nosotros. Esta vez me pasó con una palabra. Comencé a encontrarla repetidamente, la citaban, hablaban de ella. Delicadeza. La escuchaba y la leía. Delicadeza. Y fue a partir de ese momento en el cual la veía por todos lados, cuando empecé a notar su ausencia.

Al principio me parecía una palabra bonita que tampoco tiene muchas implicaciones prácticas. Luego me pareció una palabra interesante, que se definía a sí misma, autológica, delicada, suave. Después, por sus distintas acepciones, me pareció que explicaba muchas cosas. El poder de nombrar para entender. Me convencí entonces de que no solo era lo que le faltaba al mundo sino lo que le hacía tanta falta.  

Caí un día en la cuenta de esto cuando sentí que un comentario de alguien me sentaba fatal. Conozco mi sensibilidad y me jacto de reconocer cuando las emociones provienen más de ella que de la realidad.  Y esta vez era una sensación objetiva (sin ser esto un oxímoron). Sé que no era un comentario mal intencionado, no era ni siquiera directamente contra mí, no era un ataque premeditado, al menos no parecía. Y sin embargo era un comentario tan desatinado, tan molesto, tan inadecuado. Tan poco delicado.

Volví a encontrarme con esto cuando le comuniqué a alguien una noticia que no tenía, a mí parecer, mucha mayor complicación. Pero a mi receptor no le vino nada bien. En sí misma, la notica no era ni buena ni mala. Pero quizá en su situación era más negativa que positiva. Yo ni siquiera lo había considerado.

Es indiscutible que los seres humanos somos unas criaturas muy vulnerables, nos podemos romper con facilidad, hacernos daño unos a otros. No es que no crea que también tenemos una gran capacidad para soportar grandes dificultades, una gran fortaleza y resiliencia. Pero nos necesitamos tanto unos a otros. Somos tan delicados que la delicadeza se vuelve un valor necesario.

 No me refiero a una delicadeza superficial, a una simple corrección política para no herir susceptibilidades. A una cierta indiferencia disfrazada de respeto. No. Me refiero a una delicadeza intencional. A prestar atención al otro, saliendo de uno mismo. A fijarse en los detalles. A ser cuidadoso pero no ajeno. A mirar al otro para encontrar la mejor manera de acercarse. A comportarse, a hablar, con tacto, con ternura. Entrar despacio a la vida de los demás, como pidiendo permiso. Justamente porque somos delicados, el mundo necesita que seamos más delicados.

delicado, da. Del lat. delicātus.

1. adj. Fino, atento, suave, tierno.

2. adj. Débil, flaco, delgado, enfermizo.

3. adj. Quebradizo, fácil de deteriorarse. 

Reacomodando

Últimamente escribo más sólo para mí. Pero, ¿tiene caso escribir para uno mismo? ¿Qué cosa tan importante tenemos que decirnos que no podemos sólo decírnosla? 

En realidad es que no creo que escribirse sea equivalente a hablar solo. Cuando uno dice algo sin que nadie lo escuche, las palabras desaparecen hasta para uno mismo. 

El papel, en cambio, es también interlocutor. A veces el más severo pero siempre el más agradecido. El más callado. El más demandante. El más fiel. 

El papel no olvida como lo hace el aire. O como lo hacemos nosotros. 

Nos recuerda pero sólo aquello que buscamos recordar. 

Escribo no tanto por decir sino por acomodar. 

Como sacar el armario entero para reordenarlo, para encontrar lo que estamos buscando, para poner todo en su sitio dejando fuera lo que ya no va. 

Y para eso no hace falta lector.  Aunque, a veces, un poco de ayuda tampoco viene mal. 

Permane-ser

Me preguntaron qué diría mi yo del pasado.

Bueno, probablemente lo mismo que digo ahora, o lo que dijo en su momento. Ya que o no existe, o si existe soy yo misma. No somos dos personas separadas. No somos una realidad discontinua. Me gusta pensar que no es alguien que no soy yo. Que lo que dijo, lo diría. Y lo que digo hoy, también.

Es verdad que hay muchos espacios para ser. Ser en el trabajo, en la familia, con los amigos, en el presente, en el pasado. En mi país o en otro, con esta u otra persona. En el mundo físico o el mundo digital. La vida es adaptarse a cada uno de estos espacios pero lo importante es encontrar la consistencia que los une.

La pregunta es:

Y si cambian todas las circunstancias, ¿qué queda de mí?

El problema es que es más difícil ser que hacer. Por eso nos resulta más fácil definirnos con base en lo que hacemos. Y claro, el hacer delimita al ser pero no es que seamos únicamente nuestro trabajo. El hacer nos da sentido, cierto, pero el no definirse más allá de eso nos crea una identidad frágil. No respondas un quién eres con un qué haces.  Pues terminamos por vivir una realidad fragmentada siendo solo la parte que somos en donde estamos, solo lo que hacemos.

A partir de ahí, nos vamos buscando por todos lados, viajamos creyendo que nos encontraremos en algún sitio. Cambiamos dependiendo del lugar en el que estamos y nos sorprendemos desconocidos. Nos debatimos entre la definición contundente o la apertura de quedarse en medio. Cómo mantenerse abierto sin perderse en el intento.

Porque en última instancia, solo podemos relacionarnos desde nuestro ahora. Uno cambia, crece, la gente y el mundo es nuevo cada día. Sería imposible encontrarse con el otro sin ser uno. Algo debe permanecer, con el único afán de ser y conocer. ¿Qué te define invariablemente? ¿Quién eres en donde sea que estés?